¿Por qué el ser humano se hizo agricultor?

19 abr, 2011 por



Parece una pregunta fácil, pero es muy probable que la mayoría de nosotros le diéramos una respuesta equivocada. Por desgracia, nuestros prejuicios culturales entorpecen a menudo nuestro entendimiento sin que lleguemos siquiera a darnos cuenta de ello.

Algo parecido les sucedía a las gentes de los siglos XVIII y XIX, cuando la Historia científica empezó a dar sus primeros pasos. En aquellos años, en los que la revolución industrial y el triunfo del liberalismo parecían garantizarle a la humanidad un futuro de progreso indefinido, los intelectuales burgueses tendían a ser optimistas. La Historia era, más allá de cualquier duda, un proceso ascendente y positivo. Su ritmo podía verse de vez en cuando ralentizado por alguna crisis económica, o incluso frenado por la aparente victoria de las fuerzas de la reacción, pero se trataría siempre de una parada momentánea, casi un mero descanso del que la humanidad saldría con fuerzas renovadas, dispuesta a continuar con su desarrollo imparable. Incluso la Edad Media, que se extendió durante un milenio, podía ser considerada, desde este punto de vista, un simple parón, aunque, eso sí, un poco más largo de lo habitual, en la marcha del hombre hacia un futuro mejor.

Pensando de ese modo, no era extraño que aquellos historiadores tendieran a interpretar todo cambio duradero experimentado en el pasado por la sociedad humana como una manifestación de su progreso global. Y, en última instancia, la aparición de la agricultura, hace ahora unos diez mil años, en algunos lugares del Próximo Oriente —de otras tierras más alejadas de Europa ni se acordaban— no sería sino el primero, y quizá el más importante, de esos cambios.

En palabras sencillas, para los primeros historiadores burgueses, el hombre dejó un buen día de errar de un lugar a otro en pos de las manadas de animales salvajes que le daban sustento y se cansó de recolectar pacientemente las raíces, frutos y bayas que venían completando su dieta desde hacía millones de años. Lo hizo porque, al fin, después de muchos intentos, había descubierto la forma de cultivar la tierra y criar ganado. Como sin duda estas actividades le garantizaban una alimentación más segura y abundante, las abrazó con entusiasmo y dejó para siempre de ser cazador y recolector; se estableció en un lugar fijo; construyó poblados estables, y, en fin, empezó a caminar por una senda, la del progreso, que no abandonaría jamás. El salvajismo, como se decía en aquella época, había dejado paso a la barbarie. Era cuestión de tiempo que tras ella llegara la civilización.

Pues bien, te preguntarás, ¿es que acaso no tenían razón aquellos primeros historiadores? ¿No fue un progreso evidente para la humanidad la invención de la agricultura y la ganadería? ¿No se hizo el hombre agricultor y ganadero tan pronto como dominó las técnicas necesarias porque su vida mejoraba objetivamente con ello?

Pues no, no sucedió así. En primer lugar, la vida del agricultor no tiene por qué ser mejor que la del cazador y, en la mayoría de los casos, no lo es. Como bien sabemos hoy gracias al estudio de las sociedades actuales que viven aún de ese modo, los pueblos cazadores y recolectores que cuentan en su entorno con recursos suficientes dedican muy poco tiempo al trabajo. Sus días transcurren en un ocio casi interminable que entretienen comiendo, bebiendo, danzando o, por qué no, acicalándose. Cuando, pasado el tiempo, la comida se termina, unos pocos de ellos, por turnos, salen del poblado y recolectan o cazan lo suficiente para unos días más. Y vuelta a empezar. Como la comida les sobra y no hay forma de almacenarla mucho tiempo ni manera de prohibir el acceso a ella —al campo no se le ponen puertas, como dice el refrán—, no se necesitan jefes ni impuestos, ni tampoco soldados, policía o jueces. Cuando hay conflictos se resuelven de modos diversos, casi siempre pacíficos.

En algunas culturas, se trata al infractor o al vago como si no existiera, considerándolo invisible durante un tiempo, o incluso para siempre. Otros pueblos, más originales o sensibles, organizan duelos de canciones para determinar quién tiene razón en una disputa. Casi nunca se llega a las manos. Dado que no existen apenas bienes materiales distintos de los de uso personal, no hay tampoco motivos para los enfrentamientos serios. En estas culturas, la violencia es una excepción, y la guerra, las más de las veces, un juego en el que la sangre, por decirlo de forma sencilla, no suele llegar al río.

La vida transcurre de forma bien distinta en las sociedades de agricultores y ganaderos. Frente a los interminables ocios de los cazadores y recolectores, los pastores y campesinos casi siempre tienen mucho que hacer y bastante de lo que preocuparse. Para empezar, deben preparar la tierra para la siembra, oxigenándola y arrancando de ella las malas hierbas. Después han de esparcir las semillas, asegurándose de que los pájaros o los herbívoros no se den con ellas un festín. Toca luego mirar al cielo, suplicando lluvia y buen tiempo a las caprichosas deidades que lo gobiernan. Y, si todo ha ido bien y una granizada que se retrasa o una tormenta que se anticipa no han terminado con las espigas, llega por fin el trabajoso momento de cosechar el grano, almacenarlo en los silos o graneros y separar de él lo necesario para garantizar la siembra del año próximo. La ganadería no es mucho menos exigente. Se necesita alimentar a las reses, incluso cuando las inclemencias del tiempo hacen imposible acercarlas a los pastos. Hay también que ordeñar a las hembras, seleccionar los ejemplares más aptos para la reproducción, esquilar la lana de ovejas y cabras, proteger los rebaños de los depredadores y, en fin, llevar a cabo un sinfín de tareas de mantenimiento y limpieza de las múltiples instalaciones que el ganado necesita.

Una y otra actividad presentan, además, dos problemas añadidos. El primero es la necesidad de realizar una enorme inversión de tiempo y recursos en la construcción de viviendas estables, almacenes y graneros, cercados y majadas, caminos y muchas otras infraestructuras que la agricultura y la ganadería requieren para el desarrollo de sus actividades. El segundo es la urgencia de defender todo ello de las posibles agresiones exteriores. Como es fácil deducir, siempre habrá alguien —está en la naturaleza humana— que prefiera beneficiarse sin esfuerzo del trabajo ajeno que arrimar el hombro para ganarse su propio pan con el sudor de su frente. Así, la agricultura y la ganadería traen de la mano la guerra, y la guerra exige guerreros, jefes que los manden y comida que los mantenga. ¿Es en verdad la vida del agricultor mucho mejor que la del cazador?

Y bien, dirás ahora, si las cosas no sucedieron de ese modo, ¿cómo sucedieron entonces? ¿Por qué se hizo el hombre agricultor si no había en ello ventajas apreciables sobre la vida que venía llevando hasta entonces?

La respuesta es sencilla: porque no tuvo otra salida. De hecho, es muy probable que, al menos en algunos lugares donde existían las especies vegetales y animales adecuadas, como los cereales, la cabra y la oveja, el hombre conociera desde mucho antes la manera de cultivar la tierra y criar ganado. Si no lo hizo, fue porque no tenía necesidad. La caza y la recolección le ofrecían una forma de vida mucho más cómoda y relajada.

De hecho, tan cómoda y relajada era que, a pesar de las enfermedades y la escasa esperanza de vida, la población humana creció hasta alcanzar, unos diez mil años antes del presente, un volumen importante. Además, los recursos, que habían sido muy abundantes, empezaron a escasear como resultado, ya entonces, del inesperado cambio climático. La sequía hizo que los animales grandes, como el reno o el rinoceronte lanudo, emigraran al norte o se extinguieran. Muchas especies vegetales desaparecieron también. Si querían seguir viviendo como hasta ese momento, los seres humanos tendrían que trabajar un poco más.

Eso hicieron. Durante un par de milenios, subsistieron cazando con esfuerzo presas más pequeñas, recolectando frutos y raíces que antes habían despreciado, recogiendo en las costas el trabajoso marisco y, sobre todo, ofreciendo a otros grupos lo que les sobraba para obtener de ellos los recursos que no estaban a su alcance.

No fue más que una solución temporal. El equilibrio entre la población y los recursos ya no era favorable al hombre. O disminuía la primera o aumentaba los segundos. Como no conocía todavía métodos de control de la natalidad que no exigieran un sacrificio importante —el aborto, el infanticidio, la prolongación de la lactancia o la temida abstinencia sexual eran los únicos que se encontraban a su alcance—, no tenía otra salida que incrementar los recursos a su disposición. La caza y la pesca ya no eran suficientes, de modo que se vio forzado a poner en práctica las técnicas que con seguridad conocía desde mucho antes, pero que hasta el momento nunca había necesitado. Contra su voluntad, y no por gusto, como creían los optimistas historiadores decimonónicos, la humanidad empezó a cultivar la tierra y a cuidar ganado. La Historia daba así sus primeros pasos.

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2 Comentarios

  1. Esther Gassol

    Estupenda explicación. Esta es una de las cosas que uno suele preguntarse y que nunca acaba de saber del todo. Ahora ya no quedan dudas…

  2. Daniel Reboredo Soria

    Tengo entendido que, a grandes rasgos, la ecuación transformadora fue más o menos la siguiente: nomadismo con recolección variada, caza, pesca y marisqueo; cambio climático con mayor calor y humedad en el período postglacial; expansión de la cobertura vegetal, en especial de cereales y leguminosas silvestres; recolección intensiva y selectiva de cereales y leguminosas(Abu Hureya y Karacadag, por ejemplo); sedentarismo; crecimiento demográfico aldeano; reducción del alimento recolectado per cápita y necesidad de inventar otra forma de obtener alimentos: producirlos = agricultura. Esta fue desplazando a la recolección y constituyéndose en la principal forma de obtención de alimentos multiplicándolos a la par del crecimiento demográfico.

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