¿Por qué los jefes se convirtieron en reyes?

Por . 12 septiembre, 2011 en Historia Antigua
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Bueno, no faltará quien piense que, en última instancia, un rey no es otra cosa que un jefe con pretensiones. De hecho, la Historia está llena de ejemplos de aristócratas o generales que un buen día deciden, desde luego sin mucho esfuerzo, ceder a los ruegos de sus untuosos seguidores y proclamarse soberanos, aunque su territorio no sea algunas veces mucho mayor que una pequeña provincia.

Pero sí hay que reconocer que entre los jefes y los reyes existe, al menos, una diferencia de grado. Y es precisamente esa diferencia la que explica cómo, hace unos seis mil años, algunos jefes empezaron a convertirse en reyes, o, en otras palabras, de qué manera surgió esa estructura política llamada Estado que, con el tiempo, ha llegado a parecernos natural.

Las aldeas y poblados de agricultores y pastores del Neolítico, con sus pequeños campos de cultivo, sus graneros exiguos y sus excedentes no demasiado abundantes, podían bastar para mantener a un reducido grupo de individuos apartados de la producción directa de alimentos. Unos pocos herreros, algunos sacerdotes y un limitado contingente de soldados podían rodear al jefe y sostener su pretensión de regir los destinos de la diminuta comunidad.

Pero un rey es otra cosa. Los reyes habitan en enormes palacios repletos de sirvientes; erigen orgullosos monumentos que mantienen viva su memoria con el correr del tiempo; reclutan ejércitos numerosos con voluntad cierta de asegurar su poder y ampliarlo a otros territorios; se rodean de miles  de sacerdotes y funcionarios, y, como todo ello resulta muy costoso, imponen sin rubor a campesinos y artesanos onerosos tributos que, sin embargo, nunca bastan a sufragar sus cuantiosos gastos.

¿Cómo se explica un cambio de magnitud tan importante? ¿Es que, acaso, algunos jefes fueron más hábiles o inteligentes que los demás y terminaron por hacerse, poco a poco, con sus dominios?

Algo de eso sucedió. No podemos negar que algunos reinos antiguos nacieron de la conquista militar. Debemos aceptar, incluso, que la guerra estuvo presente, en mayor o menor grado, en la evolución de todos ellos. La tradición nos dice, por ejemplo, que el rey Narmer, el primer faraón, unió por la fuerza de las armas el Alto y el Bajo Egipto, haciendo de ellos un solo reino.

Pero no es sólo la guerra la que explica un cambio tan importante. La clave se encuentra, una vez más, en algo mucho más humilde: los excedentes.

Mientras las cosechas fueran exiguas, los excedentes tenían que serlo también. Y si los excedentes no eran abundantes, no resultaba posible mantener a muchas personas que se dedicaran a actividades distintas de la producción de alimentos, como artesanos, comerciantes, herreros, sacerdotes o soldados.

Fue, pues, un brutal incremento en el volumen de las cosechas y, en consecuencia, de los excedentes, lo que permitió a los jefes convertirse en reyes y, de paso, multiplicó de manera exponencial el número de personas que se entregaban a tareas distintas de la agricultura y la ganadería, convirtiendo en ciudades a las pequeñas aldeas del Neolítico y, por seguir con las viejas expresiones decimonónicas, sacando al hombre de la barbarie para conducirlo a la civilización.

¿Pero, qué hizo crecer de ese modo las cosechas?

La respuesta es simple: el agua, o, mejor, dicho, los ríos. Las técnicas de que disponían las que podríamos llamar culturas de azada neolíticas no daban para mucho. Pero si esas mismas técnicas, o unas tan sólo un poco mejores, se aplicaban en tierras más fértiles, como las que rodeaban a los grandes ríos del Próximo Oriente, China y la India, la cosa podía cambiar.

Con toda probabilidad, los valles del Nilo, el Tigris y el Éufrates, el Indo o el Hoang-Ho producirían cosechas muy abundantes, quizá incluso más de una por año, permitiendo un crecimiento acelerado de la población y haciendo posible que una buena parte de ella no se viera ya obligada a entregar todo su tiempo al cultivo de la tierra.

Pero había un problema. Estos ríos se mostraban en exceso caprichosos. En ocasiones se desbordaban, anegando los campos y arrasando cuantas viviendas y construcciones hallaban a su paso. Y otras veces, por el contrario, llevaban tan poco caudal que las gentes que vivían en sus márgenes sufrían el hambre y la necesidad antes de que el voluble señor de las aguas les bendijera de nuevo con su benéfica corriente. Por si fuera poco, en las orillas abundaban los insanos tremedales, infestados de fieras salvajes y virulentos agentes patógenos, que no constituían precisamente un lugar muy atractivo para vivir.

Y sin embargo, a pesar de los inconvenientes, los campos eran tan fértiles que merecía la pena arriesgarse. En la práctica, era cuestión de organizarse bien. Con la dirección adecuada, un número suficiente de hombres podían desecar los pantanos y someter a las veleidosas aguas, almacenándolas por medio de presas y embalses, o torciendo su curso mediante canales y acequias, atesorándolas en espera de los años malos y llevándolas allí donde la tierra, un poco alejada del estrecho cauce del río, padecía la sequía extrema de un clima especialmente seco.

Y así fue. La organización permitió a las culturas de azada del Neolítico dar un paso más por el camino del progreso. Las cosechas se multiplicaron de tal modo que la población empezó a incrementarse con rapidez. El excedente era tan cuantioso que permitía ahora mantener a un número enorme de personas ocupadas en tareas muy distintas de la mera producción de alimentos.

Las diminutas aldeas de pastores y agricultores se convirtieron en ciudades. La quietud se tornó bullicio. La artesanía se diversificó. Junto a los herreros y alfareros aparecieron ahora tejedores, ebanistas y orfebres. Artistas anónimos pero geniales embellecieron el mundo con sus obras imperecederas. La vida se llenó de comodidades y lujos que jamás habrían soñado los esforzados pobladores de las aldeas neolíticas.

Intrépidos mercaderes recorrían enormes distancias en busca de las materias primas más exóticas. Los sacerdotes, ayudados por una densa hueste de funcionarios, dividían su tiempo entre sus misteriosos ritos religiosos, la atenta supervisión de las obras hidráulicas de las que dependían las cosechas y la celosa administración de los graneros donde, año tras año, se acumulaba el excedente que debía bastar para alimentar a todos.

Los soldados, mucho más numerosos ahora, protegían la bien ganada prosperidad de las posibles apetencias de los vecinos. Y por encima de todos, un monarca tenido por dios parecía velar sin descanso por el bienestar colectivo de los hombres.

La barbarie había dado paso a la civilización.


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La historia me gustó desde muy pequeño. Como a casi todos los historiadores, el gusanillo empezó a picarme con las películas de romanos. Mi otra vocación, la docencia, llegó por entonces. A los veintitrés años aprobé la oposición y empecé a dar clases. En un instituto de la madrileña localidad de Alcorcón. Pero llegó la LOGSE y con ella mi primera plaza en propiedad. ¡Sorpresa! No era en un Instituto de Bachillerato, sino de Formación Profesional. Y de Historia, poco. Casi me tocaba explicar de todo menos Historia. ¿Cómo reaccioné? Empecé el doctorado. Y así descubrí mi tercera vocación: escribir. Primero escribí sesudos trabajos de investigación, libros gruesos como ladrillos que nadie lee, pero decoran los estantes de muchas bibliotecas universitarias, y me hice doctor en Historia Contemporánea. Pero con el tiempo lo tuve más claro: enseñar me gustaba más que investigar, pero escribir seguía gustándome mucho. La salida sólo podía ser una: la Historia divulgativa. Me puse a ello. Maeva publicó mi primer libro, una Historia de Occidente contada con sencillez; Nowtilus, un encuentro providencial, todos los que la han seguido. Y van cinco. No vivo de ello, por supuesto. Vivir de esto es muy difícil. Por el camino me hice inspector, y de ello como. Pero no os relajéis: os amenazo en firme con escribir muchos más. Ah, y nací en 1966 en Guadalajara. Por acabar por el principio.

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  1. gravatar José Luis Ibáñez Responder
    enero 10th, 2012

    Imagino por lo que dices, que de veras te gusta nuestra revista. Te recomiendo que, visto lo visto sigas leyendo, con o sin gin-tonic. Ah¡ y a mis hijos también les gusta, aunque solo sea porque sale su papi.

  2. gravatar DonaldDraper Responder
    enero 10th, 2012

    Segunda entrada que leo, y me ha gustado hasta más que la anterior: el origen de “lo que habia” hasta la Revolución Francesa suponía que era el palo (mi politología es básica) pero lo de los excedentes y la azada en el neolitico me ha encantado.

    Es de estas veces que, en vez de amorrarse al gintonic, apetecería tener hijos para explicarselo. Ains

    Saludo.