La caída de Roma y el fin de la civilización

10 ago, 2011 por



La caída de Roma y el fin de la civilización

Bryan Ward-Perkins

Traductores: Manuel Cuesta y David Hernández de la Fuente

Lugar y fecha de edición: Madrid 2007

Editorial: Espasa-Calpe

Páginas: 352

La Historia, en cuanto disciplina que persigue el conocimiento mediante la aplicación del método científico, se halla, por definición, firmemente comprometida con la objetividad. No obstante, dicha objetividad a menudo se ve minada por el interés, la ideología o la injerencia del poder bajo cualquiera de sus formas. En ocasiones, incluso la corrección política, de modo casi siempre inconsciente, llega a interferir en la tarea del historiador y le conduce a conclusiones difícilmente compatibles con las fuentes sobre cuyo sólido conocimiento debe basar sus argumentos.

Tal ha sido el caso, en las últimas décadas, del apasionante problema de la caída del Imperio romano de Occidente. Frente a la visión tradicional, que afirmaba sin rodeos la importancia de las invasiones bárbaras como disparadora del proceso, y el notable deterioro del nivel de vida general que tuvo como efecto a corto plazo, los historiadores norteamericanos fueron imponiendo, a partir de los años setenta del siglo XX, una interpretación más amable del final del mundo romano. Más que invasión, afirmaron, lo que en realidad se produjo fue una progresiva integración de los pueblos germanos en la sociedad romana que apenas generó deterioro alguno en el nivel de vida de la gran mayoría de la población. Palabras tan poco ambiguas como decadencia y crisis, habituales en la historiografía tradicional sobre el fin del Imperio romano de Occidente, fueron, poco a poco, sustituidas por otras más neutras como cambio, transformación o transición.

Es a este punto de vista al que se enfrenta con decisión la presente obra. Su autor, Bryan Ward-Perkins, romano de nacimiento, arqueólogo y profesor del Trinity College de Oxford, recibió por ella el prestigioso Premio Hessell-Tiltman en 2005. Sin duda, el galardón reconocía sus indudables méritos como investigación sólidamente construida sobre fuentes contrastadas, forma más o menos alambicada de decir que no era sino un excelente libro de Historia, pues no podría serlo en caso contrario. Pero si una cualidad debería haber sido premiada de este libro, no es otra que la valentía.

Porque no es sino valentía lo que el autor exhibe a raudales desde la primera página hasta la última mientras libera, con amena minuciosidad, una poderosa cascada de evidencias arqueológicas que se lanzan, como verdaderos torpedos dialécticos, sobre la línea de flotación argumental de quienes defienden un proceso generalmente pacífico y poco traumático de integración de los bárbaros en una sociedad romana que se fue adaptando progresivamente al nuevo contexto de lo que se ha querido denominar, con una finalidad que a nadie se le oculta, Antigüedad Tardía.

Frente a tanto esfuerzo por suavizar las vivas aristas de la decadencia de Roma, Ward-Perkins comienza por reafirmar sin ambages el carácter violento y traumático de la penetración de los pueblos germanos en el mundo romano. El alegato es breve; las pruebas que lo sustentan, contundentes. No se trata sólo de que coincidan en afirmarlo así la totalidad de las crónicas de los contemporáneos, desde Hidacio a Orosio, pasando por Sidonio Apolinar y Victorio de Vita, el gran historiador de las persecuciones vándalas. Lo prueban también, y sobre todo, las enormes construcciones defensivas que los emperadores erigieron por doquier ―¿qué utilidad habrían tenido para un Imperio en pacífica transición hacia una sociedad germano-romana?―, el vertiginoso crecimiento de los gastos militares o el aumento constante de los efectivos de las legiones.

No menos contundente es la constatación de que el nivel de vida cayó en picado durante los últimos siglos del Imperio y los primeros del Medievo.

El mundo romano se había caracterizado por una economía basada en una intensa circulación de bienes y servicios de todo tipo, no sólo productos de lujo destinados a las clases acomodadas, sino también bienes de carácter funcional de gran calidad y precios muy asequibles que alcanzaban a la práctica totalidad de las personas libres. Ward-Perkins, en una alarde de erudición arqueológica, pone el acento sobre el rico ajuar doméstico de las viviendas, su sólida construcción de piedra o ladrillo y sus cubiertas de teja, las herramientas y adornos que disfrutaban sus moradores, las magníficas calzadas que recorrían los numerosos comerciantes, los atareados puertos en los que atracaban buques cargados de mercancías y la abundante moneda fraccionaria que prueba la existencia del comercio minorista, sólo viable cuando son muchos quienes se hallan en disposición de adquirir productos.

Y cuando el vívido retrato de esa sociedad parece alcanzar el clímax del acomodo y la complejidad, el autor la compara de repente con la miseria que se apoderó del mundo occidental tras las invasiones bárbaras: ciudades vacías, calzadas en total abandono, pobres chozas de madera techadas con paja, cerámica burda y de mala calidad, monedas de gran valor sólo al alcance de los poderosos; una economía, en fin, que en modo alguno puede pasar por una copia a menor escala de la que la precedió, sino que se muestra como algo mucho menos complejo y evolucionado, una regresión más que una mera crisis.

La obra alcanza con ello todo su valor. No sólo ofrece un magnífico recordatorio de que la buena Historia exige un conocimiento preciso y completo de las fuentes disponibles, sin las cuales corre el riego de convertirse en un mero panfleto al servicio de una u otra ideología. También nos regala un magnífico ejemplo del verdadero intelectual: una persona comprometida, sí, pero no con una causa o un partido, sino con la verdad.

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1 Comentario

  1. Juan Luis Posadas

    Excelente reseña. Me gustaría que el reseñador se extendiera más en lo que él considera hay detrás de la línea americana de la transición. Porque detrás de la línea tradicional de la invasión hay también una preocupación muy contemporánea como fue, primero, el temor a la Alemania nazi, y luego el temor a una invasión soviética. Estos temores influyeron en la visión apocalíptica de las invasiones bárbaras, y quizá los temores actuales a otro tipo de invasiones (inmigración del Este y del Sur, terrorismo…) pueden también haber influido en el revival de la teoría invasionista. Son solo sugerencias. Ni que decir tiene que los historiadores de influencia marxista (por ejemplo, Gonzalo Bravo) hablan más de una combinación de factores (invasiones, decadencia y, por supuesto, revueltas internas y revoluciones sociales) para explicar la caída del Imperio.

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