El reclutamiento de soldados en la época de los Austrias (y II)

6 feb, 2012 por



Viene de El reclutamiento de soldados en la época de los Austrias (parte primera)

La organización de los ejércitos

La organización de estos grandes conjuntos de tropas en este periodo era indeterminada. Se podrían formar para campañas concretas o sin una duración fijada de antemano, pudiéndose prolongar de forma indefinida en el tiempo. Un ejemplo del primer caso fue el contingente formado para la llamada Jornada de Inglaterra al que los ingleses denominaron Spanish Army y que en España conocemos como Armada Invencible. El rey español Felipe II emitió una “conducta” u orden a los distintos capitanes por la cual se establecía una serie de elementos. Algunos eran las características que debían tener los soldados o el lugar donde tendría que levantarse las “banderas de enganche”, es decir, el reclutamiento.

Junto a este tipo de documento, podría haber otros en los cuales se explicaba a las autoridades locales las necesidades de la Corona de nuevos soldados, solicitándose la colaboración de los concejos. En estos documentos de alistamiento se fijaban además el número de integrantes de cada unidad. Se solía fijar el número en doscientos cincuenta soldados. Sin embargo, muchas de estas compañías no llegaron al cupo mínimo exigido por las autoridades.

Hugo O´Donnell, duque de Estrada, y Manuel Rivas Gracia señalan para el caso concreto de la Invencible, aunque se pueden hacer extensivas a todo el periodo aquí descrito, una serie de características. Entre otras, serian el tener más de veinte años; que no fuesen muy viejos, no tanto en su edad sino en lo concerniente a su aspecto o a condiciones físicas deterioradas. Junto a lo anterior aparecían otras como el estar sano, fuerte o tener “ojos vivos y despiertos, cabeza derecha, pecho alto, espaldas anchas, brazos largos…”.

En estas licencias de reclutamiento se podría establecer características para rechazar individuos, como sería el hecho de ser fraile o clérigo, enfermos contagiosos o trabajar en sectores claves para la localidad. El hecho de estar casado o ser hijo único también podría ser un elemento de exención. Se consideraba una carga onerosa tanto para sus familias como para las economías locales, por la falta de brazos o de descendencia que podría ocasionar la ausencia de hombres.

Pero no solo eran oficiales bajo órdenes reales los que reclutaban soldados. El soberano en ciertas ocasiones emitía licencias que permitían a un general organizar un número determinado de regimientos, reclutándose estas unidades a través de oficiales designados por este general, el cual actuaba como un gran empresario.

La muerte de Wallenstein.

En estos casos, los reclutamientos eran realizados por contratistas, bien para el Estado o para sus propios superiores, como fue el caso de los coroneles de Alberto de Wallenstein durante la Guerra de los Treinta Años. Los soldados no luchaban por un Estado y sí para los regimientos y generales que les contrataban. La guerra y el mantenimiento de estas unidades eran más bien empresas particulares en lugar de estatales. El momento de apogeo de estos personajes fue, una vez más, durante la larga y sangrienta Guerra de los Treinta Años.

La aparición de estos contratistas se debía a que el Estado no podía garantizar en los plazos señalados los gastos necesarios para mantener estos ejércitos tan poderosos, en especial como los que fueron organizándose en el siglo XVII. Por tanto, se recurría a personajes como los ya citados Alberto de Wallenstein o Tilly.

El paradigma de estos contratistas fue precisamente Alberto de Wallenstein, llegando a poner como aval en la conformación de un ejército de cien mil hombres las tierras de su señorío, el ducado de Friedland. La vida militar y la guerra no solo era una macabra salida profesional para elementos de la más baja extracción social. Personajes poderosos, como el ya citado Wallenstein, se arriesgaban a avalar con sus grandes posesiones estos ingentes reclutamientos, ante la perspectiva de los grandes pagos por todos sus esfuerzos. El dinero adelantado por estos contratistas se cobraba posteriormente con intereses, pudiendo inflar los gastos ocasionados durante el reclutamiento. A esto se añadirían las concesiones tanto de grandes extensiones de tierra como de señoríos y principados, como fue el caso de Wallenstein.

En el caso del duque de Friedland, Alberto de Wallenstein, no solo se enriqueció de este modo. El historiador alemán Golo Mann, nos explica en el volumen que dirigió en 1988 dedicado a la Guerra de los Treinta Años de la Historia Universal, que esto no era novedoso. En otras ocasiones se había recurrido a este tipo de expedientes para financiar campañas. Lo novedoso fue que gran parte del equipamiento de sus propias tropas era fabricado en las mismas manufacturas del ducado, por lo que todo el beneficio se quedaba en el mismo.

Por todo lo dicho, se puede deducir que la guerra benefició a un grupo determinado de personas, como serían los grandes rentistas y señores de Europa, que financiaron y organizaron la formación de grandes ejércitos en la Alta Edad Moderna.

 

Salarios de los soldados

A inicios del siglo XVI en Castilla, un soldado de caballería cobraría unos ochenta ducados anuales, estando obligado a mantener dos buenos caballos y un mozo que cuidase tanto de las monturas como de las armas del jinete. A partir de 1525, con la reestructuración que se haría de las tropas que tendrían que defender la Península de cualquier fuerza invasora, este mismo jinete vio como su sueldo anual pasaba de ochenta ducados a cien, manteniéndose las obligaciones ya señaladas. El sueldo del capitán de esa misma unidad llegaría hasta los seiscientos ducados al año.

Sin embargo, en el siglo XVII las “soldadas” se redujeron. Mientras que en el XVI un infante cobraría aquellos cien ducados anuales, durante el reinado de Felipe IV (1621-1665) se redujo a setenta y dos. En teoría, los soldados tenían unos sueldos muy altos, o al menos superiores a los de un campesino o un obrero no especializado de las ciudades, aunque en ocasiones tardaban en recibir lo convenido. Generalmente a los nuevos soldados reclutados se les pagaba en metálico, al menos una parte en el momento del alistamiento, prometiéndoseles altos sueldos, comida, aventuras y nuevas experiencias.

A la hora de reclutarles, no se tenía porqué informarles de cuál iba a ser el teatro de operaciones. Se llegaba incluso a mentir con la participación de estos contingentes en grandes operaciones, siendo un señuelo ante las expectativas de sueldos más altos o de mayores posibilidades de saqueo.

Estas promesas eran un importante reclamo, sobre todo para campesinos pobres durante malas coyunturas económicas. Era una “salida profesional” para un importante grupo de individuos que pertenecían a los grupos sociales más bajos de una sociedad de base agraria. Se veían forzados para poder sobrevivir a emplearse como combatientes a pesar de todos los riesgos propios de la profesión.

Sin embargo, en las épocas en las que el trabajo era abundante y los precios de los alimentos más bajos por darse buenas cosechas, la dificultad para reclutar soldados se incrementaba. Los reclutadores debían pagar una prima o recurrir a otros métodos que atrajesen posibles soldados, mientras que cuando las circunstancias económicas eran adversas, no hacian falta apenas incentivos para lograr las cuotas de alistamiento. Era la ley de la oferta y la demanda de la guerra.

No obstante, con este dinero aportado al alistarse, en muchas ocasiones tendrían que hacer frente los soldados al equipo entregado. Esto sucedió, por ejemplo, durante la ya citada Jornada de Inglaterra, ya que de la suma entregada se reducía el coste de ropa, armas y manutención desde el momento en el que se alistaban.

Los oficiales-reclutadores “eran la correa de transmisión” de las quejas de los soldados a sus superiores. Se encargaban de gestionar el cobro del sueldo de sus soldados y de abastecer o negociar los avituallamientos. Organizaban también la distribución de los alojamientos durante las guarniciones o durante los desplazamientos de las tropas, entre otras funciones.

En ocasiones el dinero prometido no se entregaba hasta que llegaban a los lugares fijados para el encuentro de las tropas. Un ejemplo de esto sucedió en la citada campaña contra la Inglaterra de Isabel I. A los nuevos soldados solo se les pagó una que habían sido ya embarcados. La razón de estas precauciones era el miedo a las deserciones una vez que cobraban. Por eso la disciplina solía ser muy alta, persiguiéndose a los desertores y sometiéndoles a castigos ejemplarizantes.

A inicios del siglo XVI, se estableció en la Corona de Castilla que el que desertase una vez reclutado y fuese capturado sería ejecutado, siendo sustituido por un natural del lugar de Castilla donde hubiera sido capturado.

En las épocas en que la lucha era más encarnizada, o tras largos periodos de lucha, era cuando se solían producir el mayor numero de deserciones por el miedo a la muerte o a las heridas provocadas durante la lucha. También influía el hecho de ser capturado, en un momento histórico en el que de no ser noble, el futuro más inmediato era el de ser pasado a cuchillo. Lo que se conoce en la actualidad como “fatiga de combate”, es decir, el agotamiento psíquico y moral de los soldados tras largas estancias de combate, como las operaciones de asedio, se solía confundir con cobardía.

Aunque no se corresponde con la época del artículo, el historiador británico Eric Hobsbawm calculaba en La era de las revoluciones. 1789-1848 que en el periodo anterior a las Guerras Napoleónicas, los muertos por combate oscilarían entre el diez y el quince por ciento del total de bajas. El resto, producto de las infecciones de las heridas o enfermedades debido a la debilidad de los combatientes.

Debemos señalar que en la época de la que estamos escribiendo en este artículo, los ejércitos que más se ocupaban de la salud de sus hombres, creándose lo que hoy llamaríamos hospitales de campaña, serian los pertenecientes a la Monarquía Hispánica. El mantenimiento, de nuevo, se sufragaba con las retenciones en los sueldos de los soldados.

 

Causas del reclutamiento

En los apartados anteriores hemos hablado de la organización de los ejércitos, de los sueldos de los soldados, de sus condiciones de vida y hemos ido apuntando alguna de las razones que llevaban a un súbdito a combatir por sus soberanos. En los siguientes epígrafes, nos centraremos en cuáles eran estas causas, tanto de forma individual como colectiva. La Europa más pobre será también el territorio de donde provengan la mayoría de estos “soldados de fortuna”, que luchaban por un sueldo o un botín, sin importarles nada más.

Alistamiento voluntario

Hemos apuntado a lo largo del texto diversas causas por las que las personas se alistaban. Junto con las anteriores, podemos señalar también la existencia de diversos tipos de lazos de fidelidad con sus señores, en especial en Europa Central y Oriental. En el caso de presos o individuos que pudieran tener problemas con la justicia, alistarse en los ejércitos de sus soberanos podía ser una alternativa a la condena.

A los casos anteriores, se deben añadir aquellos en los que los soldados se enrolaban al conocer el combate como única forma de vida. Esto sucedía bien cuando su ejército era desmovilizado o incluso por haber nacido dentro de un ejército. También los hijos de importantes linajes se solían alistar como simples soldados, disfrutando de un trato deferente acorde a la calidad de sus personas. En estos casos buscaban obtener futuras mercedes y privilegios, haciendo carrera en la milicia. Otros, simplemente por el afán de ver mundo y ampliar su formación, sin obviar el deseo de vivir aventuras, es decir, vivir al límite. En el siglo XVI hispano el componente religioso y espiritual que acompañaba al de servicio al rey a través del concepto de “honor y servicio” fue muy importante.

Alistamiento forzoso

Hubo otra modalidad de enrolamiento, que sería el promovido por distintos señores entre sus vasallos, los cuales se alistaban de forma más o menos voluntaria, por los vínculos de dependencia hacia el señor (feudo-vasallático), como pudo ser el caso del marqués de Burgos, hijo del archiduque Fernando, en el contexto de la preparación del ejército de Flandes para el desembarco en Inglaterra durante la tantas veces citada Jornada de Inglaterra.

De este modo, tras crear estas unidades, las alquilarían o lucharían a favor de un bando determinado en función de los intereses, creencias o preferencias personales de sus señores, llegándose a establecer compañías y regimientos que serían conocidos con el gentilicio de sus lugares de origen.

Lugares de origen de los reclutamientos

El reclutamiento de mercenarios se solía producir bien en zonas cercanas o fronterizas a las áreas de hostilidades, bien en zonas montañosas o en las muy pobres. Era frecuente el hecho de que fuesen pastores y ganaderos, o que se llevase a cabo donde había una muy alta presión demográfica. El ser soldado era tanto una “salida profesional” como una válvula de escape a la escasez de recursos.

Las principales zonas de reclutamiento de la Europa de los siglo XVI y XVII fueron los territorios balcánicos, Alemania, Aquitania, Austria, Castilla, Córcega, Cerdeña, Escocia, Irlanda, Normandía, Sicilia, Suiza y el sur de la península italiana.

Uno de los problemas del reclutamiento en zonas lejanas de los teatros de operaciones era el de su transporte. En ocasiones, los ejércitos tendrían que cruzar por territorio neutral o incluso enemigo. Este interés por mantener rutas seguras de tránsito desde distintas zonas a las áreas de conflicto de la Monarquía Hispánica, sobre todo en el norte de Italia y territorios alpinos, explicarían los múltiples conflictos que se dieron. A esto le dedicó el profesor británico Geoffrey Parker su magna obra de 1972 sobre el llamado “Camino español a Flandes(El ejército de Flandes y el Camino Español. 1567 – 1659).

Las zonas limítrofes a territorios en conflicto permitían trasladar de forma rápida las nuevas unidades formadas, además de poder contratar a soldados veteranos. Tras la desmovilización de un ejército, muchos antiguos combatientes se quedaban cerca de zonas en conflicto, buscando un nuevo trabajo. Sin embargo, aquellos soldados naturales de estas zonas podían desertar con mayor facilidad, contando con la ayuda de la población local. Podrían encontrarse con familiares o personas vinculadas a las mismas.

Se fue modificando esta tendencia geográfica en el siglo XVII a favor de la población de las ciudades, no tanto por el carácter urbano de la población en sí, sino más bien por ser las urbes focos de atracción de gran número de personas, en especial durante las crisis económicas.

Reclutamiento de grandes levas

A pesar de lo que hemos visto previamente, en ocasiones se establecieron para formar grandes ejércitos levas masivas. Por eso, era necesario establecer una especie de “servicio militar obligatorio”. Cuando se establecía por parte de la Corona la necesidad de reclutar nuevas tropas a los concejos, los oficiales designados una vez presentadas las acreditaciones necesarias ya señaladas, convocaban a toda la población masculina en edad de combatir. El punto de reunión era la plaza, siendo aquí el lugar donde se elegían a los habitantes. Allí mismo se descartaba a los que por una u otra causa, no eran seleccionados.

Conde de Tilly.

Cada concejo al que se le solicitase el reclutamiento, podría ser quien estableciese el procedimiento para aportar los futuros combatientes exigidos, siempre en caso de no contar con la supervisión directa de un oficial acreditado. En caso de no poderse cumplir con el cupo señalado para la localidad, se podría aplicar diversos expedientes como: utilizar a delincuentes condenados a cambio del perdón tras servir en el ejército; reclutar a personas que, en situaciones de abundancia de candidatos, serían rechazados, como es el caso de borrachos o “gente de mal vivir” (vagos, mendigos); y “secuestrar” a personas desconocidas o que no eran naturales o vecinos del lugar para obligarles a alistarse en los ejércitos.

De esta forma, se cubrían con estos reclutas la cuota exigida por las autoridades en épocas de bajas perspectivas de alistamiento. Al ser los concejos quienes tenían que organizar estas levas, desde diversos ámbitos se podría presionar para que ciertos jóvenes de familias importantes o pertenecientes a gremios se librasen de la obligación de alistamiento. Un ejemplo lo tenemos en Málaga durante toda la Edad Moderna, con los individuos pertenecientes al gremio de viñeros según las investigaciones del fallecido José Miguel Ponce Ramos. El gremio de viñeros en Málaga fue uno de los más importantes, debido al peso económico que tenía el comercio de vinos y de uvas pasas.

Conclusión

Para finalizar, y a modo de conclusión, podemos decir que los distintos ejércitos a lo largo de los siglos XVI y XVII estaban formados por un conglomerado de individuos de distintos estados, estamentos y confesiones religiosas. En muchos casos, la única salida para un gran número de hombres, sobre todo en épocas de crisis agrarias o con una muy alta presión demográfica, era el alistamiento, a pesar de todos los riesgos implícitos. Así, aunque no fuese de forma regular, se aseguraban un sueldo mínimo y unas condiciones de vida que, a pesar de todos los elementos negativos ya señalados, eran mejores que morirse de hambre sin perspectivas de futuro.

Asimismo, el reclutamiento fue un modo de promoción social en distintos sectores sociales, o un complemento a la formación recibida. Otro motivo para alistarse eran las razones ideológicas, como querer servir al rey, a la verdadera religión, o el simple afán de aventuras.

 

El difunto maestro de maestros Domínguez Ortiz (1909-2003) escribió una reflexión acerca de la Guerra de los Treinta Años:

“[...] la abundancia de aventureros, vagabundos, marginados de toda laya, incluyendo auténticos criminales […] fueron [sic] los responsables de los terribles sufrimientos de una población entregada a las violaciones de una soldadesca que no distinguía entre amigos y enemigos.”

Por desgracia, esta reflexión final acerca de la violencia sin sentido, crímenes y desmanes durante esta guerra se puede aplicar a todo el periodo del artículo.

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