Los últimos días de Constantinopla (y II)

19 dic, 2011 por



Puedes leer la primera parte del artículo en Los últimos de Constantinopla (I).

 

El asedio otomano

 

La primera fase del asedio a Constantinopla se caracterizó principalmente por el incesante bombardeo de su muralla terrestre, así como por los fallidos ataques lanzados sobre la cadena que cerraba la entrada al Cuerno de Oro, sin olvidar que también se iniciaron labores para cegar el foso y se comenzaron a cavar minas que trataban de derribar las murallas.

Los disparos masivos efectuados por los cañones otomanos, situados en el istmo constantinopolitano, eligieron como objetivo derribar la triple muralla de Teodosio II ante las grandes dificultades existentes para hacer blanco en las fortificaciones costeras y como consecuencia de la gran complejidad para aprovechar una brecha abierta sobre estas últimas. Las baterías de artillería turcas empleaban la luz del día para imprimir una mayor precisión a sus disparos, de forma que causaban grandes destrozos sobre la fortaleza constantinopolitana. No obstante, la excesiva confianza del sultán en la efectividad de sus modernos cañones provocó que los otomanos no combinaran el bombardeo diurno sobre la ciudad con un ataque masivo de las tropas de infantería. Debido a ello, la oscuridad de la noche era muy bien aprovechada por los exhaustos defensores de Constantinopla, quienes utilizaban el cese de los bombardeos para reparar afanosamente los desperfectos sufridos durante las horas de sol.

Si bien Mehmet II se equivocó con la estrategia inicial empleada a la hora de combinar sus cañones y su infantería, también es cierto que el sultán otomano acertó plenamente cuando decidió durante esta primera fase de ataques sobre Constantinopla penetrar en el estuario del Cuerno de Oro, ya que, si los turcos llegaban a controlar las aguas del mítico puerto obligarían a los defensores a combatir a la vez en dos de los lados de la península triangular bizantina. Pero nuevamente el intrépido sultán fracasó, a pesar de disponer de una flota más numerosa y, en teoría, mejor preparada y equipada que la armada cristiana.

 

El cuerpo de soldados jenízaros fue creado en el siglo XIV como primer ejército regular otomano, al mismo tiempo que sus miembros también constituían la guardia personal de los sultanes. Como podemos observar en la imagen, los jenízaros iban ataviados con indumentaria y armas orientales, al igual que los demás cuerpos del ejército otomano, a pesar del origen cristiano de muchos de sus miembros.

Todos los ataques lanzados por los barcos de guerra turcos contra la gran cadena fracasaron y éstas y otras escaramuzas navales, que tuvieron lugar en aguas del mar de Mármara, se tradujeron en una serie de derrotas que, si bien únicamente causaron insignificantes daños físicos a los otomanos, por el contrario afectaron bastante a su moral. Al finalizar esta primera fase de la batalla las humillantes derrotas sufridas por los turcos provocaron, como contrapartida, un estallido de júbilo entre los defensores cristianos de la capital bizantina y, por lo tanto, su estado de ánimo alcanzó su cota máxima.

La primera etapa del asedio demostraba aparentemente la ineficacia de la artillería del sultán, así como la inferioridad de una flota turca incapaz de penetrar en el Cuerno de Oro. Pero las derrotas otomanas descritas hasta el momento no serían las únicas.

 

La segunda fase del asedio pronto vendría a demostrar que las tácticas medievales de sitio tampoco darían resultados positivos durante la toma de Constantinopla.

Una de estas tácticas consistió en cavar diferentes minas para derribar los cimientos de la muralla terrestre de Constantinopla en distintas áreas. Las minas se centraron especialmente en la zona de la fortaleza bizantina conocida como Mesoteichion, aproximadamente en la línea divisoria norte-sur de la ciudad, por resultar ser allí la muralla más débil como consecuencia del paso del río Lycus a través de ella. Pero siempre que los otomanos trabajaban en una mina ésta acaba siendo descubierta por los defensores de Constantinopla, quienes la sepultaban al poco tiempo.

También se utilizarían ingenios bélicos medievales empleados para el asalto de fortificaciones, tales como torres y bastidas. Es preciso destacar que dichas máquinas de guerra tenían una misión muy complicada en este asedio al tener que penetrar en un sistema defensivo tan sofisticado como el constituido por la triple muralla de Teodosio II. Y por si lo anterior no resultara ya de por sí suficiente es preciso añadir que todas estas torres de asalto que entraron en combate fueron destruidas por los audaces defensores, quienes antes de que los ingenios hubieran logrado abrir brecha sobre las murallas de Constantinopla organizaron, amparándose en la oscuridad de la noche, incursiones sobre las posiciones avanzadas otomanas, provocando graves daños sobre los armazones de madera de los mismos tras prenderles fuego o hacerlos estallar con pólvora.

Los bombardeos sobre la ciudad continuaban, al igual que el bloqueo naval y los tímidos ataques de la infantería. No obstante, todos los fracasos descritos colmaron finalmente la paciencia del ambicioso Mehmet II y, por sorprendente que parezca, en este estado de desesperación el sultán halló la fórmula para traspasar las, hasta la fecha, inexpugnables murallas bizantinas. Mehmet decidió entonces realizar un ataque generalizado sobre la ciudad, una vez conseguido el control marítimo sobre el Cuerno de Oro.

 

Para poder iniciar con garantías esta tercera fase del asedio, las tropas del sultán habían ocupado previamente las aguas del estuario bizantino. Ante la imposibilidad de poder superar la gran cadena que cerraba la entrada del Cuerno de Oro, de nuevo se recurrió al poderío económico otomano. Uno de los consejeros del sultán, al parecer un italiano, realizó un enorme proyecto mediante el cual las naves turcas serían trasladadas por tierra hasta alcanzar las aguas del Cuerno de Oro. Para ello fue preciso que un elevado número de operarios construyera plataformas y un camino por el que se deslizarían los barcos otomanos. Cuando los primeros de estos navíos fueron avistados por los ojos de los incrédulos defensores bizantinos en el interior del Cuerno de Oro éstos debieron pensar que estaban viviendo una pesadilla.

Con el dominio sobre el fabuloso puerto natural de Constantinopla se lograron tres objetivos. En primer lugar, permitía tener ocupadas a buena parte de las tropas bizantinas defendiendo esta área de la muralla de la que anteriormente se podían despreocupar. En segundo lugar, con ello también se conseguía bloquear el acceso marítimo del principal puerto bizantino. Y, por último, la ocupación del Cuerno de Oro posibilitaba el derrumbe de la férrea moral de los defensores que perdían de esta forma tan surrealista su emblemático puerto. Ahora, por lo tanto, el sultán sí que estaba en condiciones de poder lanzar el asalto definitivo sobre Constantinopla.

La sentencia final de la ciudad del Bósforo estaba ya firmada hacia el 28 de mayo de 1453. Ese día se llevaría a cabo un ataque a todos los niveles. Los barcos otomanos se dedicarían principalmente a distraer la atención de los defensores de las murallas de Mármara y el Cuerno de Oro, ya que así no podrían acudir a reforzar otras posiciones bizantinas más vulnerables. Las tropas de infantería turcas realizarían un ataque a lo largo de toda la línea defensiva terrestre. Y, como no podría ser de otra manera, de forma paralela a las dos acciones anteriores tendría lugar un incesante bombardeo de los grandes cañones diseñados por Orbón, que harían blanco sobre la muralla terrestre, así como en edificios del interior de la ciudad.

El número de bajas otomanas sufridas en el asalto final de Constantinopla fue muy elevado ante la tenaz defensa de los cristianos pero, no obstante, la arriesgada estrategia del sultán daría sus frutos. El enorme daño provocado por el constante fuego de la artillería pudo ser aprovechado por las tropas irregulares, los denominados bashi-bazuks, los soldados menos disciplinados y peor equipados y preparados que había entre las filas turcas, de forma que los agotados sitiados prácticamente no pudieron resistir ya el posterior ataque de los regimientos de Anatolia y el golpe final asestado por la infantería de élite otomana, es decir, la guardia jenízara.

La entrada definitiva en Constantinopla se vio además facilitada por dos hechos puntuales. Por un lado la muerte del mítico líder genovés Giustiniani, así como seguramente también como consecuencia del pánico generalizado, produjo deserciones importantes entre las filas bizantinas. De otra parte, misteriosamente una de las entradas de la ciudad, la puerta de Kylókerkos, apareció abierta en el momento en el que los jenízaros lanzaban su carga. Posiblemente algún traidor manchó el honor del resto de los constantinopolitanos que valientemente habían defendido su ciudad, muchos de los cuales morirían heroicamente aquel 29 de mayo de 1453 junto a su soberano, Constantino XI, el último emperador de la mítica Constantinopla, la capital milenaria del Imperio bizantino.

 

Catedral bizantina de Hagia Sofia (Santa Sofía). Este emblemático templo ortodoxo, construido en el siglo VI durante el reinado del emperador Justiniano, sería reconvertido en mezquita tras la conquista otomana de 1453. De esta forma, la milenaria catedral de Constantinopla acabaría erigiéndose también en símbolo del futuro musulmán que le aguardaba a la gran ciudad del Bósforo.

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