¿Cómo surgieron los primeros jefes?

1 jul, 2011 por



Aunque la sabiduría popular suele decir que siempre ha habido clases, esta afirmación dista mucho de ser cierta. De hecho, en las primeras sociedades humanas, los pueblos de cazadores-recolectores del Paleolítico, no sólo no las había sino que no podía haberlas.

Para que existan jefes, es decir, para que una persona o un grupo reducido de ellas puedan imponer su voluntad a los demás y obligarles a hacer cosas que no quieren, se requieren algunas condiciones que en estas sociedades primitivas no se daban. Para empezar, es necesario que el díscolo, el rebelde, el que se niega a acatar las órdenes del jefe, pueda ser castigado de algún modo lo bastante convincente para que la mayoría de las personas prefieran obedecer antes que arriesgarse a provocar las iras del cabecilla. Pues bien, en las sociedades del Paleolítico esto no sucedía. Cualquier individuo que se negara a obedecer no podría ser privado del acceso a los recursos, ya que estos —los animales salvajes, la pesca, los frutos, las bayas o las raíces— no podían someterse al control absoluto de un grupo de individuos ni mucho menos almacenarse en un granero con un soldado en la puerta.

En consecuencia, en las sociedades de este tipo no existen jefes, sino tan sólo individuos que gozan de algún tipo de ascendiente sobre el resto, las más de las veces como resultado de su valía personal y, en consecuencia, de su utilidad para el grupo. Así, los cazadores más hábiles, los hechiceros considerados poderosos o los ancianos más sabios serían objeto del respeto general y obedecidos de buen grado. Podríamos decir que no poseen poder, ya que carecen de capacidad para obligar, pero sí autoridad, ya que son capaces de persuadir. De algún modo, representan esa forma natural de preeminencia que surge en el seno de lo que la sociología denomina grupo de iguales, y que se atribuye de manera espontánea —como bien saben los niños y los adolescentes—al individuo que demuestra poseer en mayor grado un rasgo que el grupo tiene en especial aprecio.

Mucho después, en las sociedades de pastores y agricultores, las cosas empezaron a cambiar. Al principio, la igualdad entre las personas se mantuvo. La tierra era de todos, y todos la trabajaban y tomaban lo necesario del almacén común. El trabajo estaba poco especializado. Cada individuo labraba la tierra, tejía sus ropas y elaboraba las vasijas de arcilla que necesitaba su familia. En el mejor de los casos, los hombres siguieron mostrando cierta afición a la caza mientras sus mujeres prestaban más atención al cultivo de la tierra y el cuidado de los rebaños. Los sacerdotes también aparecieron pronto, pues la necesidad de aplacar en lo posible la caprichosa voluntad de los dioses de los que dependían las cosechas justificaba su existencia. Pero se trata de una sociedad muy simple. No existen aún leyes. La tradición y la autoridad de los ancianos bastan para resolver los conflictos. Tampoco son necesarios la policía ni los jueces. La violencia, por fortuna, continúa siendo casi desconocida.

Pero, mejor alimentada, la población siguió creciendo y ocupando nuevas tierras. Pasado mucho tiempo, las zonas más fértiles se agotaron, y algunos grupos hubieron de establecerse en terrenos marginales, menos aptos para el cultivo, que exigían mucho más trabajo a cambio de un rendimiento mucho menor. Pronto, la tensión entre grupos empezó a crecer. Nadie estaba dispuesto a renunciar a la tierra en la que había invertido tanto tiempo y esfuerzo, así que cada aldea, cada poblado se organizó para defender la suya de otros menos afortunados o con menos ganas de trabajar. Al principio, todos tomaban las armas cuando era necesario y las dejaban cuando regresaba la paz. La misma piedra que servía de materia prima para confeccionar azadas y hoces sirvió ahora para fabricar hachas y azagayas.

Pero pronto se hizo evidente que aquellos soldados a tiempo parcial no eran muy eficaces. La guerra no era para ellos una profesión, sino un quehacer temporal que enseguida abandonaban para regresar a sus tareas cotidianas. Para solucionar el problema, los excedentes, la parte de grano que se almacenaba en previsión de las inevitables malas cosechas, empezaron a invertirse en el sostenimiento de especialistas en la defensa, personas que ya no trabajaban la tierra, sino que dedicaban todo su tiempo a desarrollar sus habilidades marciales. Así nacieron los primeros soldados de verdad. El descubrimiento del metal, cobre primero, más tarde bronce, aceleró el proceso, ya que permitió inventar armas más eficaces, sólidas y duraderas que las hechas de piedra pulimentada. Pero las tropas no podían combatir en desorden. Necesitaban alguien que las organizara y las dirigiera en el campo de batalla. Así nacieron los jefes.

Los primeros jefes no eran más que eso, caudillos militares elegidos para dirigir la defensa de la aldea contra los agresores externos. Pero el daño estaba hecho. Había surgido la combinación letal que daría al traste para siempre con la igualdad original de las personas. El jefe y sus hombres, del mismo modo que dirigían su violencia contra el enemigo exterior, podían usarla contra quien ellos mismos desearan, y así imponer su voluntad al resto del poblado. Tenían los medios para ello. Disfrutaban del monopolio de las armas que, como un secreto misterioso sólo transmitido de padres a hijos, forjaban los hábiles artesanos del metal. Y poseían también la capacidad de prohibir el acceso a los recursos a quienes se negaran a obedecer. Los graneros dejaron de ser de libre acceso. Las contribuciones se hicieron obligatorias. El reparto del excedente de las cosechas ya no fue equitativo. La igualdad había muerto.

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