Historia del Sol

19 sep, 2011 por



Nuestro Sol nos ilumina cada día, siempre que amanece está allí en el horizonte dándonos luz y calor, pero ¿siempre fue así, siempre existió el Sol? Y otra pregunta aún más preocupante ¿siempre estará allí cada mañana para darnos la tranquilidad de un nuevo día? En este artículo intentaremos arrojar luz sobre esas cuestiones que muchas veces nos hemos preguntado.

 

Los antiguos moradores de nuestro planeta, las culturas primitivas, consideraban al Sol como un elemento único pues al contrario de los otros puntos luminosos, las estrellas, que aparecían fijas en el firmamento, éste cada día trazaba el curso desde el amanecer hasta el ocaso. Era su única fuente de luz y calor. Por ello le atribuyeron propiedades mágicas y construyeron observatorios/lugares de culto como los megalíticos de Stonehenge en Inglaterra (2200-1600 a.C.) y Carnac (6000-2000 a.C.) en Francia.

Para los egipcios, ya alrededor del 2100 a.C., el dios Ra era el creador y la personificación del Sol. En el año 763 a.C. los babilonios estudiaron el primer eclipse de Sol del que se tiene noticias. Fueron los griegos quienes dieron el mayor impulso al estudio del Sol y del resto de los cuerpos celestes, pero eso ya es otra Historia, la Historia del Sol y los hombres, que quizás contaremos en otra ocasión.

 

Comencemos ya con la historia de nuestro Sol

Todo empezó hace muchos, muchos años en una galaxia no muy lejana en la que una de sus estrellas tuvo un destino fatal, se transformó en Supernova, es decir, explotó de manera violenta arrastrando todo cuanto tuviera a su paso para disgregarse en forma de polvo cósmico por el Universo. Este proceso de “muerte estelar” se ha repetido muchas veces dejando sus restos atómicos esparcidos por el espacio como semilla de nuevas estrellas.

Hace unos 4.600 millones de años en nuestra región del espacio se agrupó una cantidad de ese polvo suficiente como para provocar la génesis de un sistema solar, el nuestro.

La inmensa cantidad de gas y polvo comenzó a aglutinarse formando regiones condensadas. La zona central se aglutinó más y más por la fuerza de la gravedad, y con ello aumentó su temperatura.

Fases de formación de una estrella

Contenía preferentemente átomos de hidrógeno, así que cuando su concentración fue lo suficientemente grande como para que la citada fuerza de gravedad condujera a su fusión produciendo helio, se desprendió la energía que hizo brillar y por tanto, nacer a nuestro Sol. Sólo en unos 100 millones de años adquirió un aspecto similar al actual.

El Sol, y todo el sistema solar, giran a unos 19 km/s alrededor del centro de la galaxia que lo contiene, la Vía Láctea, de manera que la circunvala cada 200 millones de años. Por su tamaño es una estrella de tipo mediano. Su temperatura superficial alcanza los 6.000°C mientras que en su interior es, aproximadamente, de unos 15.000.000°C. Su distancia a la Tierra es tal que su luz, que viaja a 300.000 km/s, tarda 8 minutos y 19 segundos en llegar a ella.

 

Y ¿cómo terminará todo?

En las estrellas existen dos fuerzas que compiten durante toda su vida: la fuerza de gravedad que hunde la estrella hacia su interior y la fuerza generada en la fusión nuclear que provoca su tendencia a expandirse.

Cuando haya disminuido apreciablemente su hidrógeno, será incapaz de sostener las capas superiores y la región central tenderá a contraerse gravitacionalmente, lo que provocará nuevos procesos de fusión de manera que la estrella se hinchará generando lo que se denomina una gigante roja, que indicará el comienzo de su fin. El helio se fusionará formando carbono y éste hará lo propio transformándose en oxígeno que una estrella de este tamaño ya no puede fusionar en elementos más pesados.

Ahora el Sol en forma de gigante roja expulsará gran parte de su masa exterior y se transformará en una enana blanca, estrella fría cuyo final es convertirse en una enana negra o estrella de carbono.

 

Pero ¿contemplaremos ese proceso desde la Tierra?

La respuesta no puede ser afirmativa: durante la etapa de gigante roja, el Sol aumentará su tamaño hasta abarcar las órbitas de Mercurio, Venus y la Tierra, abrasando a todos estos planetas. Pero el declinar del astro rey no ocurrirá hasta dentro de unos 5.000 millones de años y, para entonces, si hemos vencido nuestras propias tendencias autodestructivas, no permaneceremos atados a nuestro planeta de origen, nos habremos convertido en habitantes del Universo.

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