Irán, entre Oriente y Occidente

Por . 15 junio, 2011 en Mundo actual
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El territorio que actualmente ocupa el estado de Irán ha sido siempre un lugar de paso y de contacto entre diferentes culturas, además de contener amplias riquezas y recursos, lo que ha generado desde los tiempos más antiguos temor y rivalidad en las naciones más cercanas e incluso en las más lejanas.

Si echamos un vistazo a la historia podemos determinar que fueron medos y persas, pueblos de origen iranio, los que crearon, a finales del I milenio a.C. los primeros estados organizados en el territorio que hoy configura el actual Irán. Después de un breve periodo de dominio medo (finales del siglo VII-mediados del siglo VI a.C.), los persas, liderados por Ciro el Grande, desafiaron su poder y establecieron el imperio de los Aqueménidas (559-330 a.C.). Tras el enfrentamiento entre griegos y persas que representaron las dos Guerras Médicas (490-479 a.C.), el Imperio persa fue derrotado y conquistado por el macedonio Alejandro Magno, cuya prematura muerte permitió a Seleuco, uno de sus generales, gobernar sobre el territorio del actual Irán, fundando la dinastía de los Seléucidas. A los macedonios les sucedieron los partos, un pueblo de origen escita, que progresivamente fue ocupando el territorio de la meseta iraní. De nuevo una dinastía persa, la de los Sasánidas, ejerció el poder en la zona (227-641 d.C.) enfrentándose al Imperio romano y a su sucesor, el bizantino, por los ricos territorios del Levante mediterráneo y Anatolia.

Una nueva era comenzó en el Oriente asiático con la llegada de los musulmanes y de su nueva religión, el islam. Pronto el territorio iraní fue conquistado por los califas sucesores del profeta (636-641 d.C.). Al primer dominio musulmán de Omeyas y Abbásidas siguió una época de división y fragmentación del poder. Poco después, a partir del siglo X, los turcos selyúcidas dominaron gran parte del mundo musulmán, y establecieron varios estados turcos. A éstos les siguió la conquista y dominio de los mongoles de Gengis Kan y Tamerlán en los siglos XIII y XIV.

La dinastía autóctona de los Safawíes controló el Irán en el siglo XVI, expulsando a los invasores y ordenando el territorio. Esta dinastía estableció el islam chií como religión oficial del Estado. En este periodo ya los comerciantes portugueses habían establecido colonias en el golfo Pérsico, si bien acabaron siendo expulsadas por los gobernantes Safawíes.

Después de un breve periodo de dominación afgana en el siglo XVII, se sucedieron varias dinastías persas, hasta que finalmente Aga Muhammad Jan tomó el título de shah y estableció la dinastía que gobernó el territorio iraní hasta 1925. Durante este largo periodo, lo que hoy es Irán sufrió la creciente presión de las naciones europeas y en especial de la Rusia zarista.

Con la llegada al poder del general Reza Shah Pahlevi en 1921, se inició una política de modernización y de reformas del Estado. En el año 1935 se adoptó oficialmente el nombre de Irán, término que designa a la tierra de los “arios” (en persa antiguo ariya, en plural ariyanam), en substitución de su nombre anterior, Persia, designación de origen griego utilizada sobre todo en Occidente.

El país se mantuvo neutral durante la I y la II Guerra Mundial, aunque no pudo evitar que Gran Bretaña y la Unión Soviética ocuparan su territorio. Con el exilio, en el año 1941, de Reza Shah Pahlevi llegó al poder su hijo, Muhammad Reza Shah Pahlevi.

Desde principios del siglo XX, las potencias occidentales venían rivalizando por controlar los enormes recursos petroleros iraníes. Países como Gran Bretaña, la Unión Soviética, Estados Unidos, Francia y Países Bajos rivalizaron por conseguir las concesiones de explotación del petróleo iraní.

El Irán de Reza Shah Palhevi impulsó una política de industrialización y modernización y potenció sus lazos con los estados occidentales, todo esto apoyado por una política interior de fuerte represión ante cualquier movimiento de oposición política y social.

Esta situación llevó, en el año 1979, al estallido de una revolución de carácter islámico dirigida por elementos conservadores y religiosos, que provocó la huida del Shah. Con el liderazgo del ayatolá Jomeini se creó una república islámica dominada por el estamento religioso, opuesta a la modernización y laicidad del mundo occidental y enfrentada a su principal representante, Estados Unidos.

Poco después, en 1980, se inició la guerra contra Irak, el país vecino, gobernado por Saddam Hussein, con el cual mantenía desde hacía años un enfrentamiento de carácter territorial. La guerra finalizó ocho años más tarde dejando tras de sí alrededor de 500.000 muertos y debilitadas las economías de ambos países. En este conflicto las potencias occidentales, la Unión Soviética y Estados Unidos apoyaron a Irak, cuyo régimen era considerado como el “menos malo” para Occidente.

En 1989 falleció el ayatolá Jomeini. El conflicto entre Irán y Occidente se agravó más con la acusación por parte estadounidense de que Irán favorecía el terrorismo, llegando, posteriormente a incluirse a este país en su conocido Eje del Mal. Los atentados terroristas islámicos del 11 de septiembre de 2001 no hicieron más que radicalizar la situación, y la posterior invasión por parte de Estados Unidos de Afganistán e Irak ha tenido como consecuencia el establecimiento de un panorama político internacional extremadamente inestable y conflictivo, en el cual la lucha contra el terrorismo internacional, que se había atrevido a atacar el corazón de la primera potencia hegemónica mundial, se ha convertido en un objetivo prioritario.

El último episodio de la confrontación entre Estados Unidos e Irán se centra en la política nuclear de este último. El anuncio hecho en 2003 por parte del presidente iranio Mohammad Jatami de su programa nuclear no hizo más que aumentar la tensión en las relaciones entre estos dos países, hecho que ha empeorado la situación política internacional y especialmente la de por sí ya muy inestable zona del Oriente Próximo.

A estas alturas, durante los primeros meses del año 2011, se hace difícil saber si la intervención estadounidense en Afganistán e Irak ha servido para mejorar la situación política, económica y social en esas latitudes asiáticas, y de forma derivada en el contexto internacional o, todo lo contrario, tan solo ha llevado a la política planetaria a hallar una nueva traba para la resolución de los agudos desajustes que ennegrecen el día a día no tan solo en los países no desarrollados sino también las condiciones de vida y de bienestar de las que gozamos (aunque seguro que no todos) en nuestro maravilloso (aunque solo para aquellos escogidos) mundo occidental.


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Soy licenciado en Historia por la Universidad de Barcelona (año 2000). En la actualidad colaboro en diversos proyectos de difusión cultural e histórica, como son Revista de Letras o www.indienauta.com y dirijo y gestiono el blog Culturalia, especialmente dedicado a la información y opinión de carácter histórico y cultural, ya sea en el ámbito de la investigación, la literatura, el cine, o la televisión. Tareas que compagino, ocasionalmente, con la enseñanza de la historia.

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  1. gravatar Miguel Gil Responder
    junio 15th, 2011

    Interesante artículo, quizás echo en falta el que Alejandro más que conquistar el Imperio Aqueménida le dio una versión helénica que fructificó con el quizás más insignificante de los diádocos, Seleuco. Alejandro quedó fascinado por la brillante civilización persa y sobre todo por el revolucionario espíritu religioso casi monoteísta con Ahura Mazda y el gran Zoroastro su profeta.

    • gravatar Jorge Pisa Sánchez Responder
      julio 6th, 2011

      En verdad el Imperio persa fascinó (de una forma u otra) al mundo griego. No se puede explicar la historia de Grecia sin tener en cuenta a su vecino oriental. Alejandro fue el único gobernante (en este caso macedonio) que pudo alcanzar la gloria de la conquista del rival persa, epopeya que intentaron emular otros después de él y que perduraria en Occidente como una de las grandes gestas de la Historia.