La invención de la brujería y su persecución en la Francia de la Edad Moderna

16 abr, 2012 por



“En el antiguo sistema, el cuerpo de los condenados pasaba a ser la cosa del rey, sobre la cual el soberano imprimía su marca y dejaba caer los efectos de su poder. “

Michel Foucault, Vigilar y castigar

 

La brujería: Una invención de teólogos

Desde el punto de vista estrictamente epistemológico, conviene establecer en primer lugar la diferencia entre brujería y hechicería, términos que si bien siguen siendo empleados indistintamente a modo de sinónimos por muchos aún hoy en día (incluyendo a algunos historiadores), responden sin embargo a dimensiones conceptuales diferentes.

La brujería es a todas luces una construcción teológica que adquiere un carácter propio en el período tardo medieval, mientras que la hechicería es una categoría antropológica, vertebrada sobre ritos populares de ignoto origen.

Bien es cierto que las instancias jurídicas del poder regio y eclesiástico, enfrontadas a ambos fenómenos en los siglos XVI y XVII, no advirtieron en absoluto dicha diferencia, obnubilados por su misión de “desterrar el mal” de la sociedad, “promotores” en gran parte de aquel Zeitgeist histérico que recorrió cómo un aire pestilente y criminal sendos territorios de aquella Europa del Norte de la Edad Moderna.

Ya quedaban lejos las palabras de san Pablo que consideraba simplemente “fábulas” a todo aquel asunto de las prácticas supersticiosas sin otorgarles importancia alguna:

“Rechaza las fábulas profanas y los cuentos de viejas”, escribía san Pablo a su discípulo Timoteo (1 Timoteo 4:7, Biblia de Jerusalén). La cosa quedaba clara.

Como siempre, todo cambió con san Agustín, sin duda el ideólogo y arquitecto de los fundamentos teológicos de la brujería. Fue el primero en concebir un esquema, un prototipo cristiano de la superstición, donde establece una nítida vinculación entre superstición y demonología. Para el insigne padre dela Iglesia, todo el arsenal de creencias en horóscopos, augurios, maleficios, amuletos de toda índole y las prácticas de tratamientos médicos contrarios a la ortodoxia médica imperante en aquel tiempo era sin duda obra del Maligno y debería ser condenado como tal. Planteamiento aquel que tendrá en la época que aquí nos interesa terribles consecuencias.

No obstante, durante la Alta Edad Media, el criterio de san Agustín respecto al binomio brujería-superstición fue bastante mitigado cuando no ignorado, véase si no el Canon episcopi del siglo X. En dicho documento se recogen las creencias populares acerca del “vuelo nocturno” de mujeres siervas del diablo, pero poco más. No existen persecuciones ni quemas de brujas a gran escala en la Alta Edad Media.

Habrá que esperar a santo Tomás de Aquino para que las ideas de san Agustín vuelvan a recobrar fuerzas y actualidad. En su Summa Theologica, el Aquinate retoma la noción de superstición de san Agustín con más profundidad y matices. Por ejemplo, distingue entre pacto tácito y pacto expreso con el demonio. El primero traduce las prácticas que incluyen desde los augurios hasta la adivinación por sueños, mientras que el segundo es un pacto directo sin más preámbulos ni sortilegios. Por supuesto, ambos pactos debían de ser castigados. Ni que decir tiene que la sutil dialéctica del doctor Angélicus tendrá una considerable influencia en generaciones posteriores de teólogos.

Sin embargo, a pesar de estos elementos teológicos que paulatinamente van a conformar el estereotipo diabólico de la bruja, y de las veleidades papales como las de Gregorio IX, que en 1233 admite la realidad del Sabbat; y las de Juan XXII, que en 1326 autoriza la persecución de la brujería, el “asunto” no acababa de cuajar hondo en los estamentos eclesiásticos ni modificará sustanciadamente la actitud de la Iglesia católica en su conjunto contra las brujas.

Todo cambió a finales del siglo XV. El 9 de diciembre de 1484, el papa Inocencio VIII publica la bula Summis desiderantes affectibus, en la cual insiste sobre la necesidad de extirpar la brujería por todos los medios. En 1486, Institoris y Sprenger, dos inquisidores alemanes, publican en Estrasburgo su obra el Malleus maleficarum, cuya influencia será determinante a la hora de perseguir brujos y sobre todo brujas en todo Europa.

 

 

La caza de brujas en Francia: Un crimen de lesa majestad

El siglo XVI, el siglo de Erasmo de Rotterdam y de Tomás Moro, el siglo de los humanistas en toda Europa, es también la época de un vehemente discurso demonológico, que cobra una honda dimensión político-religiosa en los múltiples estratos de la sociedad, en gran parte gracias a la imprenta entonces en pleno auge. Y Francia no es ajena a tal estado de cosas. En aquella monarquía, la primera caza de brujas tiene lugar en los Alpes, entre 1428 y 1447: cerca de doscientos personas son perseguidas y algunas quemadas en la hoguera. No obstante, en Francia, la represión de la brujería comienza bastante tarde, en comparación con los Países Bajos católicos, o con algunas regiones que aún no eran francesas en aquella época, como Artois, el Franco Condado y Lorena.

En 1532, el emperador Carlos V decretó la Constitutio Criminalis Carolina, una ley imperial que daba a los jueces el derecho de encarcelar y torturar a los que utilizaran encantamientos, libros, amuletos, etc. y de hacer quemar a todos aquéllos que se encontraran culpables de tales prácticas en el Santo Imperio Romano Germánico. Francia no tardó en seguir el ejemplo, y en 1539 publicó el Edicto de Villers-Cotterêts, que plasmaba en gran parte el decreto de Carlos V. La brujería se consideraba ahora un crimen de lesa majestad divina, y los jueces laicos podrán en adelante sustituir a los clérigos encargados dela Inquisición.

En lo que concierne a Francia, si la primera ola de persecuciones se produce durante los años 1560-1580, y se prolongara hasta la década de 1630, podemos situar la segunda durante los años 1640-1680.

La caza de brujas comienza en Francia precisamente cuando cesa la persecución de los herejes: el último pastor protestante es condenado a muerte en 1567 en Aviñon, y las primeras acusaciones contra brujos aparecen en la región de Paris entre 1572 y 1574, emitidas tanto por católicos como por protestantes, todos enemigos del demonio. Los mitos satánicos se apoderan de los espíritus al mismo tiempo que un catolicismo del miedo, desarrollado por la Contrarreforma que conduce a las élites sociales, y por lo tanto a los jueces, a interesarse por las maniobras del diablo.

Sin embargo, debemos matizar que no se trata de que la brujería aumentara en esta época sino más bien de la percepción que de ella tienen las elites del cuerpo social, que pasan de una actitud de cierto laxismo y tolerancia a la firme voluntad de erradicarla por completo.

La caza de brujas fue causada principalmente por la voluntad de someter el mundo rural a los valores imperantes de la nueva sociedad de cambio y de progreso.

Este movimiento procedía pues de las élites religiosas y laicas, en su afán de homogeneizar a la sociedad de aquel entonces.

El epicentro del fenómeno estuvo sin duda alguna en la zona de contacto entre los protestantes del Santo Imperio Romano Germánico y los católicos de Francia. Grosso modo, se situaba a lo largo del Rin e incluía a los Países Bajos españoles, Suiza y el ducado de Saboya. Esta amplia región resultante no es el fruto de la casualidad, sino más bien la zona de fricción entre los católicos y los protestantes, todos deseosos de convertir las almas de sus vecinos a su religión. Esta porción de territorio estaba sometida pues a grandes tensiones y durante la guerra de los Treinta Años, que comenzó en 1618, las hogueras no dejaron de arder.

En Francia, como en el resto de Europa, la represión de la brujería no se produce en todas partes con la misma fuerza. Bretaña, por ejemplo, y el Oeste en su conjunto apenas se ven afectados. En realidad es en las regiones fronterizas, recientemente sometidas o conquistadas por el soberano que pretende imponer su autoridad, donde la caza de brujas se da con total frenesí. Así el Languedoc, Normandía y el Suroeste fueron el teatro por excelencia de la persecución de la brujería. Esto se explica por el hecho que dichas regiones, al igual que la frontera Este de Francia, se encontraban al extremo del país, es decir en la periferia del poder central, donde se era más proclive a rebelarse contra aquel. La represión era pues inevitable.

Las persecuciones afectan indiferentemente a ciudades y pueblos, ricos y pobres, a hombres y a mujeres, con una mayoría aplastante de mujeres (80 %). En cuanto al veredicto, se obtienen alrededor de un 40% de condenas a muerte. En virtud del principio según el cual la brujería es hereditaria, los niños no están a salvo: son empujados a denunciar a sus padres, condenados a asistir al suplicio, e incluso a alimentar el fuego de la hoguera. Todo eso deja a los jueces insensibles: la piedad, dicen, los habrían vuelto cómplice de Satanás.

La justicia del rey

En todo lo que concierna la brujería, es la justicia laica, es decir la justicia del rey, la que procede. La Inquisiciónya no es operativa en Francia en esta época, y las justicias eclesiásticas habituales no podían ser competentes en cuestión de brujería por el hecho que ésta era considerada un crimen de lesa majestad divina. La justicia laica define la brujería demoníaca como el más grave de los crímenes, ya que los maleficios de los brujos rompen el equilibrio querido por Dios y al cual el rey tiene el deber de preservar.

La bruja parece encarnar todos los males del mundo: apostasía, sodomía, vicio sexual, infanticidio, blasfemia, destrucción de las familias y cuestionamiento de la patria potestad. La bruja amenaza el orden social tal y como se afirma en los siglos XVI y XVII, es el arquetipo del desorden universal y la quintaesencia de la criminalidad bajo todos sus aspectos.

Cabe preguntarse por qué se sospechaba mayoritariamente de las mujeres en tanto que brujas. En primer lugar se las consideraba curanderas innatas. Eran las mujeres las que transmitían las creencias paganas y las supersticiones. Además, dada la escasez de escuelas, transmitían también la cultura popular enseñando los rudimentos de la escritura a sus niños.

Asimismo, por sus consejos y su conocimiento, la bruja tranquilizaba a la población y ocupaba un lugar importante en la sociedad, lo que tenía como consecuencia reducir la influencia de los sacerdotes sobre sus feligreses. Por su papel de comadrona sustituía a los médicos, siempre costosos y escasos en los pueblos. Se puede pues comprender fácilmente porqué los médicos y los sacerdotes se esforzaron tanto en despreciar las creencias paganas.

Desde siempre se ha asociado la mujer a las prácticas mágicas. Según la Iglesia, la sempiterna fragilidad de la mujer ante la tentación, su credulidad, su “perversa” imaginación, la convierten en cómplice predilecta del diablo. En consecuencia, la mujer es capaz de infringir todos los tabúes de la sociedad, de perjudicar gracias al poder de su magia satánica a hombres, animales y a las frutos de la tierra, y es en tal sentido “un engendro de Satán” capaz de transformarse como de transformar a otros.

Para los eclesiásticos, al igual que para el rey, los pleitos de brujería eran el mejor medio para desenmascarar las sectas satánicas que constituían una Iglesia paralela. Creían que las brujas constituían una comunidad de agentes al servicio del Diablo con el fin de invertir el orden establecido. El Sabbat simbolizaba la cara grotesca de la religión católica, en el transcurso del cual la mujer, para convertirse en bruja, asistía a misas diabólicas, apercibía polvos maléficos y practicaba orgías de todas las clases con el Diablo y sus criaturas.

Para las masas populares, el crimen de brujería se manifestaba de diferentes maneras. La curandera se transformaba en bruja cuando echaba el mal de ojo sobre un miembro de la comunidad. En realidad, la bruja daba una explicación a lo inexplicable. Esto se traduce muy concretamente en la vida rural, por ejemplo, cuando había malas cosechas o muertes sucesivas debido al hambre o a las epidemias, la bruja era acusada de haber causado estas desdichas por medio de sus poderes. Se convertía pues en el chivo espiratorio de la comunidad.

Los juicios se desarrollaban según un mismo proceso. El testigo confirma que conoce el acusado y que este último tiene una reputación de brujo. A continuación, enumera los daños que ha causado a la comunidad o a sí mismo como la enfermedad, la muerte de animales, la pérdida de bienes, las malas cosechas, o incluso la muerte de un miembro de la comunidad (este procedimiento ocurrió, tal cual, durante el famoso juicio en Loudun en 1634, cuando las religiosas del convento de las Ursulinas denunciaron ante las autoridades al cura Urbain Grandier por “brujo”).

Como el interrogatorio no bastaba generalmente para hacer hablar a los acusados acerca de su pacto satánico, los jueces procedían a buscar sobre el cuerpo del reo la marca satánica insensible al dolor: para encontrarla, se hundían agujas de plata en su cuerpo desnudo, enteramente afeitado, hasta encontrar un lugar insensible que no produjera un derrame de sangre. Una vez encontrado este lugar del cuerpo, el hallazgo constituía una prueba a medias. Se podían también hallar una marca diabólica cualquiera, como por ejemplo unos pequeños puntos sobre el hombro izquierdo, que podía llevar directamente a la hoguera. Una vez descubierto estas marcas, los jueces pedían generalmente la tortura, durante la cual el acusado acaba por reconocer cualquier fechoría.

Además, los habitantes de un mismo pueblo o de una misma comunidad organizaban a veces la tan conocida ordalía del agua, que consistía en atar los miembros del supuesto brujo o bruja y luego lanzarle al agua. Si este último flotaba, tenía obviamente poderes mágicos, lo que confirmaba su pacto con el diablo. Si se hundía era inocente. Como se puede fácilmente imaginar esta práctica conducía muy a menudo a inocentes a una muerte cruenta. Es la razón por la cual las autoridades civiles condenaron esta práctica que, además, constituía una escapatoria al control de la justicia.

 

 

De la histeria represiva a la razón

¿Cómo explicar entonces que tantos jueces pudieran ponerse al servicio de la caza de brujas, caer en tales aberraciones y convertirse en verdaderos torturadores? Todos eran eminentes juristas, hombres brillantes ocupando altas funciones, grandes eruditos, y en línea general padres de familia. Cómo explicar este hecho sino por la fuerza de las convicciones que ignoran el humanismo y menosprecian la razón en el siglo de Descartes.

Muy representativo de este estado de cosas fue el fiscal del rey en Laon, Jean Bodin, el pensador francés cuyo nombre es habitualmente transcrito en español como Juan Bodino.

En 1580, publica su Demonomanía, que nada tiene que envidiar al Malleus maleficarum. La teoría de Bodin estaba basada en el crimen de lesa majestad divina, es decir el peor crimen que pueda existir. Y es precisamente después de la difusión de esta obra que el número de hogueras alcanzaba su apogeo entre 1580 y 1640.

Nicholas Rémy.

En la región de Lorena, entre Alemania y Francia, el juez Nicholas Rémy, llamado el Torquemada de Lorena, sembró por todas partes el terror hasta el punto de que los acusados preferían suicidarse antes de ser juzgados. Sus víctimas se contaron por centenares. En 1595, aparece su Demonolatría, que tuvo gran influencia entre los juristas.

Otro famoso “inquisidor laico” fue Pierre de Lancre, consejero en el Parlamento de Burdeos. En 1609, el rey Enrique IV le designa para “purificar” el país de Labourd (en euskera, Lapurdi), en la Navarra francesa, infestado de brujos. Lancre llega a la conclusión de que “todos los habitantes del Navarra son brujos”. No sólo las hogueras se cuentan por centenares, sino que se llega a quemar a 400 personas a la vez. Lancre redactará una obra que alcanzó una gran celebridad en su tiempo: Tableau de l´inconstance des mauvais anges et démons.

No obstante, hubo voces que se elevaron contra esta pretendida caza de brujas.

En 1563, Jean Wier, un médico renano que había estudiado en París y Orleáns, publica sus Historias, conflictos e imposturas, una obra cuyo título se basta a sí mismo: es una condena en toda regla de las locas creencias en cuyo nombre se quemaba a tantos infelices. Una fuerte polémica le confronta a Bodin, que refuta punto por punto los argumentos de Wier. A pesar de todo, este último encuentra sin embargo cierto apoyo por parte de colegas médicos y de algunos magistrados.

Y, en 1589, el Parlamento de París decide confiar a Pigray, médico de Enrique III, y a tres de sus colegas el examen de 14 condenados por brujería. El resultado es significativo. Todos están de acuerdo: se trata sólo de pobres miserables con una imaginación trastornada que no merecen en absoluto la hoguera, sino más bien un esmero tratamiento medico.

Pero predicadores y teólogos ponen todo su empeño para que se siga luchando contra Satanás. Con todo, entre ellos también tienen sus contestatarios. Como el jesuita alemán Freidrich von Spee, que condena en su Cautio criminalis la práctica de la tortura para forzar una confesión.

A partir del final del siglo XVI, el Parlamento de París reduce en sucesivas ocasiones las condenas. En 1601, prohíbe la ordalía del agua; en 1624, instituye automáticamente que debe ser informado de todos los procedimientos que incluyen cualquier castigo corporal; en 1640, impone sanciones contra los jueces subalternos que no se someten. Por último, se niega a reconocer el crimen de brujería cuando puede probarse una causa racional. A partir de ese momento, los parlamentarios rompen sistemáticamente todas las decisiones de los jueces subalternos.

Cuando el reino de Francia conozca una nueva epidemia de brujería entre los años 1640 y 1682, el Consejo del rey conseguirá imponer la razón y, progresivamente, se hablará más de ignorantes, de gente inculta y crédula que de auténticos brujos.

El Edicto Real de 1682, inspirado por el primer ministro de Luis XIV, Jean-Baptiste Colbert, pone fin oficialmente al crimen de brujería en Francia. Para las elites del reino la brujería es una clase de locura que conviene más curar que reprimir, aunque hay que  castigar a los charlatanes que abusan de la credulidad popular. Hacia finales del siglo XVII la brujería es percibida por las élites sociales como una superstición despreciable, un atributo popular, y ya no como un peligro social.

Pero, paralelamente al fin de las actuaciones judiciales, ya disminuidas durante las tres décadas que precedieron a 1682, las viejas creencias mágicas se mantienen en una gran parte de la población. El final de las hogueras no significa el final de la brujería y de la magia. Las mentalidades mágicas siguen prevaleciendo en el mundo rural, donde acompañarán numerosos actos de la vida privada o profesional de supersticiones y maleficios.

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