La República de la esperanza

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La España de comienzos de los años treinta del siglo XX era todavía, a pesar del importante progreso social y económico experimentado en las décadas precedentes, un país rezagado respecto a los más importantes dela Europa Occidental.

En buena medida, tal retraso se debía a las peculiaridades que presenta el proceso de modernización español respecto a sus homólogos continentales. La revolución industrial se desarrolló con un ritmo excesivamente lento, aumentó los desequilibrios entre las regiones y padeció una casi absoluta dependencia de la tecnología y el capital extranjeros, inglés y francés sobre todo.

La revolución burguesa fue un proceso discontinuo, ralentizado, e incluso interrumpido en ocasiones por las fuerzas del Antiguo Régimen, endeble en sus bases sociales y en exceso dependiente de un Ejército que terminó por convertirse en su aliado imprescindible.

El Estado liberal nacido de ambos procesos hubo de sufrir, en consecuencia, serios problemas y limitaciones. A su frente, en lugar de una burguesía sola o aliada con una nobleza sensible a las nuevas fuerzas económicas, como fue el caso de Gran Bretaña, se colocó una oligarquía agraria y financiera de mentalidad todavía en exceso apegada a los valores tradicionales y aliada con una Iglesia que utilizaba su hegemonía espiritual para bloquear la transformación cultural del país.

Los nuevos mecanismos de representación política, además, impedían el acceso a los puestos de decisión del sector más dinámico de la burguesía y de las clases medias en general. El parlamentarismo, bastardeado en su funcionamiento, producía gobiernos que no emanaban de las mayorías sociales, sino que las fabricaban mediante procesos electorales que combinaban el fraude sin paliativos con el uso descarado de los resortes caciquiles inherentes a una sociedad rural en la que la propiedad de la tierra se repartía de forma muy desigual.

La propia conciencia nacional, sobre la que, en países como Francia, el Estado liberal iba asentando su legitimidad, se desarrolló de un modo imperfecto, hasta el punto en que terminaron por surgir en las regiones periféricas que, como Cataluña primero y el País Vasco después, disfrutaban de un dinamismo socioeconómico mayor, lealtades nacionales alternativas que cuestionaban la legitimidad del Estado.

Y el movimiento obrero, en Europa Occidental correlato social de la industrialización, fue en España expresión tardía y radicalizada de las hondas diferencias que, más que colmatar, ahondaban la dualidad de una economía en la que latifundios y minifundios integraban un mar de atraso rural sólo salpicado por algunas islas de modernidad urbana e industrial.

Así las cosas, el crecimiento económico, sobre todo tras la restauración en 1876 de la monarquía borbónica, que trajo al fin al país la necesaria estabilidad, no sólo no suavizó las tensiones sociales y políticas, sino que las agudizó.

En realidad, el régimen llevó a España a una auténtica crisis de crecimiento que luego se reveló incapaz de resolver, pues las estructuras del Estado liberal oligárquico no fueron capaces de adaptarse a las necesidades de representación de una sociedad más avanzada.

Por ello, entre 1898 y 1923, el país se enfrentó a una situación muy difícil. En el frente exterior, su debilidad había quedado patente tras la humillante derrota sufrida ante la joven república norteamericana. En el interior, el régimen creado por Cánovas del Castillo se cuarteaba ante el triple embate del movimiento obrero, el nacionalismo catalán y el republicanismo. Y, mientras, el Ejército mostraba no ser nada más que una burocracia hipertrofiada que recaía en su pasada injerencia en los asuntos políticos y se revelaba incapaz de alzarse con la victoria en una guerra colonial, la de Marruecos, que costaba cada vez más vidas españolas y minaba día a día el poco crédito que pudiera quedarle al régimen.

De este modo, en 1923 se le planteaban al sistema tres opciones. La primera, quizá la más sabia, era la reforma pacífica, que, de la mano de políticos como Melquíades Álvarez, habría quizá llevado al país a la democracia conservando la Monarquía. La segunda, la preservación autoritaria de los fundamentos oligárquicos del régimen con la colaboración del Ejército. La tercera, la ruptura, que hubiera puesto fin a la Monarquía incapaz de democratizarse, abriendo paso a la República.

Las tres se ensayaron, y en ese orden. La reforma fue intentada, sin mucho convencimiento, por el Gobierno liberal-reformista del marqués de Alhucemas, que enseguida se estrelló con la oposición de la jerarquía eclesiástica y los militares. La preservación autoritaria la encarnó la Dictadura del general Miguel Primo de Rivera entre septiembre de 1923 y enero de 1930, con el efecto de deslegitimar ala Monarquía misma.

La República, de cuya proclamación, el 14 de abril de 1931, ahora se cumplen ochenta y un años, terminó en consecuencia por convertirse en la única salida, no sólo para los republicanos, sino para muchos conservadores, que hubieron de abrazarla como valladar contra el desorden que, incapaz yala Monarquía de controlarlo, parecía inevitable tras la caída del dictador.

Aquel mes de abril de 1931 fue, pues, para la gran mayoría de los españoles, parafraseando a Dickens, la primavera de la esperanza. Por desgracia, no tardaría mucho, por seguir con la metáfora, en convertirse, también para muchos, en el invierno de la desesperación.


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La historia me gustó desde muy pequeño. Como a casi todos los historiadores, el gusanillo empezó a picarme con las películas de romanos. Mi otra vocación, la docencia, llegó por entonces. A los veintitrés años aprobé la oposición y empecé a dar clases. En un instituto de la madrileña localidad de Alcorcón. Pero llegó la LOGSE y con ella mi primera plaza en propiedad. ¡Sorpresa! No era en un Instituto de Bachillerato, sino de Formación Profesional. Y de Historia, poco. Casi me tocaba explicar de todo menos Historia. ¿Cómo reaccioné? Empecé el doctorado. Y así descubrí mi tercera vocación: escribir. Primero escribí sesudos trabajos de investigación, libros gruesos como ladrillos que nadie lee, pero decoran los estantes de muchas bibliotecas universitarias, y me hice doctor en Historia Contemporánea. Pero con el tiempo lo tuve más claro: enseñar me gustaba más que investigar, pero escribir seguía gustándome mucho. La salida sólo podía ser una: la Historia divulgativa. Me puse a ello. Maeva publicó mi primer libro, una Historia de Occidente contada con sencillez; Nowtilus, un encuentro providencial, todos los que la han seguido. Y van cinco. No vivo de ello, por supuesto. Vivir de esto es muy difícil. Por el camino me hice inspector, y de ello como. Pero no os relajéis: os amenazo en firme con escribir muchos más. Ah, y nací en 1966 en Guadalajara. Por acabar por el principio.

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