El reclutamiento de soldados en la época de los Austrias (I)

Por . 30 enero, 2012 en Edad Moderna
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“El capitán Bermudo Velasco llegó al pueblo. Mandó al tambor que lo hiciera sonar para llamar la atención de los habitantes. Todos salieron de sus casas y dejaron de hacer las tareas. A un gesto del oficial, el sonido terminó. Con voz alta y solemne, el reclutador comenzó a leer la Patente Real, por la que se convocaba a los buenos súbditos en edad de combatir a servir a su majestad. Les dijo que eran necesarios soldados para acabar con la herejía en Flandes. Sabía que les estaba mintiendo, pero si les decía la verdad, nadie querría alistarse. Continuó hablando acerca de la gloria que les esperaba, de las aventuras que tendrían. Hizo hincapié en las ciudades que podrían saquear si no se rendían y de la hermosura y blancura de las herejes flamencas. Cualquier mentira estaba justificada. Lo importante era engrasar la maquina bélica de su majestad con la sangre de nuevos reclutas.

Con cada mentira, don Bermudo veía crecer su satisfacción. Sabía que del dinero prometido a los pobres incautos, se les quitaría la parte correspondiente a la impedimenta, pudiéndose quedar él con un porcentaje que iría a su fondo particular. El día fue propicio. Consiguió quince nuevos reclutas, más de lo que esperaba de ese pequeño pueblo perdido de la mano del Señor. Era la segunda mala cosecha consecutiva y eso siempre ayudaba a conseguir nuevos soldados; sobre todo en zonas como aquel páramo donde, solo tras mucho trabajo, se podría obtener una cosecha mínima que apenas daba para mantener a una familia tras quitar los impuestos.”

Este relato que acaban de leer, aunque inventado, responde sin embargo a lo que sucedió durante los siglos XVI y XVII a la hora de reclutar soldados para las constantes guerras. Campesinos engañados por los encargados del alistamiento; promesas de riquezas y aventuras, que ocultaban la realidad de la dureza de la guerra; desesperados que ante la miseria del campo preferían arriesgarse a morir o quedar inválidos. Sobre todo esto, hablaremos a continuación.

 

El ejército en la Edad Moderna

Uno de los puntales del desarrollo de las monarquías en la Edad Moderna fueron los ejércitos. Se diferenciaban de las mesnadas medievales por la pérdida de fuerza de los vínculos feudales y el reforzamiento del poder real para organizar y mantenerlos. Desde la Baja Edad Media se comenzaron a organizar distintos tipos de tropas, como las unidades de piqueros que surgieron en Suiza. En el siglo XVI, ya estaban bajo el control de las distintas monarquías, que eran las únicas entidades que, en circunstancias normales, podían costear sus enormes gastos de mantenimiento.

Estos ejércitos serían los garantes últimos de que las disposiciones reales se cumpliesen dentro del reino, aunque las decisiones del soberano atentasen contra las leyes y tradiciones del mismo, como pasó en 1591 en la Corona de Aragón con la entrada de los Tercios tras la liberación de Antonio Pérez,  secretario real de Felipe II.

Hasta finales del siglo XVIII podemos decir que a pesar de la importancia de los ejércitos, no eran nacionales en el sentido actual del término. Un porcentaje muy importante de los soldados era extranjero. Los siglos XVI y XVII fueron el momento de esplendor de los grandes ejércitos mercenarios. A partir del XVIII, se dio un proceso por el cual el oficio de las armas se nacionalizó de forma jerárquica, desde los generales hasta los soldados. La razón de esto fue que los conglomerados multinacionales de soldados eran poco eficaces, además de mostrar un escaso compromiso con los intereses de sus patronos.

La solución a este problema sería nacionalizar los ejércitos, dándose a finales del siglo XVIII un fuerte componente ideológico. Quizá el ejemplo más importante sea el de los soldados que combatieron por la Francia revolucionaria a partir de la Guerra de la Convención (1792-1795). Sin embargo, el antecedente de este ejército nacional e ideologizado, se puede remontar a la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) con las tropas del rey sueco Gustavo II Adolfo.

Tampoco eran necesariamente permanentes, pudiéndose crear para campañas concretas. Sí tenían un alto grado de profesionalización, ya que para muchos de sus integrantes la profesión de las armas era la única que conocían.

Una de las razones del carácter no permanente era la debilidad logística que acompañaba a estos grandes contingentes de tropas. Había problemas como no poder asegurar la regularidad de los sueldos u obligar a los soldados a que viviesen de sus propios recursos y sobre el terreno. Debido a esto eran frecuentes los roces con las poblaciones locales y los saqueos posteriores como forma de pago.

Como hemos visto, muchos de los soldados que integraban los ejércitos europeos eran en realidad mercenarios o “soldados de fortuna”. Solo luchaban por una paga sin importar ni ideologías, creencias o confesiones religiosas. Tampoco les preocupaba luchar a favor de un bando en una campaña y tras haberse desmovilizado, en la siguiente, combatir bajo los estandartes de sus anteriores enemigos, como fue el caso del filósofo René Descartes, entre 1616 y 1622.

Alberto de Wallenstein, duque de Friedland.

La lealtad de estos soldados era solo hacia su jefe directo o reclutador, como fue el caso de Alberto de Wallenstein, duque de Friedland, durante los años 1618 hasta 1633, general al servicio del Sacro Imperio durante la Guerra de los Treinta Años. De no cobrar sus salarios de forma regular, se podrían sublevar, o en situaciones muy precarias, pasarse al bando contrario. Se llegó a dar el caso de combatientes que en mitad de una campaña o de una batalla se pasaron al enemigo para sobrevivir o volver a sus hogares. En la Corona de Castilla, el castigo podía llegar a ser muy duro. En el caso de intentar desertar, organizar un motín o tener información sobre lo anterior, los culpables eran descuartizados.

Hemos señalado que el saqueo se podía dar bien por el impago de las “soldadas” o como forma de pago. Quizá los dos más famosos sean el Gran Saco de Roma (1527) y el de Amberes (1576). No obstante, el saqueo no tenía que darse necesariamente, pudiéndose llegar a castigar con la muerte. Se recurría al mismo cuando los recursos eran escasos, por impagos de los sueldos o cuando una ciudad había manifestado una gran resistencia ante un asedio. De esta manera, además de castigar a los habitantes, servía de ejemplo para futuros cercos.

Esto respondía más al pragmatismo de los generales que a cuestiones éticas o morales. Se buscaba evitar encrespar el ánimo de la población conquistada. A esto tenemos que añadir que si el campesino no tenía para vivir él y su familia, tampoco podría ayudar a mantener el ejército que visitaba la región. Vivir sobre el terreno, es decir, la expoliación de los campesinos o de las ciudades, era el método habitual de abastecimiento.

Esa sitación sucedía sobre todo durante los inviernos, al paralizarse las operaciones militares. Las ciudades que tenían la “fortuna” de recibir la visita de un ejército, tenían que alimentar y alojar a los soldados y oficiales del mismo. A cambio de convertirse en un “cuartel de invierno”, no se permitía ningún saqueo o acto violento contra sus ciudadanos.

Mantener y alojar a los integrantes de estos ejércitos era una carga muy alta para los habitantes de las ciudades o de las aldeas cercanas donde eran acantonados. Solían darse numerosas quejas y agravios a la hora de repartir su estancia en las casas. A pesar de las autoridades, tenían lugar numerosos roces y problemas entre civiles y militares, por lo que no es de extrañar que tras una derrota, los campesinos se convertían en la peor pesadilla de los soldados dispersos. Eran perseguidos por los civiles y asesinados, sin distinción de colores o banderas, por el odio que sentían hacia los soldados. Fueron las quejas por la presencia y el mantenimiento de los tercios una de las causas para la rebelión catalana de 1640. El Principado se había convertido en escenario de la lucha contra Francia, alojándose en las casas de los campesinos los soldados españoles. A las quejas ya citadas, se deben añadir otros factores como el descontento por los contrafueros desde el siglo anterior y la herida abierta que dejó las Cortes de 1626.

Gustavo II Adolfo de Suecia en la batalla de Breitenfeld.

La ya citada Guerra de los Treinta Años fue una época en la que las masacres y la crueldad cabalgaron por Centroeuropa detrás de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Incluso en los ejércitos más disciplinados, como el de Gustavo II Adolfo de Suecia, la disciplina en ciertos momentos, especialmente cuando los comandantes en jefe estaban lejos, se relajaba. Era el momento en el que los desmanes y la crueldad sin sentido hacia los civiles sucedían. Los desmanes de las tropas los podemos leer en Simplicissimus, la obra escrita por Hans Jacob Grimmelshausen hacia 1669 que recoge la historia de un joven, que se convertirá en testigo directo de todos los desmanes, de toda la violencia y crueldad que se dieron durante la Guerra de los Treinta Años. La novela, cumbre del Barroco alemán, tiene influencia de la picaresca española, mostrándonos a un personaje que hará lo necesario para poder sobrevivir en este convulso periodo.

Un ejemplo de esta falta de disciplina, o quizá mejor dicho, de la imposibilidad de imponerla, fue el saqueo y destrucción de Magdeburgo, en 1631, un hecho insólito eso sí, ya que era la primera vez que se destruía una ciudad imperial desde que se formó el Sacro Imperio Romano Germánico. Los responsables de la orgía de sangre fueron las tropas del católico y piadoso general Conde de Tilly. De una población de unos treinta mil habitantes, los supervivientes de la masacre, tras el duro asedio, no superaron los cinco mil. De hecho, el ejemplo de lo que sucedió con esta ciudad creó un nuevo verbo en el lenguaje coloquial entre los alemanes católicos para describir la destrucción provocada: magdeburguizar.

Concluye en El reclutamiento de soldados en la época de los Austrias (segunda parte)


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Nacido allá en 1977 en Bilbao, encontré mi “tierra de promisión” en Málaga, donde me formé como proyecto de historiador en la promoción de 1997-2001. Desde el 2004 soy editor, responsable e irresponsable de la bitácora Reflexiones de un modernista (http://reflexionesdeunmodernista.com) y profesor de Educación Secundaria, de la especialidad de Geografía e Historia, desde 2005. Desde 2004 estuve alejado de la investigación histórica, pero en 2008 retomé mi formación como aprendiz de historiador realizando el Master en Ciencias Históricas de la Universidad Rey Juan Carlos, culminando sus estudios en diciembre de 2009.

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