Roma, años 70-50 a. C. De la república de todos al gobierno de uno solo

Por . 13 junio, 2011 en Historia Antigua
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El siglo I a. C. había dado a Roma la última oportunidad para convertirse en la democracia más poblada y más avanzada de toda la Historia del mundo hasta la época contemporánea. Pero Roma, abandonada a la molicie del dinero fácil y a la lucha fratricida para repartirse el botín de sus conquistas, había desaprovechado tal oportunidad.

Tras al menos trescientos años de disensión interna entre los patricios y los plebeyos, disensión de la que ciertas instituciones más o menos democráticas habían salido fortalecidas, los romanos habían hallado, sorprendentemente, el modo de acabar a la vez con la libertad y con la tiranía: encumbrar a uno sobre todos los demás para derribarlo después de manera inmisericorde. De esa manera se obtenía por un tiempo una dirección firme para la nave romana, hasta que tal dirección resultaba incómoda o peligrosa, y se sustituía por otra más acomodaticia a los intereses generales (o particulares) de las elites dirigentes. En todos estos tejemanejes, ni que decir tiene, el pueblo romano cada vez decidía menos y sufría más.

Así fueron encumbrados los Gracos, Mario o Cina. Todos ellos prometieron mucho bueno, hicieron bastante malo y cayeron con estrépito ante la general indiferencia de la plebe, que ya tenía suficiente con proveer de hombres a los ejércitos que dirimían en civil combate el auge de unos y la caída de otros.

En todos estos casos se fueron ensayando las fórmulas institucionales que cubrieron las formas del gobierno unipersonal de una supuesta República romana en la que todo recuerdo de la monarquía sobraba porque, juntamente con los reyes Tarquinios, se había desterrado de Roma el concepto de realeza.

Pero ni los tribunos de la plebe lograron más que la muerte tras su año de gloria, ni los consulados sucesivos de Mario le sirvieron para algo más que para ser arrebatado del poder por generales más ambiciosos o más hábiles que él. Tampoco la guerra de los aliados, ni la de Mitrídates, ni la civil, ni la dictadura y el asesinato de tantos romanos le valió a Sila para mantenerse en el poder más de tres años. Su renuncia y retiro solo sirvieron para que la aristocracia mostrara su cara más desagradable manteniendo las proscripciones, las persecuciones y las medidas contrarias a los tribunos de la plebe.

Pero pronto iba a surgir otro líder al que encumbrar y derribar, aunque, contra todo pronóstico, este consiguió mantenerse en el poder más que los otros, hasta el punto de que casi se convirtió en un emperador. Cneo Pompeyo, salido de las filas de Sila, pero ducho en el arte de nadar guardando la ropa, se convirtió en el enfant terrible de la aristocracia romana, luchando contra Lépido, contra Sertorio en Hispania, contra los restos del ejército de Espartaco, buscando principalmente triunfos y, sobre todo, un consulado.

Finalmente consiguió su premio en el año 70 a. C., a una edad inusual y pasando directamente de ser un ciudadano privado a la más alta magistratura de la República, sin pasar siquiera por el Senado. Pompeyo se convirtió en el hombre fuerte de aquella República en peligro, en la que supuestos salvadores como él actuaban como dinamitadores internos.

Durante los años 60, y como líder popular en contra de la aristocracia que le había encumbrado, Pompeyo trabajó duro en beneficio propio: consiguió el mando de las flotas romanas para acabar con los piratas del Mediterráneo oriental, cosa que «empezó en un invierno, siguió en primavera y acabó en un verano» (al decir de Cicerón), todo en el año 66. Nombrado primus inter pares, es decir, una especie de generalísimo y primer ciudadano (lo más parecido a un emperador de la época), Pompeyo luchó entre los años 66 y 62 a. C. contra Mitrídates, rey del Ponto y, de paso, consiguió incorporar a la República media Anatolia, parte del Cáucaso, toda Siria y Judea, saqueando a placer y consiguiendo para él y sus amigos poder y dinero a manos llenas.

En estos años, sus legados gobernaban provincias y ejércitos como si la República toda cupiera en el bolsillo de uno solo. Ni las maniobras de Craso contra Pompeyo, ni la fallida conspiración de Catilina del año 63, posiblemente apoyada en la sombra por otro poder emergente, Julio César, le hicieron mella alguna. Pompeyo era, hacia el año 60, el amo de Roma.

Pero Pompeyo había estado demasiados años fuera de la ciudad. En el interín, los líderes optimate y popular pasaron a ser Marco Licinio Craso y Cayo Julio César. Así que Pompeyo, quizá mal aconsejado, se vio obligado a sellar un pacto con ambos para repartirse el poder: César obtendría su primer consulado y después el liderazgo de la guerra contra las Galias; Pompeyo quedaba en Roma como líder indiscutible de la situación, quedando Craso en un indignante (para él) tercer puesto. Este pacto con los optimates y con el ambicioso César fue considerado una traición por los populares, quienes le consideraban uno de los suyos. Por si fueran pocos enemigos estos, su matrimonio con la hija de César, Julia, fue también una ofensa a los nobles, quienes desconfiaban de un patricio como César, que seducía a los plebeyos y amasaba una fortuna con la sangre de los galos.

Pero los años 50 significaron el desgaste del acuerdo y su final. Los desmanes de Clodio, un matón al servicio de sus propios intereses, las continuoa componendas de Craso tratando de conseguir poder e influencia en el Egipto de Ptolomeo XII, y la intromisión de Cicerón en la alta política para separar a Pompeyo de los otros dos dinastas, hicieron peligrar el gobierno tripartito. Pero había demasiado poder en juego como para echarlo a perder por simples minucias. Pompeyo, Craso y César reeditaron su acuerdo en la ciudad de Lucca en el año 56: Craso y Pompeyo disfrutarían de un consulado el año siguiente, tras el cual César renovaría su mando militar en Galia por otros cinco años y Craso iría a Siria a ampliar los dominios romanos en detrimento de las tierras de los partos (los sucesores de los persas en Oriente). Pompeyo gobernaría las Hispanias desde Roma por medio de sus propios legados.

El acuerdo, no obstante, sufrió un duro revés cuando Julia, la hija de César y mujer de Pompeyo, murió en el año 54. Era evidente que tal matrimonio se había concebido como un lazo familiar para unir a César y Pompeyo. Pero es que, además, Julia era la única hija de César, y Pompeyo estaba enamorado de ella. Por lo que su muerte de parto provocó no poco dolor en ambos, y preocupación en todos los romanos por si el acuerdo se rompía y estallaba otra guerra civil. Por si fuera poco, al año siguiente Craso invadió Partia, sin mediar provocación alguna, para no conseguir más que perder los dos tercios de su ejército en la batalla de Carras (Harran), y su propia cabeza poco después. Con lo que el año 53 acabó con dos líderes supervivientes de tres, el uno viudo de la hija del otro, sumido cada uno en sus propios problemas, uno en Roma, el otro en Galia, con el secreto deseo en ambos de imperar en solitario.

Los últimos años de la década de los 50 habían supuesto luchas en las calles de Roma, persecuciones a los amigos de uno y otro, asesinatos. Pompeyo dominaba Roma e Hispania, y tenía además numerosos amigos y aliados en Oriente. César dominaba las Galias con un gran ejército. Además, su campamento se fue llenando de refugiados políticos que huían del ambiente inseguro de Roma y de las provincias pompeyanas. Entre ellos, seguramente, se encontraba Salustio, el político cesariano que después se metería a historiador, sin olvidar nunca que el primer deber de un senador era gobernar.

El año 52 marca el límite entre la paz vigilante y la guerra inminente. En ese año, los enfrentamientos en las calles de Roma alcanzaron el clímax cuando Milón, uno de los matones pagados por los nobles, consiguió derrotar y asesinar a Clodio, el matón pagado por los populares. En el funeral de este último, la muchedumbre se atrevió incluso a incendiar la sede del Senado, la antigua Curia Hostilia. Como respuesta a esta situación insostenible, y con la aprobación del partido noble u optimate liderado por Catón, Pompeyo fue nombrado príncipe del Senado y cónsul único, sin colega. En la práctica, Pompeyo era emperador. Aunque César se opuso a esta medida, bastante tenía él con sus problemas en la Galia. En esos meses se produjo el desenlace de la guerra con el asedio y toma de Alesia y la rendición de Vercingétorix, el líder arverno.

Pero si bien César veía cómo se acababa su mandato en la Galia tras derrotar a los últimos reductos de resistencia a comienzos del año 51, Pompeyo había conseguido una prórroga de cinco años de su gobierno de las Hispanias, gobierno que ejercía cómodamente desde Roma por medio de sus legados.

El problema constitucional que se dirimía era que César había acabado su mando legal sobre los ejércitos de la Galia, y se enfrentaba, como ciudadano privado, a una más que segura acusación de traición. Tampoco Pompeyo quería renunciar a la seguridad de su consulado único y de sus ejércitos de Hispania. La votación del Senado del día 1 de diciembre del año 50 a. C., para que ambos renunciasen a su mando militar, fue apartada con desdén. Ambos sabían que el poder en aquella República disminuida ya no residía en el Senado ni en los comicios de la plebe de Roma, sino en el pueblo romano en armas, en el ejército. Y ambos iban a dirimir su preeminencia política, no con la toga, sino con la espada.

Así que, sin hacer caso de la opinión mayoritaria del Senado, el cónsul Claudio Marcelo, con el apoyo de la nobleza representada por Catón, se echó en brazos de Pompeyo, prefiriendo la tiranía bajo uno conocido a la libertad con otro por conocer, y le otorgó el mando de todas las tropas de Italia, y la misión de salvaguardar la República. Días después, tras rechazar los últimos intentos de César para evitar la guerra civil, el Senado le depuso de su mando militar y le declaró enemigo público. La guerra civil, de hecho, la declaró, no César, sino el Senado el día 7 de enero del año 49 a. C. Tres días después, César cruzaba el Rubicón con su decimotercera legión.

Pompeyo había anquilosado sus demostradas dotes de general, pues cometió un error imperdonable. Sin estar seguro de poder contrarrestar a la legión de César con sus tres legiones, debido a que dos eran procesarianas, y la otra no tenía experiencia en combate, dado que estaba formada por reclutas, decidió abandonar Roma e Italia para dirigirse al sur, hacia Brindisi, para cruzar después hacia Grecia, junto con gran parte del Senado y los cónsules electos. Es decir, Pompeyo abandonaba Italia pero, en cierta manera, Roma se iba con él, dado que la legitimidad política de la República, representada por los cónsules, el Senado y los magistrados, cabalgaba y caminaba a su lado. El objetivo de Pompeyo, al parecer, era atraer a César a Italia y Grecia en su persecución, para alargar sus líneas desde la Galia a los Balcanes, y hacerle frente en ambos extremos: desde Hispania con las legiones mandadas por sus legados, y desde Grecia con las que había ido juntando en su marcha desde Roma. Pero dejar Roma y sus ingentes recursos económicos y humanos en poder de César fue el mayor error de toda la guerra. Un error que finalmente le iba a costar la derrota y, a la postre, la cabeza.


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Nací en Málaga en 1967, hijo de un empleado de banca madrileño y de una modista manchega, reconvertida en ama de casa. Desde 1988, siendo estudiante de tercero de Licenciatura, he venido publicando artículos en revistas y comunicaciones en congresos hasta llegar a la asombrosa cifra (para alguien que no es profesor) de 50 publicaciones. Mis líneas de investigación actuales son las mujeres en las fuentes literarias latinas entre los siglos I a. C. y II d. C., y también la Historia social de Roma desde una perspectiva de género. Además de todos esos artículos, he publicado cuatro libros de Historia (Historia de Bizancio, Alderabán, 2002; Emperatrices y princesas de Roma, Raíces, 2008; Año 69: el año de los cuatro emperadores, Laberinto, 2009; y Los emperadores romanos y el sexo, Sílex, 2011), dos traducciones comentadas de historiadores romanos (Salustio: fragmentos de las Historias, Ediciones Clásicas, 2006; y Tácito: la Germania, Alderabán, 2011), además de tres libros de texto escolar.

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