La expedición contra Argel de 1775: una misión imposible de Carlos III (y II)

Por . 23 noviembre, 2011 en Edad Moderna
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¿Cuáles fueron las causas de la derrota en Argel?

A la hora de establecer causas del fracaso de la expedición española contra Argel en 1775, se pueden argüir varias razones, de entre las que destaca especialmente el retraso en la salida de la expedición. Debió partir a principios de junio y lo hizo el día 23 de dicho mes. Además, aunque la escuadra llegó a Argel el día 1 de julio, el desembarco se produjo el día 8. Este motivo aparece justificado por las malas condiciones meteorológicas que se dieron antes y después del ataque. Otra razón para el fracaso fue el desconocimiento del terreno, de las fuerzas enemigas y del modo de combatir de los argelinos. También se puede añadir como una causa de la derrota el haber desembarcado en un paraje en donde la tropa tuvo que pelear inmediatamente, sin poder hacer los preparativos previos, como un buen atrincheramiento o sin poder esperar a la caballería ni a la artillería. Asimismo, se le achacaba a O’Reilly la confusión creada por desembarcar la tropa por compañías sueltas y no por batallones completos. También fue un elemento fundamental en la derrota el que los generales dieran a veces órdenes de manera contradictoria y equívoca.

En cualquier caso, ante el fracaso, el jefe de la expedición, Alejandro O’Reilly, sostendría la absurda tesis de que el excesivo ardor con que se adelantó la tropa ante el ataque de los argelinos tuvo unas consecuencias terribles para el éxito de la empresa militar. Como hemos expuesto anteriormente, esta justificación no es válida, ya que la tropa, desembarcada con un desconcierto y caos tan grande y en un espacio de terreno tan estrecho, no pudo formar en columnas, y por lo tanto sólo pudo contrarrestar el ataque, con una formación en línea. También se le echó en cara a O’Reilly que el mayor ataque y censura realizados contra los mandos subordinados a él lo hiciera contra el marqués de la Romana, que había caído en combate y que no podía obviamente defenderse de lo que se dijera contra él. El jefe de la expedición le censuraba por haberse adelantado sin autorización en el combate, aunque el conde Fernán Núñez afirma en su Diario de la expedición contra Argel que fue “por una orden mal entendida”.

 

Se alzan en España las voces contra los culpables de la derrota

El desastre de Argel supuso obviamente una gran alegría para el mundo musulmán, partidario del dey de Argel, e incluso también fue motivo de gozo por muchos individuos de la misma España, contrarios a la política exterior de Carlos III y, sobre todo, de su ministro Grimaldi. Entre estos, que conformaban el llamado “partido aragonés”, encabezado por Pedro Pablo Abarca, conde de Aranda, se defendía que toda la responsabilidad de la derrota caía en manos del ministro italiano y del jefe militar, elegido por él, mientras se exoneraba de la culpa al ejército, cuya participación en la contienda en todo momento fue digna de su valor y entrega.

Las gacetas oficiales, acostumbradas a alabar y a adular todas las acciones del gobierno, redujeron las proporciones y consecuencias de tan fallido intento militar. Sin embargo, la literatura satírica tan clandestina como popular y divulgada, y único medio posible de oposición durante el despotismo ilustrado, compuso numerosas piezas burlescas, creadas por el propio pueblo, hastiado por la derrota y el desastre de su ejército en Argel. Entre las más comunes están las compuestas en décimas espinelas (es decir, en estrofas de diez versos octosílabos con rima consonante y el siguiente esquema métrico: 8a,8b,8b,8a,8a,8c,8c,8d,8d,8c), porque fueron utilizadas para el epigrama satírico, género poético que cuadraba perfectamente para la finalidad de esas composiciones irónicas. He aquí algunas de estas composiciones las en las que se critica ferozmente a los protagonistas del desastre de Argel de 1775:

1                            

Un ministro gaitero,

un general tamboril,

un fraile de trato vil

y un mentecato extranjero

traen a España al retortero,

y han sido la en esta ocasión

los que con doble traición     

sin Dios, sin alma, ni ley,       

empeñaron nuestro rey           

para hacer la expedición.      

            

El “ministro gaitero” al que hace referencia la décima es Grimaldi, llamado así por su forma de vestir con colores muy llamativos; el “general tamboril” es Castejón, el “fraile de trato vil” es fray Eleta, el confesor del rey Carlos III; el “mentecato extranjero” es O’Reilly. Era muy común, como podemos ver por estas composiciones satíricas, referirse a los personajes aludidos con motes despreciativos, o incluso por las iniciales simplemente.

2

Una G. nos corta el paso

una O. nos martiriza

pues borrarla, que es fácil

y poner una A. que rija.

Si Aranda no vuelve

y Ceballos no va,

el Diablo Cojuelo

a España perderá.

La “G.” es la inicial de Grimaldi; “O.” la de O’Reilly; la “A.” la inicial de Aranda. El “Diablo Cojuelo”, el personaje de la obra homónima que escribió el dramaturgo sevillano Luis Vélez de Guevara en 1641, es una clara referencia al general jefe de la expedición, Alejandro O’Reilly, porque era cojo por una herida de bala recibida en Italia en 1745, en la batalla de Camposanto.

Sin embargo, en ninguna de las composiciones satíricas que se escribieron tras la campaña de 1775, hay el más mínimo reproche a la milicia española; antes bien, es la única que sale bien parada de estos mordaces epigramas, como se puede observar en las siguientes décimas:

3                                                                           

Como de mala fe iban                                            

alistaron la nobleza,                                              

porque su ira y fiereza                                           

en acabarla se estriban;                                        

los españoles se admiran                                       

de ver que estos malvados                                     

están del rey amparados                                       

y que decirlo no puedan                                        

los oficiales que quedan                                       

en Argel sacrificados.                                            

4

Todo se pide en justicia

si es que la hacen se remedia

y si no, una tragedia

descubrirá la malicia;

porque la noble milicia

de aquellos héroes bellos

que en Argel dieron sus cuellos

por un infame traidor

pidiendo están con clamor

a que mueran todos ellos.

5

O’Reilly por su codicia                                          

Grimaldi, el fraile sin ley                       

vendieron en Argel al Bey                                     

nuestra muy noble milicia.                                    

¡Oh, qué infeliz avaricia,                                       

oh, qué acción tan depravada                                             

oh, qué lealtad tan callada!                                 

Pero, sentimientos vanos                                       

acabe entre nuestras manos

esta traición declarada.

 

“El fraile sin ley” es un nuevo epíteto del confesor del rey español, el fraile Joaquín de Eleta, que, según la voz popular fue el que convenció al monarca para realizar la expedición, por ello, en estas sátiras poéticas el rey queda exonerado de toda culpa en el desastre bélico de 1775.

 

Las consecuencias del desastre de Argel

 

El conde de Floridablanca, en un cuadro de hacia 1776 pintado por Pompeo Girolamo Batoni.

Como vemos, las críticas contra Grimaldi eran muy duras, hasta el punto de acusarlo de conspirar contra España y de haber provocado a propósito la derrota del ejército español en Argel. La presión social fue tan fuerte que Grimaldi hubo de ser separado de la Secretaríade Estado, al tiempo que fue elegido para sustituirle José Moñino y Redondo, conde de Floridablanca, por Carlos III el 7 de noviembre de 1776.

Por el contrario, aunque algunos de los mandos subordinados pidieron un consejo de guerra contra el jefe de la expedición, O’Reilly, a quien llamaban “el General del Desastre”, fue nombrado por el rey capitán general de Andalucía en septiembre de 1775.

Cuando pasó todo el revuelo por la debacle, salió publicada el 30 de enero la promoción de los ascensos por la expedición de Argel. Todos los mariscales, brigadieres y coroneles, así como lo oficiales intermedios que se distinguieron en la batalla ascendieron un grado. El jefe de la escuadra, Pedro González de Castejón, recibió el título de marqués González de Castejón y fue nombrado secretario de Marina. O’Reilly no dejó de tener el amparo del rey Carlos III en ningún momento. Así, a la muerte del general Antonio Ricardos, el 13 de marzo de 1794, le sucedió en el mando del ejército de Cataluña, pero falleció cuando se dirigía a tomar posesión de su cargo, en Bonete, en la provincia de Albacete.

Años más tarde, el 10 de septiembre de 1784, ya con el conde de Floridablanca como ministro, se firmó un tratado de paz y de comercio entre Carlos III y la regencia de Trípoli; posteriormente, el 14 de junio de 1786 un convenio con el dey de Argel aseguraba la libertad de comercio para los navíos españoles.

Ciertamente, a pesar de la desventura de la expedición argelina, el prestigio de España en el mundo musulmán se restableció en el reinado de Carlos III y la navegación por el Mediterráneo occidental fue desde entonces menos arriesgada.


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He de reconocer que llegué al interés por la Historia por el camino de la Filología Clásica, titulación que me sirve para vivir de la docencia. Mi interés posteriormente se ha centrado en el siglo XIX, lo que me llevó a publicar con Paracelso la biografía del médico Francisco Javier de Balmis, por la admiración que sentí ante su hazaña al transportar la vacuna de la viruela por el mundo. La inclinación por dicho siglo me empujó a traducir las memorias de Henri de Jomini, un coronel suizo que, bajo bandera francesa, luchó en nuestra Guerra de la Independencia; trabajo editado por el Servicio de Publicaciones del Ministerio de Defensa. A la par que esto ocurría, el azar caprichoso quiso que tuviera un encuentro casual y afortunadísimo para mí con Nowtilus, de la mano de José Luis Ibáñez Salas (el entonces director de la colección Breve Historia y editor de esta Anatomía de la Historia que transitas), con quienes deseo tener una larga y muy fecunda relación editorial, de momento plasmada en mi Breve historia del espionaje.

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