La primera rebelión de esclavos de Sicilia, 135-132 a.C. (parte dos)

18 abr, 2012 por



Viene de La primera rebelión de esclavos de Sicilia, 135-132 a.C. (primera parte)

La Primera Guerra Servil siciliana: el inicio de le revuelta

Lo primero que hemos de tener presente a la hora de estudiar la Primera Guerra Servil siciliana es la fuente principal a través de la cual la conocemos, que es la Biblioteca Histórica escrita por Diodoro de Sicilia, el historiador griego del siglo I a.C., también conocido como Diodoro Sículo, originario de la isla. Por desgracia los pasajes de su obra que tratan de este episodio histórico no han llegado a nosotros de forma directa, sino que los conocemos a través de dos resúmenes o compendios realizados por autores de época bizantina, el primero de ellos llevado a cabo por el patriarca Focio de Constantinopla (siglo IX) en su Biblioteca o sumario de los libros que había leído, y el segundo los Excerpta Constantiniana mandados escribir por el emperador bizantino Constantino VII Porfirogeneta (905-959), una antología de carácter moralizante de la obra de historiadores antiguos. Es, de esta forma, la obra de Diodoro, que conocemos a través de Focio y de los Excerpta Constantiniana, la que nos aporta la mayoría de la información de que disponemos de este episodio histórico y la que por tanto influye más en la visión que tenemos del mismo. Si bien hemos de ser conscientes de que no poseemos el texto original de Diodoro, sino adaptaciones y reescrituras del mismo, con objetivos diferentes a los del historiador siciliano.

También hayamos noticias sobre esta rebelión en las obras de Posidonio, Estrabón, Cicerón, Tito Livio, Floro, Frontino, Valerio Máximo, Orosio, Apiano y San Agustín, si bien la información que ha llegado a nosotros de estos autores trata el tema de forma más limitada y secundaria.

Por lo que respecta a la cronología, desconocemos la fecha exacta del inicio de la rebelión. Según Diodoro de Sicilia (Bibl. Hist., libros 34 y 35, 2.1), la revuelta de esclavos se originó sesenta años después del colapso cartaginés en Sicilia, esto es, sesenta años tras el fin de la Segunda Guerra Púnica (201 a.C.), lo que situaría su comienzo en el año 141 a.C. Si bien los historiadores proponen un inicio algo posterior, entre el año 141 y el 135 a.C., nosotros nos decantamos por esta última fecha.

Representación de Atargatis en una moneda del monarca seléucida Demetrio III Eucarios (95-88 a.C.). La diosa velada, con cuerpo de pez, está flanqueada por tallos de cebada y sostiene una flor.

Lo que sí que sabemos es que la primera rebelión de esclavos en Sicilia se originó como una pequeña revuelta en la hacienda de un aristócrata llamado Damófilo, oriundo de la ciudad de Enna (actual Castrugiuvanni, en el centro de Sicilia) y conocido por su crueldad e inhumanidad en el trato a sus esclavos. Éstos, hartos de los maltratos y abusos a los que eran sometidos por parte de Damófilo y de su mujer Megálide, decidieron confabularse para matar a la pareja y poner fin a sus penalidades.

Antes de actuar, los conspiradores consultaron a Euno, un esclavo de origen sirio que tenía fama de mago y del que se creía que podía predecir el futuro. Quisieron saber de él lo acertado de las intenciones rebeldes y si éstas contaban con el respaldo de los dioses.

Según el historiador ruso S. I. Kovaliov, Euno, que era oriundo de la ciudad de Apamea, “gozaba de mucha influencia sobre sus compañeros de tribu por su capacidad para interpretar los sueños y «prever» el futuro. A veces recurría a medios bastante ingenuos para producir impresión sobre quienes le escuchaban, como el de esconderse en la boca dos mitades de cáscaras de nuez con una brasa envuelta en hojas, para poder soplar llamas en el momento oportuno. Con estos artificios, Euno aumentó su reputación de profeta y taumaturgo. Según parece, tenía un cierto conocimiento de los cultos sirios, especialmente el de la «Madre de los dioses» [venerada en la ciudad de Hierápolis, actual Manbij, en el norte de Siria]. Antes de la rebelión [Euno] dijo que la diosa siria [Atargatis] se le había aparecido prediciéndole que sería rey”.

La respuesta afirmativa dada por Euno a la consulta puso en marcha la rebelión. Los revoltosos reunieron durante la noche a unos 400 esclavos en las afueras de la ciudad de Enna que, armados con todo aquello que pudieron encontrar y tras conjurarse y realizar algunos sacrificios, iniciaron, liderados por Euno, una matanza entre los habitantes de la ciudad. Por desgracia, dado la escasa información cronológica que poseemos sobre este hecho histórico, solo podemos conjeturar que el inicio de la rebelión se produjo, seguramente, una noche del el año 135 a.C.

 

Según Diodoro, los rebeldes…

“derramaron mucha sangre, sin perdonar siquiera la vida a las criaturas, a las que arrancaban de los brazos de sus madres y las lanzaban contra el suelo. Las palabras no pueden describir el gran número de ultrajes y humillaciones que sufrieron las mujeres ante la vista de sus propios maridos”.

 

Muchos de los esclavos de la ciudad se sumaron, entonces, a la carnicería atacando primero a sus dueños y agrediendo después a otros. Sin embargo, los rebeldes no pudieron hallar a Damófilo y a Megálide. Solo más tarde fueron informados de que la pareja no estaba en la ciudad, sino que se había trasladado a una de sus propiedades en las afueras, por lo que algunos de los esclavos fueron enviados en su busca. Una vez localizados fueron apresados y traídos de vuelta a la ciudad, sufriendo un gran número de ultrajes en el camino.

Damófilo fue conducido al teatro de la ciudad, lugar en el que se habían reunido los esclavos rebeldes, donde inició su defensa y la de su mujer. Si bien, cuando comenzaba a convencer a los allí presentes, dos esclavos hostiles a su persona, llamados Hermeias y Zeuxis, acabaron con su vida delante de todos, clavándole uno la espada en el pecho y cercenándole el otro la cabeza con un hacha. Por su parte, Megálide fue entregada a sus esclavas, las cuales tras torturarla la mataron arrojándola desde un precipicio. Dos episodios dramáticos y estremecedores que nos muestran la crudeza y la brutalidad de la situación.

Estos hechos contrastan, sin embargo, con el trato que los rebeldes dieron a la hija de Damófilo y Megálide, de la que no conocemos su nombre, a la que se le perdonó la vida debido al trato humano y bondadoso que siempre había mostrado hacia los esclavos de sus padres. Así, pues, la joven fue escoltada por un grupo de esclavos, del que formaba parte el propio Hermeias, hasta la ciudad de Catina (la actual Catania, en la costa oriental de Sicilia), lugar donde vivían algunos parientes de la muchacha. Una anécdota, ésta, que sirve a Diodoro para demostrar que los rebeldes no actuaban guiados por un “salvajismo natural” en ellos, sino en venganza por las injusticias y los agravios recibidos previamente.

Fue en el mismo teatro donde se acabó con la vida de Damófilo, en el que los esclavos nombraron rey a Euno, según el autor siciliano, no por su coraje o sus cualidades como líder, sino gracias a sus “trucos”, a su resolución a la hora de iniciar la revuelta y a los augurios favorables que contenía su nombre, cuyo significado, como adjetivo, era el de “bien dispuesto” o amistoso.

La voluntad de afianzar la rebelión y de controlar la situación llevó a Euno a tomar diversas medidas. Así, pues, reunió una nueva asamblea en la que condenó a muerte a todos los ciudadanos de Enna excepto a aquéllos que supieran fabricar armas, a los que encadenó y obligó a elaborarlas. También perdonó a los que en el pasado le habían mostrado simpatía y amabilidad, cuando era obligado por su amo a entretenerles con sus trucos de magia. El líder rebelde tampoco demostró demasiada piedad por sus antiguos propietarios, Antígenes y Pitón, a los que mató con sus propias manos.

Vista actual de la ciudad de Enna.

Euno adoptó una indumentaria propia de la realeza que incluía el uso de la diadema sobre su cabeza; cambió su nombre por el de Antíoco, propio de la dinastía real seléucida que gobernaba en Siria, región de la que él mismo era originario; y proclamó reina a su mujer, oriunda como él de la ciudad de Apamea. Asimismo nombró un consejo real, del que sabemos que formaba parte un tal Aqueo, un rebelde que había demostrado una gran capacidad como organizador y como hombre de acción, y llamó sirios a aquellos que le seguían.

Sabemos, así, que los esclavos no intentaron crear un régimen estatal nuevo sino que adoptaron el sistema monárquico propio de los estados helenísticos existentes en el Oriente mediterráneo, región de la que sabemos que provenían la mayoría de los esclavos de Sicilia.

Es interesante, por otra parte, detenernos un momento a analizar la designación que, según Diodoro, Euno dio a sus seguidores. Aunque en un primer momento la denominación de los rebeldes como sirios nos pudiera hacer pensar que la mayoría de ellos provenía de esta región en concreto, el estado actual de nuestro conocimiento no nos permite afirmar tal hecho. De los pocos esclavos rebeldes de los que conocemos su procedencia, tres son de origen sirio (Euno, su mujer y Sarapión, este último el traidor que entregaría la ciudad de Tauromenium a los romanos), si bien Cleón, uno de los líderes de la revuelta, provenía de Cilicia (la zona costera meridional de Asia Menor) y Aqueo de Acaya, nombre de la provincia romana que abarcaba el territorio griego.

Tres días después de iniciada la rebelión, Euno disponía de una fuerza que incluía a más de 6.000 hombres bien armados, a los que se sumaban otros combatientes peor equipados que tan solo disponían de “hachas, hondas, hoces, estacas endurecidas por el fuego o espetones de cocina”. La extensión del levantamiento por diversas regiones de Sicilia, permitió que el ejército de esclavos rebeldes llegara pronto a contar con más de 10.000 soldados.

 

La rebelión se expande por la isla: la actividad de Cleón

Las noticias del éxito de la rebelión se expandieron pronto por la isla e incitaron a otros esclavos a seguir su ejemplo. Uno de ellos fue Cleón, esclavo dedicado a la cría de ganado que convenció a otros para rebelarse. De esta forma Cleón consiguió reunir un grupo de 5.000 rebeldes con los que tomó la ciudad de Agrigento y saqueó el territorio cercano.

 

Sobre la toma de la ciudad de Agrigento Diodoro nos narra la siguiente anécdota:

 

“una vez situados a una distancia segura [de las murallas de la ciudad, los esclavos], pusieron en marcha una actuación de mimos, en la que reprodujeron diversas escenas de la revuelta que mostraban su propia liberación, y que manifestaban los abusos y la arrogancia de sus amos y la excesiva insolencia que les había llevado a la perdición”.

 

Este particular episodio nos informa de la imaginación y de la resolución de los esclavos y de su voluntad de mostrar a los ciudadanos de Agrigento las injusticias que habían padecido por parte de sus dueños.

Parece ser que el inicio de esta nueva insurgencia llevó a los propietarios de esclavos sicilianos a concebir ciertas esperanzas de que ambos grupos de rebeldes llegaran a enfrentarse entre ellos, posibilidad ésta que podría devolver la calma a la isla. Si bien, el sometimiento de Cleón a la autoridad de Euno, treinta días después del inicio de la revuelta, hizo desvanecerse pronto sus expectativas.

 

Por lo que se refiere a la extensión territorial de la rebelión, aunque disponemos de muy pocos datos sobre su evolución, se puede afirmar que la revuelta no afectó a toda la isla. En nuestras fuentes solo se mencionan cuatro ciudades como bases de la resistencia servil. Éstas son Enna, seguramente el principal enclave rebelde; Tauromenium (Taormina), en la costa noroeste; Catina, en el este y Morgantina, en el interior, a las que es posible que se sumaran las ciudades de Siracusa y Agrigento, si bien no se puede excluir que los rebeldes se apoderaran de más ciudades.

Así pues, con los datos disponibles podemos deducir que el territorio dominado por los esclavos rebeldes incluiría el sureste de la isla, una área delimitada por una línea imaginaria con origen en la ciudad de Agrigento que atravesaría Enna, y llegaría hasta Tauromenium, lo que vendría a representar, más o menos, la mitad de la isla.

Mapa realizado por Robert Martínez Colomé.

Con respecto al número de rebeldes, los datos suministrados por nuestras fuentes no son demasiados coincidentes. Tito Livio (Historia de Roma desde su fundación, resumen del libro 56), nos informa de que Cleón llegó a reunir una fuerza de 70.000 hombres, aunque Orosio (Historia contra los paganos, 5.6.3) considera que esta cantidad era el número total de esclavos rebeldes durante la Primera Guerra Servil. Por su parte Diodoro, (Bibl. Hist. 2.18), nos indica un número total de 200.000 rebeldes, seguramente una exageración. La mayoría de los especialistas en la actualidad consideran, sin embargo, las cifras aportadas por Orosio como las más realistas.

 

Por desgracia para nosotros, las fuentes que poseemos sobre esta rebelión no nos proporcionan demasiada información de los hechos posteriores al estallido de la revuelta en la ciudad de Enna, por lo que no podemos reconstruir el transcurso de la misma. Aún así intentaremos, siguiendo principalmente los compendios de la obra histórica de Diodoro de Sicilia y los análisis de historiadores modernos, hacer un relato lo más detallado posible.

Roma comprendió pronto la amenaza que la rebelión de esclavos de Sicilia suponía para sí misma y los territorios que dominaba, ya que una parte importante de su sistema económico estaba basado, cada vez más, en la mano de obra servil. Diodoro nos informa de que las noticias de la rebelión traspasaron las fronteras físicas de la isla y, según él, provocaron nuevas revueltas, como las protagonizadas por 150 esclavos en la propia ciudad de Roma; la rebelión de otros 1.000 en la región del Ática y los estallidos de violencia en Delos y otras regiones.

Orosio, escritor hispano que vivió entre los siglos IV y V d. C., nos precisa un poco más esta información. Según él, se produjeron episodios de rebelión en las ciudades de Minturno y en Sinuessa (ambas en la región del Lacio, en Italia); en las minas de Atenas y en la ciudad de Delos (Orosio, Historia contra los paganos, 5.9.4-8). Si bien, debido a la brevedad de los comentarios de los dos autores, no sabemos si estas rebeliones se produjeron con anterioridad o posterioridad al estallido de la revuelta en Sicilia.

 

La respuesta romana: la guerra contra los esclavos

Así, pues, Roma destinó fuerzas militares para acabar con la insurrección siciliana. Durante los primeros años del conflicto, que hemos de recordar que no sabemos exactamente cuando se originó, el Senado romano envió a la isla a diversos gobernadores de rango pretoriano para hacerse cargo de la situación, de los que gracias a Floro, historiador romano de los siglos I y II d.C., conocemos algunos nombres: Manlio (seguramente A. Manlio Torcuato); Lentulo (posiblemente L. Cornelio Lentulo, cónsul en el año 130 a.C.); L. Calpurnio Pisón Frugi, cónsul en el año 133 a.C.; y L. Plaucio Hipseo.

De la actividad de la mayoría de estos pretores conocemos más bien poco, excepto que combatieron a los esclavos rebeldes, aunque fueron superados por ellos. Gracias a Diodoro sabemos, por ejemplo, que Plaucio Hipseo se enfrentó a los insurgentes, poco después de llegar a la isla, con una fuerza de 8.000 soldados sicilianos. Este gobernador no tuvo más suerte que sus predecesores y fue también derrotado por las fuerzas conjuntas de Euno y Cleón, que ascendían, en aquel momento, a 20.000 hombres armados. Como ya se ha indicado antes, según Diodoro, los rebeldes llegarían, con el tiempo, a sumar la fabulosa cifra de 200.000 hombres.

En el año 134 a.C. Roma, consciente de la magnitud de la rebelión, envío a Sicilia a uno de los dos cónsules, C. Fulvio Flaco, con un ejército consular compuesto de, al menos, dos legiones, el doble de las fuerzas asignadas a los pretores, hecho que indica la importancia que Roma daba al asunto, nada sorprendente si recordamos que Sicilia era una de sus principales bases de abastecimiento.

Flaco, sin embargo, tampoco tuvo demasiado éxito en la lucha contra los rebeldes y fue sustituido, al año 133 a.C., por otro cónsul, L. Calpurnio Pisón Frugi, el cual ya había sido destinado anteriormente a la isla como gobernador de rango pretoriano para luchar contra los insurgentes. Aunque Pisón sufrió algunos reveses, consiguió apoderarse de la ciudad de Morgantina, en la cual acabó con la vida a 8.000 esclavos rebeldes, y asedió la ciudad de Enna, hecho que conocemos gracias al descubrimiento allí de proyectiles de honda que llevaban gravado su nombre y su cargo.

A pesar del avance romano, los esclavos rebeldes aún mantenían la mayoría de sus posesiones y controlaban un amplio territorio en la isla. Sin embargo, Roma estaba decidida a imponer definitivamente su autoridad y a recuperar un territorio considerado por ella estratégico, por lo que en el año 132 a.C. envió a un nuevo cónsul, Publio Rupilio, para hacerse cargo de las operaciones militares. El primer objetivo del nuevo comandante romano fue la ciudad de Tauromenium, a la que puso sitio.

Según Diodoro, Rupilio sometió a los asediados a unas condiciones de bloqueo tan duras que éstos se vieron obligados por la hambruna a…

 

“comerse primero a los niños, a los que siguieron las mujeres y no pudieron abstenerse, incluso, de comerse entre ellos mismos”.

 

Comano, hermano de Cleón, fue capturado por las fuerzas romanas durante este asedio al intentar escapar de la ciudad. A pesar de la dureza del bloqueo, Tauromenium solo pudo ser tomada gracias a la traición de un esclavo rebelde de origen sirio llamado Sarapión. Tras la captura de la ciudad, los cautivos fueron torturados y despeñados desde lo alto de una cima.

Vista actual de la ciudad de Tauromenium.

Una vez tomada Tauromenium, Rupilio se dirigió hacia Enna, el bastión principal de los rebeldes, donde, según parecen indicar nuestras fuentes, el asedió iniciado por Pisón el año anterior no había sido abandonado y continuaba dirigido ahora por un tal Perpena, seguramente Marco Perpena, cónsul en el año 130 a.C. Según Floro fue el propio Perpena el que, después de vencer a los esclavos y asediarlos en Enna, los redujo gracias al hambre y a la enfermedad, apresando a los supervivientes, a los que condenó más tarde a la cruz.

Por el contrario, Diodoro nos informa de que fue Rupilio el que tras la toma de Tauromenium se dirigió hacia la ciudad Enna, a la que también puso sitio. Según este mismo autor Cleón atacó, acompañado de algunos de sus hombres, a las fuerzas romanas. Aunque el líder rebelde demostró un valor y una resolución heroicas en su ataque, los romanos consiguieron darle muerte, tras lo cual exhibieron su cadáver cubierto de heridas a los ocupantes de la ciudad.

Bradley ha propuesto, en un intento de unificar el sentido de ambos testimonios, la existencia de dos cuerpos del ejército romano actuando en esos momentos en Sicilia, un primero liderado por Perpena encargado de mantener el asedio de la ciudad de Enna iniciado el año anterior por Pisón, y un segundo a las órdenes de Rupilio asediando Tauromenium. De esta forma la victoria romana relatado por Floro haría referencia a un combate en concreto en el que murió el propio Cleón, si bien la ciudad de Enna mantuvo la resistencia, debido, en gran parte, a su privilegiado emplazamiento en lo alto de una colina, que la convertía en una fortaleza natural. Ni la unión de los dos cuerpos del ejército permitió a los romanos culminar la toma del enclave rebelde, sino que hizo falta una nueva traición para que las fuerzas romanas pudieran hacerse con el dominio la ciudad.

Diodoro nos informa de que Euno, en el último momento, escapó al frente de 1.000 de sus hombres, y se dirigió hacia una zona escarpada. Los miembros de su guardia, sin embargo, conscientes de su aciago destino, ya que las fuerzas de Rupilio estaban tras ellos, optaron por el suicidio matándose los unos a los otros. Finalmente desesperado, Euno se refugió en una cueva, acompañado tan solo de cuatro miembros de su séquito, formado, en aquel momento, por un carnicero, un panadero, su masajista y el artista que lo entretenía en las fiestas. El grupo fue finalmente descubierto y desalojado de su escondite, tras lo que fueron arrestados.

En el caso de Euno es interesante reseñar su triste final, del cual nos habla Diodoro, ya que según este autor el líder rebelde murió en prisión, en la ciudad de Morgantina, donde padeció una dolencia que provocó literalmente que su carne se “desintegrara en una masa de piojos” una afección acorde, según el escritor siciliano, a su vileza.

 

El historiador griego Plutarco, que vivió en los siglos I y II d.C., incluye a Euno en una lista de personajes que murieron en la Antigüedad de Morbus Pedicularis, sin embargo este autor sitúa su muerte en Roma (Plutarco, Vidas Paralelas, Sila, 36). La dolencia padecida por Euno sería algún tipo de enfermedad debilitadora como la sarna.

 

Fue seguramente tras la toma de la ciudad de Enna cuando Comano, el hermano de Cleón capturado durante el asedio de Tauromenium, murió de forma algo inverosímil.

Según Valerio Máximo, escritor romano de los siglos I a.C. y I d.C.:

 

“tras la captura de Enna, que había sido posesión de los bandidos, Comano fue llevado ante la presencia del cónsul Publio Rupilio. Mientras el cautivo estaba siendo interrogado acerca de las fuerzas y los planes de los esclavos fugitivos, dejó de responder a las preguntas que le hacían, cubrió su cabeza y, arrodillado como estaba, contuvo la respiración y murió en los brazos de los guardias, en presencia del cónsul. […] llegó a su fin extinguiendo el espíritu (que residía) en el interior de su pecho”.

 

 

Según Orosio, Rupilio dio muerte a más de 20.000 esclavos durante su campaña en Sicilia. Tras la toma de Tauromenium y de Enna, los baluartes más importantes dominados por los esclavos rebeldes, Rupilio se dedicó, al frente de algunas tropas escogidas, a pacificar la isla, acabando con los restos dispersos del levantamiento.

 

Finalizaba, así, la primera rebelión de esclavos en Sicilia, dejando tras de sí un gran número de bajas tanto en el bando de los rebeldes como en las filas romanas, y evidenciando las contradicciones, económicas, sociales y políticas que la extraordinaria expansión del dominio romano por el Mediterráneo estaban generando y que llevarían, en un futuro cercano, al estallido de nuevos levantamientos serviles, como el liderado por Espartaco (73-70 a.C.), que lucharon contra una realidad injusta que los reducía a la esclavitud y les forzaba a renunciar a la libertad, uno de los derechos que en la actualidad se consideran fundamentales e inalienables del hombre.

 

La conclusión en La primera rebelión de esclavos de Sicilia, 135-132 a.C. (parte tres).

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