¿Europa o África? Una reflexión

Por . 22 mayo, 2011 en Mundo actual
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Quo vadis, Europa? Se impone la reflexión ante las revueltas populares que se vienen produciendo en países del norte de África y de Oriente Próximo. En ocasiones se han saldado bajo prismas más o menos pacíficos, en el caso de Túnez y Egipto. En cambio, el régimen libio de Gadafi ha buscado acabar a sangre y fuego con los insurgentes. La desmesura de las medidas tomadas por el coronel, con la consiguiente riada de fallecidos ha provocado la reacción de la ONU y un inmediato uso de la fuerza por parte de una coalición de países amparada por aquella.

Estos acontecimientos devuelven al primer plano a un país y a una zona del globo con la que Europa guarda una estrechísima relación, evidente desde un punto de vista geográfico, pues no en vano las costas italianas se encuentran cercanas a las de Libia, pero también desde un punto de vista histórico. Cabe recordar, en la línea de Fernand Braudel , el historiador en nuestra opinión más influyente del siglo XX, o de otros autores actuales (como Ruiz-Doménec, profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona), que el Mediterráneo es un sujeto histórico de identidad propia.

Existe una Atlantic History, es decir, una corriente de estudios que considera al océano homónimo un actor principal en la Historia, donde el Atlántico es considerado un escenario de confrontación e intercambios (recuérdese el reciente y magnífico libro de J. H. Elliot, Imperios del Mundo Atlántico). Algo similar ocurre con el Mediterráneo, zona de confrontación y guerras, pero también de intercambios culturales y económicos. La historia del norte de África es la historia del sur de Europa, de modo que lo que acaece en una de las partes forma parte de lo que vive y siente la otra. Hemos traspasado la era de los Estados territoriales (sigo la acepción que aparece en el magnífico ensayo ¿Qué es la globalización?, escrito a finales del siglo pasado por el sociólogo alemán Ulrich Beck). Hoy, metidos de lleno en la aldea global, con un mundo en el que los desafíos son comunes, donde existen instituciones internacionales que intentan organizar el devenir del planeta (la ONU sería el mejor exponente), parece reduccionista entender los acontecimientos del norte de África como si fuesen algo ajeno a países como Francia, Italia, Grecia, España y, con ello, la Unión Europea.

La Historia enseña que esto es así. Fenicios, griegos, romanos o bizantinos organizaron sus territorios atendiendo a ambos márgenes del Mediterráneo. En época antigua ya existían tres zonas en Libia que hoy siguen manteniendo importantes diferencias entre sí, vinculadas en ocasiones a formaciones tribales. Nos referimos a Tripolitania, Cirenaica –ambas en la costa– y Fezzan, en el interior y dominada por un escenario de desiertos. Las dos primeras mantuvieron un contacto intenso con Europa, como ocurre con todos los países de la franja. Tarik y Muza dieron comienzo en la segunda década del siglo VIII a un dominio primero y a una presencia musulmana en la península Ibérica que duraría ocho siglos. La victoria cristiana, definitiva en 1492, no fijó Gibraltar como frontera con el islam, como si ahí, de modo natural, concluyese Europa. Continuó con la conquista y organización de una serie de bastiones en el norte de África, en Melilla, Orán, Bugía o Trípoli, conquistada por Fernando el Católico en 1510, un claro síntoma de que el concepto de frontera que se tenía a principios de la Edad Moderna no tenía necesariamente que coincidir con el manejado en la era contemporánea. Carlos V estuvo al frente de la conquista de Túnez, en 1535, reuniendo a importantísimas casas nobiliarias de España, Portugal o Italia que consideraban el norte de África como un espacio natural, al igual que hicieron otros pueblos, y sin pensar que dividía dos mundos diferenciados.

El Mediterráneo fue escenarios de luchas, de batallas tan importantes como Lepanto (1571), de miedos y terrores a la llegada del otro. Será un escenario de referencia para los europeos, por encima del Atlántico, al menos hasta el siglo XVII. Cristianos y musulmanes guerreaban por su control, apresaban a poblaciones de una y otra zona para convertirlas en cautivas. Pero también será una zona donde se desarrolle un comercio muy intenso. Parte de los judíos expulsados de España en 1492 se instalarían en Orán, donde, paradójicamente, pasarían a colaborar con su católica majestad. Los mercaderes genoveses, sin los cuales no se puede comprender la vigencia y extensión de la Monarquía Hispánica (hay historiadores como Manuel Herrero, profesor en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, que comienzan a entender dicha formación más como una entente hispano-genovesa que como una simple conformación imperial de carácter ibérico), establecieron colonias en estas zonas. Desde ahí hundían sus redes de comercio por el norte de África e incluso en el África subsahariana. Por el Mediterráneo viajaban sedas, vino, especias y ropas, al igual que galeras, balas o soldados, de modo que toda la zona ha sido y es una entidad única, de diferencias, de proyección de culturas y también cómo no, de intensas influencias culturales. Baste recordar que en la Mezquita-Catedral de Córdoba continua existiendo una capilla de época moderna dedicada a la oración por los cautivos cristianos en África. Nada más simbólico que esto en una construcción que reúne las dos religiones características del Mediterráneo.

La Edad Contemporánea también nos ha dejado relaciones muy intensas entre el norte de África y los países europeos del arco mediterráneo. Relaciones que por lo común han reflejado la disparidad de fuerzas, reforzando la idea de un dominador y un dominado. El norte de África no pudo escapar a las fauces del colonialismo europeo, de modo que Argelia fue colonia francesa, Libia dominio italiano o Marruecos protectorado francés y también español. Asimismo, esta particular zona de la historia de Europa —pues así entendemos que debe ser concebida— fue uno de los escenarios del conflicto entre nazis y aliados durante la II Guerra Mundial. De hecho, la “reconquista” aliada de Europa comienza en suelo africano con la derrota del general alemán Erwin Rommel. Acaso por la dialéctica entre dominadores y dominados, nos hemos acostumbrado a ver al norte de África como al otro, como si no fuesen parte de nosotros mismos, cuando la Historia demuestra que no podemos entendernos sin pensar que el Mediterráneo constituye un territorio real con alma propia, una zona que incluye Europa, África y en cierto modo una pequeña parte de Asia.

Hace tiempo que sabemos que la Historia de Europa no comienza en los Pirineos. Quizás sea hora de plantear que tampoco finaliza en el estrecho de Gibraltar. La intervención militar en Libia, pero también la posibilidad de tratados de adhesión o asociación de la Unión Europea con Marruecos así lo demuestran.


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Licenciado en Historia (1998) y doctor en Geografía e Historia (2004) por la Universidad Complutense de Madrid, llevo a cabo en la actualidad su actividad profesional en el ámbito del Departamento de Historia Moderna de dicha institución. Soy autor de Breve Historia de los Austrias (Nowtilus, 2008) y de diferentes artículos para Historia National Geographic, y de más de unas sesenta publicaciones de investigación en varios países, incluyendo varios libros, artículos en revista de impacto, capítulos en monografías especializadas, etc.

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