El primer escritor hispano

Por . 25 julio, 2011 en Historia Antigua
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Si intentáramos dilucidar quién es el primer escritor hispano, nuestra investigación tendría que abrirse paso, como es normal, a través de los arcanos del tiempo y de la historia. Y fíjense que he dicho hispano y no español, ya que retrotraídos en el tiempo, poco más allá de unos 500 años, lo que es España y lo que no lo es se hace cada vez más difuso de establecer.

Como es normal en una indagación como ésta, nos hemos de adentrar en nuestro pasado literario, y aunque podamos creer fácil hallarlo en el Medievo, tenemos que avanzar un poco más, hasta llegar a la Antigüedad, y más concretamente a la época romana, aunque no antes, pues si en época prerromana existían en la península Ibérica diversas lenguas y alfabetos, como el íbero, no ha llegado hasta el presente nada parecido a un texto puramente literario.

Nos hemos de centrar pues en la época del Imperio romano, cuando encontramos al primer autor hispano, que no el primer autor que escribió en español, ya que en esos tiempos antiguos, la lengua española no existía, sino su matriz originaria y materna, que no fue otra que el latín.

Y ¿quién fue este primer autor hispano? Pues no fue otro, si no nos equivocamos, que el mismísimo Lucio Anneo Séneca. Existieron antes que él algunos hispanos de los que se recuerda que escribieron alguna obra que, por desgracia, no ha llegado hasta nosotros. Uno de ellos fue, sin ir más lejos, su propio padre, del mismo nombre, retórico y orador famoso de finales del siglo I a.C e inicios del I d.C. que escribió una historia de Roma perdida y ejercicios forenses y educativos de oratoria. Pero fue de su hijo, Séneca el filósofo, del que nos ha llegado una gran diversidad de obras escritas, a través de las cuales podemos conocer mejor su persona y su tiempo.

Séneca había nacido en el año 4 d.C. en la ciudad de Córdoba (la romana Corduba), bajo el gobierno del emperador Augusto. Su familia proporcionó, además de importantes hombres a la política del Imperio, grandes autores al mundo de las letras antiguas.

Séneca tuvo dos hermanos, que, a su forma, también destacaron en los anales de la historia. El primero, Galión, fue gobernador de la provincia de Grecia y quien envió al apóstol San Pablo a Roma para ser juzgado, lugar donde poco más tarde moriría. Su otro hermano, Mela, fue un financiero famoso, pero destacó, aún más, por ser el padre de otro literato famoso, nada menos que de Marco Anneo Lucano, sobrino de Séneca el filósofo y autor de una epopeya titulada Farsalia, que trataba sobre la guerra civil entre Julio César y Pompeyo, que también ha llegado hasta nosotros.

Volviendo a Séneca el filósofo, hemos de tener en cuenta que no fue solo un escritor encumbrado sino que, paralelamente a ello, desarrolló una carrera política que le llevó a relacionarse con las más altas esferas del poder romano del momento. Lucio se trasladó muy pronto a Roma, donde ingresó en el Senado, convirtiéndose, en poco tiempo, en su principal orador. Su actividad le hizo ganar pronto la enemistad del círculo más cercano al propio emperador, en esos años el muy apto pero a veces ridículo Claudio.

Séneca fue acusado de estupro por Mesalina, la tercera esposa del emperador, aunque la pena acabó por ser perdonada y sustituida por la de destierro a la isla de Córcega. Su suerte cambió al mismo tiempo que lo hacían los ardores sentimentales de Claudio, ya que su cuarta esposa, Agripina la Menor, le nombró tutor de su hijo, el futuro y excéntrico emperador Nerón.

La posterior muerte de Claudio dejó a Séneca con las riendas del poder del Imperio, que compartió con el prefecto del pretorio Afranio Burro, durante los ocho primeros años del gobierno de Nerón. Aunque filósofo y estoico, Séneca no perdió la oportunidad de enriquecerse sobremanera durante el periodo de tiempo en que la dirección de la política del Imperio recayó en sus sabias y afanosas manos, de forma que resultó preso de la codicia y las ansias de una riqueza ganada en poco tiempo y de muy malas maneras.

Aún así, el carácter del emperador Nerón, y su voluntad de gobernar el Imperio por sí mismo, hizo acrecentar la hostilidad entre éste y su antiguo preceptor. Séneca, que no era mal observador, se convenció de que su estrella comenzaba a declinar y, avanzándose a los instintos del emperador, solicitó permiso, en el año 62 d.C., para abandonar la rancia y lucrativa política.

Tras el consentimiento del emperador, Séneca dedicó sus días de retiro a viajar y a la escritura. Por desgracia, la malévola mano de Nerón no se alejó demasiado de su lado y, tras el descubrimiento de una de las conspiraciones que intentaba acabar con su reinado, ordenó la muerte de Séneca, que acabó suicidándose en el año 65. Este hecho tuvo más repercusiones para la familia de los Anneo, pues su sobrino Lucano también murió, acusado también, de participar en la conspiración.

El relato de la muerte de Séneca, transmitido por el historiador Tácito, nos da una muestra del patetismo y la irrealidad a las que a veces puede llegar el poder absoluto. Por lo visto, a Séneca le costó grandes esfuerzos acabar con su vida: aunque decidió cortarse las venas de los brazos y de las piernas, su intento no tuvo el efecto deseado, y solicitó a su médico que le administrará cicuta, el veneno que había acabado con la vida de Sócrates casi 500 años antes. Esta medida tampoco fue definitiva y finalmente Séneca, cuya vida se aferraba a la existencia de una forma desesperada, fue llevado a un baño caliente, donde el vapor consiguió asfixiarlo, ya que desde su infancia había padecido de asma.

De su obra disponemos de un destacable arsenal, entre el que destacan sus once diálogos u obras morales como De la providencia, De la tranquilidad del alma, Del ocio, De la brevedad de la vida; Las consolaciones, tres cartas de consuelo dirigidas a amigos o familiares; o Las cuestiones naturales. Séneca también escribió 67 epigramas y nueve tragedias inspiradas en sus antecedentes griegos. Es digna de mencionar, por su rareza, otra de sus obras llamada La calabacificación del divino Claudio (Apocolocyntosis Divii Claudi), una sátira feroz de la divinización del emperador Claudio, cargada de crítica a su gobierno y de un odio muy personal.

Como vemos, pues, la vida del primer literato hispano estuvo muy alejada de la existencia trascendente y retirada que cualquiera esperaría de uno de los intelectuales y filósofos más importante y famoso de su época.


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Soy licenciado en Historia por la Universidad de Barcelona (año 2000). En la actualidad colaboro en diversos proyectos de difusión cultural e histórica, como son Revista de Letras o www.indienauta.com y dirijo y gestiono el blog Culturalia, especialmente dedicado a la información y opinión de carácter histórico y cultural, ya sea en el ámbito de la investigación, la literatura, el cine, o la televisión. Tareas que compagino, ocasionalmente, con la enseñanza de la historia.

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