Indignados del siglo XVI

Por . 14 junio, 2011 en Mundo actual
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El movimiento 15-M, indignados para más señas, nos lleva a uno de esos episodios recurrentes en la historia: la movilización colectiva, de tintes no sólo reivindicativos sino también de apuesta por el cambio social o político. Algo que viene ocurriendo desde que el ser humano tiende a vivir en sociedad.

Fuere bajo forma de revueltas contra patricios, de lucha contra señores, de herejes frente a la ortodoxia férreamente marcada por los credos dominantes, como población deseosa de independencia respecto a dominadores tenidos por extraños o de, sencillamente, gente hastiada de los mecanismos de dominación que han caracterizado las sociedades; la imagen de centenares o miles de personas clamando al unísono frente a una posible injusticia –y ambos términos mantienen una importante carga de subjetividad– se ha repetido durante siglos.

Lo que está acaeciendo con el movimiento 15-M en España nos pone en la pista de un país en el que se están desintegrando las maneras formales de encauzar los conflictos o, dicho de otro modo, que un número creciente de personas ya no confía en el sistema y, por tanto, lo pone en entredicho.

No entra en mis pretensiones analizar qué está ocurriendo para llegar a esto. En cambio, sí puede resultar interesante indicar algunos elementos de comparación con otros movimientos. En este caso, centraré la comparación respecto a las Comunidades de Castilla (1520-1522).

Hubo indignados en el siglo XVI que también recurrieron a la movilización colectiva al verse poco representados por el sistema de gobierno de aquella época. Aquellos, los del siglo XVI, y los actuales, compartieron algunas cosas. También les diferenciaban otras muchas. Veamos algunas de ambas.

El movimiento comunero es un referente en la Historia de España. Lo ha sido desde el siglo XIX, cuando los liberales vieron en este alzamiento un arrebato de libertad frente la tiranía que imponía la dinastía de los Austrias. Su recuerdo llega hasta la actualidad, como bien demuestra la existencia de un partido político –Tierra Comunera, que se define a sí mismo como un “movimiento socio-político castellano”– que toma de aquellos su nombre.

¿Qué paralelismos existían en la Castilla del primer Quinientos y la España de principios del siglo XXI? En primer lugar, un evidentísimo desgaste del sistema, de las reglas del juego. Hoy se utilizan términos como democracia, Estado de bienestar, izquierda, derecha, etc. como meras etiquetas, como un lenguaje de forma frente a unos contenidos que no están claros. Acaso, ¿qué son la izquierda y la derecha hoy en día, cuando fueron términos que servían para representar una realidad social que ha cambiado? ¿O qué es la democracia cuando incluso el régimen de Franco adoptó la forma institucional de “democracia orgánica”?

Curiosamente, a principios del siglo XVI ocurrió algo similar. Se produjo una crisis dinástica importantísima tras 1504, el año de fallecimiento de Isabel la Católica, con una hija declarada inhábil –loca– y un marido –Fernando el Católico– que desde 1507 pasaría a ocupar la posición de regente. Castilla no sabía cual era su referente monárquico. Sin embargo, ante este panorama, el argumento político más usado era el del “servicio a su alteza”. Todo se hacía siguiendo el patrón de fidelidad a la corona haciendo coincidir este servicio con los intereses personales. Dicho de otro modo, no era otra cosa que hacer lo que a uno le interesase justificándolo en bien del rey. Como hoy, cuando todos braman –bramamos– por la democracia, pensando que sólo nosotros somos sus legítimos intérpretes. Cuestión de conceptos vacíos, podríamos pensar.

El problema de esto es que todo se reviste de sospecha porque todo es o puede ser válido. Ocurre hoy, cuando la apelación a la Constitución y a la ¡democracia! sostiene unos mecanismos de clientelismo político, cuando no de corrupción. Ocurría ayer, a principios de la Edad Moderna, cuando el servicio al monarca sirvió para enmascarar procesos de enriquecimiento atroces acompañados de notorios abusos de poder. También la corrupción fue uno de los elementos más denunciados por los comuneros.

La consecuencia inmediata de esto no es sino la confusión. ¿Qué defienden unos y otros? ¿Quiénes son los unos y los otros? Principios similares, de servicio al rey o de democracia, acaso con desigual traducción. Los comuneros nunca pusieron en cuestión la institución monárquica. Seguían presentando su movimiento como “servicio a su alteza”, aderezado con la máxima del bien común. De hecho, mantuvieron correspondencia con el entorno de Carlos V para presentarle sus propuestas como respuesta a los que ellos mismos consideraban malos servidores. Pero no fue, frente a lo que imaginó el siglo XIX, un movimiento contra el rey, sino para alimentar una fórmula diferente de organización a partir de la corona.

El movimiento 15-M defiende una “democracia real” frente a la “democracia constitucional”, “formal”. ¿Qué implicaciones tiene cada una de ellas? ¿Qué similitudes? ¿Qué diferencias? Confusión, confusión, confusión, derivada de la utilización de conceptos vacuos, como ocurrió en el siglo XVI y el servicio al monarca.

Frente a estas similitudes cabe también encontrar algunas diferencias. La más evidente es que los comuneros organizaron un ejército para luchar contra las huestes que finalmente lograron el apoyo de Carlos V. La batalla de Villalar, en 1521, con la derrota de los insurgentes, forma parte de uno de los hechos de armas más recordados en la Historia de España. Hoy, al menos hasta el momento, no encontramos nada de esto entre los indignados. Quizás porque hoy en día el enfrentamiento armado es prácticamente imposible frente a los poderes establecidos. En cualquier caso esta no es la más importante de las disparidades.

Los comuneros optaron por ocupar los ayuntamientos y ocupar las estructuras institucionales, nombrando a nuevos corregidores y otorgando un nuevo papel a las Cortes. Todo ello formaba parte del sistema político castellano desde siglos precedentes. Los indignados del siglo XXI rehúyen todo contacto con las instituciones, no aspiran a tomarlas para que tengan lugar los cambios que defienden. No desean entrar en el sistema sino transformarlo. Los comuneros pretendían el cambio desde dentro; el 15-M desde fuera.

En esta diferencia tiene mucho que ver el papel de las elites. Si en el movimiento comunero cabe detectar una significativa participación de oligarquías que se habían sentido desplazadas por otras oligarquías –entre estas últimas, los flamencos, recién llegados a España con Carlos V–, la repulsa del 15-M no parece estar protagonizada o al menos influida por este factor.

Hasta donde hoy sabemos, es difícil pensar que el 15-M representa a partido o línea alguna cuando la crítica es sistémica y total. Esto no quiere decir que no encontremos solidaridades procedente de los estadios altos de la sociedad, pero serían a título individual, no como en el siglo XVI, cuando los procuradores de las Cortes comuneras eran regidores y cargos de gobierno que pertenecían a alguna de las más ilustres familias de Castilla.

En suma, los movimientos que en la actualidad se están produciendo nos llevan a una realidad que no ha sido desconocida para multitud de generaciones. Trazar comparaciones puede llevar a entender mejor su espíritu, sus límites o sus posibilidades. Del mismo modo que la irrupción de algo que parecía olvidado –el interés masivo por la esfera pública– puede ayudar a plantear nuevas preguntas sobre un pasado que hoy, al menos en lo relativo a las Comunidades de Castilla, parece más vivo que nunca.


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Licenciado en Historia (1998) y doctor en Geografía e Historia (2004) por la Universidad Complutense de Madrid, llevo a cabo en la actualidad su actividad profesional en el ámbito del Departamento de Historia Moderna de dicha institución. Soy autor de Breve Historia de los Austrias (Nowtilus, 2008) y de diferentes artículos para Historia National Geographic, y de más de unas sesenta publicaciones de investigación en varios países, incluyendo varios libros, artículos en revista de impacto, capítulos en monografías especializadas, etc.

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