La quita a la deuda griega y las bancarrotas de Felipe II

10 nov, 2011 por



Mal andaríamos si pensásemos que la crisis de deuda que está asolando Europa no tiene precedentes en la Historia. El acceso a un determinado tipo de deuda, mediante la denominada revolución financiera, permitió mejorar las condiciones de financiación de Gran Bretaña a partir de 1688. A pesar de que hoy en día los historiadores mantienen un encendido debate al respecto, existe un cierto consenso en torno a la siguiente idea: los estados, siguiendo el modelo británico, han conseguido mejorar sus prestaciones económicas no a partir de un incremento sustancial de los impuestos o con el recorte de gastos, sino emitiendo títulos de deuda pública. La existencia de esta es necesaria para sostener los poderes públicos.

Otra cosa es cuando se hace un uso –o abuso– indebido del recurso al crédito. Tampoco a los europeos nos debería extrañar o incluso sobresaltar la posibilidad de caídas bancarias o estatales, ya que en absoluto son desconocidas en la historia del viejo continente. Baste recordar el reinado de Felipe II, cuando se produjeron hasta tres “bancarrotas” (o cuatro, depende de los autores). Y es que la Monarquía Hispánica hizo del recurso al crédito uno de sus elementos más característicos. Eso sí, la petición de adelantos no adoptaría las formas que tomará en Gran Bretaña un siglo después, y que darían origen a los modernos sistemas de financiación.

En la Monarquía Hispánicaexistía un continuo problema de liquidez entendido en un doble sentido: por un lado, como una evidente necesidad de disponer de dinero para sufragar las constantes campañas de los Austrias y, en segundo término, en cuanto a que ese dinero había de ser entregado en zonas muy determinadas (Italia, Centroeuropa, Países Bajos), lo que planteaba todo un desafío desde el punto de vista del traslado de capital.

Por ello, la Monarquía Hispánicahubo de acudir a sus célebres empréstitos o asientos. Es decir, una casa bancaria se comprometía al pago de una determinada cantidad en un lugar y fechas pactados. A cambio, se le había de retornar el principal junto al correspondiente interés, a lo que habría que añadir la firma de condiciones favorables para el desarrollo de las actividades mercantiles o financieras del banquero de turno. Para garantizar la deuda se utilizaba cualquier tipo de recurso, es decir, impuestos, remesas de indias o arbitrios de todo tipo, incluida la enajenación de patrimonio real. También se utilizará a tales efectos los bonos de aquella época, los célebres juros, es decir, títulos de deuda consolidada Y es que Felipe II, al mismo tiempo que firmaba sus correspondientes contratos con los banqueros, emitía deuda pública consolidada que, como decimos, llegaba a servir como una garantía crediticia más. Ingeniería financiera del siglo XVI, como bien decía Felipe Ruiz Martín. O apalancamiento, en términos actuales

 

¿En qué consistía una bancarrota?

No tiene que ver con la idea de quiebra. “Sencillamente”, la Monarquíano podía seguir asumiendo el coste de los préstamos y pasaba a renegociar las deudas con los banqueros. Así, en lugar de devolver los anticipos firmados, se comprometía a entregarles más juros. Esto es, una bancarrota, técnicamente, constituye un proceso de reconversión de deuda flotante (asientos) en juros (deuda consolidada), con alguna quita de por medio (¿nos suena familiar si pensamos en la reciente quita del 50% a la deuda griega?).

Los actuales estudios sobre finanzas del período están demostrando que las bancarrotas formaban parte del sistema, constituían un momento que servía para “limpiar” de asientos a la Real Hacienda debido al alto coste que implicaba. Coste que luego, básicamente, se llevaba sobre la deuda consolidada con el objetivo de volver a pedir prestado a corto plazo.

El coste de los asientos se relacionaba con multitud de elementos que conviene considerar: los dispendios de la Monarquía Hispánica, sí, pero también la facilidad para encontrar dinero para reyes y banqueros en los mercados de la época, la capacidad que tuviesen los agentes para transferir fondos, la solvencia de las garantías crediticias, etc. Por tanto, no sólo hay que relacionar las bancarrotas con esa manida idea de unos Austrias manirrotos y derrochadores.

Dicho de otro modo, podemos considerar que para que hubiese crédito debían existir bancarrotas, como parte de un mismo todo. ¿Sucederá hoy en día lo mismo? ¿Será necesaria la bancarrota de algún país o algunos bancos para poner de nuevo en funcionamiento los mecanismos de crédito/deuda/financiación? Porque, como parece evidente, sin crédito no funciona la economía, sea a nivel de la calle o a nivel de los estados.

Publicidad

2 Comentarios

  1. Buenos días a todos:

    España ha tenido un problema esctructural con la deuda desde la época de los Austrias. Recordemos el intento de Desamortización de Godoy estudiado por Herr o como Mendizabal eliminó una parte importante de la deuda emitida a través de la admisión de los titulos con el valor nominal durante la Desamortización, por ejemplo.

    Saludos a todos.

  2. Gracias, Aitor, por tu comentario:
    Yo diría que España ha tenido un problema estructural de deuda, como lo han tenido otros países o reinos. La clave de la financiación de los estados no reside en el recurso al crédito, pues este es insustituible para acceder a enormes cantidades de dinero que pueda ir pagándose poco a poco y a un coste razonable. Gran Bretaña constituye el mejor ejemplo al respecto: a partir de 1688 puso en marcha el moderno sistema de financiación, caracterizado por la emisión a gran escala de deuda pública consolidada que tenía que reunir unas determinadas condiciones.

    El problema, por tanto, no es si hay deuda o no (siempre presente), sino las condiciones de ésta, su uso, su precio y su relación con los sistemas políticos. Porque, a buen seguro, los problemas financieros por los que ha pasado España tenían tanto de políticos como de económicos.

    Un saludo,
    David

Dejar un comentario