La Real Academia de la Historia y su Diccionario Biográfico Español

3 jun, 2011 por



Una tertulia literaria madrileña de 1735 que derivó en reunión enfocada al estudio del pasado está en el origen de la Real Academia de la Historia. Tres años después era ya eso, una academia regia, tan del gusto de la época, al conseguir la protección y la autorización consiguiente del primer rey Borbón español, Felipe V. Eran aquellos momentos los de una de las etapas culturales más reconocibles: la Ilustración.

Como real academia que es, y tal como explicita su propia Web, “la Real Academia de la Historia cuenta con subvenciones de los ministerios de Educación y Cultura, para favorecer la investigación y demás tareas”. No solo, que también lo dice el sitio, pero las tiene. Resulta lógico.

Desde sus primeros días, ya lucía como esencia fundacional la formación de un Diccionario Histórico-Crítico Universal de España: así rezaba la Real Cédula de Felipe V, del 18 de abril de 1738. Eso y “el estudio de la Historia”. Vamos, que el diccionario enciclopédico que ha desatado recientemente una vigorosa polémica tiene de alguna manera ya unos añitos.

Si seguimos en la Web de la RAH (vayamos a las siglas, por comodidad mía y tuya, lector), “el objetivo final de esta Institución sería el de aclarar ‘la importante verdad de los sucesos, desterrando las fábulas introducidas por la ignorancia o por la malicia, conduciendo al conocimiento de muchas cosas que oscureció la antigüedad o tiene sepultado el descuido’”. Ahí es nada. Y sus primeros Estatutos de aquel 1738 tan lejano hablaban de que su objetivo esencial era el “cultivo de la Historia, para ‘purificar y limpiar la de España de las fábulas que la deslucen e ilustrarla de las noticias que parezcan más provechosas’”.

Pues bien, los académicos se pusieron ya desde primera hora a ello, al Diccionario Histórico-Crítico Universal de España. Y se afanaron en su boceto y en pergeñar cómo habría de ser. A pleno rendimiento. Pero, entre unas cosas y otras ―una explicación poco convincente, lo sé―, no fue hasta el 21 de julio de 1999 que la RAH firmó un convenio con el Ministerio de Educación para “formar el Diccionario, en un plazo de ocho años”, palabras textuales de la propia Academia. Echaba a andar el Diccionario Biográfico Español, que tal sería su nombre pues la RAH se decidió a afrontar el análisis de las vidas de los principales protagonistas del país, de los “varones ilustres”.

Se crearon comisiones de académicos bajo la coordinación de uno de ellos, Quintín Aldea, que seleccionaron y clasificaron a los personajes incluidos, así como a los respectivos autores. Y es ahora que ve la luz, en los finales días del mes de mayo de 2011. Su director científico ha sido en todo momento el propio director de la RAH, Gonzalo Anes, y su director técnico, el filólogo Jaime Olmedo. La edición del Diccionario ha corrido a cargo de la propia RAH.

El número de entradas ronda las 43.000 (3.800 dedicadas a mujeres), los autores de las entradas superan los 5.000 e Istolacio, un caudillo del siglo III a. C., es su personaje más remoto. Pero eso sí, no incluye a nadie que haya nacido después de 1950 (salvo si se forma parte de la Familia Real o se es o se ha sido miembro del Gobierno). No será hasta 2012 que los 50 tomos planeados estén publicados, pero ya han aparecido los 25 primeros, los que llegan hasta la letra “hache”. Está previsto que todos los textos puedan ser consultados en Internet, y es ahí donde la RAH se ha comprometido a modificar los “errores” que ahora están saliendo a la luz y que ella misma determine hayan de ser enmendados.

Y por seguir con las cifras, la cantidad de dinero aportada por los sucesivos gobiernos que en estos últimos doce años han administrado España ha ascendido a la cifra de 6,4 millones de euros.

Si uno echa un vistazo a la nómina de autores especializados notará ausencias aparentemente inexplicables o difícilmente justificables, en especial si de especialistas en el siglo XX español se trata. Es una opinión discutible pero que ha sido manifestada ya por muchos historiadores.

Y llama la atención, y aquí empezamos a ahondar en el meollo de la polémica desatada desde que se ha publicitado la publicación del Diccionario, que la biografía del general Francisco Franco la haya redactado quien presida la fundación del dictador, un adepto, vaya, que además es un medievalista, y sin embargo la de Manuel Azaña haya sido escrita por un historiador que si bien es de reconocidísimo prestigio y ecuanimidad es asimismo un experto en la figura del monarca Alfonso XIII, monárquico él mismo (hablamos de Carlos Seco Serrano). Si solo fuera eso, la verdad es que no tendría mucha importancia el asunto… Hasta que uno lee lo que Luis Suárez Fernández, el citado biógrafo del vencedor de la Guerra Civil española, ha escrito de Franco y aprecia la más absoluta renuncia por su parte a usar los términos que ya forman parte indudable del análisis historiográfico del siglo XX español: dictadura, dictador, etcétera.

Cuando “saltó la alarma” del trato inadecuado dado a la biografía de Franco, comenzaron a ser estudiadas por distintos periodistas algunas biografías dedicadas a personajes coetáneos del general. Y a partir de ahí es cuando se empezó a echar en falta no ya la imposible objetividad sino la más mínima corrección en el uso de los conceptos historiográficos y en el trato moral dado a los personajes según pertenecieran a una u otra adscripción ideológica en la cruel coyuntura española de la primera mitad del siglo XX. Parecía demasiado evidente que no había habido rigor en el acercamiento a las vicisitudes de algunos de los biografiados, en especial a la hora de emplear calificativos.

Baste un ejemplo, si de Franco su biógrafo no osa decir que fue un dictador (si acaso le tacha de crear un “régimen autoritario pero no totalitario”), algo indubitable para cualquier historiador que pertenezca a la comunidad historiográfica sin adscripciones ideológicas, el último presidente del ejecutivo de la República española durante la Guerra Civil, el socialista canario Juan Negrín, encabezó un Gobierno “prácticamente dictatorial”. Toma ya.

Y ahora viene a cuento lo del dinero público y el hecho del amparo de la jefatura del Estado a una institución que ha descuidado los valores más elementales de la edición historiográfica. Si no fuera por ambas cosas, aquí no nos habríamos molestado en tratar de mostrar lo inadecuado de dilapidar no solo el dinero de todos sino de tirar por un precipicio la credibilidad de la mayor experiencia dedicada a la publicación de un corpus de consulta ineludible para cuantos quieran saber y escribir sobre la Historia de España.

Conviene puntualizar, no obstante, que en modo alguno se puede responsabilizar a los autores, a ninguno de ellos, de verter su peculiar o su aceptada manera, según los casos, de entender el devenir histórico e interpretar la biografía de “sus” personajes en clave histórica. La responsabilidad última es de quienes han editado el Diccionario. Y ya ha quedado dicho más arriba quién lo ha hecho.

Una lástima, máxime si se tiene en cuenta que muy probablemente todo esto no sea sino una pequeña mancha de café en un inmenso cubo lleno de leche, como ya ha apuntado alguno de los autores de tan magna obra. Pero una mancha fea. Muy fea. ¿Tiene arreglo el desaguisado? Lo veremos.

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11 Comentarios

  1. Cuando la biografía de Negrín y la de Franco coinciden en el sesgo ideológico, pese a haber sido redactadas por distintos autores, no diría yo que se trata solo de descuido editorial.
    En cualquier caso, se ha perdido una oportunidad de cumplir con una deuda histórica de la RAH. Una chapuza más hecha con dinero público, en un país demasiado acostumbrado a estas cosas.

    • Sí, Ismael, como bien sabes, un descuido editorial es precisamente eso, dejarse llevar por un sesgo ideológico propio o ajeno y no hacer bien el trabajo que se supone en esos casos: que es cuidar que la edición de una obra de referencia carezca de sesgos ideológicos. Y eso es un descuido. Que lo hayan hecho aposta, cosa que no veo tan clara, pero que no me extrañaría, no deja de ser un descuido de la profesionalidad editorial inherente a este oficio. Y me llama la atención que Seco Serrano -alejado años luz de las propuestas ideológicas y las desbarradas aproximaciones historiográficas contemporaneistas del medievalista guardián del sepulcro ideológico de Franco que es Suárez Fernández- haya cometido el error de usar ese calificativo arriesgado para el gobierno de Negrín.

  2. Sin duda está siendo un tema de rabiosa actualidad. Espero que sirva para llamar la atención sobre una institución -la RAH- que se ha quedado anquilosada en el tiempo. Su prestigio investigador, al menos en el mundo académico, es inexistente. No quiere decir que no haya gente valiosa sino que es una institución que aprovecha su prestigio para incluir a gente cercana al poder; precisamente esto es a lo que se juega en la RAH y no a otras cosas como, por ejemplo, enseñar historia. Creédme que sé de lo que hablo ya que mi universidad y mi departamento han sido tradicionamente y siguen siendo vivero de académicos.

  3. Felipe

    Resulta paradójico que la RAH naciera para desterrar cronicones y leyendas y que su Diccionario Bibliográfico haya acabado siendo precisamente eso, … el círculo se ha cerrado, la RAH ya puede clausurarse.

  4. Juan Luis Posadas

    Yo pienso que la RAE ha hecho una grandísima labor con el Diccionario Biográfico y sus 43000 biografías. El hecho de que 3800 sean de mujeres es un encomio de modernidad del diccionario, ya que, como persona que ha trabajado en él como autor y como corrector de más de 100 biografías, puedo asegurar que no siempre ha sido fácil seleccionar a tantas mujeres de una experiencia histórica vital como la española, tan proclive a discriminar a las féminas. Como historiador considero que el hecho de que haya unas pocas decenas de biografías “sesgadas” (¿qué documento, qué fuente histórica o historiográfica no está sesgada?) entre 43000 (menos del 1 por mil) no desmerece en nada al DBE. Es más, dentro de unos años se estudiarán los escritos de Luis Suárez o de Juan Luis Cebrián (autor de una sesgada biografía de Felipe González, la cual no se cita en ningún momento…), como documentos históricos del siglo XX español.

    • Es una opinión la tuya muy a tener en cuenta, pero en el texto de AH no se dice otra cosa que lo que se dice. Que el error es mayúsculo, pese al porcentaje de las biografías mal asignadas y mal resueltas. Sobre lo de Cebrián no tengo gran cosa que decir, salvo que si lo que querías era mostrar que del “otro lado” también se cometen tropelías, en una muy socorrida retórica sin dialéctica posible de “y ellos / tú más”, pues bien, sí, ¿y? “No se cita en ningún momento”, dices, ¿dónde no se cita? En cualquier caso, es evidente que si ha habido 43.000 biografías, estaremos en condiciones de saber hasta donde llega el sinsentido cuando alguien se tome el tiempo de leerlas todas con un poquito de sentido común, el propio de cada especialidad. De momento, lo que se conoce, lo que ha trascendido, tiene un aspecto de tropeza editorial tremenda. Esperemos que Viriato no fuera español avant la lettre o que Carlos V no lo sea de Alemania, por lo menos de la RFA, ni que haya más apariciones de Dios en los desgnios políticos de los biografiados.

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