La tumba de Alejandro. El enigma

Por . 4 julio, 2011 en Reseñas
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La tumba de Alejandro. El enigma

Valerio Massimo Manfredi

Traductor: José Manuel Monreal

Lugar y fecha de edición: Barcelona 2011
Editorial: Grijalbo
Páginas: 219

 

 

Valerio Massimo Manfredi es un arqueólogo y escritor italiano especializado en la novela y el ensayo histórico de carácter divulgativo, en especial en lo referido al mundo clásico.

Así lo ha demostrado anteriormente con su famosa trilogía denominada Alexandros, en la que aborda con gran maestría la vida de uno de los personajes más fascinantes de la Antigüedad, el rey macedonio Alejandro III, más conocido como Alejandro Magno.

Pero Manfredi no ha querido detenerse, solamente, en el breve tiempo en el que vivió el invencible caudillo griego, sino que, además, bucea en uno de los misterios más insondables para las personas interesadas en la vida y la muerte del monarca macedonio, el lugar donde se encuentran sus restos, la tumba de Alejandro.

Con este mismo título, Manfredi pasa a desgranar los sucesos acontecidos en el lugar donde debieron descansar los restos del “hijo de Amón”. El desconocimiento que poseemos sobre los mismos permite al autor barajar una serie de posibilidades, que muestren al lector qué ha podido pasar con uno de los mausoleos más impresionantes que existieron en el mundo, en los siglos que antecedieron y siguieron al nacimiento de Jesucristo.

Manfredi es, sin lugar a dudas, un especialista en Alejandro Magno, y así lo demuestra continuamente con sus conocimientos y con la amplia introducción que presenta en los primeros capítulos del libro. Los momentos finales de la agonía del macedonio, los días durante los que se desarrolló la enfermedad, los síntomas que lo llevaron a la muerte… todo está descrito con una gran profusión de detalles y con una precisión que dignifica al erudito.

También lo es la secuencia de acontecimientos que se desencadenaron a partir del año 323 a. C., los enfrentamientos entre los generales macedonios (los diadocos), el tratamiento que se le dio al cuerpo del soberano fallecido, el impresionante cortejo fúnebre que se organizó, el robo de sus restos por Ptolomeo Lago, el peregrinaje de los mismos por diferentes lugares de Egipto y, finalmente, su asentamiento definitivo en el mausoleo del Soma alejandrino.

Resulta muy interesante la recopilación de referencias de ilustres visitantes que contemplaron el cadáver embalsamado del macedonio, así como las numerosas descripciones, e incluso anécdotas, que el escritor italiano refiere por parte de los autores clásicos.

Pero a partir del siglo III de nuestra era, la narración cobra un cariz distinto. Es cierto que las noticias que han llegado de esa época sobre el asunto que nos ocupa son muy escasas y fragmentarias. Pero aún así, no se justifica, en modo alguno, el brevísimo tratamiento que Manfredi presta a lo que, sin duda, debería ser uno de los aspectos fundamentales de esta historia: la desaparición del cadáver de Alejandro y la más que probable destrucción de su tumba.

De este modo, el período que transcurre entre los siglos III y IV aparece, a nuestro juicio, muy pobremente tratado. El autor lo resuelve en unas escasas cinco o seis páginas, sin profundizar apenas, y casi sin analizar siquiera medianamente cómo los violentos acontecimientos que se vivieron en Alejandría durante esos dos siglos pudieron afectar al Soma, y cómo este, finalmente, acabó desapareciendo para la posteridad.

Sin embargo, y tras las famosas palabras pronunciadas a principios del siglo V por Juan Crisóstomo al respecto (“¿Dónde está la tumba de Alejandro? ¿Dónde está su cuerpo?”), Manfredi retoma la prolija narración para presentarnos una serie de variadas teorías sobre lo que pudo pasar con los restos del gran Alejandro o con el edificio que los albergaba.

En esta última parte de la obra, el novelista italiano recoge una serie de leyendas medievales relacionadas con este tema, historias de personajes curiosos de la Alejandría contemporánea, e incluso opiniones de arqueólogos que, con un carácter más o menos científico y serio, han creído dar en algún momento con la llave para aclarar el enigma que nos ocupa.

Sorprende, en este caso, la amplitud con la que Manfredi trata estas cuestiones, sobre todo si las comparamos con el momento de “oscuridad” de información al que anteriormente hicimos referencia en relación a lo sucedido en los siglos III y IV. Y es que, si queremos rastrear dónde están las claves que permitan resolver este misterio, sería necesario tratar mucho más ampliamente ese período.

Finalmente, hemos de hacer referencia a las ilustraciones, no demasiado abundantes, aunque tampoco pueden catalogarse de escasas. En ellas aparecen posibles restos materiales que quizás estén vinculados con elementos hipotéticamente relacionados con la tumba de Alejandro: sepulcros de faraones, tumbas de alabastro, mausoleos como el de su padre Filipo en Vergina (Macedonia), etc.

Pero para un lector ávido de recrear el pasado, la Edad Antigua en este caso, se echa en falta algo más de imaginación. Algo parecido al dibujo realizado en el siglo XIX y que aparece aquí, en el que se representó de forma atrevida el cortejo fúnebre que acompañó al féretro de Alejandro. Una imagen que, aunque desde un punto de vista científico y riguroso sea poco fiable, sí que debería permitir, por aproximación, imaginar cómo pudo ser el sarcófago y, cómo no, el edificio que albergó al ataúd de oro, cristal y miel en el que supuestamente se conservó el cuerpo de Alejandro, durante los seis o siete siglos que permaneció encerrado en el mismo. Algo relativamente parecido, si se nos permite la osadía, a lo que se intentó reconstruir en la famosa película dirigida por Joseph L. Mankiewicz en 1963, sobre la reina Cleopatra, en la escena en la que esta, interpretada por Elizabeth Taylor y acompañada de Julio César (el actor Rex Harrison), visita la tumba en la que reposaban los restos del gran Alejandro.


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Estoy orgulloso de la ciudad en la que nací. Séneca o Averroes, entre otros muchos, vieron allí su primera luz. No puedo decir lo mismo del año. Por esos mismos días, unos sesudos ministros pergeñaban un complicado plan para “estabilizar” al país, aunque tampoco debió ser un mal año en especial. Luego, di algunos tumbos y acabé en una ciudad vecina, Sevilla. Allí formé mi vocación como historiador, mi especialización como geógrafo y mi profesión como profesor. De aquella cátedra remota llevan ya más de un cuarto de siglo aguantándome mis alumnos. De 2014 es mi más reciente obra de divulgación, Al-Andalus, publicada en Punto de Vista Editores.

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  1. gravatar io Responder
    febrero 14th, 2012

    y cual recomendarias del Gran alejandro???????

  2. gravatar Miguel Gil Responder
    julio 26th, 2011

    Como fanático del Gran Alejandro no tengo más que un profundo desprecio por la obra de Manfredi. No es mal narrador, pero su talante temático gacetillero y sus lagunas gigantescas de conocimiento le convierten en un más que pésimo escritor. Todas las obras que he leído sobre Alejandro me han provocado indignación y ésta especialmente.
    Es un pretencioso experimento fallido de un diletante en todo y maestro en casi nada.