Ser candidato en la República romana

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Las actuales campañas electorales no son una invención moderna, sino que, en realidad, ya se encontraban ampliamente desarrolladas desde época romana. Las bases de nuestra cultura se encuentran en Roma y, por consiguiente, no es de extrañar que nuestro sistema político ofrezca numerosas coincidencias con el romano, si bien los principios de la política romana eran bastante diferentes a los vigentes hoy día.

La política, entendida como una actividad social eminentemente cívica, se convirtió en una de las mejores profesiones en el mundo romano. En Roma, términos como el honor, la gloria, la confianza, el respeto, la dignidad, el prestigio, la autoridad y la gracia eran los que definían verdaderamente al auténtico líder político.

El electorado romano comprendía al populus, es decir, al conjunto de ciudadanos libres inscritos en el censo –las mujeres no tenían ninguna incidencia en los procesos electorales ya que carecían de derechos políticos como la capacidad de votar, de ocupar una magistratura o de ser escuchadas en las asambleas–. Sin embargo, y a diferencia de lo que ocurre en la actualidad, las elecciones, en vez de ser un instrumento idóneo de participación democrática no representaron sino un verdadero límite a ésta, pues, en realidad, el derecho a ser elegido fue un privilegio reservado exclusivamente a un reducido sector de la población, la nobilitas o élite romana. Para poder ser candidatus o ‘candidato’ –el nombre deriva de la toga candida que el pretendiente a un cargo debía vestir durante toda la campaña–, el ciudadano romano debía reunir una serie de requisitos:

  1. Disponer de un alto nivel de rentas que permitiera sufragar los enormes gastos que generaba el ejercicio de una magistratura (a diferencia de lo que ocurre en la actualidad, el desempeño de una magistratura debía realizarse de manera gratuita por ser considerado todo un honor).
  2. Demostrar nobilísimos orígenes familiares.
  3. Manifestar una gran popularidad. Con objeto de alcanzar la mayor popularidad posible, desde el principio el candidato tenía la obligación de cultivar su imagen social con una activa participación en la vida pública demostrando sus facultades como orador y financiando grandes espectáculos para el pueblo.

Como norma general, las elecciones comenzaban en los meses de otoño con el propósito principal de que la renovación en las distintas magistraturas coincidiese con el inicio del año nuevo. El proceso electoral se iniciaba con la presentación de las candidaturas ante el magistrado encargado de convocar las elecciones, bien uno de los dos cónsules en el caso de Roma, bien el duunviro de mayor edad en el caso de las ciudades restantes. A continuación, se hacía pública la relación de candidatos mediante listas expuestas en los principales lugares de la ciudad y en las asambleas populares, y seguidamente se establecía el calendario electoral. En este sentido, hay que tener en consideración que un porcentaje considerable de la población romana era iletrada y sólo lograba informarse de las listas electorales por medio de terceros. Por consiguiente, se hizo más que necesaria la existencia de responsables oficializados que pregonasen estas listas con objeto de mantener informado a todo el pueblo. Esta era la competencia del praeco, un funcionario de origen servil que durante un periodo de tres años se ocupaba de recorrer la ciudad comunicando oralmente las noticias –los profesionales de este oficio sirvieron a la gran mayoría de las instituciones de la vida pública de Roma comunicando sentencias, acuerdos, decretos, proyectos de ley a debatir, o penas de todo tipo; también eran los encargados de citar a los contribuyentes para hacer sus pagos, ahorrándose los magistrados de turno el impacto popular negativo que sobre sus personas podría acarrear la adopción de medidas ingratas pero a la vez necesarias–.

En la antigua Roma, los candidatos no podían celebrar mítines propagandísticos, pues se trataba de un privilegio exclusivamente reservado a los magistrados en activo. Con este panorama, el foro se convertía en el único lugar donde los candidatos podían intercambiar palabras y solicitar personalmente el voto a los ciudadanos. En este sentido, en sus comparecencias públicas los pretendientes se hacían acompañar de un grupo de incondicionales de distintas categorías sociales y edades que continuamente los aclamaban. Básicamente, existían tres tipos de acompañantes: los que le saludaban por la mañana (salutatores), los que le acompañaban al foro (deductores), y los que le acompañaban constantemente (assectatores).

 

Ante la imposibilidad de celebrar mítines, la propaganda electoral era uno de los recursos más comunes entre los candidatos para convencer al electorado indeciso. Abundaron los grafitos y las pintadas en las que se alababa la honestidad del candidato –también fueron bastante frecuentes los casos en los que se atacaba y perjudicaba seriamente la honorabilidad– y no su preparación para el cargo al que aspiraba. Ante la ausencia de espacios públicos especialmente reservados para la propaganda electoral, eran los propietarios de cada casa los que autorizaban e incluso pintaban en sus fachadas las proclamas a favor de su candidato preferido. La mayoría de las pintadas electorales, en gran medida documentadas en las ruinas de Pompeya, emplearon fórmulas muy sencillas para conseguir el voto. En ellas, y con un tipo especial de letra, denominada scripta actuaria, aparecía el nombre del candidato que se debía elegir, acompañado de alguna expresión que alababa su honestidad y virtud, el cargo al que se presentaba, el nombre del inspirador de esta propaganda y la petición formal del voto. Asimismo, también existían carteles de promoción de varios candidatos proponiéndolos por parejas. Por otro lado, también fueron frecuentes las pintadas donde se desacreditaba a determinados oponentes políticos –la rivalidad consistió en una simple oposición entre candidatos que actuaban a tenor de la coyuntura política y de sus ideales personales–.

La información aportada por las inscripciones electorales permite confirmar a ciencia cierta que existían empresas que contaban con personal especializado en realizar las pintadas. Una vez redactado el mensaje electoral, el dealbator, es decir, el blanqueador, preparaba debidamente la superficie de la pared donde iría escrito el mensaje dándole una capa de pintura blanca. Seguidamente, el scriptor o letrista escribía el texto con grandes letras de color rojo. Como norma general, las pintadas electorales se hacían de noche, por lo que era necesaria la presencia de un farolero o laternarius que, a la vez que vigilaba para que nadie interrumpiera el trabajo, sujetaba la lámpara y la escalera para facilitar el trabajo.

Durante toda la carrera electoral, el candidato no exponía claramente una ideología ni tampoco un programa político, sino que tan sólo se limitaba a resaltar sus méritos personales y los de sus antepasados demostrando sus dotes en oratoria y elocuencia. Por consiguiente, no existían partidos políticos que defendieran un programa o ideario tal y como los conocemos hoy –en Roma la competencia política se limitaba al enfrentamiento político entre individuos, lo que generaba un cambio continuo de alianzas–. No obstante, sí existían varias fórmulas para entablar relaciones de tipo personal o familiar bajo conceptos tales como la factio, asociaciones, que no partidos, de carácter político, la amicitia o la clientela fundadas en la fidelidad y el intercambio de favores. Sin embargo, estas formaciones no lograron absorber toda la actividad política de la Roma republicana; representaron un papel importante en asuntos de “política doméstica” relativos a determinados procesos electorales de magistraturas inferiores. Por consiguiente, lo apropiado sería hablar de agrupaciones de opinión representadas por optimates y populares, amplias formaciones integradas por individuos unidos en defensa de los intereses propios de una categoría, que responderían a una base social ligada a la división de la sociedad en clases.

Si bien es cierto que el soborno con fines electorales estaba terminantemente prohibido –el caso más conocido de soborno electoral durante la República romana fue el de Cayo Verres, quien consiguió ser elegido gobernador de la rica provincia de Sicilia en el 73 a.C. echando mano de todos los medios que tuvo a su alcance–, en Roma, y fundamentalmente en época republicana existieron numerosos casos de ambitus, es decir, de corrupción electoral. Desde un primer momento, se hizo bastante frecuente la compra ilegal de votos y para ello se creó una red que se encargaba de captar a los electores y de hacerles llegar dinero –en el 358 a.C. se aprobó la primera ley contra la corrupción–. Originariamente, el concepto de ambitus designaba el delito electoral por parte de un candidato de obtener votos antes de las elecciones; posteriormente, en sentido estricto, se designaron así las prácticas ilegales en campaña electoral contra las que desde finales del siglo II a.C. se trató de actuar mediante el establecimiento de un tribunal permanente y la repetida promulgación de leyes penales.

Durante la jornada de las votaciones, los electores, organizados en distintos distritos electorales que constituían las unidades de voto, procedían a dar el suyo. Se votaba en unas cestas de mimbre, las cistae, una para cada distrito, por medio de tablillas en las que cada elector escribía el nombre del candidato –el hecho de que el sufragio fuera escrito y secreto era una medida encaminada a evitar presiones sobre el electorado; empero, en la práctica existieron formas indirectas de manipulación, como la entrega antes de la votación de tablillas con el nombre de un determinado candidato ya escrito–. Cada cesta era vigilada por un reducido grupo de ciudadanos pertenecientes a un distrito electoral diferente, quienes debían jurar respeto a la ley y ejercer esta labor de manera gratuita. En el caso de que algún candidato tuviera dudas respecto a la transparencia de las elecciones, estaba permitida la designación de interventores.

En los comienzos de la República romana, las votaciones para proceder a la concesión de los distintos cargos públicos se llevaron a cabo mediante el voto descubierto, lo que trajo consigo numerosos y frecuentes casos de intimidación electoral. Por ello, y con el único propósito de evitar estos desórdenes, en la primera mitad del siglo II a.C. se introdujo el voto secreto. No obstante, aunque se consideró que esta fórmula traería consigo una seguridad y estabilidad en los procesos electorales, se acentuaron, en cambio, los casos de corrupción debido a la inexistencia de un verdadero control de los censos electorales y la manipulación de los resultados. Por ende, el sistema electoral se hizo mucho más vulnerable y anárquico –los episodios de corrupción electoral llegarían a su culmen durante el periodo tardorrepublicano, concretamente durante los años previos al estallido de la guerra civil entre pompeyanos y cesarianos (49-45 a.C.).

Tras la votación, que como norma general se realizaba en la basílica del foro, se procedía al escrutinio. Una vez terminado el proceso, los elegidos para el ejercicio de una magistratura debían jurar pleno respeto por la ley convirtiéndose en magistrados electos en espera de tomar posesión oficial del cargo. De modo excepcional, se dio la posibilidad de que los aspirantes a las magistraturas pudieran efectuar la presentación formal y oficial de sus candidaturas estando ausentes, e incluso pudieran resultar elegidos sin participar personalmente en los preceptivos comicios, si bien era condición necesaria que los candidatos electos estuvieran presentes para el juramento del cargo.

Como es de suponer, los candidatos electorales de la antigua Roma contaron con una serie de tratados de contenido político donde se recogían una serie de consejos y tretas para conseguir el cargo al que aspiraban. Entre estos, el Commentariolum petitionis, o Manual del candidato, de Quinto Tulio Cicerón, un breve tratado de estilo epistolar, es el documento más importante para poder comprender correctamente la sociología electoral romana. Escrito a modo de carta familiar, la obra consiste en un conjunto de consejos y astucias para conseguir la victoria electoral que Quinto Tulio Cicerón dirige a su hermano mayor, el ilustre orador y jurista Marco Tulio Cicerón, quien ansiaba ocupar para el año 64 a.C. el consulado de Roma, la máxima dignidad a la que un ciudadano romano podía aspirar. Entre los consejos que Quinto Tulio Cicerón dio a su hermano figuraban:

-Contar con una estrecha relación con los ciudadanos más ilustres de la sociedad, sin olvidar bajo ningún concepto a las clases más humildes.

-Forjar estrechos vínculos de fidelidad y amistad, es decir, desarrollar una importante red de relaciones personales tanto entre las clases nobles como entre las clases populares. Las relaciones de dependencia derivadas de la clientela, que prácticamente afectaban a casi toda la población libre, se mantuvieron en distinta forma en la sociedad de las grandes ciudades. Las principales obligaciones de los clientes ante su patrono eran saludarlo a diario y acompañarlo en sus apariciones públicas y, fundamentalmente, apoyarlo en las elecciones y en las votaciones de leyes.

-Ser generoso con la familia, los amigos y los conciudadanos realizando repartos de comida o de dinero a través de terceros para evitar así las acusaciones de corrupción.

-Evitar el empleo de un nomenclator o esclavo encargado de susurrar al candidato el nombre de las personas que le pudiesen ser de interés para estar en condiciones de aparentar que le eran perfectamente conocidos. A pesar de ser una práctica penalizada por ley, era algo frecuente entre los candidatos de una ciudad tan populosa como Roma, en la que era muy difícil identificar a todos los miembros de las familias romanas más ilustres.

-Obviar los medios fraudulentos para obtener la victoria y condenar la corrupción electoral.

-Las promesas electorales representaban un instrumento infalible con el que poder ganar votos. De esta manera, el candidato se ofrecía a un público al que presentaba una relación de contrapartidas a cambio de su voto.

-Lograr la popularidad y convencer al electorado a través del correcto uso de la oratoria y la elocuencia.

-Procurar que la campaña electoral se caracterice por su grandeza y dignidad –un candidato digno debía anteponer el prestigio de Roma al suyo propio–.

-Desacreditar públicamente a los adversarios poniendo de relieve sus defectos.

Con esta relación es posible comprobar cómo las técnicas empleadas para la conquista del consenso en la antigua Roma no difieren mucho de las vigentes hoy en día. No obstante, muchos han estimado que las campañas electorales romanas no guardan una estrecha relación con las modernas, debido fundamentalmente a su carácter personalista y despreocupado o a la ausencia de un claro programa político. Pero, en realidad, las prácticas seguidas para obtener la confianza y la simpatía del cuerpo electoral son muy similares a las presentes en la actualidad, pues en las campañas electorales viene siendo frecuente que los candidatos se desacrediten mutuamente y que en las apariciones públicas sean aclamados y aplaudidos por su grupo de afiliados políticos como siglos antes hicieron salutatores, deductores y assectatores.


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Soy formalmente historiador desde que me licencié en Historia Antigua por la Universidad Complutense de Madrid en 2004. En 2009 conseguí el título de doctor europeo por el Departamento de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid con la defensa de la tesis doctoral La Hispania de Cneo Pompeyo Magno y Cayo Julio César: modelos de gestión territorial y clientelar, obra publicada en 2012 por Sílex. He orientado mi labor investigadora a las relaciones sociales, a los movimientos migratorios y a la organización del territorio en la Antigüedad, así como a todo lo concerniente a la romanización y a la arqueología de España. Asimismo, tengo un gran interés por la antropología social y la etnoarqueología, colaborando en este sentido con varios organismos y plataformas. He realizado varias estancias como investigador en Italia, donde he completado mi formación como historiador y arqueólogo, y he participado en varias excavaciones arqueológicas en todo el territorio nacional.

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  1. gravatar Juan Luis Posadas Responder
    junio 9th, 2011

    Estupendo artículo, muy interesante y magníficamente escrito. Me gustan las alusiones a la actualidad, lo cual demuestra el buen conocimiento de las fuentes por parte del autor (con su carácter moralista en ocasiones). Magnífico, pues.