La batalla de Muret (y II)

Por . 2 noviembre, 2011 en Edad Media
Share Button

Puedes leer la primera parte del artículo en La batalla de Muret (I)

La batalla

El 12 de septiembre de 1213 tuvo lugar el encuentro entre los cruzados franceses y los aliados aragoneses y occitanos. El enfrentamiento se produjo en campo abierto, sobre el llano existente frente a la ciudad amurallada de Muret, el escenario bélico en el que combatieron las fuerzas capitaneadas por Simón de Montfort y Pedro II el Católico. A priori las cifras que se barajan en cuanto al número de efectivos de los dos bandos parecían decantar la balanza a favor del rey aragonés.

Simón de Monfort.

Pedro II acaudillaba a sus ejércitos catalano-aragoneses, así como al resto de las huestes occitanas de los condes de Tolosa, Foix y Comminges, principalmente, y de otros nobles languedocianos en el exilio. Una hueste heterogénea que en conjunto superaba al enemigo en diez a uno. No obstante, esta ventaja de los ejércitos aliados quedaba parcialmente neutralizada por la patente superioridad cualitativa de la caballería pesada francesa.

Pero el gran monarca de Aragón, el heredero de la Casa de Barcelona, la mítica dinastía de condes catalanes que había dominado el Mediodía desde hacía más de un siglo, el héroe de las Navas de Tolosa, el azote de los almohades, el gran señor de Occitania que había conseguido unir a los más grandes de los señores del Midi situándose al frente de una gran alianza contra Francia y el papado, no podía esperar otra cosa aquel 12 de septiembre de 1213 que no fuera la victoria.

Jaime I el Conquistador.

Tan claro parece ser que lo tuvo Pedro II que, según nos cuenta Jaime I el Conquistador en su crónica o Llibre dels feyts, su padre la noche anterior quiso celebrar el triunfo de forma anticipada. A la mañana siguiente, cuando el rey debía prepararse para el combate, describe Jaime I que prácticamente no podía mantenerse en pie (había pasado, nos cuenta, toda la noche con una fogosa dama). Y no sólo eso, Pedro II se empeñó además en iniciar la batalla lanzando una carga de caballería que el mismo dirigiría, a pesar de las advertencias de Raimundo VI de Tolosa, experimentado guerrero que conocía bien el terreno y sabía cómo se las gastaban los jinetes franceses en enfrentamientos en campo abierto, escenario en el que no tenían rival.

Es por ello que el conde de Tolosa propuso al rey que al principio de la batalla únicamente se limitara a esperar a los caballeros cruzados, dejándoles tomar la iniciativa en el combate, mientras los ballesteros occitanos defendían la posición aliada.

Sin embargo, Pedro II se lanzó directamente a la carga al frente de su caballería y en esos momentos de poco le sirvió al monarca aragonés la gloria alcanzada en las Navas de Tolosa. Es más, puede que incluso pesara en su contra la gran fama adquirida tras su triunfo de 1212, ya que si bien parece ser que el rey de Aragón subestimó a su rival, los cruzados, en cambio, no cometerían ese error y se tomarían muy en serio el peligro que entrañaba enfrentarse a tan gran enemigo. Tanto es así que en los momentos previos a la batalla los principales caballeros franceses, muy conscientes de la enorme transcendencia del resultado de este enfrentamiento, hicieron un juramento en el que se propusieron no finalizar el combate sin haber acabado con la mítica figura del rey Pedro II el Católico.

Durante esta primera carga de caballería los cruzados comenzaron a penetrar con rotundidad entre las filas aragonesas hasta que alcanzaron incluso la posición del rey, que fue derribado de su caballo y muerto con relativa facilidad. Tras este exitoso primer encuentro frontal, Montfort decidió rodear con sus caballeros al enemigo y atacar sus flancos.

Y nuevamente los jinetes franceses se alzarían con el triunfo. La rápida difusión de la noticia acerca de la muerte de Pedro II se encargaría de completar la victoria cruzada al producirse la ruptura de la formación occitano-aragonesa y su retirada desorganizada. A partir de esos momentos, las tropas de Simón de Montfort únicamente tendrían que dedicarse a perseguir a los asustados enemigos que huían, masacrando a buena parte de ellos.

Conclusión

La derrota sufrida en la batalla de Muret por parte de la coalición formada por aragoneses y languedocianos parecía cortar en seco las aspiraciones occitanas de la Casa de Barcelona. Pedro II el Católico fue sin ninguna duda un ambicioso rey pero, no obstante, el episodio de Muret no constituía un intento de la monarquía aragonesa por expandir sus dominios más allá de la cara norte de los Pirineos, llevando para ello a sus ejércitos a invadir Francia. Esta es la realidad distorsionada que en algunas ocasiones puede presentarse ante el lector cuando se relaciona la expansión de la Corona de Aragón con la batalla de Muret.

Pedro II intentó en Muret afianzar su más que sólida posición en Languedoc, defendiendo para ello unas tierras que ya eran suyas o, cuanto menos, de sus vasallos ¿Acaso alguien duda hoy en día qué Urgel, condado pirenaico que era feudo del rey de Aragón, formaba parte de la Cataluña de Pedro II? Pedro II acudió a Muret en respuesta a la provocación que suponía que las tropas francesas hubieran invadido sus territorios vasallos de Carcasona, Béziers, Tolosa y Foix.

El desastre de Muret tampoco pondría fin de forma definitiva a la presencia aragonesa en Occitania. Sancho de Rosellón, tío de Pedro II, daría un nuevo impulso al enfrentamiento de la Corona con los cruzados para afianzar las posiciones aragonesas en la región cuando detentaba el cargo de regente de Jaime I el Conquistador durante la minoría de edad del joven hijo de Pedro II.

La reconquista de Tolosa, lograda en septiembre de 1217 por las tropas de Sancho en alianza con los rebeldes languedociados, constituiría el culmen de su política pro-occitana. Hasta esas fechas la capital del Mediodía había estado en manos de Simón de Montfort, cuyas tropas cruzadas la conquistaron en junio de 1215.

Así mismo el rey de Aragón Jaime I el Conquistador, señor nominal, además, de la ciudad occitana de Montpellier, conspiraría durante todo su reinado contra la vecina monarquía Capeta con el mismo objetivo que su tío-abuelo, Sancho de Rosellón, es decir, tratar de no ceder ni un palmo del Midi a Francia. Buena muestra de ello fue su participación en el complot orquestado contra Luis IX de Francia en 1242 por el conde Raimundo VII de Tolosa, hijo y sucesor de Raimundo VI, junto al rey Enrique III de Inglaterra, conjura que contaba también con el respaldo de otros importantes nobles occitanos y aristócratas franceses rebeldes y en la que puede que incluso participara el emperador germánico Federico II.

Raimundo VII de Tolosa.

Todo lo expuesto por la historiografía en relación a las consecuencias de la derrota de Pedro II en Muret pone de manifiesto que la Corona de Aragón únicamente tenía dos opciones reales de expansión a comienzos del siglo XIII: marchar hacia el sur o zarpar con sus naves hacia otros objetivos en el Mediterráneo. Y eso fue precisamente lo que ocurrió tras la victoria cristiana de las Navas de Tolosa, el levante peninsular fue conquistado (1232-1266) y la monarquía aragonesa también obtuvo el control de las islas Baleares (1229-1235). No obstante, es necesario matizar lo comentado en la primera frase de este párrafo. El artífice de tan grandes gestas sería Jaime I el Conquistador, pero a buen seguro que nada habría cambiado si su padre, Pedro II el Católico, no hubiera perecido en Muret.

El triunfador frente a los almohades en 1212 muy probablemente habría acabado conquistando estas tierras hispánicas al igual que unos años más tarde hizo su hijo. Hacia el norte no había posibilidad de expansión debido a que los feudos existentes más allá de los Pirineos estaban abocados ya por entonces a quedar integrados en el patrimonio regio aragonés, eran por lo tanto “tierra ganada”, al igual que ocurrió con los condados catalanes. Solamente Francia logró impedir la definitiva incorporación a la Casa de Barcelona de estos dominios languedocianos mediante la organización de la Cruzada albigense (1209-1244), reino que poco a poco fue incorporando a sus dominios la totalidad de los condados y vizcondados occitanos en lo que restaba para que la Edad Media tocara a su fin.


Share Button

David Barreras Nací en París tres meses después de fallecer el dictador Francisco Franco. De padres y abuela emigrantes. Mi abuelo, un exiliado republicano. Nos trasladamos a España en plena transición, a un lugar maravilloso en medio de la huerta valenciana, donde tuve una infancia feliz rodeado de buenos amigos, exactamente los mismos que ahora. Y libros, muchos libros. Sobre todo de Historia. Tocó ir al instituto y luego a la universidad y, ante todo, fui práctico. La Historia era mi pasión pero las ciencias no se me daban nada mal. Finalmente me licencié en Tecnología de Alimentos, empecé a trabajar como investigador científico, siempre en biotecnología y, más tarde, me hice escritor. Lo cierto es que nunca me lo propuse. Cristina Durán De la mezcla de la herencia familiar y de lo que una recolecta en su vida universitaria nace lo que soy hoy, preocupada por el sustento de todos estos saberes un tanto olvidados en nuestro actual mundo. Fue aquí, terminados mis estudios cuando conocí al que es hoy mi marido y coautor de mis libros, con el que comparto mi interés e inquietud por la Historia, David Barreras, por él me trasladé a Valencia. Hoy en día es un lugar en el que no quisiera dejar de vivir, una tierra con un pasado histórico glorioso, con reyes ilustres y vestigios muy palpables de un pasado musulmán, algo que ha pesado sobremanera en nuestros libros, todos ellos relacionados con la Edad Media. Aquí, además, se me ha brindado la oportunidad de colaborar y revisar obras de otros autores valencianos y seguir desarrollando mi faceta como historiadora.

Participa en la discusión

  • (no será publicado)

  1. gravatar Diego Gonzalez Responder
    octubre 16th, 2014

    “Desnudo nací, desnudo me hallo. Ni pierdo ni gano”
    Teniendo en cuenta que los comentarios anteriores, todos de autoridades en la materia, son de 2011, este mío, de un desconocido lector de la Historia, que no investigador, no merecerá la atención. Así es, que solo una reflexión:
    Ahora resulta que en las Navas de Tolosa solo hubo un Rey Cristiano, el gran Pedro II el Católico, rey de Aragón.
    Nada se dice de Alfonso VIII de Castilla, artífice y promotor de la Coalición Cristiana, avalada por el Papa Inocencio III como Cruzada. Nada tampoco de Sancho VII de Navarra, y a cuya ferocidad en el combate se debe, precisamente por esta batalla las cadenas de los escudos de Navarra y España. Todo el merito de la batalla de debe a Pedro II del Aragón, llamado el Católico y además no como titular de la Corona de Aragón sino como jefe de las tropas catalano-aragonesas.
    Claro que el triunfo en las Navas de Tolosa se de debió subir a la cabeza y frente a un enemigo tan potente como Simón de Montfort, con un ejercito de 10 a 1 a su favor (según vuestra investigación)no se le ocurrió, para planificar la batalla de Muret donde fue muerto, otra cosa que la noche anterior, recalco, la noche anterior a una batalla tan crucial para su Casa, su Reinado y la Historia, pasarla (el termino debería ser follando) con una dama muy fogosa, en palabras, según vuestra investigación, contenidas en el “Llibre dels feyts”, libro de crónicas de su propio hijo JAIME I EL CONQUISTADOS. Ese si fue un GRAN REY, a diferencia según mi criterio.
    Claro que seguramente, a lo mejor, lo mejor de si mismo lo dejo en Las Navas de Tolosa, y ya no le quedaron fuerzas (físicas y o emocionales)a pesar de la ventaja de 10 a 1 a su favor (según su investigación)en la batalla de Muret.
    Si pese al tiempo transcurrido y por lo tanto su desfase cronológico, este comentario es leído, gracias por ello. No es necesario contestatlo.

  2. gravatar David Menaza Responder
    noviembre 11th, 2011

    Gracias por molestarte en responderme, David. Creo que podría discutir durante semanas respecto a la Cruzada Albigense. No quisiera recalcar los puntos en los que discrepamos, aunque sí podría quizá aclarar alguno.

    En primer lugar, no sé si puede considerarse a la caballería francesa “mejor” o “peor” que la aragonesa. Lo que he querido decir es que el equipo de la caballería pesada no difería en gran cosa. Muchos historiadores militares, sobre todo del ámbito anglosajón, hacen hincapié en las diferencias entre las tácticas y equipos de combate de caballería musulmanas y europeas, sobre todo en el ámbito de las cruzadas de Levante. Luego se fijan en España e igualan la ecuación, pensando que ya que aquí tuvimos a los árabes ocho siglos algo se nos debió de pegar. Seguramente llevan razón, aunque haya un matiz un tanto racista en todo ello. Es posible que la caballería en la Península Ibérica fuera más ligera, los caballos de menor talla y las armaduras no tan pesadas. Lo que no me queda tan claro es que al otro lado de los Pirineos la diferencia fuera tan grande. Creo que hay aquí una cuestión de gradaciones. Por poner un ejemplo, en el Poema del Mío Cid, cuando se narra el combate entre el Cid y el conde de Barcelona (Berenguer Ramon II), se dice:

    “Ellos [los catalanes] vienen cuesta yuso e todos trahen calças,
    e las siellas coçeras e las çinchas amojadas;
    nos cavalgaremos siellas gallegas e huesas sobre calças” (vv.992-994)

    Aquí sí hay a mi juicio una comparación entre una caballería ligera “a la árabe”, la de los castellanos, y una caballería franca, curiosamente la de los catalanes. A pesar de todo, gana el Cid después de un combate con lanzas y toda la pesca, y captura al conde, que se amurria y no quiere comer porque le han vencido “unos malcalçados” (v. 1023). Aunque el poeta narra hechos sucedidos hacia 1078-1090, escribe entorno al comienzo del siglo XIII, y seguramente refleja tácticas y equipo de su época.

    Que en comparación, la caballería de los cruzados fuera más pesada que la de la coalición occitana-aragonesa me parece una cuestión de grado. Quizá también la pericia de los caballeros del norte de Francia fuera mayor. Duby, en una de las maravillosas miniaturas que escribió al final de su vida, “Guillermo el Mariscal”, habla de la boga de los torneos que se extendió por esta zona, además de Inglaterra y lo que ahora es el Benelux. En estas lizas participaban grupos de caballeros que se organizaban un poco como nuestros equipos de fútbol, por origen geográfico. Sí parece que los de Île-de-France estaban entre los más reputados. Estas regiones eran también las más productivas en cruzados nobles, y por la misma razón que apunta Duby: la feudalización era más intensa, el mayorazgo se había impuesto antes y había miriadas de caballeros jóvenes (y no tan jóvenes) que sólo tenían caballo, lanza y espada para ganarse la vida. El apogeo de esta situación se dio entre 1180 y 1200, la época de las chansons de Chrétien de Troyes, de la III y IV Cruzadas, de la mayor extensión de la orden cisterciense (compuesta muy mayoritariamente por vástagos de familias nobles o caballerescas). En fin, a lo mejor conecto demasiadas cosas y después de todo el artículo es tuyo.

    Por acabar, cuando digo que los occitanos se las tuvieron que arreglar solos, me refiero a que la ayuda que podía prestarles Aragón en tanto que potencia regional se dilapidó en Muret. Por supuesto hubo nobles, incluso conectados con la familia real, con intereses al otro lado de los Pirineos que ayudaron a los Saint-Gilles (un ejemplo, aparte del que apuntas puede ser el de los Montcada). Pero con quien no pudieron contar por razones obvias fue con la mesnada real. El golpe que supuso Muret en pérdidas humanas y económicas dejó fuera de juego a Aragón para el resto de la Cruzada (de pasada, yo fecho su final en 1229 con el Tratado de Meaux; las sublevaciones de Trencavel en 1240 y de Raimundo VII en 1242 son otra cosa y sólo revelan la desunión endémica de los meridionales; fechar el fin de la Cruzada en 1244, me imagino que por la caída de Montségur, es atribuir a este acontecimiento una importancia histórica que creo que no tiene; otra cosa es el aspecto simbólico).

    No quiero ponerme pesado a propósito del libro de Martín Alvira “Muret 1213”, porque además soy juez y parte: Martín dirige mi tesis. Ahora bien, aclaro que yo le busqué después de leer su trabajo anterior porque me parece el mayor experto en España sobre el tema (y de los dos o tres más importantes del mundo). Si todavía no te lo has agenciado te lo recomiendo vivamente.

    Por mi parte, he hecho caso de tu consejo y he releído a Labal. Confieso que mi comentario anterior suena injusto. El suyo es un buen libro de divulgación, con bastantes datos y bien ordenado. Mis prejuicios se deben seguramente al exceso de lectura académica: la versión española (manejo la de Crítica, Barcelona, 2000, Biblioteca de Bolsillo, nº 37) tiene poco más de doscientas páginas, está entresacada de un volumen francés mayor en el que hay contribuciones, de gente como Duvernoy y Roquebert, ahí es nada, y se queda cortito de aparato crítico. Por lo demás, Labal lleva veinte años muerto y en este tiempo la investigación ha avanzado mucho. Lo mismo podría aplicarse a Niel.

    Encantado de debatir contigo y espero como dicen los ingleses en adelante no bad feelings. Un saludo.

    P.S. La foto de vuestro perfil, ¿os la sacasteis en Pisa?

    • gravatar David Barreras Responder
      noviembre 12th, 2011

      Hola de nuevo. Creo que realmente nuestros puntos vista no están tan lejos. Influye mucho el como se digan las cosas, si vuelves a leer tu ultimo comentario, en esencia estas admitiendo, al igual que yo, que la diferencia entre las caballerías francesa y aragonesa era cualitativa. Sobra indicar lo de las “formas” en cuanto la hora de criticar el trabajo de los demás, y no el mío propio, sino el de mis compañeros de la revista, pero, en fin, rectificar es de sabios y ya te has disculpado.
      Efectivamente podríamos pasarnos horas y horas conversando sobre este tema y seguro que sobre otros también, porque hay una cosa clara: a los dos nos apasiona la historia.
      La foto del perfil es efectivamente de Pisa, durante uno de nuestros viajes tras las huellas de la marina bajomedieval catalana.u

  3. gravatar David Menaza Responder
    noviembre 8th, 2011

    Hola otra vez, David. Quisiera enviarte mis comentarios acerca de la segunda parte de vuestro artículo sobre la batalla de Muret. Como la otra vez empecé con mal pie, comienzo diciendo que reconozco vuestro derecho a expresar vuestros puntos de vista, pero no los comparto. Espero que ni este desacuerdo ni el hecho de que lo haga público aquí os parezca una falta de respeto a vuestra labor, pero dado que mi esfera de trabajo se centra muy específicamente en el tiempo y el lugar de los que trata vuestro artículo, me considero en el deber de discrepar.

    En primer lugar, hay que reconocer que el relato táctico de la batalla de Muret es muy complicado. Esto se debe primordialmente a la imposibilidad de reconciliar el relato de todas las fuentes primarias y a los cambios físicos que ha sufrido el escenario del choque. Hoy en día Muret forma parte del cinturón industrial de Toulouse, el área está intensamente urbanizada, y el campo de batalla carece de elementos geográficos notables que sirvan como puntos de referencia, salvo quizá la curva del Garona sobre la que se asentaba el castillo, desaparecido hace mucho.

    Como ya he dicho, las fuentes primarias son irreconciliables en algunos puntos y tienen el inconveniente de que ninguna de ellas fue escrita directamente por testigos oculares. Sin embargo, la tarea del historiador consiste también en elegir lo más plausible. De hecho se pueden deducir algunos hechos con bastante seguridad. En primer lugar, la facción atacante es la de los cruzados. Son ellos los que salen del castillo de Muret por la puerta de Salas y cruzan el Louge, afluente del Garona, no sabemos si por el puente de Saint Sernin o por el vado seco del río ya que era septiembre. Hacia dónde se dirige exactamente la caballería cruzada, formada en tres cuerpos, es difícil de decir, puesto que no se sabe con seguridad el emplazamiento del campamento del rey Pedro (bien al norte, junto a la ribera izquierda del Garona, bien en la pequeña elevación conocida como Perramon, al noroeste. Lo que es seguro es que no se produjo una carga de la caballería occitano-catalano-aragonesa. A mi juicio, la mejor oportunidad de los cruzados dada su inferioridad numérica (muy exagerada por lo demás por las fuentes) era tomar suficiente velocidad como para resultar imparables. No fue un torneo. Los meridionales debieron permanecer bastante estáticos o quizá estaban reformándose. Los dos primeros escuadrones de la caballería cruzada (mandados por Guillaume IV des Barres, hermanastro de Simon de Montfort, el primero y por Bouchard de Marly y Alain de Roucy el segundo) perforaron la primera formación de los occitanos, la del conde de Foix y sus vasallos. Seguidamente, alcanzaron la segunda línea, donde se encontraba el rey Pedro junto al estandarte real de Aragón. Su éxito al matarlo rápidamente decidió la batalla desde el comienzo. Jaime el Conquistador, en el brevísimo relato de la batalla con el que prácticamente comienza su Llibre des feyts (Capítulo VIII), se hace eco de la desorganización del ejército real (“como las tropas del rey no supieron ordenar la batalla ni conservarse unidos, peleando cada ricohombre por sí, contra la ley de armas (…) quiso Dios que fuesen rotos”). Por otro lado, Guillaume de Puylaurens, en su Chronica, cita a otro testigo presencial, el joven Raimundo VII que observa la batalla desde lejos y compara el estruendo del impacto de los caballeros cruzados al alcanzar a sus enemigos con el de “muchas hachas que talaran un bosque”. Por su parte Simon de Montfort, dirigiendo el tercer escuadrón de los cruzados efectúa un rodeo por su izquierda y ataca el flanco derecho de la vacilante línea aliada. A partir de ahí, la desbandada, a la que se suma la infantería de las milicias tolosanas, es total. Toda la caballería cruzada se dispersa persiguiendo a los derrotados en un movimiento de abanico desde el oeste hacia el Garona, donde se ahogan muchos de los fugitivos.

    Como veis, esta narración de la batalla difiere en bastantes puntos de la vuestra. No hay carga de la caballería aragonesa, ni los franceses son más temibles como caballeros dado que no utilizan una tecnología ni una táctica demasiado diferente a la que podían usar los meridionales. Tampoco la Cruzada, que ya duraba cuatro años, había proporcionado ejemplos de combates de caballería a gran escala, salvo el encuentro del año anterior en Saint-Martín-Lalande, cerca de Castelnaudary, que se saldó probablemente con un empate táctico, a pesar de que las fuentes señalan una victoria cruzada (Cansó de la Crozada, lais 93-108; Hystoria Albigensis, §§ 268-275). Fue una guerra de asedios y escaramuzas, de emboscadas y pillajes; en definitiva, una guerra medieval. Lo que singulariza Muret en el contexto de la Cruzada es precisamente que fue la única gran batalla campal, y por supuesta que tuviera un resultado tan dramático: un knock-out punch para una de las potencias implicadas en el conflicto, Aragón.

    A partir de aquí, tengo que confesar que no comprendo las conclusiones de vuestro artículo. Pedro II el Católico fue sin ninguna duda un ambicioso rey pero, no obstante, el episodio de Muret no constituía un intento de la monarquía aragonesa por expandir sus dominios más allá de la cara norte de los Pirineos, llevando para ello a sus ejércitos a invadir Francia. […] Pedro II intentó en Muret afianzar su más que sólida posición en Languedoc, defendiendo para ello unas tierras que ya eran suyas o, cuanto menos, de sus vasallos […] Pedro II acudió a Muret en respuesta a la provocación que suponía que las tropas francesas hubieran invadido sus territorios vasallos de Carcasona, Béziers, Tolosa y Foix. Todo este párrafo constituye una toma de partido que deja de lado el hecho de que los meses anteriores a la batalla fueron la culminación de una política de décadas de presión sobre el Languedoc, mediante la guerra, la diplomacia y los matrimonios, para conseguir someterlo a la hegemonía aragonesa. Para Aragón, la Cruzada fue una oportunidad mucho más clara que para la corona francesa, porque después de casi un siglo de enfrentamiento acabó rompiendo el espinazo de la casa de Saint-Gilles, que finalmente se resignó a reconocer a Pedro II como señor ligio, a cambio de su ayuda contra Montfort. La esencia misma del vínculo feudal es fidelidad por protección. Tan sólo la muerte del rey y la larga minoría de Jaime I obligó a los occitanos a arreglárselas solos, y a punto estuvieron de conseguir liberarse por sí mismos tras la muerte de Montfort (1218) y la progresiva reconquista de las tierras ocupadas por los cruzados (hasta 1224). Fue este enemigo tan desgastado contra el que se dirigió finalmente la intervención del ejército real francés en la última fase de la Cruzada (1225-1229). Aún así, nada estaba escrito y todo podría haber sucedido de otra forma.

    Que Muret no supusiera diferencia alguna en la política de la corona de Aragón, que se habría apoderado de todas maneras de Valencia y Mallorca (“El artífice de tan grandes gestas sería Jaime I el Conquistador, pero a buen seguro que nada habría cambiado si su padre, Pedro II el Católico, no hubiera perecido en Muret”) y se habría expandido igualmente por el Mediterráneo; todo esto son hipótesis que probablemente sería injusto pedir que fundamentaseis en el breve espacio del que disponéis. Mayor motivo para ceñirse a los hechos siempre tan difíciles de establecer, siempre tan controvertidos.

    • gravatar David Barreras Responder
      noviembre 10th, 2011

      – Mis comentarios a tus dos primeros párrafos:

      Según los medievalistas Niel y Labal, Montfort acudió apresuradamente a Muret procedente de la cercana ciudad de Fanjeaux a tratar de romper el cerco que los aliados occitanos se disponían a someter a su castillo. Ya en Muret para evitar un prolongado asedio Montfort decide enfrentarse en campo abierto lanzando una carga de caballería que, como tu bien indicas, estaba dividida en tres cuerpos. Según estos autores, los occitanos actuarían asi: Raimundo VI recomienda esperar a los cruzados parapetándose tras los ballesteros tolosanos, no obstante, Pedro II, ansioso por obtener la victoria, y según algunas crónicas medievales, puede que de “resaca”, decide responder al ataque lanzándose a caballo hacia el enemigo. El desarrollo del combate y el resultado del mismo son los que tu bien describes.

      -Mis comentarios a tu tercer párrafo:

      Discrepo, al igual que seguramente los medievalista Soldevila, Bagué, Sobrequés y Martínez Ferrando, con respecto a la igualdad que tú indicas en los dos cuerpos de caballería. La caballería pesada aragonesa estaba en inferioridad cualitativa con respecto a la de las demás potencias cristianas europeas (normandos, franceses, germanos e ingleses), ya que el enemigo natural de Aragon y Cataluña había sido a lo largo de muchos siglos el musulmán peninsular, cuyos ejércitos eran muy diferentes de los de las potencias mencionadas. Ante este enemigo a la Corona le daba mejor resultado utilizar a su infantería ligera, la cual acabaría dando lugar durante el reinado de Jaime I al cuerpo de almogávares. La batalla que tuvo lugar ante las puertas de Gerona el 15 de agosto de 1285 y que enfrentó a los mismos protagonista, es decir a las caballerías aragonesa y francesa, se saldó con un resultado similar: estrepitosa derrota para la Corona. En esta ocasión se invirtieron los papeles y fueron los aragoneses los que acudían a librar del asedio del enemigo a una de sus ciudades. La derrota aragonesa de Gerona confirmaría nuevamente nuestra hipótesis sobre la inferioridad de su caballería pesada. En cambio cuando estos dos enemigos se enfrentaron en el mar o en escenarios en los que el combate no era favorable para una batalla campal de caballería, el resultado seria bien diferente. Sirvan de ejemplo la derrota naval angevina de Nicotera (14 de octubre de 1282) y Malta (8 de junio de 1282), así como las derrota francesa frente a los almogávares en el Collado de Panissars (en el Pirineo, en octubre de 1285).

      – Mis comentarios a tu cuarto párrafo:

      Existen libros de historia catalana, algunos de ellos docentes, la mayoría de tinte nacionalista, en los que se afirma que Pedro II trató de invadir Francia pero fue detenido en Muret. Por otro lado, tampoco acudió Pedro II a Muret a extender su influencia sobre Occitania, sino mas bien a defender la sólida posición que ya poseía en la región. Ya conoces mi postura acerca de quien era el principal señor del Midi.

      – Mis comentarios a tu quinto párrafo:

      No estoy de acuerdo con que los occitanos tuvieran que arreglárselas solos tras la muerte de Pedro II. Su tío Sancho de Rosellón abanderó tras la muerte de Pedro II la causa occitana y aprovechó el poder que le otorgaba su condición de regente de sus sobrinos Jaime I y Ramón Berenguer V de Provenza para infligir serias derrotas a Montfort. De hecho la muerte de Montfort y la liberación de Toulouse serían la culminación de la política pro-occitana de Sancho de Rosellón.

      – Mis comentarios a tu último párrafo:

      Estas hipótesis están ampliamente desarrolladas en nuestros trabajos sobre la expansión de la Corona de Aragón, que aun no han sido publicados.