Didio Juliano. La subasta de un Imperio (y II)

25 ene, 2012 por



 

Viene de Didio Juliano. La subasta de un Imperio (I)

La subasta del Imperio

Los hechos se sucedieron rápidamente tras la muerte de Pertinax. Sulpiciano, que se hallaba como sabemos en el campamento pretoriano, trató de convencer a las tropas allí acuarteladas de que le proclamaran emperador tras conocer la noticia del asesinato de Pertinax. Parece, por el contrario, que los soldados no estaban muy convencidos a la hora de nombrar al suegro del emperador asesinado como nuevo augusto, por lo que algunos tribunos se dirigieron a la ciudad con el objetivo de hallar en ella a un candidato mejor. En su búsqueda hallaron a Didio Juliano, senador de larga carrera política que, junto a su yerno Cornelio Repentino, había acudido al Senado para atender a la reunión de la cámara que Pertinax había convocado poco antes de morir.

Aunque Juliano rechazó, en un principio, la púrpura que le ofrecían los tribunos, finalmente cedió a sus proposiciones y se dirigió hacia el campamento pretoriano, del que halló las puertas cerradas. Fue entonces cuando se produjo uno de los hechos más notorios y sorprendentes en la historia de Roma, la tristemente célebre subasta del poder imperial, que es, seguramente, el hecho más destacado del reinado de Didio Juliano.

Didio Juliano.

Según parece éste no se amedrentó al hallar vedado su acceso al campamento. Consciente de lo que se decidía en su interior, no dudó en subirse a la muralla del cuartel pretoriano para recordar a los soldados allí reunidos lo peligroso que podía resultar para ellos la elección de Sulpiciano y escribió en una tablilla la promesa de que él restauraría el buen nombre del emperador Cómodo.

La pugna por el poder del Imperio entre Sulpiciano y Juliano llevó al primero de ellos a ofrecer 20.000 sestercios por su nombramiento a cada uno de los soldados, a lo que Juliano respondió aumentando la puja en 5.000 sestercios más, según Dión Casio, gritando en voz alta la suma e indicándola con los cinco dedos de la mano en alto, una temeraria apuesta que le permitió, finalmente, ser reconocido emperador por los pretorianos la noche del 28 de marzo del año 193. Sin duda alguna este no era el mejor ejemplo que dar a las tropas ya que evidenciaba la dependencia del poder político con respecto al ejército o a una parte de él, que podía, así, nombrar y deponer emperadores a cambio de la promesa del pago de una determinada cantidad de monedas.

Sin embargo, no todo el trabajo estaba hecho. Una vez ganado el ejército, o al menos aquel más cercano a Roma, Juliano necesitaba ser reconocido emperador por el Senado, cámara que aunque había perdido gran parte de su poder real en esta época, aún era considerada un estamento de representación y de legitimidad capital en la política romana.

Así, pues, Juliano se dirigió al Senado escoltado por los propios pretorianos que, con el objetivo de presionar a los senadores, rodearon el edificio de la curia Julia donde se reunían, y en el que Juliano fue reconocido emperador con el nombre oficial de Marco Didio Severo Juliano.

Edificio de la Curia Julia en Roma.

Fue la plebe de Roma, sin embargo, la que mostró un mayor descontento ante la proclamación de Juliano. Ya al día siguiente, el 29 de marzo, injurió al nuevo emperador en su camino al Senado, e incluso se atrevió a lanzarle piedras. Dión Casio nos informa de que la plebe acusó a Juliano de “ladrón del Imperio” y parricida, viéndose éste obligado al uso de la fuerza para acabar con aquella situación. No contenta con esto, la plebe se dirigió al Circo Máximo donde permaneció reunida toda la noche y durante el día siguiente, pronunciándose a favor de que Pescenio Niger, gobernador de la provincia de Siria, regresara a Roma con su ejército para asistirla.

Parecía, pues, que las cosas se le complicaban a Juliano desde un buen principio, aunque el nuevo emperador poseía una larga carrera al servicio del Estado que le convertía en una persona capacitada para tal nombramiento y que incluía el mando de una legión en Germania, la curatela de los alimentos en Italia y el gobierno de diversas provincias, entre ellas Bélgica, Dalmacia, Bitinia, África y Asia. Juliano era además uno de los miembros del Senado de mayor edad y rango. Aún así fue la forma en la que se había producido su ascenso al poder lo que desacreditó al nuevo augusto ante el resto de senadores, que aceptaron la situación, en gran medida, debido a la presión ejercida por los pretorianos, los causantes de la muerte de su predecesor Pertinax.

Fuera como fuese, la principal oposición ante el nombramiento como emperador de Juliano no se produjo en la ciudad de Roma sino en las provincias y más concretamente en aquellas donde estaban concentradas las legiones romanas. Como ya se había demostrado anteriormente, el verdadero poder no residía, entonces, en el Senado, en la ciudad de Roma o en las tropas pretorianas, sino en la amenaza que constituían los ejércitos provinciales que podían apoyar a sus generales en la lucha por el poder imponiendo, con la desnuda fuerza de las armas, a sus propios candidatos en aquellas ocasiones en las que la autoridad en Roma diera muestras de debilidad, como era ahora el caso tras la muerte violenta de dos emperadores, Cómodo y Pertinax. La situación no se hizo, pues, esperar, y no pasó demasiado tiempo para que aparecieran diversos pretendientes al “trono” imperial apoyados por sus respectivas legiones.

El primero de ellos fue Septimio Severo, gobernador de origen africano de la provincia de Panonia Superior, que fue proclamado emperador el 9 de abril del año 193 en Carnuntum (la actual Petronell-Carnuntum, en el noreste de Austria) y al que le apoyaban dieciséis legiones: las tres bajo sus órdenes y otras seis establecidas en las provincias de Moesia y Dacia, a las que se sumaron más tarde las legiones del Rin. Severo se presentó ante sus tropas como el vengador del difunto Pertinax.

Poco más tarde, Clodio Albino fue asimismo aclamado emperador en la provincia de Britania con el apoyo de las tres legiones establecidas allí y un gran número de fuerzas auxiliares.

El último en proclamarse emperador fue el propio Pescenio Níger, gobernador de la provincia de Siria, que lo hizo hacia finales de abril respaldado por las tropas orientales que sumaban un total de diez legiones.

La situación se complicaba para Juliano, sobre todo si tenemos en cuenta que para hacer frente a tales amenazas militares apenas contaba con el apoyo de los pretorianos, una fuerza que ascendía a unos 8.000-15.000 hombres que, con la muerte de Pertinax y el insólito nombramiento de él mismo como emperador demostraba la poca confianza que se podía depositar en ellos. Juliano no había llegado tampoco a decantar plenamente al Senado a su favor y mucho menos a la plebe, que había mostrado de forma clara su oposición al nuevo augusto.

Consciente de su precaria posición y a nivel de propaganda política, Juliano acuñó diversas series de monedas proclamándose Rector Orbis (‘regidor del mundo’) y manifestando la ‘unidad del ejército’ (Concordia militaris), unas afirmaciones, para su desgracia, bastante alejadas de la realidad.

 

Áureo de Juliano con la leyenda Rector Orbis en el reverso.

Más tarde, al llegar a Roma las noticias de la rebelión de las tropas en la provincia de Panonia, sin duda alguna la amenaza militar más cercana a la capital, el Senado, a instancias de Juliano, declaró a Severo enemigo público, haciendo, seguramente, lo mismo con respecto a Níger. Juliano inició, además, las tareas para mejorar la defensa de la capital en el caso de que las tropas de Severo se dirigieran hacia ella. Para tal fin se sirvió de los pretorianos e incluso de los marineros de la flota de Miseno, la base naval romana establecida en la bahía de Nápoles.

Áureo de Juliano.

Juliano intentó, incluso, el reclutamiento con fines defensivos de los elefantes utilizados en los juegos y espectáculos de la ciudad de Roma. Sin embargo, tal y como nos informan nuestras fuentes, y en especial Dión Casio, que fue testigo presencial de los hechos, parece que ni los pretorianos ni los marineros se tomaron muy en serio sus tareas asignadas. Fue, además, imposible adiestrar a los elefantes para sostener sobre sus lomos las torres militares que tenían que dar cabida a los soldados.

La Historia Augusta nos indica que fue en estos momentos cuando Juliano ordenó la muerte del antiguo prefecto del pretorio, Leto, que había sido substituido en el cargo tras la muerte de Pertinax, y de Marcia, la concubina de Cómodo y una de las instigadoras de su asesinato, ya que sospechaba que aquél podía tomar partido por Severo.

Esta misma fuente nos informa de otras de las medidas que llevó a cabo Juliano con el objetivo de reconducir la situación en su favor. Una de ellas fue la concesión de una amnistía general a los soldados que habían tomado partido a favor de Severo, estableciendo, eso sí, una fecha límite para hacerla efectiva, de lo contrario ellos mismos serían declarados, también, enemigos públicos. Juliano nombró, además, a Valerio Catulino para que reemplazara en el cargo a Severo, provocando la sorpresa en el autor de su biografía en la Historia Augusta pues, como éste indica, el emperador actuaba “como si fuera posible sustituir a alguien que se había granjeado ya el favor del ejército”. Otra de las osadas medidas llevadas a cabo por Juliano fue el envío de Aquilio Felix, frumentarius (oficial de la “policía secreta” del ejército romano) especializado en el asesinato de senadores, con la misión de dar muerte al propio Severo.

Por su parte, éste último se dio prisa en iniciar su marcha hacia Italia y, aprovechándose de la aparente incapacidad de Juliano, alcanzó los pasos de los Alpes sin encontrar allí resistencia alguna, según Herodiano, historiador que vivió entre los siglos II y III d.C, porque Juliano no se atrevió a salir de la ciudad con las tropas pretorianas. Severo se adelantó también a su rival a la hora de conseguir el apoyo de la flota del Adriático estacionada en Rávena.

Por el contrario, los esfuerzos diplomáticos y militares llevados a cabo por Juliano no alcanzaban los resultados esperados, ya fuera por el fracaso en las negociones, como en el caso del envío de Vespronio Cándido a la frontera del Rin con el objetivo de conseguir el apoyo militar de las legiones allí establecidas, o por la deserción de diversos de sus emisarios, como fue el caso de la delegación senatorial enviada a Severo o la defección del mismo Aquilio Felix.

Retrato pintado de Septimio Severo y su familia hallado en Egipto hacia el 200 d.C. Pintura en madera. Staaliche Museen, Berlin. El único retrato conocido del emperador Septimio Severo con el pelo gris/canoso. Junto a él aparecen su mujer Julia Domna y sus dos hijos (Caracala y Geta), pero la cabeza de este último fue borrada/eliminada tras su damnatio memoriae.

Juliano, consciente de su trágica situación, optó todavía por una nueva estratagema. Reunió de nuevo al Senado instándole a enviar a Severo una delegación constituida por sacerdotes, vestales y los propios miembros de la cámara en acto de súplica. La propuesta, sin embargo, fue rechazada tras el parlamento de Plaucio Quintilo, senador y augur, que según la Historia augusta objetó al propio Juliano que “no debería regir el Imperio un individuo que fuera incapaz de enfrentarse con las armas a su enemigo”, opinión a la que se sumaron la mayoría de los senadores.

La negativa del Senado a acceder a la solicitud de Juliano le obligó a elaborar un nuevo plan que contemplaba nombrar a Severo co-emperador. Para ello envió al prefecto del pretorio Tulio Crispino para hacerle llegar la propuesta a su rival, aunque fatídicamente éste fue interceptado por las tropas severianas y resultó, poco más tarde, ejecutado.

Severo, que ya poseía, según Herodiano, agentes en las cercanías y en el interior de la ciudad de Roma, escribió, de nuevo si seguimos la Historia augusta, a un gran número de personas en la capital y elaboró proclamas que fueron expuestas públicamente en su interior.

Nuestras fuentes nos informan de que llegado este momento y siendo tal la desesperación de Juliano, pues su propia vida le iba en ello, el emperador sucumbió ante la desazón, y llegó a realizar algún tipo de ritual que comportaba, según parece, sacrificios humanos.

Según la Historia augusta, “Juliano tuvo además la insensatez de utilizar a los magos para celebrar muchos ritos con los que pensaba aplacar el odio del pueblo o apaciguar la exaltación bélica de los soldados. En efecto, los magos sacrificaron algunas víctimas que no eran adecuadas para los ritos romanos y cantaron himnos profanos y Juliano hizo los ensalmos que, según las prescripciones, se hacen ante un espejo, en el que dicen que los niños ven el futuro, después de haber vendado sus ojos y haber pronunciado fórmulas mágicas sobre su cabeza, y en aquella ocasión se dice que un niño vio la llegada de Severo y la retirada de Juliano”.

Por su parte, Dión Casio nos informa de que Juliano “mató a muchos niños en un ritual mágico, creyendo que podría evitar algunas desgracias futuras si era capaz de conocerlas de antemano”.

Otra medida desesperada aunque con más fundamento político que la anterior, de la que también nos informa la Historia augusta, fue la nueva propuesta que Juliano presentó al Senado tras anular los anteriores decretos en relación al nombramiento de Severo como co-emperador y que contemplaba la llamada a las armas de los gladiadores de las escuelas de Capua y la decisión de compartir el poder con el viejo senador Claudio Pompeyano, general de Marco Aurelio y emparentado con este emperador al haberse casado en segundas nupcias con su hija Lucila. Pompeyano, que ya había rehusado la púrpura imperial al ofrecérsela Pertinax tras la muerte de Cómodo, volvió a rechazarla ahora aduciendo, de nuevo, su avanzada edad y “que tenía ya la vista cansada”.

Fue Severo el que dio el siguiente paso, solicitando a través del envío de cartas a los pretorianos el arresto de los responsables de la muerte de Pertinax, asegurándoles que si cumplían su requerimiento no tomaría ninguna represalia contra ellos. Los pretorianos, la base primordial del poder de Juliano, se declararon, entonces, a favor de Severo al responder positivamente a su solicitud e informando de ello al cónsul Silio Messala, que reunió de nuevo al Senado en el Ateneo e informó al resto de los senadores de la acción llevada a cabo por la guardia pretoriana. El Senado, consciente de la situación, condenó a muerte a Juliano, nombró emperador a Severo y deificó al asesinado Pertinax.

Muerte de Didio Juliano

De la muerte de Didio Juliano, que se produjo el día 1 de julio del año 193, poseemos tres narraciones que, aunque muy similares, nos permiten conocer un poco mejor los últimos momentos de vida de este emperador, por lo que las reproduciremos íntegramente aquí.

Según Dión Casio, “Juliano fue asesinado mientras estaba descansando en el palacio imperial; sus únicas palabras fueron ‘¿Pero qué daño he hecho? ¿A quién he matado?’”.

Según la Historia augusta, “el Senado envió a unos individuos por cuya intervención, con la ayuda de un simple soldado, Juliano fue asesinado en Palacio, a pesar de que imploraba clemencia del César, es decir, de Severo [...]. Severo entregó el cadáver a su esposa Manlia Escantila y a su hija, para que le dieran sepultura, y ellas le llevaron a enterrar a la tumba de su bisabuelo situada a cinco millas de la vía Labicana”.

Finalmente, según Herodiano: “Cuando el Senado supo que Juliano estaba tan asustado y que la guardia imperial lo había abandonado por temor a Severo, votó la muerte para Juliano y que Severo fuera proclamado emperador único. [...] Entretanto un tribuno militar fue enviado a Juliano con la misión de matar al cobarde y miserable anciano que había comprado, así, con su propio dinero, un final tan desdichado. Fue encontrado solo y abandonado por todos y vergonzosamente, entre súplicas y lágrimas, fue ejecutado.

La Historia augusta, al final de la biografía dedicada a Juliano, nos ofrece una breve descripción del carácter de éste efímero emperador, que vale la pena, también, citar aquí como colofón.

“Se le echaron en cara a Juliano estos vicios: que había sido goloso y jugador, que se había entregado a los ejercicios gladiatorios y que todas estas pasiones las había adquirido de anciano, ya que durante su juventud jamás se le había acusado de ellas. Se le reprochó también su orgullo, aunque fue muy humilde, incluso cuando ejerció el poder. Por el contrario, fue muy afable en los banquetes, muy bondadoso ante las peticiones que le hacían y muy comedido respecto a la concesión de la libertad.

Vivió cincuenta y seis años y cuatro meses. Ostentó el poder imperial durante dos meses y cinco días. Se le reprochó principalmente que hubiera nombrado como lugartenientes suyos para gobernar la república a personas a las que tenía que haber controlado con su autoridad”.

La muerte de Juliano no supuso, sin embargo, la consolidación definitiva del poder de Severo, ya que una vez aquél estuvo fuera de combate aún tendría el nuevo hombre fuerte de Roma que enfrentarse a sus rivales Pescenio Níger primero y a Clodio Albino más tarde, no siendo hasta el año 197 cuando se impuso definitivamente a sus dos oponentes.

 

El año de los cinco emperadores

Lo que sí que dejaba claro la crisis política del año 193 (el año de los cinco emperadores) como antes habían demostrado los enfrentamientos militares originados tras la muerte de Nerón en el año 68 o el asesinato de Domiciano en el año 96, era que la principal fuente de poder ya no residía en Roma y mucho menos en el Senado que, aunque mantenía su prestigio como cámara en la que se reunía la aristocracia más rica y distinguida del Imperio, había perdido todas o la mayoría de sus atribuciones políticas reales y había quedado reducida a una herramienta administrativa que, aunque superior, dependía totalmente del emperador, el cual había ido apropiándose lenta pero irremisiblemente del gobierno efectivo del Estado romano desde la época de Augusto.

El único estamento que mantenía su influencia en el acontecer político de Roma era, pues, el ejército, y sobre todo aquellas fuerzas concentradas en gran número en las fronteras del Imperio, que por su cuantía y su actuación bajo las órdenes de diferentes gobernadores provinciales, se podían convertir en el apoyo principal de cualquier general ambicioso que pretendiera la autoridad suprema.

La crisis del año 193 también dejaba claro el peligro que representaba la Guardia Pretoriana para aquél que detentaba el poder, que aunque menor, por el tipo de fuerzas de las que estaba constituida y de su número reducido, también se podía mostrar como una seria amenaza ante la autoridad del emperador. Su importancia residía en el hecho de ser las únicas fuerzas existentes en la provincia de Italia (establecidas en las afueras de la ciudad de Roma desde el reinado de Tiberio), condición que le otorgaba la capacidad de hacer y deshacer emperadores en base a sus propios intereses, como ya se había demostrado con la muerte del emperador Calígula y el nombramiento como augusto de su tío Claudio en el año 41 d.C., dos hechos en los que estuvo implicada la Guardia Pretoriana.

Didio Juliano pagaba así, con su vida, su atrevimiento político y dejaba claro para el futuro que a estas alturas de la historia de Roma se necesitaba algo más que el mero ofrecimiento de dinero y la realización de una más que digna carrera al servicio del Estado para optar a la más alta dignidad política del Imperio, premio reservado solo para aquellos que además de ello dispusieran de una amplia red de contactos y del apoyo de fuerzas militares capaces de secundar sus pretensiones a la púrpura imperial.

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2 Comentarios

  1. Juan Luis Posadas

    ¡Magnífico artículo!

  2. Me ha encantado tu artículo. Los pasajes de Cassio Dion y de la Historia Augusta que narran estos hechos forman parte de mi investigación y me ha parecido increíble la forma en que has narrado los acontecimientos. Muchas gracias

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