…¿Y qué le pasó a la igualdad?

5 dic, 2011 por



No, no nos hemos vuelto de repente tan optimistas como los viejos historiadores burgueses. El hombre hubo de pagar un cuantioso precio por las riquezas con tanto esfuerzo arrancadas a la madre naturaleza. Los beneficios de las enormes cosechas no se repartieron por igual. La distancia entre la élite dirigente de sacerdotes, funcionarios y militares, y la gran masa de campesinos y artesanos se había ampliado enormemente. La relativa igualdad de las aldeas neolíticas desapareció para siempre. La producción total de alimentos y otros bienes era mucho mayor en los flamantes estados nacidos en los valles de los grandes ríos, pero se repartía de manera más injusta.

La cuestión es: ¿por qué no se rebelaban, entonces, siendo como eran la aplastante mayoría de la población, los campesinos y artesanos?

Muchos de nosotros quizá caeríamos en la tentación de dar una respuesta demasiado rápida a esa pregunta. Diríamos con toda probabilidad: «Es evidente: porque se lo impedían los soldados que trabajaban a las órdenes del rey y sus funcionarios». Sin embargo, la cuestión no es tan simple. Por supuesto, cualquier Estado basado en un poder despótico se apoya siempre, en mayor o menor medida, en la violencia. Un gran número de súbditos descontentos desearía rebelarse para cambiar las cosas, pero no lo hace porque sabe muy bien que su vida y la de su familia correrían peligro. Pero no es menos cierto que, antigua o moderna, ninguna tiranía de la Historia ha sobrevivido mucho tiempo apelando tan sólo al uso de la violencia. Por otra parte, en una sociedad donde la agricultura y la ganadería constituían todavía la actividad propia de al menos el noventa por ciento de la población, y las fronteras no eran sino líneas difusas trazadas sobre rudimentarios mapas, deberíamos preguntarnos también por qué muchas personas no huían sin más a otras tierras donde podrían continuar viviendo sin tener que soportar la tiranía del Estado naciente. La cuestión es, pues, un poco más compleja de lo que parecía en un principio, ¿verdad?

Es cierto, pero la respuesta no es demasiado difícil en realidad. No lo es, al menos, si prestamos atención a todos los factores de los que depende la vida de las personas, y no sólo a la simple política. En primer lugar, deberíamos fijarnos en el paisaje.

El entorno ambiental en que vieron la luz los primeros Estados era bastante peculiar. Como hemos apuntado más arriba, lo constituían estrechos y largos valles avenados por caudalosos ríos de régimen un tanto errático. Pero no sólo debemos observar lo que había en el interior de los valles, sino también en su exterior. Rodeando las fértiles tierras irrigadas por el Nilo, el Tigris y el Éufrates, o los grandes ríos de la India y China, hallamos siempre enormes desiertos como los de Libia y Arabia, mares como el Mediterráneo, o elevadas cordilleras como el Himalaya. En otras palabras, en torno a las fértiles llanuras donde la tierra regalaba cosechas de una gran abundancia sólo había lugares donde la supervivencia era casi imposible. Y en esas circunstancias, ¿quién iba a arriesgarse? ¿No era mejor, después de todo, soportar la tiranía del rey y sus funcionarios que jugarse la vida en el intento de cruzar infranqueables montañas o desiertos interminables?

En segundo lugar, no debemos pensar que el monarca contaba tan sólo con sus soldados para preservar el orden social. La religión, además de ofrecer a los hombres, como siempre ha hecho, consuelo y respuestas, desempeñaba un papel fundamental a la hora de persuadir a las personas de que debían aceptar como inevitable el estado de cosas que tan poco les favorecía. El mundo ultraterreno, poblado de dioses terribles y veleidosos que exigían de los mortales cuantiosas ofrendas para aplacar su ira pronta a desbordarse, reproducía con cuidadosa exactitud el orden social que se deseaba perpetuar en la tierra. También entre aquellas imaginarias deidades existía un ser supremo, un soberano cuya voluntad había de acatarse sin rechistar. También poseía ese monarca divino servidores y ejércitos. De igual modo que entre los simples mortales, existían entre los dioses rígidas jerarquías que incluso ellos debían respetar. Y un halo de tenebroso misterio, robustecido por secretos rituales que sólo los sacerdotes se transmitían de generación en generación, se ocupaba de infundir en las almas de los crédulos campesinos un terror reverencial que resultaba mucho más eficaz que las espadas y las lanzas a la hora de proteger a los poderosos de la justa ira de los humildes.

Tampoco el arte desempeñaba un papel inocuo. No es casualidad que todas las civilizaciones antiguas destinaran una proporción tan elevada de la producción y la fuerza de trabajo disponibles a la erección de monumentos gigantescos que han desafiado el paso de los siglos. Tras las pirámides y los zigurats no se hallan tan sólo las creencias religiosas de aquellos pueblos o la simple vanidad de sus gobernantes. Construcciones de un tamaño tan vasto habían también de servir a una finalidad más sutil, pero no menos importante: la de recordar al pueblo, siquiera inconscientemente, el inmenso poder de unos reyes capaces de erigir edificios tan enormes, y, en consecuencia, la futilidad de cualquier intento de torcer por la fuerza el inexorable destino de servidumbre al que estaban llamados.

En síntesis, fue la eficaz combinación de un hábitat generoso circunscrito por regiones que lo eran mucho menos, una religión que actuaba como sancionadora del orden social vigente, una arquitectura concebida para empequeñecer a los hombres y, por supuesto, un cierto grado de fuerza bruta lo que permitió consolidarse a los estados nacientes. De su mano, la humanidad experimentó un importante progreso colectivo, pero sus frutos se repartieron de forma muy injusta. La vieja igualdad de las comunidades de pastores y aldeanos empezó a desvanecerse en las oscuras brumas del recuerdo. Y muchas personas dieron en pensar que, después de todo, siempre ha habido clases.

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