1808, Dos de Mayo. Dos alcaldes.

13 oct, 2011 por



La patria está en peligro. Madrid perece víctima de la perfidia francesa.

¡Españoles! Acudid a salvarla.

Mayo 2 de 1808.-

El Alcalde de Móstoles

Estas líneas pasaron, durante más de cien años, por ser el contenido de un bando que inició la Guerra de la Independencia contra los franceses. El autor del escrito, y por tanto, quien comenzó la sublevación del pueblo español no sería otro que Andrés Torrejón García, el alcalde de Móstoles por excelencia. Así lo ha contemplado la historiografía antigua y de este modo, tan injusto como inexacto, ha pasado a la memoria y a la tradición local.

De manera incomprensible en nuestros días, y aun contando con la inestimable aportación de documentos que, desde hace lustros, corroboran cómo fueron en realidad los hechos, la tradición popular mantiene el relato de un humilde alcalde de pueblo que declaró la guerra al todopoderoso Napoleón.

Lo cierto es que ni Andrés Torrejón era el único alcalde de Móstoles en mayo de 1808, ni fue el redactor del conocido como Bando de la Independencia, ni el contenido del mismo que quedó grabado en la memoria y en las placas conmemorativas es el auténtico y, ni siquiera, se declaraba la guerra en aquel escrito. Con todo, lo peor es que, ya en el siglo XXI, permanecen mal recordados, cuando no en el olvido, los nombres de algunos de los verdaderos protagonistas de los hechos que, en aquellos convulsos inicios del siglo XIX, representaron el desmantelamiento del Antiguo Régimen en España.

La injusticia de una leyenda

Entre las numerosas calles, plazas, edificios públicos, y hasta estaciones de metro de Móstoles, dedicados al recuerdo de la Guerra de la Independencia, no se encuentran los nombres de Esteban Fernández de León, ni de Pedro Serrano quienes, como veremos, fueron decisivos en la redacción y posterior transmisión del verdadero Bando de los Alcaldes de Móstoles. Del mismo modo, la figura de Simón Hernández, alcalde al igual que Andrés Torrejón en aquellas fechas, queda relegada a un injusto segundo plano.

En el Antiguo Régimen, la figura del alcalde era distinta a la de nuestros días. Se trataba, no de la persona que dirigía el gobierno de un ayuntamiento, sino de la primera instancia en la administración de justicia que imperaba entonces. Dicho cargo era colegial, de modo que recaía en dos hombres, uno designado por el estado noble, de entre los hidalgos, y otro por el estado llano, de entre los pecheros. Estos últimos eran conocidos así puesto que, a diferencia de los hidalgos, estaban obligados a pagar impuestos, esto es, a pechar.

En enero de 1808, en la ermita de Nuestra Señora de los Santos como era costumbre cada primero de año, se procedió al acto de nombramiento de los dos alcaldes. En el acta, que se conserva en los archivos parroquiales, quedó reflejada la circunstancia de que ninguno de los únicos dos hidalgos censados en Móstoles se presentó aquel año a la elección. La designación de los alcaldes se realizaba por el método de insaculación, que consistía en introducir los nombres de los cabezas de familia en una bolsa o saco. Un niño extraía de la bolsa un tejuelo por cada uno de los estados. El sorteo de aquel año fue irregular ya que, al no querer ninguno de los hidalgos ser alcalde, no se introdujeron los tejuelos con sus nombres. De este modo, por el estado noble se nombró, en depósito, a Andrés Torrejón García, labrador de setenta y dos años y, por el estado llano a Simón Hernández Orgaz, también labrador, que contaba con sesenta y cinco años de edad.

Ambos alcaldes lo eran en la misma condición, es decir, alcaldes ordinarios y, por tanto, administradores de justicia en primera instancia en la localidad. La tradición ha querido que Simón Hernández adquiera un papel secundario o accesorio con respecto a la figura de Andrés Torrejón, cuando el primero no hizo protesta de su nombramiento. En cambio, el reconocido alcalde de Móstoles sí que protestó, por no corresponderle el nombramiento en su condición de campesino y en atención a su avanzada edad. Pero, de nada sirvieron las quejas.

La gestación del levantamiento

Es bien sabido que mediante el Tratado de Fontainebleau (27 de octubre de 1807), el valido español Manuel Godoy y el emperador Napoleón Bonaparte llegaron al acuerdo del reparto de Portugal una vez que fuera tomada Lisboa por un ejército franco-español. De este modo, el rey Carlos IV permitió la entrada de tropas francesas en nuestro territorio. Napoleón supo aprovechar los enfrentamientos entre Carlos IV y el príncipe de Asturias, su hijo Fernando, y la consiguiente debilidad de la monarquía española. Así, ocupó de hecho varias ciudades que se encontraban próximas a la frontera y las situadas en la ruta hacia Lisboa.

Los partidarios del príncipe instigaron, en marzo de 1808, un motín en la localidad madrileña de Aranjuez con el resultado de la caída de Godoy y la abdicación de Carlos IV en su hijo, ya Fernando VII. El día 23 de ese mes de marzo, y con la excusa de mantener el orden en la capital, el general Joachim Murat, gran duque de Berg y cuñado de Napoleón, se apostaba en Madrid con sus tropas.

Las pretensiones de Napoleón pasaban por convertir a España en uno más de sus estados satélites y las disputas dinásticas obraban en su favor. Fernando VII no fue reconocido como rey por Francia y Murat persuadió a Carlos IV para que negase la validez de su abdicación. El objetivo último era conseguir la renuncia a la Corona de ambos monarcas y los hechos se precipitaron de tal modo que, a finales de abril y tras las abdicaciones de Bayona, las bochornosas intrigas entre padre e hijo consiguieron dejar en manos de Napoleón el trono de España.

La ocupación militar de hecho por parte de los franceses, unida a las nada disimuladas intervenciones en la administración española, más las continuas manifestaciones de fuerza por parte de Murat, con exhibiciones de tropa y revistas en Madrid, generaron un clima de abierta hostilidad antifrancesa.

Así llegamos a la madrileña mañana del 2 de mayo de 1808, cuando la salida de los miembros de la familia real que aún no estaban en Bayona era inminente. A las puertas del Palacio Real se hallaba congregada una multitud de ciudadanos que intentaban impedir lo que consideraban el secuestro del hijo menor de Carlos IV, el infante Francisco de Paula. Murat ordenó abrir fuego contra la multitud y nada menos que tres cañones fueron los primeros causantes de los centenares de muertos de esa aciaga jornada en Madrid.

Esteban Fernández de León, antiguo intendente del Ejército y de la Hacienda en Caracas, se encontraba en la capital en el momento de los sucesos y dispuso su marcha hacia su tierra natal, en la provincia de Badajoz. Realizó una primera parada en Alcorcón, pueblo colindante con Móstoles, para recoger información procedente de los que huían de Madrid. Él mismo describió los hechos en su Relación de servicios y méritos y de su conducta durante la anterior revolución que hubo de redactar para conseguir el reconocimiento de su esfuerzo ante los tribunales impuestos por Fernando VII, a su regreso al trono, para depurar responsabilidades políticas durante los años de la Guerra de la Independencia. Así, sabemos de su puño y letra que realizó el viaje acompañado de su familia y de José de Ibarra, Manuel García, presbítero, y Pedro Serrano, “a quien asociaban seis soldados españoles”.

Una vez en Móstoles, fue al encuentro de Juan Pérez Villamil y Paredes, conocido suyo y, como él, ferviente absolutista fernandino. Villamil ocupaba en esos días, amén de la dirección de la Real Academia de Historia, los cargos de auditor general y secretario del Almirantazgo. Además, era miembro de la clandestina Junta de Sustitución, organismo integrado por fernandinos dispuestos a asumir el control del país en el más que probable caso de que Murat controlase la Junta de Gobierno dejada por Fernando VII al dirigirse a Bayona.

Aunque asturiano de origen (como Jovellanos a quien sustituía interinamente en la Junta de Sustitución, valga la redundancia) nacido en Puerto de Vega, en el concejo de Navia, Villamil poseía diversas propiedades en Móstoles. Se encontraba en su casa de la calle Navalcarnero, en la actualidad calle Villaamil (sic), cuando Fernández de León le puso al corriente de la gravedad de lo que sucedía en la capital y le indujo de este modo a redactar un bando, no para declarar la guerra, ni muchísimo menos, sino para advertir a las poblaciones españolas del sur, libres hasta ese momento de la ocupación francesa, sobre los acontecimientos que bañaban de sangre Madrid. Este sí que fue el verdadero (y mal llamado) Bando de la Independencia y su texto íntegro el siguiente:

«Señores Justicias de los pueblos a quienes se presentare este oficio, de mí el Alcalde Ordinario de la Villa de Móstoles:

Es notorio que los Franceses apostados en las cercanías de Madrid y dentro de la Corte, han tomado la ofensa sobre este pueblo capital y las tropas españolas, por manera que en Madrid está corriendo a esta hora mucha sangre.

Como Españoles es necesario que muramos por el Rey y por la Patria, armándonos contra unos pérfidos que, so color de amistad y alianza, nos quieren imponer un pesado yugo, después de haberse apoderado de la Augusta persona del Rey.

Procedan Vuestras Mercedes, pues, a tomar las más activas providencias para escarmentar tal perfidia, acudiendo al socorro de Madrid y demás Pueblos y alentándonos, pues no hay fuerza que prevalezca contra quien es leal y valiente, como los Españoles lo son.

Dios guarde a Vuestras Mercedes muchos años.

Móstoles dos de Mayo de mil ochocientos ocho.

Andrés Torrejón y Simón Hernández»

Por razón de sus cargos, Villamil conocía perfectamente las formalidades que debía adaptar el escrito para que tuviese legitimidad jurídico-legal y validez administrativa. De este modo, lo presentó a la rúbrica de los dos alcaldes, que emitieron un oficio, con fe notarial del escribano municipal Manuel del Valle, que debía ser transmitido de alcalde a alcalde mediante posta oficial.

Tanto Andrés Torrejón como Simón Hernández fueron apresados para comparecer ante Murat por firmar el bando. Declararon, en su descargo, que el escrito se lo hizo firmar “un hombre no conocido, que se apareció con tropa en Móstoles la tarde del dos de mayo”. Ambos fueron condenados a muerte por delito de sedición. Una fianza de treinta mil reales les libró de la condena.

Según las Relaciones de Esteban Fernández de León, fue Pedro Serrano, uno de sus acompañantes, quien se ofreció a llevar el bando a modo de posta (carta oficial) hasta las Andalucías, de donde era natural. Convertido de esta manera en postillón, Pedro Serrano partió hacia las siete de la tarde del dos de mayo, a caballo por el Camino Real de Extremadura. A última hora de la noche llega a Talavera de la Reina y al atardecer del día siguiente, tras haber recorrido casi 200 kilómetros en veinticuatro horas, a Casas del Puerto (hoy Casas de Miravete), en la provincia de Cáceres, extenuado y enfermo. A partir de ahí, el bando se transmite por el sistema de propios.

En solo cuatro días, el oficio había llegado a la provincia de Huelva. Bien sea por postas, transmitido de pueblo en pueblo que contara con casa de postas, o bien por el sistema de propios, por el que cada municipio cabeza de partido se lo comunicaba a todos los pueblos de su demarcación, quedó patente la efectividad del sistema español de comunicación administrativa, precursor de cierta manera de la transmisión viral de la información.

Aunque en el Archivo Municipal de Móstoles, destruido, como tantos, durante la Guerra Civil, no existe ni el original ni la primera copia de aquel bando, en el mostoleño Museo de la Ciudad, inaugurado con ocasión del Bicentenario del Dos de Mayo, se expone una rigurosa reconstrucción, obtenida a partir de las  copias de las que se tiene conocimiento (una en Cumbres de San Bartolomé, dos en Plasencia y otra en Logrosán).

En cualquier caso, y a pesar del conocimiento del contenido verdadero del bando desde 1908, cuando aparece una copia en el municipio onubense de Cumbres de San Bartolomé, es el bando apócrifo con sus tres escuetas pero enardecedoras frases, el que ha pasado a la posteridad.

El nacimiento de un mito

La responsabilidad de semejante secuestro de la realidad histórica la tienen algunos historiadores del siglo XIX y, sobre todo, el literato mostoleño Juan de Ocaña (1850-1928) quien con su obra de teatro de 1883 El grito de Independencia o Móstoles en 1808 y sus Apuntes para la Historia de la villa de Móstoles de 1911, encumbró la figura de Andrés Torrejón como representante de un pueblo que protagonizó el comienzo de la guerra contra los franceses.

En la versión sobre los hechos del 2 de Mayo, ofrecida en su obra de teatro, Juan de Ocaña pone en boca de Andrés Torrejón las siguientes palabras:

Andrés: Yo haré ver a ese ambicioso que toda la España mina, que en España, no domina su ejército victorioso. Que si soberbio y altivo entró aquí por medios feos, pasará a los Pirineos avergonzado y vencido; pues de Cádiz al Ferrol contrarrestarán su saña, y no imperará en España mientras haya un español…¡A luchar con insistencia!¡Defendamos nuestro suelo!¡Viva nuestra independencia! (grito general) ¡¡Vivaaa!!

Andrés: Será una jactancia, pero obrando sin mancilla, yo, el Alcalde de esta villa, declaro la guerra a Francia.

De este modo, Juan de Ocaña, con buenas intenciones pero escaso rigor histórico, contribuyó de manera principal a la exaltación del patriotismo de sus paisanos otorgando carta de veracidad a la tradición oral en detrimento de las pruebas documentales que, si bien más cercanas a la realidad, restaban protagonismo a su pueblo natal.

Así se grabó en el acervo popular y consistorial, de tal modo que aún hoy se recrea cada 2 de mayo, festivo en Móstoles desde muchos lustros antes que se decretase como fiesta en toda la Comunidad de Madrid, la lucha del pueblo mostoleño contra el invasor francés. También es Juan de Ocaña el responsable de que el protagonismo de los hechos del Dos de Mayo en Móstoles recayese en oriundos del pueblo, en lugar de en los hombres que se sabe de cierto que fueron. De este modo, Antonio Hernández, hijo del alcalde Simón Hernández sería el valeroso postillón que llevó la misiva por los pueblos de Extremadura, Fausto Fraile, el sacerdote mostoleño que vivió los acontecimientos en Madrid esa mañana y trajo la noticia al pueblo y Estanislao Ovejero el secretario que dio fe de la validez del bando.

Lo cierto es que Antonio Hernández era el postillón ―es decir, el mozo que iba a caballo delante de los que corrían la posta― de Móstoles en aquellas fechas. Como mucho, pudo acompañar a Pedro Serrano hasta la primera casa de postas situada en Navalcarnero. Fausto Fraile bien pudo estar en Madrid esa mañana, pero no existe ninguna constancia documental que avale esta circunstancia, y la firma de Estanislao Ovejero no figura en ninguna de las copias ni anotaciones al margen de los distintos oficios generados a partir del bando original, como sí la de Manuel del Valle. Pero para la generación de la leyenda local resultaba mucho más efectivo atribuir los méritos a los mostoleños Fausto Fraile, Estanislao Ovejero y Antonio Hernández en lugar de Esteban Fernández de León, Manuel del Valle y Pedro Serrano, naturales de Badajoz, Burgos y Andalucía respectivamente.

La creencia de que fue en Móstoles donde se declaró la Guerra de la Independencia, se materializa en calles del municipio como, además de Antonio Hernández y Fausto Fraile, Daoiz, Velarde, Teniente Ruiz, Malasañana, Agustina de Aragón, Batalla de Bailén, Independencia, Dos de Mayo, Empecinado, Sitio de Zaragoza, o San Marcial. Por supuesto existe una calle Andrés Torrejón y un colegio público y un polideportivo con ese nombre, además de una avenida del Alcalde de Móstoles, y no de los Alcaldes de Móstoles. Simón Hernández ha de conformarse con una pequeña calle y una placa conmemorativa donde se dice que “coadyuvó” a inmortalizar este pueblo. También hay una calle y un colegio público en recuerdo de Juan Pérez Villamil, aunque en ambos casos figura el apellido Villaamil, reproduciendo el mismo error desde hace más de un siglo.

Hasta la propia nación francesa debió considerar de algún modo la figura de Andrés Torrejón y de Móstoles como iniciadores de la guerra (por cierto, no declarada hasta el 6 de junio de 1808 por la Junta Suprema de España y de Indias constituida en Sevilla), que habría que esperar hasta 1985 para que Francia firmara la paz con Móstoles. Resulta que este pueblo había seguido en guerra por su cuenta más de ciento setenta años. Y es que, claro, Andrés Torrejón no firmó el Tratado de Valençay.

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4 Comentarios

  1. Jesús Rodríguez

    ¿No deberías de citar las fuentes de lo que afirmas o es una cosa sabida y de dominio público?

    • Como habrá podido comprobar en los más de cien artículos publicados desde el nacimiento de la revista, las fuentes no se citan de manera explícita. Cada uno de los autores, y desde luego en el caso de este artículo, recoge, analiza, filtra, estudia y compara diversas fuentes.

      Es sabido, o al menos supuesto, que los lectores de una publicación de divulgación como es esta poseen cierta práctica en el manejo de artículos de esta índole y, por ello, suelen abstenerse de preguntar si los datos son de dominio público.

      Todo esto al margen de que le supongo conocedor de la diferencia entre información de “dominio público” (si así fuera, no sería tema para una revista de divulgación) y datos “al alcance de cualquier persona”.

      • Jesús Rodríguez

        Creo que no hubiese estado de más citar en el texto a algunos autores que han trabajado antes que Vd. sobre el tema y de los cuáles ha sacado muchas de sus ideas.

  2. Querido Jesús, si has visitado la revista Anatomía de la Historia habrás podido comprobar que la cita de las fuentes para cada una de las aportaciones a la misma no es lo habitual por una sencilla razón de estilo, pues consideramos que el lector habituado más a la divulgación que a la exégesis es el propio de esta publicación.

    Esa y no otra es la razón de que los autores, salvo excepciones que solo a ellos les incumben, no incluyan las fuentes de las que se surten para esclarecernos los relatos históricos que rigurosamente escriben y nosotros les publicamos.

    Un saludo y gracias por tu seguimiento.

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