Hurricane. De cómo el viento se convierte en huracán

22 jun, 2011 por



“Esta es la historia del Huracán

el hombre al que las autoridades culparon

por un crimen que no había cometido”.

Posiblemente, estas frases sean uno de los estribillos más celebrados del ya de por sí endiosado y mundialmente admirado Bob Dylan. Pertenece a la canción Hurricane, primer corte del disco Desire, editado en noviembre de 1975 por el sello Columbia y producido por Don DeVito.

En Desire, Dylan se acompañó de Scarlett Rivera al violín, Howard Wyeth a la batería y piano, Dom Cortese con acordeón y mandolina, Vincent Bell al bellzouki (instrumento de cuerda nacido como variación de la guitarra clásica), Rob Stoner al bajo y también a los coros junto a Emmylou Harris, Ronee BlakleyL y Steven Soles.

La canción se centra en la figura del estadounidense Rubin “Hurricane” Carter, boxeador afro-americano nacido en Paterson (New Jersey), y que en mitad de su fulgurante carrera sería acusado y condenado por un triple homicidio del que finalmente, muchos años después, quedó absuelto al no encontrarse ninguna evidencia de su culpabilidad. Aunque la canción (casi nueve minutos de narración casi cinematográfica ininterrumpida en la que Dylan cuenta con pelos y señales todos los detalles concretos del caso) se centre fundamentalmente en las peculiaridades de las acusaciones racistas a Carter, se podría considerar que se convirtió rápidamente en un himno y arquetipo del movimiento por los derechos civiles de las minorías étnicas en Estados Unidos.

Hurricane supuso además la vuelta al éxito de Dylan en el mundo de la canción protesta, del que llevaba ausentado casi doce años, aupándose rápidamente a las listas y sirviendo como presentación a la sociedad de la inocencia y del propio caso de Carter, que tomó a partir de entonces unas dimensiones mediáticas sin precedentes para un asunto que, por desgracia, no dejaba de ser el pan de cada día en Estados Unidos: negro con pocos recursos (en el caso de Carter, al ser boxeador, se añadió también un supuesto “carácter violento”), acusado y condenado por jurados populares formados en su mayoría por blancos, en procesos colmados de irregularidades.

El interés de Dylan en Carter nació a raíz de una autobiografía que este último escribió y consiguió publicar desde la cárcel, en la que se defendía de las falsas acusaciones y denunciaba con pasión la segregación racial que a pesar de todas las revueltas ocurridas entre finales de los años 50 hasta su supuesta normalización en 1968 (coincidiendo con el asesinato de Martin Luther King), seguían imperantes en un país en el que todavía, a día de hoy, sigue siendo complicado hablar de igualdad de razas.

Dylan visitó a Rubin en la prisión de Rahway State, en Nueva Jersey, y años después declaró que tardó meses en poder escribirle una canción debido al impacto que le causó el carisma personal del boxeador y los escalofriantes datos de corrupción judicial de su caso. Quizá por eso, a pesar de que el tema se convertiría en el primer sencillo del álbum Desire, uno de los más populares en la carrera del genio de Minnesota, y alcanzaría el puesto 31 en la prestigiosa lista de la revista Billboard… podemos hablar de una canción extensa, narrada como un cuento, con una duración de 8 minutos 33 segundos, con picos de emoción y acompañamientos de violín dentro de la característica base de ese folk reinventado de Dylan, con un tiempo más propio del rock & roll que de la canción de autor.

La letra, por su parte, es casi una crónica periodística rebosante de indignación, y se aleja del lado más poético del cantautor:

“Suenan disparos en el bar, por la noche.

Entra Patty Valentine y desde la entrada de arriba
ve al camarero en un charco de sangre.
Grita: “¡Dios mío, los han matado a todos!”
Ésta es la historia del Huracán
(“Hurricane” era el mote del boxeador Rubin Carter),
el hombre al que las autoridades culparon
de un crimen que no había cometido.
Lo metieron en una celda, pero podría haberse convertido
en campeón del mundo.

Patty alcanza a ver tres cuerpos tirados en el suelo,
y a otro hombre, llamado Bello,
merodeando sospechosamente por la zona.
“No lo hice“, dice, y levanta sus manos.
Yo sólo estaba robando en la caja“, usted me comprenderá.
Yo los vi marchar“, dice, y se calla.
Uno de nosotros debería llamar a la policía“.
Patty los llama,
y llegan a la escena del crimen con sus luces rojas
en la cálida noche de New Jersey.

Mientras tanto, lejos, al otro lado de la ciudad,
Rubin Carter y dos amigos van dando un paseo en coche.
El favorito para ganar el título de los pesos medios de boxeo.
No tiene ni idea de la mierda que le ésta a punto de caer encima,
cuando un policía los detiene y les manda parar en la cuneta.
Igual que la vez anterior, y la anterior, y la anterior.
Es así como funcionan las cosas en Paterson.
Si eres negro, mejor no salgas a la calle
a no ser que quieras que tu madre lo lamente.

Alfred Bello tenía un compañero,
y tenía una denuncia que comunicar a la policía.
Él y Arthur Dexter Bradley estaban merodeando por la zona.
Vi a dos hombres correr“, dijo. “Dos tipos de peso medio“.
Subieron a un coche blanco, con matrícula de fuera del estado“.
Y la señorita Patty Valentine asintió con la cabeza.
El policía les dice: “Esperar un momento chicos, éste no está muerto“.
Así que lo levantaron y lo llevaron al hospital
Y a pesar de que le costaba ver bien,
le preguntaron si podría identificar a los asesinos.

Las cuatro de la mañana, y detienen a Rubin.
Lo llevan hasta el hospital y suben hasta la habitación.
El hombre herido le mira a través del único ojo bueno que le queda
y dice: “¿Pero que me traéis aquí? ¡este no es el hombre!
Sí, ésta es la historia del Huracán.
El hombre al que las autoridades culparon
de un crimen que no había cometido.
Lo metieron en una celda, pero podría haberse convertido
en campeón del mundo.

Cuatro meses después, los guetos están que arden.
Rubin está en Sudamérica, boxeando por el título,
mientras Arthur Dexter Bradley, todavía metido en el caso del atraco,
esta siendo presionado por la policía, que busca a alguien a quien culpar
“¿Recuerdas aquel asesinato en el bar?”
“¿Recuerdas que dijiste que habías visto escapar un coche?”
“¿Crees que puedes jugar con la ley?”
“¿No crees que fue aquel boxeador al que viste correr aquella noche?”
Recuerda que eres blanco“.

Arthur Dexter Bradley dijo que no estaba seguro.
“Un pobre chico como tu nos puede ayudar mucho“, le dice la policía.
“Te tenemos pillado por el trabajito del motel,
y podemos hablar con tu amigo Bello“.
“Venga, no tienes porqué volver a la cárcel. Sé un buen chico“.
Le harás un favor a la sociedad“.
Ése hijo de puta es un rebelde, y cada día que pasa es peor“.
Queremos poner su culo en la cárcel“.
Le culparemos del triple asesinato“.
“No es el Caballero Jim, precisamente“.

(“Gentleman Jim” era un boxeador de la época,
famoso por su juego limpio en el ring)

Rubin podía cargarse a un tipo con un solo golpe,
pero de ahí no pasaba.
“Es mi trabajo“, dice, “y lo hago por dinero“.
“Y una vez acabado, acabado está“.
Era un paraíso.
Nadaba en la abundancia y el aire era puro
campando a sus anchas por donde quería.
Pero lo cogieron y lo metieron en la cárcel,
donde convierten a los hombres en ratones.

Todas las cartas de Rubin estaban marcadas de antemano.
El juicio fue una farsa, nunca tuvo oportunidad alguna.
El juez convirtió a los testigos de Rubin en borrachos de los barrios bajos.
Para los chicos blancos que lo vieron, no era más que un negro loco.
Nadie dudó que él había apretado el gatillo.
Y aunque no tenían pistola para probarlo,
la policía dijo que había sido él el culpable.
Y el jurado de blancos les dio la razón.

Rubin Carter fue injustamente acusado.
El crimen fue portada de los medios, ¿adivinas quién testificó?
Bello y Bradley mintieron vilmente,
y los periódicos apoyaron la moción.
¿Cómo puede la vida de un hombre
estar en la palma de la mano de unos idiotas?
Ver como le metieron en esa encerrona
no podrá ayudarle en nada, pero me siento
avergonzado de vivir en una tierra
donde la justicia es un juego para muchos.

 

 

 

 

Ahora los verdaderos criminales, con sus abrigos y corbatas
son libres para beber martinis y ver salir el sol,
mientras Rubin se sienta como un Buda
en una celda de diez pies.
Un hombre inocente, en un infierno viviente.
Ésta es la historia del “Huracán” Carter,
pero no se acabará hasta que se limpie su nombre,
y le devuelvan el tiempo que le robaron.
Lo encerraron en una celda, pero podría haberse convertido
en campeón mundial.”

 

La gira que siguió al lanzamiento del disco de Dylan se convirtió en un aparato logístico de recaudación y concienciación social para la causa de Carter. Músicos y estrellas de la escena del folk como Ramblin´ Jack Elliot, David Mansfield y Joan Baez, junto a otras figuras como el escritor icono del movimiento Beat, Allen Ginsberg, acompañaron a Dylan en su tour y en su reivindicación, que pronto consiguió el apoyo popular de una sociedad que presionó lo suficiente para que se llegara a una segunda revisión del caso en el que volvería a ser condenado a dos cadenas perpetuas.

A pesar de la desazón inicial y de que Dylan siguiera con su carrera ajeno a la tragedia de Carter, el boxeador acabó siendo puesto en libertad condicional en 1985 y sus cargos se retiraron ante el cúmulo de irregularidades por la evidente discriminación racial y la escandalosa falta de rigor en las acusaciones y testimonios de los testigos. Desde entonces, Bob Dylan jamás ha vuelto a tocar en directo la canción Hurricane.

 

Por otro lado, es destacable que en 1999, el director de cine Norman Jewison, al que conocemos principalmente por sus películas El violinista en el tejado (1971) o Jesucristo Superstar (1973), decidiera llevar a la gran pantalla un guión de Armyan Bernstein y Dan Gordon basado a su vez en la propia autobiografía de Rubin Carter y en una novela posterior a cargo de Sam Chaiton y Terry Swinton, titulando el film como el nombre de la canción de Dylan que nos ocupa, Hurricane (en España llegó con el nombre de Huracán Carter). En ella, Denzel Washington interpreta al boxeador, papel por el que consiguió una nominación al Oscar, y ensalza y embellece (quizá en exceso) la figura del malogrado Rubin Carter, dentro de una obra, por la demás, quizá demasiado convencional, pero con la imprescindible banda sonora del inigualable poeta y narrador histórico que es Robert Allen Zimmerman, es decir, Bob Dylan.

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2 Comentarios

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