Didio Juliano. La subasta de un Imperio (I)

18 ene, 2012 por



Son normalmente los grandes emperadores de Roma, aquellos que no solo gobernaron durante muchos años sino que realizaron una gran y diversa actividad política, los que atraen la atención tanto del gran público como de los historiadores acostumbrados a reconstruir sus vidas a través del estudio de una gran variedad de fuentes históricas que incluyen las obras de los autores antiguos, la arqueología, la epigrafía, la numismática…

A la sombra de estos gigantes se mueven (y se remueven) otra serie de personajes que, aunque nombrados también emperadores y a pesar de gobernar sobre las mismas ciudades y los mismos territorios en los que lo hicieron Augusto, Trajano, Marco Aurelio, Constantino o Teodosio no tuvieron la capacidad, la suerte o la destreza de emular el camino y las hazañas trazadas y realizadas por ellos.

Estos “otros” emperadores han sido desplazados de la historia y del conocimiento más general incluso por aquellos de sus semejantes que atemorizaron, sobresaltaron y ofendieron (esto siempre según las fuentes escritas partidistas, subjetivas y parciales) la autoridad y la dignidad de uno de los mayores imperios conocidos de la Antigüedad, y con él a una gran parte de su población, que sufrió los efectos de su malsana y perturbada actividad.

Este texto pretende analizar el breve reinado de uno de esos “otros” emperadores, de uno que gobernó Roma menos de tres meses (más exactamente dos meses y 5 días) y que alcanzó el poder imperial a través de una subasta, una simple puja organizada por la Guardia Pretoriana. Su nombre, Didio Juliano, seguro que no te sonará, aunque, como te decía antes, alcanzó la máxima dignidad que una persona podía conseguir por entonces, a finales del siglo II d.C., en el Imperio romano.

Nos disponemos, pues, a internarnos en el mundo regido por Roma y narrar brevemente cómo Didio Juliano accedió al poder y lo qué sucedió durante su corto aunque significativo reinado, con lo que podremos adquirir una visión más real y amplia de la historia de un Imperio que, aunque a veces no lo parezca, existió más allá de la dinastía Julio-Claudia y cuyo acontecer fue, en ocasiones, mucho más trágico y aciago de lo que el cine y la literatura nos puede hacer creer.

Didio Juliano inició su carrera política durante el gobierno de Antonino Pío (138-161) y la continuó bajo el reinado de los últimos Antoninos, esto es, Marco Aurelio (161-180), Lucio Vero (161-169) y Cómodo (180-192), el final de un periodo considerado por diversos historiadores y especialistas como el más feliz y próspero que vivió el Imperio romano.

Fue, por otra parte, el gobierno de Cómodo y el escenario político que originó su muerte en el año 192 lo que permitió el ascenso al poder primero de Helvio Pertinax (193) y más tarde de Didio Juliano (193). Es por ello que iniciaremos estas páginas con el breve repaso al final del emperador Cómodo y con el relato del asimismo breve reinado de Pertinax, sin lo cual no podríamos entender, en su justa medida, la figura y el gobierno de Didio Juliano.

El final de Cómodo y el reinado de Helvio Pertinax

Tras la muerte de Marco Aurelio en el año 180 a causa, seguramente, de la peste, le sucedió su hijo Cómodo (180-192), uno de los emperadores que con más mala fama ha llegado hasta nosotros, debido a la imagen que de él nos han transmitido las fuentes antiguas pro-senatoriales y, mucho más recientemente, a causa de la deformación narrativa que películas como La caída del Imperio romano (Anthony Mann, 1964) o Gladiator (Ridley Scott, 2000) nos han proporcionado de su reinado.

En consecuencia, lo que conocemos de Cómodo a través de los autores antiguos trascurre plagado de acontecimientos y situaciones presuntamente reprobables y propias de un comportamiento megalomaníaco, entre las que destacan diversas conspiraciones contra su persona (una de ellas tramada por Lucila, su propia hermana); delaciones, juicios y ejecuciones de un gran número de miembros de la clase senatorial; la delegación del poder imperial en manos de los favoritos del emperador, en muchos casos, según las fuentes, indignos de tal potestad; la oposición en el Senado y en el ejército a su persona; el condenable intento de sustituir el nombre de la ciudad de Roma por el de Colonia Comodiana e incluso la acusación de locura y de una voluntad manifiesta de autodivinización. Todo ello llevó a Cómodo a ser objeto de una última y certera conspiración que acabó con su vida la noche del 31 de diciembre del año 192, finalizando con él la dinastía antonina, que llevaba en el poder desde el año 98 d.C.

El emperador Cómodo.

 

Una vez muerto Cómodo, los principales instigadores de su muerte, el prefecto del pretorio Emilio Leto y el cubiculario o chambelán del palacio imperial Eclecto, ofrecieron el poder a Publio Helvio Pertinax, general de gran prestigio y de óptima reputación, que ejercía en aquellos momentos el cargo de prefecto de Roma, esto es, el encargado de mantener el orden en la ciudad.

 

Pertinax, del que los historiadores albergan dudas acerca de su posible participación en la conspiración que llevó a la muerte de Cómodo, tenía 66 años por aquel entonces. Era hijo de un liberto y había ejercido de joven como profesor de gramática. Más tarde desarrolló una amplia y provechosa carrera política que incluyó diversos destinos militares, el gobierno de varias provincias y el nombramiento como cónsul en dos ocasiones, en los años 175 y 192.

 

El nuevo emperador fue aclamado primero en el campamento pretoriano y confirmado más tarde en el Senado, no sin antes verse obligado a disipar ciertas dudas iniciales ante la nueva situación y sobre su futuro gobierno. Una de las primeras medidas que tomó el Senado tras el nombramiento de Pertinax fue la aprobación de la damnatio memoriae o condena de la memoria de Cómodo, lo que comportó la destrucción de sus estatuas y la eliminación de su nombre de todos los registros públicos.

 

Pertinax dispuso de muy poco tiempo para poner en práctica nuevas medidas políticas destinadas a afianzar el Estado tras el reinado de Cómodo y a consolidar su recién adquirida posición. Así, por ejemplo, sabemos que prohibió los procesos judiciales por traición iniciados contra los senadores; permitió el regreso a Roma a los exiliados políticos y restituyó el buen nombre de aquellos injustamente ejecutados durante el gobierno de su predecesor.

Para hacer frente a la ruinosa situación de las arcas públicas, el nuevo augusto se vio obligado a subastar las pertenencias de Cómodo que incluían, entre otras, sus “extravagantes” vestiduras, los carruajes imperiales, concubinas e incluso diversos bufones, en un momento en el que Pertinax tenía que hacer frente a grandes dispendios, que incluían los obligados donativos debidos al ejército y a la plebe por su ascensión al trono. Se esforzó, también, en mejorar la ley de la moneda de plata que había sido devaluada durante el reinado anterior; ideó un programa para impulsar la producción agrícola y eliminó diversos impuestos de aduana instituidos por su predecesor. Por último también intentó poner orden en las filas del Senado, aplicando una serie de medidas que provocaron malestar entre muchos de sus miembros.

De los pocos nombramientos que sabemos que realizó Pertinax destaca el de su suegro Flavio Sulpiciano como prefecto de la ciudad de Roma, cargo que el mismo Pertinax había ocupado antes de ser nombrado emperador y que, por ésta misma razón había quedado vacante.

Por desgracia para Pertinax, su relación con la Guardia Pretoriana, la fuerza militar más cercana a Roma y a la que el propio emperador debía, en parte, su nombramiento, fue deteriorándose con el paso del tiempo, llegando a producirse, incluso, dos tentativas conspiratorias organizadas en su contra desde el mismo campamento pretoriano. Esta relación empeoró, tal como nos explica Dión Casio, historiador romano de origen minorasiático del siglo III, tras hacer evidente Pertinax, durante una reunión del Senado, la ingratitud de los soldados a los cuales había concedido, aseguró, el mismo donativo que emperadores predecesores tras su ascensión al trono, aunque los recursos económicos de aquéllos fueran superiores a los suyos. Parece ser que la aseveración del emperador no fue del agrado de los pretorianos, sobre todo si tenemos en cuenta que no era del todo cierta.

Poco después de este hecho, la Guardia Pretoriana organizó un nuevo motín en contra del emperador que, esta vez sí, pondría fin a su vida. El alzamiento se produjo el día 28 de marzo del año 193. Parece que Pertinax tuvo aún tiempo de enviar a Sulpiciano al campamento pretoriano para tranquilizar allí los ánimos. Aún así unos 200 o 300 soldados se dirigieron al palacio imperial donde se hallaba el emperador. Aunque inicialmente el arrojo y las palabras de éste pudieron aplacar el ánimo de los insubordinados, la voluntad de estos últimos acabó por prevalecer, iniciándose una escaramuza que acabó con la vida de Pertinax y con la de su chambelán Eclecto. Por el contrario, Leto, que también se hallaba en el palacio en aquellos momentos, consiguió escapar, según la Historia augusta, colección de biografías de diversos emperadores romanos escrita a finales del siglo IV, abandonando a su suerte al emperador.

La muerte de Pertinax tras 87 días de gobierno evidenciaba el poder que por aquel entonces poseía el ejército, en este caso más concretamente las cohortes pretorianas, ya que su favor o su desafección podían causar, como hemos visto, tanto el auge como la caída de un emperador.

Si quieres leer la conclusión, en  Didio Juliano. La subasta de un Imperio (y II)

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