Tintín en el Congo

24 may, 2011 por



Establecer juicios morales sobre los otros es, muchas veces, el camino más corto hacia el error, y se tenga o no razón en ellos ―algo imposible de averiguar―, un esfuerzo inútil que conduce seguramente a la melancolía. En el caso de los juicios morales con criterios presentes a conductas o pensamientos pasados, la melancolía, no tengan duda, está inevitablemente asegurada.

Es lo que le sucede a la enorme polémica que rodea casi desde que se publicó al segundo libro de la serie Tintín, Tintín en el Congo, que Hergé (Georges Remi, 1907-1983) escribió y dibujó entre 1930 y 1931.

Una polémica, la que rodea al famosísimo cómic, que no radica en si el libro tiene o no contenidos racistas. De eso nadie, ni siquiera el propio Hergé, tal y como reconoció posteriormente, tiene ninguna duda. No. La diatriba que rodea a la historieta del celebérrimo dibujante y guionista belga tiene que ver con el empeño que la sociedad bienpensante de nuestro tiempo, convencida de haber accedido a todas las verdades absolutas, pone en revisar las creaciones artísticas pretéritas con un afán censor retroactivo capaz de reescribir, ¡dios santo!, al mismísimo Mark Twain.

Pero empecemos por el principio. El autor de Tintín en el Congo entró a trabajar como dibujante semiprofesional en un periódico ultraconservador clerical y nacionalista llamado Le XXème Siècle en el año 1925. Allí, Hergé hace sus primeros pinitos y en 1928 recibe el encargo de dirigir un suplemento juvenil bajo el nombre de Le Petit Vingtième. Es un año después, el 10 de enero de 1929, cuando Tintín, uno de los iconos de la infancia y juventud europea de todo el siglo XX, aparece por primera vez, en una aventura de poca estatura artística que lleva al joven reportero a la Unión Soviética, donde se enfrenta a unos malvados bolcheviques.

Es el éxito de esta aventura la que permite la continuidad del personaje, que en su segunda historieta viajará al Congo colonial belga. La obra se publica serializada entre 1930 y 1931 y aparece publicada en formato álbum de forma inmediata en blanco y negro. La versión en color no aparece hasta 1946. Después del Congo, la carrera del joven reportero del flequillo que siempre viaja acompañado de un pequeño perro pensante no parará y no dejará ningún continente por visitar ni ningún sueño infantil de la pasada centuria sin poblar de bellas y coloristas imágenes inolvidables.

Si la serie Tintín se caracteriza por algo es por no existir, en el conjunto de la misma, con casi una treintena de libros, un compromiso político claro. Sin embargo, sí aparecen detalles claros de un signo y de otro. Por un lado, el anticomunismo de Tintín en el País de los Soviets, el racismo de Tintín en el Congo o el antisemitismo de La estrella misteriosa (en las primeras versiones, luego corregidas, aparecen judíos estereotipados y el principal villano es un judío neoyorquino). Por otro, la denuncia del colonialismo y el rechazo al racismo en El Loto Azul, la crítica al fascismo y al expansionismo nazi en El cetro de Ottokar y el pacifismo inconformista y la lucha contra las dictaduras bananeras en Tintín y los Pícaros. En el año 1973, Hergé, que siempre alegó que su primeriza obra ambientada en África refleja los puntos de vista de la época, reconoce que “mi ingenuidad de aquella época rozaba la necedad, podríamos decir que incluso la estupidez”. No tenemos nada que añadir.

Es necesario, pues, contextualizar el nada disimulado carácter racista de Tintín en el Congo, no sólo en la época, ultraconservadora y colonial, sino en el conjunto de una obra que evolucionó por derroteros no sabemos si más lógicos o más convenientes. Una obra que creó una escuela llamada “la línea clara” y que, precisamente, tenía en el trazo grueso de los contornos y en los colores planos, sin sombras, su punto fuerte, no sólo a nivel estético, sino también ideológico.

Tintín en el Congo, una de las primeras obras de la franquicia, ofrece una visión del mundo claramente colonialista y llena de un paternalismo racista hoy difícilmente digerible. Además, por si lo anterior fuera poco, el álbum ofrece una visión del mundo, por decirlo de alguna manera, poco o nada ecológica. Las escenas de caza y crueldad con animales se reiteran en el libro, en cuya primera versión, incluso, se hace explotar a un rinoceronte.

El argumento de la historia es ridículo de puro sencillo: Tintín viaja hasta el Congo donde conoce a los nativos y a los exóticos animales del continente africano. Allí viaja hasta el reino de Babaorom y llega a convertirse en el hechicero de una tribu. Una trama de gángsteres que trafica con diamantes y su ulterior detención sirven como traca final de la historia, que tiene un desarrollo algo pueril y una narrativa todavía muy limitada y alejada de los logros artísticos que el autor nos legaría en su obra futura.

En el libro, los personajes africanos que aparecen son descritos y dibujados como personas estúpidas y perezosas, llegando al extremo de que hasta los elefantes, que tienen bocadillos de diálogo, se expresan en un francés mucho más perfecto que el de los indolentes indígenas.

Ya en 1946, cuando se reedita la obra por primera vez, aportándole el color, Hergé introduce importantes cambios, suprimiendo, por ejemplo, las alusiones al colonialismo belga del Congo. No serán ni los únicos ni los últimos cambios de un autor acostumbrado, ya con un plantel de colaboradores, a redibujar y reescribir continuamente sus libros. De hecho, y a pesar de los cambios, hasta los años 70, como ocurrió en los 90 con Tintín en el País de los Soviets, Tintín en el Congo no se incorpora a la reedición periódica de los libros de la franquicia, convirtiéndose durante la friolera de casi 20 años en un libro del que autor y sus editores reniegan.

Las sonoras polémicas que el álbum ha protagonizado son muy conocidas. En 2007, la Comisión por la Igualdad Racial del Reino Unido, donde el álbum se había editado dos años antes, pidió a las librerías que no colocasen el libro en la sección infantil. Ese mismo año, un estudiante congoleño demanda en Bruselas a la editorial Moulinsart, poseedora mundial de los derechos de Tintín, por los contenidos racistas y xenófobos de la obra, así como por la propaganda colonialista que contiene, en un proceso judicial muy complejo que estos días prosigue en aquel país. Recientemente, la Biblioteca Municipal de Brooklyn ha retirado de sus estanterías Mein Kampf, de Adolf Hitler, y Tintín en el Congo, de Hergé.

El libro, que en España se puede encontrar sin problemas en la sección infantil de librerías y bibliotecas, junto a Astérix y Mortadelo y Filemón, está al alcance que quien quiera conocerlo. La discusión, con Tintín en el Congo, está servida. La polémica historiográfica y moral, como los debates que acompañaron en Estados Unidos a la famosa historia de si se debía perdonar alguno de los crímenes que cometió Billy el Niño, también.

Yo propongo, desde Anatomía de la Historia, que quien tenga ganas de sacar sus propias conclusiones, se acerque, sobre todo si no lo conoce, a Tintín. Cualquier excusa es buena para hacerlo. Incluso si se hace con la mirada puesta en el retrovisor de las ideas morales presentes, antiguas o futuras o con un detector de pecados ideológicos con efecto retroactivo.

Tintín en el Congo

Hergé

Lugar y fecha de edición: Barcelona 1993 (edición original de 1930)

Editorial Juventud

Páginas: 64

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3 Comentarios

  1. Perfecto análisis. El primer párrafo lo dice todo.

  2. Juan Luis Posadas

    He crecido soñando con tintín. Yo me creía a pies juntillas que el reino de Sildavia existía, que las tribus del Congo también, que los americanos construían sus ciudades de un día para otro, y que las fábricas en la URSS eran fachadas donde unos mal encarados comunistas hacían ruido y quemaban neumáticos para simular humo fabril. Pero, claro, es que yo era UN NIÑO. Luego crecí, estudié mucho, leí historia, y cuando releo Tintín (tengo todos los títulos) me sigo partiendo y disfrutando de sus historias, creíbles o increíbles, y de sus dibujos maravillosos. Es cierto que Tintín en el Congo es racista, lo del rinoceronte al que vuelan con un cartucho de dinamita no es muy ecologista, y lo del tren africano que descarrila por chocar con un cochecito es políticamente incorrecto. Pero ¿y lo bien que se lo pasa uno leyéndolo? ¿Y las risas y sonrisas que provoca ese colonialismo belga de opereta? Además, al final, Tintín desarticula (que diríamos hoy) una banda de saqueadores de diamantes, todos ellos malvados y BLANCOS, porque los buenos son los NEGROS. En definitiva, viva Tintín, aunque sea en el Congo.

  3. ‘Tintín en el Congo’ no es racista, según la justicia belga
    El HuffPost/EuropaPress | Publicado: 06/12/2012 17:26 CET Actualizado: 06/12/2012 17:26 CET

    http://www.huffingtonpost.es/2012/12/06/tintin-en-el-congo-no-es-_n_2250564.html?utm_hp_ref=spain

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