Cátaros e inquisidores. Los orígenes del Tribunal del Santo Oficio

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La herejía de los siglos XII y XIII

1198, agitado año éste en el que el cardenal Lotario de Segni accedía al solio pontificio en medio de un enrarecido ambiente consecuencia de, a juicio del catolicismo más ortodoxo, la depravación herética que contaminaba grandes aéreas del occidente Europeo: Occitania, Francia, Renania y el norte de Italia.

Tan sólo catorce años antes de la entronización de este joven purpurado con el nombre de Inocencio III, tenía lugar la celebración del Concilio de Verona, sínodo con el que la Santa Sede trataría de dar un fuerte impulso a su política de erradicación de las herejías que infectaban gravemente a la Europa católica desde mediados del siglo XII.

Inocencio III precisamente había sido elegido papa para dar nuevos bríos a la lucha de la Iglesia romana frente al catarismo, la herejía cristiana que una mayor difusión había alcanzado. Debido a ello, una de las primeras actuaciones de este enérgico pontífice para aplicar de forma efectiva las directrices establecidas en 1184 por el Concilio de Verona consistiría en designar como legados papales entre 1203 y 1204 a los monjes cistercienses Raúl de Fontfroide y Pedro de Castelnau, así como al abad de dicha orden monástica, Arnaldo Amaury.

Tales medidas presentaban un único objetivo: la preservación de la ortodoxia católica. Tras el encuentro de Verona, los poderes temporales de los distintos reinos y demás entidades territoriales de la cristiandad occidental adquirieron un firme compromiso para la persecución efectiva de los herejes. De no emplearse las autoridades laicas locales de forma contundente contra la herejía, caería sobre ellas la pertinente sentencia de excomunión.

A su vez, se estableció también en Verona que el destino de los condenados por herejía no sería otro que la hoguera, siempre y cuando los procesados no abjuraran de sus creencias heterodoxas. Un oscuro final esperaba, por lo tanto, a estos disidentes religiosos y con ello se daba comienzo a la caza del hereje.

La Santa Sede centraría especialmente su atención en Occitania, el área del viejo continente más afectada por el brote herético y por su variante más nociva: el catarismo. La religión practicada por los cátaros o buenos hombres resultaba ser para la Iglesia católica la más peligrosa de entre las herejías, dado que este nuevo y atractivo credo heterodoxo era el que un mayor número de adeptos había conseguido seducir.

A Occitania precisamente, área geográfica también conocida como Languedoc, Mediodía o Midi, enviaría Inocencio III a sus legados cistercienses, tierra en la que emprenderían las acciones precisas para entregar a los herejes al brazo secular y que éste ejecutara las sentencias judiciales emitidas por dichos frailes.

 

La Cruzada albigense y la creación del Tribunal del Santo Oficio

El grupo de monjes del Císter desplegado en Occitania a las órdenes de Arnaldo Amaury constituiría, en consecuencia, una especie de germen del tribunal inquisitorial. Este sería, por lo tanto, el primer intento serio por parte de la Santa Sede para hacer frente a la herejía cátara. No obstante, los legados cistercienses y sus frailes no disfrutaban aun de un grado de organización suficiente como para lograr eliminar de raíz al catarismo.

La ineficacia del equipo del Císter era, en buena medida, consecuencia de la inoperancia de las autoridades laicas del Mediodía con respecto a la herejía, dado que estos gobernantes occitanos o bien eran adeptos a la religión cátara o, cuanto menos, simpatizaban o aceptaban la existencia del nuevo credo sin dejar de ser verdaderos católicos.

Debido a ello, estos nobles del Midi no empleaban la fuerza necesaria para combatir al catarismo. Por el contrario, la aristocracia del reino de Francia y de las tierras del Sacro Imperio Romano Germánico, poderes temporales que gobernaban el resto de áreas infectadas por el catarismo durante los siglos XII y XIII, sí mostraban una gran contundencia a la hora de hacer frente al mínimo atisbo de disidencia religiosa.

Si tenemos presente que el brazo ejecutor de las condenas realizadas por los legados era precisamente la nobleza local, llegaremos fácilmente a la siguiente conclusión: las sentencias judiciales emitidas por los monjes cistercienses de poco servían en un territorio como el Mediodía, donde no es que la mayor parte de la población se hubiera convertido al catarismo, sino que, más bien, sus ciudadanos, se mostraban tolerantes ante los adeptos a este nuevo credo.

Dicho comportamiento era mostrado por la sociedad occitana a todos los niveles: pueblo llano, baja y alta nobleza y, por sorprendente que parezca, incluso bajo y alto clero.

Pero Inocencio III no se daría por vencido. El papa entendía que sus legados cistercienses podían llegar a ser más efectivos si disponían de más medios, motivo por el cual reforzaría al equipo de Arnaldo Amaury con la incorporación de nuevos religiosos no pertenecientes a su orden monástica. Para ello elegiría al obispo de Osma (Soria), Diego de Acebes, y a su mano derecha, Domingo de Guzmán, y los enviaría al ojo del huracán de la herejía: Occitania.

Los recién llegados pronto adoptarían nuevos métodos para poder combatir más eficazmente a la disidencia religiosa. Sus actuaciones se basaban, principalmente, en la austeridad, el voto de pobreza y la predicación. No obstante, es preciso destacar que, a pesar de las esperanzas depositadas en los frailes castellanos por parte del papa, éstos no obtuvieron resultados mucho más significativos que los alcanzados por los legados cistercienses por sí solos. A pesar de ello, la gran dedicación mostrada por Domingo de Guzmán en su labor misionera le valdría su canonización en 1234, tan sólo trece años después de haber fallecido.

Pero para erradicar por completo el contagio heterodoxo fuertemente arraigado en Languedoc era preciso algo más que condenar a los herejes o tratar de devolverles a la ortodoxia haciéndoles ver que la verdadera fe era la que profesaba la Iglesia católica romana, como en muchas ocasiones intentaban los austeros Diego y Domingo.

Más bien era necesario derribar los poderes temporales establecidos en los distintos condados y vizcondados occitanos para perseguir con efectividad a la herejía cátara una vez que nuevas autoridades laicas afines a la política de la Santa Sede se hubieran instalado allí de forma estable. Sólo mediante el uso de la fuerza podría alcanzarse este objetivo. La Santa Sede no tenía sino que reclutar un ejército e invadir Languedoc.

No sería más que una guerra de religión, una guerra santa ¿Existiría, por lo tanto, una forma más eficaz para reunir a las tropas necesarias que hacer un llamamiento a la cruzada? La fórmula ya había funcionado en Tierra Santa contra los musulmanes que ocupaban Jerusalén a finales del siglo XI ¿Por qué no organizar una cruzada a comienzos del siglo XIII en tierra de católicos si ésta era convocada para combatir a aquellos que no profesaban la religión del papa de Roma o a quienes no condenaban las prácticas heréticas?

A juicio de la Santa Sede sólo existía una diferencia entre los adeptos a la religión de Mahoma y los cátaros: los segundos eran mucho más peligrosos que los primeros puesto que convivían, muchas veces ocultos, entre los verdaderos cristianos.

Pero organizar una cruzada no sería tarea fácil. Era preciso que la expedición fuera acaudillada por un líder militar de reconocido prestigio. Nadie mejor que un importante aliado del papado para encomendarle tan gloriosa misión. El principal candidato no era otro que Felipe II Augusto, el rey de Francia. Y quién más aventajado que este monarca y sus vasallos para pasar a ocupar los tronos condales y vizcondales occitanos. Sería el premio que les otorgaría la Santa Sede por los servicios militares prestados.

Inocencio III trató de conseguir por todos los medios la participación Felipe II, pero el soberano Capeto permanecía demasiado ocupado en la costa atlántica enfrentado con Inglaterra como para poder asumir el liderazgo de una expedición de tal envergadura. No obstante, si bien el rey de Francia no participaría directamente en la cruzada, sí que accedería al envío de lo más granado de su ejército feudal, las tropas del duque de Borgoña y los condes de Nevers, Bars y Saint-Pol, así como las huestes de muchos otros barones del reino, capitaneadas personalmente por dichos vasallos de Felipe II.

La expedición conocida como Cruzada albigense por el gentilicio de la ciudad de Albi, uno de los focos cátaros occitanos, pudo finalmente iniciarse en 1209 y, partiendo desde Lyon, arrasó en menos de un mes los vizcondados de la familia Trencavel, uno de los linajes nobiliarios más importantes del Midi que además poseía en la región señoríos de una vasta extensión. Pero a pesar de esta efectividad inicial mostrada por las huestes francesas, el conflicto no finalizaría… hasta 1255.

Durante este casi medio siglo de lucha, la victoria final no se decantó a favor de ninguno de los dos bandos hasta que se produjo un punto de inflexión en 1229. Ese año, aunque la Cruzada albigense aun no había conseguido acabar de forma definitiva con el enfrentamiento político y religioso en Occitania, sí que había causado ya un gran daño al catarismo y a la población católica occitana.

Hacia noviembre de 1229 tuvo lugar el Concilio de Tolosa, sínodo en el que se tomarían como base las disposiciones dictadas por el Concilio de Verona a finales del siglo anterior para determinar que la responsabilidad de organizar los procesos de investigación, captura, juicio y condena de los casos de herejía recayera sobre los obispos locales. Paralelamente, correspondía a las autoridades laicas la ejecución de dichas sentencias.

El Concilio de Tolosa parecía, por lo tanto, recoger los frutos de la Cruzada iniciada en 1209: los nuevos poderes temporales franceses asentados en buena parte de Occitania se mostraban implacables a la hora de quemar herejes. No obstante, los engranajes de la maquinaria de represión frente al catarismo aun no funcionaban con la máxima efectividad.

Ese al menos era el pensamiento del nuevo papa, Gregorio IX. Para el pontífice, los procedimientos se mostraban muy poco ágiles a pesar del compromiso adquirido por los poderes laicos y eclesiásticos locales en el Concilio de Tolosa. A juicio de Gregorio IX era indispensable unificar en todo el Occidente católico los protocolos de persecución y condena de las herejías. En consecuencia, este papa establecería el Tribunal de la Inquisición mediante la promulgación de la bula Excommunicamus, en 1231. Sería necesario que transcurrieran otros dos años más para que se designara a los frailes dominicos en el desempeño de los menesteres propios del Santo Oficio, monjes éstos pertenecientes a la nueva orden monástica fundada por Domingo de Guzmán en 1216.

 

El proceso inquisitorial

Los inquisidores dominicos llegarían a convertirse en unos auténticos especialistas a la hora de utilizar el tribunal inquisitorial para combatir las herejías. El proceso emprendido contra los creyentes heterodoxos se iniciaba con la llegada del inquisidor al lugar infectado acompañado por su séquito de notarios, alguaciles y gentes de armas.

Inmediatamente el inquisidor, fraile dominico que al mismo tiempo ejercía las labores de policía, fiscal y juez, solicitaba a la autoridad secular que le procurase alojamiento, alimento y todo lo necesario para que su estancia resultara lo más plácida posible. Demandaba también que se le diera todo el apoyo que pudiera necesitar para el correcto desempeño de su labor, así como que se capturara a todo aquel sospechoso de herejía que indicara y se ejecutaran las condenas impuestas a los culpables. Todos aquellos laicos o clérigos locales que desobedecieran al inquisidor y no le prestaran las ayudas descritas podían ser excomulgados por éste.

En muchas ocasiones no se trataba de perseguir a personas concretas sino que se dejaba que el denominado “tiempo de gracia” y el miedo de los lugareños realizaran el trabajo de desenmascarar a los sospechosos. Desde el instante en el que el inquisidor anunciaba que se iniciaba el “tiempo de gracia” transcurría un periodo de un mes a lo largo del cual los habitantes del lugar contaminado por la herejía confesaban sus propios pecados, así como también podían denunciar a los sospechosos de disidencia religiosa ante el tribunal inquisitorial.

Es preciso destacar que estas confesiones y declaraciones se realizaban en secreto, de forma que no era necesario que las acusaciones emitidas fueran probadas y, es más, nunca se producían careos entre denunciantes y denunciados. En consecuencia, todos los testimonios eran tenidos en cuenta, incluso aquellos que no poseían fundamento alguno. Bastaba un solo testigo para acabar llevando a un encausado a la hoguera.

Transcurrido el plazo de treinta días, el inquisidor procedía a interrogar a los denunciados, quienes a su vez podían implicar a otros cómplices, de forma que el objetivo principal perseguido por el tribunal mediante este procedimiento era descubrir y, finalmente, hacer caer a todos los heterodoxos del lugar.

Durante los interrogatorios, podía resultar que el inquisidor no quedara satisfecho con las confesiones realizadas por el procesado, bien porque éste no acababa de admitir su crimen o porque no delataba a otros herejes, motivo por el cual se podía aplicar la tortura para arrancarle la declaración que se deseara, procedimiento judicial éste muy común en la Edad Media, e incluso en la Edad Moderna, y que no era exclusivo del Santo Oficio.

El proceso concluía con la emisión de una sentencia que solía ser la excomunión para los fautores de herejía, es decir, toda persona que tuviera cualquier tipo de relación con los heterodoxos, una penitencia pública en el caso de que el hereje abjurara de su fe; y la hoguera, si el hereje no renunciaba a sus creencias. Es preciso destacar que las condenas eran ejecutadas por las autoridades laicas.

Con estos rigurosos procedimientos desarrollados por la Inquisición, la Santa Sede consiguió en lo que restaba para que finalizara el siglo XIII erradicar por completo la herejía más sólidamente implantada en Occidente durante la Baja Edad Media. De esta forma murió el catarismo. El Santo Oficio había nacido para acabar con la religión de los buenos hombres, pero sin duda que su implacable efectividad a la hora de combatir cualquier desviación de la ortodoxia romana le sirvió para perpetuarse en el ámbito católico durante la Edad Moderna.


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David Barreras Nací en París tres meses después de fallecer el dictador Francisco Franco. De padres y abuela emigrantes. Mi abuelo, un exiliado republicano. Nos trasladamos a España en plena transición, a un lugar maravilloso en medio de la huerta valenciana, donde tuve una infancia feliz rodeado de buenos amigos, exactamente los mismos que ahora. Y libros, muchos libros. Sobre todo de Historia. Tocó ir al instituto y luego a la universidad y, ante todo, fui práctico. La Historia era mi pasión pero las ciencias no se me daban nada mal. Finalmente me licencié en Tecnología de Alimentos, empecé a trabajar como investigador científico, siempre en biotecnología y, más tarde, me hice escritor. Lo cierto es que nunca me lo propuse. Cristina Durán De la mezcla de la herencia familiar y de lo que una recolecta en su vida universitaria nace lo que soy hoy, preocupada por el sustento de todos estos saberes un tanto olvidados en nuestro actual mundo. Fue aquí, terminados mis estudios cuando conocí al que es hoy mi marido y coautor de mis libros, con el que comparto mi interés e inquietud por la Historia, David Barreras, por él me trasladé a Valencia. Hoy en día es un lugar en el que no quisiera dejar de vivir, una tierra con un pasado histórico glorioso, con reyes ilustres y vestigios muy palpables de un pasado musulmán, algo que ha pesado sobremanera en nuestros libros, todos ellos relacionados con la Edad Media. Aquí, además, se me ha brindado la oportunidad de colaborar y revisar obras de otros autores valencianos y seguir desarrollando mi faceta como historiadora.

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  1. gravatar Miguel Gil Responder
    julio 21st, 2011

    Brillante exposición. La huella de los bons homes aún es visible en las ciudades del Languedoc, y algunos hasta hemos hecho la ruta siguiendo las huellas de estos supuestos herejes y que tenían una doctrina más rica y elevada que la ponzoñada fe católica del momento. Quizás falta en el artículo dar datos de esa doctrina que practicaban los que a sí mismos se llamaban los puros y que tenían un solo sacramento, el Consolamentum. A mi me siguen pareciendo fascinantes casi un milenio después de su cruel destino final en Montsegur. Mucho mas que asesinos de baja estofa convertidos en santos, como Bernardo de Claraval, santo de mis sandalias…

    • gravatar David Barreras Responder
      julio 22nd, 2011

      Estimado Miguel, tienes razón no hemos entrado en detalle a describir la herejía cátara. Este artículo era para “abrir boca”. El plato fuerte llegará con la publicación de nuestro libro “Breve historia de los cátaros” (Ed. Nowtilus). También hemos publicado “La Cruzada Albigense y el Imperio Aragonés” (Ed. Nowtilus). Muchas gracias por tu crítica constructiva.
      Saludos.