La domesticación del fuego en la Edad de Piedra (y II)

Por . 11 enero, 2012 en Prehistoria
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Puedes leer la primera parte del artículo en La domesticación del fuego en la Edad de Piedra (primera parte)

El descubrimiento y control del fuego en el Paleolítico

En los mitos que hemos expuesto como ejemplo en la primera parte, vemos ciertas verdades sobre los primeros momentos de la humanidad y el uso del fuego. Nuestros primeros antepasados no tenían la capacidad de producir y controlarlo, por lo que debían comer su comida cruda.

Encontramos cierta parquedad de datos en lo que se refiere al origen del uso del fuego, puesto que puede ser problemático de documentar arqueológicamente en fechas tan tempranas. Los restos de cremación son fácilmente visibles, sí; no obstante, si fue intencionada, y cuáles fueron los motivos y usos de ese fuego, son cuestiones más difíciles de establecer.

La producción y el mantenimiento del fuego en el Paleolítico

El fuego puede ser producido de diferentes formas utilizando materiales que se encuentran de modo abundante en la naturaleza. Bien mediante fricción rápida de dos ramas de madera ayudándose de hierba seca, o por percusión de dos piedras, el ser humano pudo por fin crear fuego a voluntad.

Desgraciadamente, la madera es un vestigio arqueológico que no suele conservarse. Por otro lado, sí es un buen indicador la pirita, principal tipo de roca aprovechada para producir fuego, de cuyo uso tenemos constancia desde el Paleolítico Superior en diversos yacimientos.

Algunos autores establecen tres fases en el descubrimiento del fuego:

1) Inicio del uso del fuego. Ya antes de la aparición de los primeros homínidos, los australopitecinos emplearon el fuego, aunque no nos han llegado demasiados restos. Su origen sería seguramente la recolección de brasas procedentes de fuegos naturales.

2) Uso esporádico del fuego. En el Este africano, hace 1,5 millones de años, nuestro antepasado el Homo ergaster lo utilizaba, aunque de modo ocasional, puesto que no se han hallado verdaderos hogares, sino tan sólo algunos indicios como tierra, piedras o huesos quemados.

3) Domesticación del fuego. Los hogares con estructura propia empiezan a aparecer hace unos 500.000 años en Eurasia, al final de la evolución del Homo ergaster. Y desde entonces, todas las especies de homínidos tuvieron pleno control sobre este elemento de la naturaleza.

Usos del fuego

La decisiva importancia del fuego para el ser humano radica en sus diferentes usos. Un gran paso para la mejora de las condiciones de vida de los homínidos se produjo no sólo cuando empezaron a utilizar el fuego, sino cuando lo domesticaron y controlaron, cuando eran capaces de producirlo de manera intencionada y emplearlo con una finalidad concreta.

Esa domesticación supuso un gran cambio tanto en el plano económico (comienza a ser un elemento de algunas de las estrategias de caza, se preparan los alimentos de manera diferente, etc.) como en el social, cuando el hogar se convierte en el centro de la vida doméstica.

Las principales aplicaciones del fuego en el Paleolítico (hasta hace unos 10.000 años aproximadamente) son las siguientes:

– Fuente de iluminación. El día podía tener más horas, puesto que gracias al fuego las sociedades dejaban de ser dependientes de la luz solar. Esas horas podían ser aprovechadas para realizar algunas actividades o para estrechar los lazos sociales. Por otra parte, el hombre prehistórico pudo entrar en las profundidades de las cuevas, donde la oscuridad es absoluta y dejarnos las magníficas obras de arte que han llegado hasta nosotros (¿quién no conoce Altamira?). En algunos yacimientos los arqueólogos han encontrado lámparas de arenisca que servían para este fin.

– Fuente de calor. Especialmente relevante en épocas de clima gélido, como durante las glaciaciones, favorecerá la extensión del ser humano por el globo terráqueo, posibilitando el hábitat en lugares muy fríos en los que sería imposible habitar sin este tipo de calefacción.

– Cocción de los alimentos. Como resaltan los mitos, antes del descubrimiento del fuego, el ser humano debía comer su comida cruda. Sin duda, cocinar los alimentos fue uno de los primeros usos que se le dio al fuego, y restos de huesos quemados en abundantes yacimientos así nos lo dan a entender.

La cocción de los alimentos tiene repercusiones más importantes de las que a simple vista parece, ya que lo que se ingiere es más digerible y el organismo se beneficia físicamente de ello.

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Utilizando un arco y una cuerda, que se entrelazaban con el palo principal, se conseguía que éste rozara a mayor velocidad y un mayor número de veces contra la madera seca colocada en el suelo, en la que se pretendía prender la llama. Con esta técnica se conseguía producir fuego con mayor rapidez y menor esfuerzo, tal y como vemos en esta representación multimedia. (Vídeo de Sergio Ortiz Moreno: www.3dvirtualidad.es)

Quizá nos preguntemos la manera en que se podían calentar los líquidos con anterioridad a la invención de la cerámica, que no se produce hasta el Neolítico. La respuesta es utilizando otros recipientes de materiales como bambú o pieles bien tratados o introduciendo piedras que se hubieran calentado previamente.

– Aplicaciones técnicas. El fuego servía asimismo para endurecer las puntas de las lanzas de madera, que de este modo aumentaban en eficacia.

Por otra parte, también se utilizó desde el Paleolítico Inferior para romper grandes núcleos de piedra que eran difíciles de tallar. No obstante, es desde el Paleolítico Superior, en una cronología más reciente, cuando se empleó de manera más generalizada para mejorar la fabricación de útiles, puesto que el endurecimiento del sílex facilita su talla por presión y el hueso y el marfil poseen más elasticidad tras ser calentados.

Finalmente, remarcaremos el manejo del fuego para preparar los colorantes que después se dedicaban, por ejemplo, al arte parietal.

– Otras utilidades. El fuego podía ser fundamental en otras cuestiones, como la defensa contra los animales, o las estrategias de caza. Referente a esto último, muchas sociedades de cazadores-recolectores producen un fuego controlado con la intención de dirigir a los animales hacia el lugar de una emboscada.

Los hogares

Cuando hablamos de fuego, inmediatamente debemos pensar en el hogar (entendido como hoguera), puesto que en el momento en que se controló este elemento de la naturaleza, el hogar pasó a ser el elemento central de la vida doméstica, incluso hoy en día lo es, o lo era hasta hace muy poco, en los fríos días de invierno.

Normalmente se instalaban en las entradas de las cuevas, aunque bien protegidos del viento, pues era allí donde se desarrollaba la vida. El interior de las mismas era poco frecuentado, lo cual es lógico si pensamos en la poca o ninguna luz que podría llegar hasta allí.

Las funciones del hogar son básicamente tres, la de calefacción, cocina y fuente de iluminación.

En cuanto a la tipología de estas estructuras, es bastante variada, desde la morfología más sencilla creada simplemente mediante la acumulación de madera, hierbas secas, etc., hasta la circunvalación de la lumbre con piedras, pasando por la excavación de una oquedad en el suelo o cubeta.

El fuego es protagonista de metáforas, elemento de ritos, de magia, benefactor y destructor. En el Paleolítico se hizo indispensable para la vida, y su manejo y control podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte, sobre todo cuando el clima más frío asolaba gran parte de la Tierra. Qué duda cabe que sin el fuego, la humanidad no habría dado muchos de los pasos evolutivos que nos han llevado hasta la actualidad.


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Soy de 1982, de una época en la que la democracia ya estaba establecida firmemente en este país. Nunca conocí una dictadura, pero pude ver en los recuerdos de mi familia el daño que puede hacer una guerra, sea al bando al que sea. Tal vez por eso me decidí a interesarme por la historia, y conocer no sólo nuestro pasado reciente sino aprender sobre los pueblos que vivieron hace miles de años. Nací en Barakaldo (Vizcaya), pero estudié la carrera en la Universidad de Salamanca. Me fui después a Andalucía para estudiar un doctorado en el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Sevilla, y formarme en otras materias: antropología, biblioteconomía, alemán, italiano, inglés, etc. Nunca se deja de aprender, y tenemos tan poco tiempo para descubrir tantas cosas… Por eso, aunque he participado con un par de ponencias en algunos congresos y he escrito un par de artículos, y el libro Breve historia de Tartessos, siempre me gusta ver lo que tienen que decir los demás. Y creo, sinceramente, que lo mejor que he hecho en mi vida, es lo que aún me queda por hacer.

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