Pero, ¿cómo nació la religión?

20 feb, 2012 por



Es una buena pregunta, pero antes de responderla, deberíamos dejar claras algunas sencillas ideas sobre la misma naturaleza de la cultura. En realidad, la manera más simple de definir cualquier civilización creada por el hombre, desde la lejana Prehistoria a nuestros días, es entenderla, a grandes rasgos, como un conjunto coherente de respuestas a una serie de retos fundamentales que nos impone nuestra propia naturaleza social.

Somos seres sociales, quizá no tanto como las abejas o las hormigas, pero lo cierto es que no podemos sobrevivir solos. Como han demostrado los pocos casos conocidos de niños ferinos, criaturas crecidas entre animales salvajes, sin el entorno familiar que todo ser humano necesita, el hombre no se convierte en tal más que en contacto con otros hombres. Criado lejos de la sociedad, ni siquiera es capaz de desarrollar el lenguaje cuando retorna a ella. Pero la necesidad de vivir en grupo plantea una serie de cuestiones a las que es necesario responder de un modo u otro. Los modos han variado mucho a lo largo de la historia, pero las preguntas son siempre las mismas: ¿cómo nos organizamos para satisfacer nuestras necesidades básicas de comida, vivienda o vestido?, ¿qué normas seguiremos para relacionarnos entre nosotros?, ¿de que manera tomaremos las decisiones que nos afectan a todos?

Las respuestas que cada cultura o civilización dan a esas grandes cuestiones determinan, en ese orden, su organización económica, social y política. Pero hay otra pregunta más, la que quizá define mejor la esencia del hombre, pues se refiere a la curiosidad innata que alberga su mente, su capacidad para indagar siempre más allá de los simples datos que le trasmiten sus sentidos. Desde la noche de los tiempos, el hombre, quizá al pobre calor de las hogueras, ha mirado las estrellas y se ha preguntado: ¿quién soy?, ¿quién o qué me ha dado la vida?, ¿quién ha creado el mundo que me rodea?, ¿acaso la muerte es el fin de todo?

La respuesta a esas cuestiones digamos trascendentales y la forma de manejar la inseguridad que despiertan en el espíritu del hombre ha sido, durante mucho tiempo, la que ha proporcionado a las culturas humanas sus señas de identidad más visibles. Para responderla nacieron la magia, la religión, el arte, la filosofía y, sólo muy recientemente, la ciencia. Hemos avanzado mucho. Nuestros frágiles cuerpos duran ahora más tiempo, e incluso llegamos en ocasiones a creernos capaces de ganar la partida a nuestra naturaleza mortal. Pero las grandes preguntas, y la inseguridad que las acompañan, siguen ahí. Veamos cómo las respondieron las primeras civilizaciones.

Las respuestas iniciales fueron sencillas, como no podía ser de otro modo en sociedades que también lo eran. Se basaron unas en el fetichismo, la atribución a determinados lugares, piedras, plantas o animales de poderes o propiedades especiales cuyo conocimiento y uso contribuía a aplacar la inseguridad de los espíritus, y otras en una suerte de fetichismo avanzado que, como el animismo, dio en creer en la existencia de fuerzas espirituales que anidan en los seres del mundo sensible, o incluso, como el totemismo, en que alguno de ellos eran de hecho los verdaderos progenitores del grupo y merecían por tal causa un culto especial.

Porque, no nos engañemos, el hombre, que lo institucionaliza todo, no tardó en hacerlo también con la religión. Las creencias fetichistas, animistas o totémicas no habitaban tan sólo en el espíritu del individuo, sino que pronto impregnaron las prácticas de la colectividad. Nacieron así los cultos. Primero fue el individuo mismo quien trató de ponerse en contacto con la divinidad mediante la ingestión de drogas o la inducción de estados alterados de conciencia. Luego, o casi a la vez, los hombres se reunieron para tratar de abrir las puertas al mundo sobrenatural y crearon, más unidos que en cualquier otra actividad, los primeros ritos colectivos. Bailes, invocaciones, representaciones con máscaras o música revistieron de símbolos la relación del hombre con lo sagrado. La emoción parecía en estos primeros momentos ingrediente imprescindible de la religión. ¿Cómo distinguirla, pues, de la magia?

En realidad, la magia y la religión nacieron casi de la mano, aunque distan bastante de ser hermanas gemelas. Comparten la intención de proporcionar seguridad al hombre ante los avatares de la vida. Son las dos, en última instancia, conjuntos de creencias acerca de la naturaleza de las fuerzas inmateriales que rigen el destino de la humanidad. Incluso cabría pensar que ambas satisfacen la sugerente definición de religión que hizo en 1917 el teólogo alemán Rudolf Otto: Mysterium tremedum et fascinans. Porque magia y religión apuntan a lo desconocido, sobrecogen, incluso aterrorizan, y, a un tiempo, atraen.

Pero la actitud mental del individuo que las practica difiere en grado sumo. Mientras el mago y sus seguidores esperan una respuesta automática y favorable de las fuerzas que conjuran siempre que los ritos de que se valen se desarrollen con precisión, el fiel espera, cree, anhela, pero no sabe con total seguridad si sus plegarias serán atendidas. Es cierto, no obstante, que en aquellos tiempos remotos la frontera entre ambas prácticas era permeable. El chamán, el hechicero, el hombre santo sobre cuyas espaldas pronto cargó el clan el peso de lo espiritual, aunaban en sí mismos los difusos roles de mago, curandero e intermediario autorizado entre el grupo y las fuerzas sobrenaturales de las que creía depender.

Sin embargo, la era del chamán, el intermediario a tiempo parcial que se veía forzado a compatibilizar sus especiales funciones espirituales con las propias de cualquier otro miembro del grupo, pronto tocaría a su fin. En las sociedades pre-estatales la escasez de excedente no permitía otra cosa. No era posible mantener con el trabajo de todos a personas liberadas de la obligación de aportar alimentos a la colectividad. Pero las abundantes cosechas que producían los campos avenados por las caprichosas corrientes de los ríos en Mesopotamia, Egipto, la India y China permitieron al fin la especialización del trabajo. Junto a los artesanos y los comerciantes, los funcionarios y los soldados, aparecieron los sacerdotes a tiempo completo, el clero que reunía la doble función de rector único de la religión y administrador de sus recursos, que se confundían con los del propio Estado.

Por supuesto, por el camino, y en un reflejo más o menos distorsionado de los cambios acaecidos en el mundo real, las creencias también se habían transformado. El universo poblado por esquivos seres sobrenaturales que encarnaban en animales y plantas o imbuían caprichosamente de su poder a humildes objetos inanimados había dejado paso a las fuerzas del rayo, la lluvia o el viento, señoras de las cosechas de las que dependía la existencia de los hombres. Y luego, mucho más tarde, cuando estos se vieron forzados a obedecer a monarcas que fundaban su poder en la voluntad de los dioses, a seres con nombre y rostro que formaban en las alturas una corte a imagen y semejanza de la que rodeaba a los reyes  en la tierra.

Politeísmo y corporaciones sacerdotales marcharon ya en íntima alianza hasta que, en un afán de extender su dominio más allá de las fronteras de quienes los servían, el clero tornó más humana la faz de los dioses. Ética y religión caminaron ya siempre de la mano y no rompieron su vínculo cuando un solo dios terminó por imponer su dominio sobre el superpoblado panteón de las divinidades nacidas al calor del Estado. Al correr de los siglos, y mientras la razón destronaba poco a poco a la religión como instrumento de respuesta a las grandes preguntas que seguían haciéndose los hombres, incluso esta alianza se rompería.

Pero eso, claro, esa es otra historia.

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