Los últimos días de Constantinopla (I)

12 dic, 2011 por



Desde que durante la Edad Moderna, concretamente a partir del siglo XVII, surgió el concepto de Edad Media, la conquista otomana de Constantinopla (1453) ha marcado en Occidente el fin de este último periodo histórico de forma mayoritaria frente a otros sucesos, como el descubrimiento de América (1492), acaecidos en la misma época

¿Por qué este acontecimiento aislado, que no por ello deja de ser de suma transcendencia, implica el cambio de una etapa histórica a otra?

 

Significado histórico

La toma de Constantinopla supuso la desaparición definitiva de la cultura clásica original que se había perpetuado a lo largo de todo el Medievo en Bizancio, la civilización heredera de Grecia y Roma. Este traumático hecho también condujo a la caída de la que podría considerarse, junto con Roma, capital del cristianismo. Y, por supuesto, esta gran pérdida también llevó a la sustitución en Bizancio de la fe de Jesucristo por el credo del profeta Mahoma, así como produjo el relevo del poder imperial por el del sultanato. Es lógico que todo ello provocara y, aun a día de hoy, provoque un gran impacto en el mundo occidental, motivo por el que estas sentencias dan respuesta, al menos en parte, a la cuestión planteada.

No obstante, es preciso destacar que el cambio más brusco al que condujo dicho acontecimiento histórico se daría en el terreno militar, ya que la caída de la opulenta ciudad, fundada por Constantino el Grande en el año 330, marcó un antes y un después en las tácticas de combate utilizadas hasta la fecha. Debido a ello, el asedio de Constantinopla puede considerarse una batalla de tránsito entre los enfrentamientos bélicos medievales y los de la Edad Moderna.

La lucha por el control de Constantinopla sería la última batalla del Medievo, afirmación a la que podemos aproximarnos observando los datos existentes relacionados con su asedio. Durante dicho sitio, como describiremos más adelante, se utilizaron, en buena medida, tácticas de combate medievales, tales como el minado de murallas, el uso de torres de asalto o la apertura y el cegado de fosos.

Todo lo anterior nos lleva a pensar que Constantinopla cayó en manos otomanas tras sufrir un asedio medieval típico. Pero es preciso destacar que, a su vez, los combates por el control de la capital bizantina formarían parte de la que puede considerarse primera batalla de la Edad Moderna, ya que durante el sitio de la actual ciudad de Estambul se emplearían los ingenios bélicos más característicos de este último periodo histórico: las armas de fuego.

Esta batalla sería por ello testigo de la primera actuación de un cuerpo de artillería moderno. Hasta esas fechas el manejo de la pólvora con fines bélicos producía en el enemigo un cierto impacto psicológico más que serios daños físicos, debido a que a lo largo de la Edad Media la efectividad y la precisión de las armas de fuego fueron más bien escasas. En muchas ocasiones los cañones de las armas empleadas en combate en lugar de permitir la salida del proyectil explotaban provocando, para regocijo del enemigo, graves daños a quienes las disparaban. Pero, no obstante, la utilización de la pólvora se iría perfeccionando y su uso se generalizaría en la Edad Moderna, periodo histórico donde no habría ya conflicto en el que este tipo de armamento no estuviera presente.

La utilización de la pólvora con fines bélicos en la batalla por Constantinopla vendría también a demostrar que, si los sitiados se parapetaban sin más detrás de las murallas de una ciudad, únicamente conseguían retrasar el asalto definitivo de la misma, ya que siempre que las tropas de asedio dispusieran de un cuerpo de artillería y de un ejército de infantería bien preparado y equipado no se podría impedir la caída de dicha urbe fortificada.

Fue a partir de entonces cuando podría romperse el equilibrio entre sitiados y sitiadores sin la necesidad de esperar que tuvieran lugar prolongadísimos asedios ¿Pero quiénes eran estos sitiados y sitiadores que se enfrentaron a orillas del Bósforo cuándo la Edad Media tocaba a su fin? Los sitiados: la guarnición medieval de la ciudad amurallada de Constantinopla. Las tropas de asedio: el moderno ejército regular otomano. Como comprobaremos, dos fuerzas bien distintas combatieron en la primavera de 1453 por el control de una ciudad estratégicamente situada entre Europa y Asia: Constantinopla.

 

Las fuerzas enfrentadas

El 3 de abril de 1453, el sultán otomano Mehmet II daba comienzo al sitio definitivo de la capital bizantina. De esta forma se estrechaba el cerco sobre Constantinopla, culminando así dos años de preparación de tan decisiva campaña militar y un largo siglo en el que los sultanes que precedieron a Mehmet II fueron aislando cada vez más a esta gran ciudad. Fue sobre todo a partir de 1353, año en el que los otomanos entraron por primera vez en Europa, cuando los constantinopolitanos sintieron cada vez una mayor presión por parte de las hordas turcas.

Cien años después de este último hecho histórico, Constantinopla era una “isla” bizantina en medio de un “océano” otomano. La fastuosa ciudad era el último reducto europeo de Bizancio, imperio que surgió durante el siglo V en el Mediterráneo oriental como consecuencia de la escisión definitiva del Imperio romano en sus mitades oeste y este. No obstante, en la orilla asiática del mar Negro un estado bizantino en torno a la ciudad de Trebisonda, la actual localidad turca de Trabzon, que era independiente del emperador de Constantinopla, sobreviviría a la caída de la ciudad del Bósforo por ocho años.

A mediados del siglo XV, del antiguo Imperio bizantino únicamente quedaba, por lo tanto, poco más que el territorio circundante a la capital constantinopolitana. Por contra, los turcos otomanos eran dueños de Anatolia y de la práctica totalidad de los Balcanes, territorios que en un tiempo pasado pertenecieron a Bizancio. Pero, además, los sucesores de Mehmet II ocuparían muchos otros territorios, algunos tierras antaño bizantinas, casos de Siria, Palestina y Egipto; asfixiarían, a su vez, a otros reinos cristianos, como Hungría, y llegarían incluso a poner sitio sobre Viena, el punto más occidental de Europa al que llegarían los turcos.

En torno a 1453 las diferencias presentadas por los dos bandos en liza en cuanto a dominios territoriales se refiere eran proporcionales al desequilibrio existente entre sus ejércitos.

La suntuosa urbe bizantina estaba defendida por unos siete mil hombres, unos cinco mil ciudadanos constantinopolitanos y aproximadamente dos mil colonos extranjeros, venecianos, genoveses y catalanes, principalmente. No obstante, al iniciarse el sitio, hasta un total de treinta mil personas se refugiaban tras las murallas de Constantinopla. En contraposición, el moderno ejército del sultán Mehmet II contaba con unos cien mil efectivos, de los cuales ochenta mil soldados pertenecían al conjunto de tropas regulares otomanas. Entre estos guerreros profesionales destacaba la presencia en combate de la fiel guardia personal de Mehmet II, unos veinte mil jenízaros, militares de élite de origen cristiano que habían sido educados en la variante más fanática de la fe islámica desde que en su más tierna infancia fueran hechos prisioneros.

Los otomanos poseían además una poderosa flota. Es preciso resaltar que para cualquier ejército que deseara conquistar la capital bizantina solamente iniciar el asedio de la ciudad podía resultar ser una auténtica osadía si no se disponía de un importante número de buques de guerra, ya que la antigua urbe de Bizancio había sido fundada en un emplazamiento costero especialmente estratégico.

La gran cadena del Cuerno de Oro. El Museo Militar de Estambul conserva en una de sus salas la cadena que en época bizantina impedía la entrada de barcos intrusos en el principal puerto de Constantinopla. Sus eslabones entrelazados debieron cubrir los aproximadamente setecientos cincuenta metros de longitud existente en la entrada del estuario de la capital bizantina.

Constantinopla estaba ubicada en la parte oriental del mar de Mármara, a la entrada del estrecho del Bósforo, en la orilla europea del mismo pero a muy escasa distancia de su costa asiática. Esta gran ciudad había sido construida sobre una península triangular, en la que un estuario que desembocaba en el Mármara, muy cerca de la entrada del Bósforo, hacía las veces de puerto natural.

Este primer lado del triángulo, conocido como Cuerno de Oro, era de muy difícil acceso para cualquier embarcación intrusa si tenemos presente que, para proteger la ciudad frente a ataques marítimos, la entrada del estuario quedaba cerrada por una enorme cadena que hoy en día se conserva en el Museo Militar de Estambul.

La complejidad para conseguir penetrar en el Cuerno de Oro se incrementaba aun más como consecuencia del constante hostigamiento al que las naves enemigas eran sometidas por parte de la armada bizantina.

Como podremos comprobar en breve, los experimentados marinos bizantinos que defendían el Cuerno de Oro hacían casi imposible que los buques enemigos pudieran lanzar un ataque exitoso sobre la cadena, incluso aunque la flota defensora contara con un ínfimo número de tripulantes y naves, tal y como ocurrió durante el último asedio al que fue sometida Constantinopla. Durante el sitio otomano, una pequeña flotilla compuesta por veintiséis barcos defendió el estuario bizantino. De estas naves, únicamente diez eran bizantinas, cinco pertenecían a los colonos venecianos, así como otras cinco eran genovesas, tres eran de Creta, mientras que los territorios de Ancona, Cataluña y Provenza aportaban una embarcación cada uno. Estos datos ponen de manifiesto la profunda decadencia y crisis económica que venía experimentando el Imperio de Constantinopla desde hacía siglos.

El segundo de los lados del triángulo que formaba la península de Constantinopla estaba bañado por las aguas del mar de Mármara. Esta área resultaba muy peligrosa para aquellos marinos que no conocieran al detalle sus costas, ya que estaban atestadas de bajíos que podían inutilizar a sus embarcaciones, al hacerlas encallar, o incluso hundirlas.

Triples murallas de Teodosio II. En la actualidad la mayor parte del complejo amurallado de la antigua Constantinopla se encuentra en un estado ruinoso, aunque ciertos tramos reconstruidos, como el que podemos observar en la imagen, nos permiten hacernos una idea de la enorme dificultad con la que debieron tropezar los ejércitos que trataron de conquistar la capital bizantina.

El tercer y último lado de tan peculiar península lo constituía su única línea terrestre, a priori la más vulnerable. Debido a ello dicho istmo estaba bien protegido por una triple muralla que había sido construida entre los años 413 y 447 por orden del emperador romano Teodosio II. Este complejo sistema defensivo había resultado inexpugnable hasta 1453 ante el asedio de una multitud de ejércitos medievales. Constantinopla, por lo tanto, resistió a lo largo de unos mil años los sucesivos sitios a los que fue sometida por visigodos, hunos, ávaros, eslavos, persas, árabes, búlgaros y varegos. Debe excluirse la conquista de la ciudad que tuvo lugar en 1204 por parte de los caballeros de la Cuarta Cruzada, ya que por entonces las conspiraciones e intrigas palaciegas abrieron literalmente las puertas de sus murallas a los occidentales. Por motivos similares, la reconquista de Constantinopla por parte de Miguel VIII Paleólogo, que tuvo lugar en 1261, no debería tenerse en cuenta, pues por entonces la mayor parte de la población bizantina de la capital era partidaria de este emperador.

La muralla terrestre de Constantinopla constaba de cuatro partes fundamentales que de fuera a dentro eran: un foso, un pequeño muro o parapeto, una muralla exterior y finalmente una muralla interior. El foso era anegable y tenía una anchura aproximada de dieciocho metros. El siguiente obstáculo con el que se topaban los enemigos de Constantinopla era un parapeto almenado que defendía un espacio de entre doce y quince metros de anchura conocido como Peribolos. A continuación se hallaba la segunda muralla, de unos siete metros de altura, que estaba separada del tercer muro por un corredor de entre doce y dieciocho metros de anchura llamado Parateicon. La tercera y última muralla era de unos doce metros de altura. Este complejo sistema defensivo quedaba completado con torres de hasta noventa metros de altura que se insertaban en los dos muros principales.

A la triple muralla terrestre es preciso añadir los dos muros costeros que protegían a la ciudad en sus áreas marítimas de Mármara y el Cuerno de Oro. Es necesario destacar que aunque estas murallas eran simples, a diferencia de las de la parte terrestre, las características geográficas especiales ya descritas acerca del emplazamiento de la ciudad, así como la escasa distancia que separaba a esta línea defensiva de la costa, hacían que resultara muy complicado llevar a cabo con éxito un asalto sobre Constantinopla en esta zona.

Todo lo descrito en los anteriores párrafos convertía a Constantinopla en una ciudad prácticamente inexpugnable ante el asedio de un ejército medieval. No obstante, como ya hemos mencionado, las poderosas fuerzas turcas poco tenían que ver con una hueste de aquel periodo histórico. La principal característica que las diferenciaba de un ejército del Medievo era contar entre su armamento con las mejores baterías de artillería de la época. Los otomanos fueron, como ya sabemos, el primer ejército en utilizar de manera exitosa cañones de gran calibre. Los artífices de este cuerpo militar de élite fueron el sultán Mehmet II y un ingeniero húngaro llamado Orbón.

Cañón otomano de gran calibre (siglo XV). Esta pieza de artillería pesada, localizada en la actual ciudad de Estambul, muy probablemente debió participar en el bombardeo de la triple muralla de Constantinopla durante el asedio de 1453.

El joven soberano otomano puso todo su empeño en crear un ejército formado por los mejores soldados y los más novedosos ingenios bélicos y, para ello, no dudó en gastar fuertes sumas de dinero. Buena parte del presupuesto de guerra de Mehmet II se empleó en investigar la construcción de piezas de artillería pesada, proyecto para el cual se contrataron los caros servicios de Orbón. El gran poderío económico otomano se puso de manifiesto cuando Orbón demandó un elevadísimo salario por trabajar para el sultán y este último, entusiasmado con la idea, le pagó cuatro veces más de lo exigido y dio órdenes para que se le prestara todo tipo de apoyo en cuanto a recursos materiales, técnicos y humanos se refiere.

La inversión económica para desarrollar el cuerpo de artillería otomano fue, por lo tanto, cuantiosa, pero Mehmet II pronto pudo observar grandes avances al respecto. En tan sólo tres meses, el ingeniero húngaro fabricó un cañón enorme que hundió en el Bósforo el primer barco de la guerra. Y muy pronto Orbón tendría listas más piezas de artillería que serían aun mayores. El más grande de los cañones construido por Orbón estaba listo para ser probado en enero de 1453. El primer disparo se efectuó en Adrianópolis, ciudad muy próxima a Constantinopla, con un resultado sorprendente. La fuerte explosión pudo ser oída a veinte kilómetros de distancia, su alcance superó el kilómetro y medio y el proyectil provoco en el suelo un cráter de aproximadamente dos metros de profundidad. Pero estos no eran los únicos récords batidos por esta descomunal arma de fuego.

La bombarda en cuestión era de bronce y medía unos diez metros de longitud, por lo que para su transporte se necesitaban treinta bueyes. El número de operarios necesarios para hacerla disparar se elevaba a la increíble cifra de cien hombres. El gran cañón de Orbón sólo podía efectuar unos siete disparos al día, ya que cada vez que realizaba una detonación se debía esperar a que se enfriara el metal con el que estaba construido. Su atemperado, además, debía ser progresivo para evitar que se quebrara, motivo por el cual se cubría con mantas tras cada disparo. No obstante, era un cañón completamente operativo si lo comparamos con los utilizados en las anteriores batallas medievales, armas de fuego que servían para poco más que asustar al enemigo con sus estruendosos disparos.

Mientras que, como ya bien sabemos, los otomanos contaban con numerosos y efectivos cañones de gran calibre, el ingenio de Orbón y otros sabios que estaban al servicio de Mehmet II, la riqueza de este sultán y un gran ejército moderno, los bizantinos únicamente disponían de unas pocas y oxidadas viejas piezas de artillería, la astucia de líderes militares de la talla del genovés Giovanni Giustiniani, el liderazgo moral y espiritual del emperador Constantino XI y una pequeña guarnición defensiva dispuesta a dar la vida por su soberano y su país. Debido a estos grandes contrastes, los constantinopolitanos, como podremos imaginar, encomendaron su resistencia a la solidez de sus triples murallas, al inalcanzable Cuerno de Oro y a la intrincada y especial geografía de sus costas.

No obstante, el resultado final del asedio iniciado en Constantinopla por los turcos otomanos no tardaría demasiado en resolverse. Dicho sitio, como a continuación expondremos, concluiría en menos de dos meses y se desarrollaría en tres fases distintas.

 

Podrás leer la segunda parte de este artículo en Los últimos días de Constantinopla (y II).

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