Nicola el tunante

Por . 22 mayo, 2011 en Reseñas
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“Estamos en deuda con Maquiavelo y otros por decir lo que los hombres hacen y no lo que deben hacer” (Francis Bacon)

Mi buen amigo Manuel María de Artaza Montero, profesor en la universidad de Santiago de Compostela, me envía una edición crítica de El Príncipe de su autoría. Un excelente estudio con mucho análisis y poco excurso donde el profesor Artaza vuelca su sabiduría y su conocimiento de la ciencia política, para reducir a su justo término tanto la intencionalidad como el alcance de una obra universal admirada y denostada a partes iguales. Pues si el opúsculo más conocido del secretario de la signoria florentina Nicolás Maquiavelo fue para unos obra propia de un “nuevo Satán” “preceptor de tiranos” que enaltecía la figura del dirigente inmoral, para otros El Príncipe, escrito por Maquiavelo en su retiro obligado de San Casciano y publicado por vez primera en 1532, ya de forma póstuma, supone la irrupción de los usos de gobierno en la modernidad, incluso la mismísima partida de nacimiento de la teoría del Estado.

Pues bien, como suele ocurrir, ni una cosa ni la otra. A través del análisis de Manuel Artaza se entiende muy pronto que los objetivos de Maquiavelo eran bastante más modestos, señaladamente una serie de avisos políticos destinados a ganar la voluntad del nuevo señor de Florencia, Lorenzo de Medici, el Magnífico, a fin de hacerle olvidar, con poco éxito por otra parte, ciertas molestas lealtades que había sostenido su secretario en el pasado.

Pero el esfuerzo no fue baldío del todo, la apología maquiaveliana del gobierno práctico y sagaz dejó para la posteridad verdaderas perlas políticas que radiografiaban muy exactamente tanto lo que ocurría en la Italia del primer Cinquecento, como lo que había de venir, donde cualquier gobernante que pretendiese obtener el éxito en su tarea, debería cultivar antes el arte de lo posible, la razón de Estado y la justificación de los medios por el fin que se pretende, que la cristiana virtud o cualquier otra consideración de orden moral. Un atinado pesimismo antropológico que, además, aconsejaba al príncipe buscar por el medio que fuese el favor de su pueblo, con esto, el poco respeto a la palabra dada y un cierto favor de la fortuna, la conservación y engrandecimiento del Estado permanecería razonablemente asegurada.

Claro que este “Estado” patrimonializado y casi medieval del que habla Maquiavelo está muy lejos todavía del Leviatán hobbeliano, el modo de gobierno tenido por absoluto en la baja modernidad, y aún mucho más del Estado omnímodo surgido del liberalismo. El poder del príncipe renacentista estaba permanentemente limitado por la extenuante defensa de sus privilegios que ejercían estamentos, Cortes, juntas, dietas y corporaciones en general. En realidad, y casi paradójicamente, es el Estado liberal, en su isonomía, la forma de gobierno más poderosa de la Historia, como ya señalara, siempre agudo, Alexis de Tocqueville allá por la primera mitad del siglo XIX en su obra universal La democracia en América: “Fuera de la mayoría, en las democracias no hay nada que resista”. De ahí la existencia de constituciones para limitar los poderes y evitar excesos. Lo que hace pensar que gobernar con el concurso de quien, en claro movimiento retrógrado, sólo defiende sus privilegios, no hace más que alejar al común de la modernidad, para enviarlo de vuelta al neblinoso y poco salubre reino del distingo y el favor, el mismo que tan bien describió don Nicolás, aquel tunante de duro corazón.

El Príncipe
Nicolás Maquiavelo
Traductor: Fernando Doménech Rey
Introducción y notas: Manuel María de Artaza Montero
Lugar y fecha de edición: Madrid 2010
Editorial: Ediciones Akal
Páginas: 167


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Nací, muy afortunadamente, en la luminosa ciudad de A Coruña en 1961. Aunque la pasión por la Historia la viví desde siempre al lado de mi padre, soy formalmente historiador desde mi licenciatura en Historia Moderna por la Universidad Compostelana (1984), luego amplié estudios de doctorado en Madrid y obtuve la especialidad en Historia Económica en el Istituto Internazionale Francesco Datini de Prato (Florencia), donde tuve la dicha de conocer al gran Fernand Braudel el año de su muerte. Mi labor investigadora se ha centrado en el estudio de los intendentes españoles del siglo XVIII y, últimamente, en su relación con el desarrollo de la construcción naval en ese período, fruto de lo cual han sido un buen número de artículos y colaboraciones que han visto la luz a lo largo de estos años. Paralelamente soy catedrático de instituto e inspector de Educación. Desde que en 2003 publiqué en la editorial Edhasa la novela histórica Sartine y el caballero del punto fijo, lo cierto es que centro buena parte de mi esfuerzo en la literatura. En 2006, he publicado en la misma editorial El Gran Capitán, mi segunda novela. El pasado año 2010 , publiqué, nuevamente en Edhasa, Sartine y la guerra de los guaraníes, segunda parte de las aventuras de Nicolás Sartine, y la versión en pocket de El Gran Capitán, además de una Breve historia de los Borbones españoles y, ya en 2013, Breve historia de Napoleón, como la anterior para la editorial Nowtilus, y España, la crisis del Antiguo Régimen y el siglo XIX, para Punto de Vista Editores.

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