Una ventana se abre al pasado, una puerta se cierra al presente

8 jun, 2011 por



El descubrimiento de la piedra de Rosetta y la traducción de la escritura jeroglífica

A lo largo de la historia, la escritura ha sido un canal fundamental de comunicación entre los seres humanos. Sin embargo, este canal no ha sido continuo, unas veces ha cumplido su misión pero otras veces ha desaparecido. Ese es el caso sobre el que vamos a posar nuestra atención con el objeto de observar cómo fue necesario un gran esfuerzo para recuperar uno de esos canales perdidos: la escritura jeroglífica del antiguo Egipto.

Hacia el año 3100 a. C., los sacerdotes egipcios inventaron un nuevo modo de comunicarse, un nuevo tipo de escritura al que se denominó jeroglífica (si usamos eso sí la palabra griega que significa ‘escritura sagrada’, por lo difícil que resultaba para las personas corrientes entenderla). Esta escritura se transmitía únicamente entre los sacerdotes y los escribas, y no era conocida por la mayor parte del pueblo.

Mucho después, en el 196 a. C., los sacerdotes decidieron escribir una inscripción en piedra para conmemorar la coronación del rey Ptolomeo V Epifanes, y redactaron el mismo texto en tres idiomas (jeroglífico, demótico ―una especie de escritura jeroglífica abreviada― y griego ―la lengua materna del soberano―).

Sigamos avanzando en el tiempo. En el año 381 de nuestra era, el emperador romano Teodosio decretó el cierre de todos los templos paganos y la prohibición de los antiguos cultos y rituales. La última fecha en que se registró una inscripción en jeroglífico fue el año 394, desde entonces no se volvió a escribir jamás en este tipo de caracteres, y el conocimiento de los mismos se fue perdiendo paulatinamente.

A partir del siglo XVI, los europeos volvieron a interesarse por los jeroglíficos, pero ya nadie sabía qué significaban aquellos extraños símbolos. Muchos eruditos dedicaron buena parte de sus investigaciones a intentar descifrarlos, pero nadie conseguía dar con la clave.

Y llegamos a 1799: un soldado francés se hallaba excavando unas fortificaciones en la ciudad egipcia de Rashid (llamada Rosetta por los europeos) cuando dio con un bloque de basalto negro de un metro de altura. Era la que pasaría a ser nombrada como piedra de Rosetta.

Un general del ejército de Napoleón que sabia griego pudo traducir rápidamente qué es lo que se decía en ella. Llevada a Francia otros sabios consiguieron descifrar lo que decía la inscripción en escritura demótica que coincidía exactamente con lo escrito en lengua griega. ¡Resultaba evidente que lo escrito en jeroglífico correspondía a lo mismo que se había escrito en los otros idiomas conocidos! Por tanto, parecía que sería fácil traducir este último.

Sin embargo, pese a que las mayores inteligencias de la época se devanaron los sesos, nadie conseguía adivinar cómo funcionaba la lengua de los antiguos egipcios. Tuvo que ser un joven francés especialista en lenguas orientales llamado Jean François Champollion, quien después de muchos años de estudios consiguió identificar en unos “cartuchos” los nombres del rey Ptolomeo y de su esposa Cleopatra.

Champollion fue un genio en el conocimiento de los idiomas que, a los 17 años de edad, ya dominaba el inglés, alemán, italiano, latín, griego, sirio, caldeo, copto, hebreo, árabe, además de lógicamente, su lengua materna, el francés.

Cuando todavía era muy joven, Champollion conoció la existencia de la piedra con las inscripciones. Al preguntar ¿”qué pone en ellas”?, y obtener como respuesta un enigmático, “nadie lo sabe”, el muchacho decidió consagrar buena parte de su vida a traducir aquellas inscripciones que eran la clave para recuperar el conocimiento de la antigua escritura sagrada de los egipcios.

Después de 1.600 años de oscuridad, la humanidad pudo volver a leer la escritura de los sacerdotes de Egipto.

Hoy día, todavía hay muchas lenguas antiguas que desconocemos, necesitaríamos otra especie de piedra de Rosetta para que pudiéramos comprenderlas. Nuestros canales de comunicación con muchas de las culturas de la antigüedad (maya, minoica, del valle del Indo) están rotos a la espera de que un nuevo Champollion consiga descifrarlos.

 

 

La destrucción de la antigua Biblioteca de Alejandría y la pérdida del conocimiento y del saber del mundo clásico

Si acabamos de ver que a es posible recuperar los canales de comunicación con antiguas civilizaciones y culturas, a continuación podremos comprobar que esto no ocurre siempre.

Por desgracia, antes de la invención de la imprenta, los libros se escribían todos a mano, por ello circulaba un número de copias muy reducido que aunque se almacenaban y se custodiaban cuidadosamente no eran suficientes para garantizar la transmisión de esos conocimientos a las generaciones posteriores. Por ello hoy día nos lamentamos de que la mayoría de aquellos conocimientos se hayan perdido dejando un vacío irrecuperable a la hora de conocer el origen de nuestra civilización y nuestra cultura en el mundo clásico. El devenir de la antigua gran biblioteca de la ciudad egipcia de Alejandría es lo suficientemente ilustrativo de todo esto.

Alejandría (fundada en el año 331 a. C. por el rey Alejandro Magno) no solo fue muy conocida por ser una de las grandes ciudades del mundo antiguo (con mas de 500.000 habitantes), sino sobre todo por ser sede del mayor centro del saber que existió en nuestro planeta hasta los tiempos modernos, la Gran Biblioteca y el Museo, fundados por los reyes Ptolomeos I y II entre los años 313 y 284 antes de nuestra era.

Se cuentan muchas anécdotas sobre las formas en que los reyes Ptolomeos conseguían los libros para su biblioteca que, a mediados del siglo I a. C., llegó a contar con la exorbitante cantidad de casi 700.000 rollos de papiro escritos a manos procedentes de todas las partes del mundo conocido por aquel entonces. En ellos se recopilaba la mayor parte del saber existente en su momento.

Pero el destino de estos libros fue, por desgracia, el mismo que el de la mayor parte de las obras escritas antes de invención de la imprenta, su destrucción intencionada (en la mayor parte de los casos por el fuego). En el caso que nos ocupa, era tal la cantidad de volúmenes almacenados, que se necesitaron tres incendios durante siete siglos para que la humanidad perdiera el que es tenido por el mayor legado cultural de toda su historia.

En el año 48 a. C., Julio César, el gran dirigente de los tiempos finales de la República romana, se vio envuelto con sus tropas en la denominada guerra alejandrina. Rodeado por sus enemigos, César no tuvo otra estratagema que la de recurrir al incendio de la Biblioteca para que mientras los egipcios se entretenían en apagar las llamas, él mismo pudiera escapar con sus soldados. No obstante, poco después la Biblioteca se recuperó, Marco Antonio, el lugarteniente y heredero militar de César, regaló a Cleopatra VII, que por entonces era la reina de Egipto, el contenido de la de Pérgamo y el saber volvió a florecer en Alejandría.

A finales del siglo IV de nuestra era, el emperador romano Teodosio declaró como sabemos una campaña estatal contra el paganismo. La guerra a las enseñanzas y los libros paganos tuvo como consecuencia la destrucción de la Biblioteca por una horda de fanáticos cristianos encabezada por el arzobispo San Cirilo, que quemaron todas las obras que encontraron y derribaron los edificios entre los años 391 y 415.

Lo que siguió fue, desde un punto de vista cultural, la denominada por algunos edad de la barbarie, de las tinieblas o de los tiempos oscuros, que corresponde a lo que en historia se llama la Alta Edad Media. No obstante, era tal la riqueza de esta Biblioteca, que una pequeña parte de la misma consiguió salvarse.

En el año 642, las tropas del general árabe Amir conquistaron Alejandría, lo que le permitió a aquél notificar al califa Omar qué debía hacer con los libros que quedaban de la antigua Biblioteca, a lo que el califa respondió: “si en esos libros lo que se encuentra escrito es conforme a la ley del Corán no son necesarios, y si lo que se encuentra escrito es contrario a la enseñanza del Corán deben ser eliminados, así que, en cualquier caso, destrúyelos”. Cuenta la tradición que fueron utilizados como combustible para calentar los baños públicos, y que se encontraron en tal cantidad que los abastecieron durante seis meses.

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1 Comentario

  1. Felipe

    ¿Qué hay de las lenguas peninsulares prerromanas? ¿existen fuentes?¿se conoce su escritura?

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