¿Y cuál fue el origen de los imperios?

4 abr, 2012 por



Hemos transitado en preguntas y respuestas anteriores los vericuetos históricos que llevaron a la aparición del Estado, al menos en nuestro pequeño, pero para nosotros muy importante, rincón del mundo. Lo que no hemos hecho todavía, no obstante, es explicar por qué y de qué modo esos pequeños estados que hace cuatro o cinco mil años vieron tímidamente la luz en las feraces tierras de Mesopotamia y Egipto, de China y la India, y, más tarde, también en América y África, se entregaron a la sangrienta tarea de expandir sus fronteras a costa de las de sus vecinos y dieron así a luz a los primeros imperios de la historia.

¿Por qué sucedió esto? Para responder a esta nueva pregunta, debemos recordar algo. Hubo estados levantados en torno a cortes ambulantes, como el abisinio, e incluso, aunque parezca increíble, estados sin ciudades, como los creados por escitas y mongoles. Pero todos ellos compartían algunos rasgos básicos, como demostraron en 1978 el antropólogo neerlandés Henri Claessen y su colega checoslovaco Peter Skalnik en un ingente estudio comparativo sobre el origen de veintiún estados repartidos por todo el planeta hoy tenido por un verdadero clásico.

Esos rasgos siempre presentes en la génesis de todos los estados conocidos no eran muchos. En realidad, sólo dos: la garantía de un excedente capaz de mantener a un nutrido grupo de personas liberadas de la producción directa de alimentos y el desarrollo de una religión que confería sanción sobrenatural al ejercicio del poder. Otros dos eran también sumamente frecuentes: el aumento de la desigualdad y la intensificación de la violencia.

Todos esos rasgos hacían posible el recurso a la guerra como útil herramienta de conquista de los territorios vecinos. El excedente se usaba para alimentar a los artesanos y a los comerciantes, a los sacerdotes y a los funcionarios, pero también a los soldados, cuya fuerza, si no se dirigía hacia afuera, podía terminar por volverse hacia adentro. La ideología religiosa amparaba una sociedad muy desigual que trataba de mantener en calma, sorteando así la violencia implícita en una situación de injusticia estructural que la expansión externa podía ayudar a relajar, tanto más si la fe ofrecía una sanción sobrenatural de la violencia contra el extranjero. Si lo quieren los dioses, el asesino bien puede pasar por santo y el extraño perder su humanidad.

Pero la verdadera causa del feroz expansionismo de los primeros estados no es otra que la fragilidad del sistema económico sobre el que se asentaban. Las nuevas técnicas de irrigación hicieron posible al principio un incremento notable de las cosechas. Pero la abundancia de comida relajó enseguida los controles demográficos. La tierra, habitada por una población mucho más numerosa, se tornó de nuevo escasa, y el fantasma del hambre planeó una vez más sobre las gentes.

Si el monarca no podía cumplir la misión de alimentar a su pueblo que, de acuerdo con la propia religión que justificaba su poder absoluto, tenía encomendada en el orden divino del mundo, más pronto o más tarde la injusticia implícita en la estructura social vigente estallaría en su contra. Para conjurar ese riesgo sólo existían dos caminos posibles: la introducción de mejoras técnicas capaces de incrementar la productividad de la tierra, permitiendo cosechas mayores en la misma superficie, o la expansión del modelo productivo hacia nuevos predios en los que producir nuevas cosechas.

Pero el primer camino, como es obvio, no se encuentra disponible siempre que se le necesita, y en realidad los imperios inventaron muy poco. Todos los grandes avances de la antigüedad, como la rueda, el barco a vela, el bronce o el torno del alfarero, vieron la luz en los primeros momentos de la revolución urbana. Y respecto al segundo, constituía una poderosa tentación para unas civilizaciones que se sabían poseedoras, gracias a la organización estatal, de una evidente superioridad militar sobre los pueblos que carecían de ella.

Así las cosas, los monarcas, sentados sobre unos tronos que veían amenazados, cayeron enseguida en la tentación. Mediante la guerra podían arrebatar por la fuerza las materias primas que necesitaban sus artesanos en lugar de obtenerlas mediante el comercio, gravando con un tributo forzado a quienes las producían allende sus fronteras. Podían también incrementar la masa de trabajadores a su servicio sin otro esfuerzo que el que les suponía imponer su dominio sobre nuevas tierras cultivables y forzar a sus pobladores a soportar exacciones más cuantiosas que las que sufrían sus súbditos originales. Y podían, en fin, tornar en esclavos a los soldados derrotados y emplearlos en levantar nuevos monumentos que apuntalaran su poder o venderlos sin más para llenar así sus arcas exhaustas. La guerra, en suma, era rentable y ¿acaso había otra salida?

De esta manera, al cadencioso son de los tambores y el metálico entrechocar de las espadas, el Estado comenzó a extenderse; se enseñoreó de territorios cada vez más amplios, y, unos pocos siglos después de su aparición, se transformó al fin en imperio.

Pero había otros caminos que podían conducir a idéntico destino. Los pueblos cercanos, amenazados por sus agresivos vecinos, pronto descubrirían que sólo les cabían dos opciones. Podían someterse sin más a los dictados de los imperios nacientes, integrándose en condiciones precarias en la desigual red de producción y redistribución de recursos que iba extendiéndose a partir de los núcleos estatales originales. Pero también podían imitarlos, crear ellos sus propios estados y tratar de resistirse por la fuerza a su voluntad imperialista, controlando para sí sus materias primas y rutas comerciales, o incluso servirse de las evidentes ventajas organizativas que el Estado confería para lanzarse a depredar las riquezas de sus vecinos.

Y así, poco a poco, el Estado se extendió por doquier, hasta que fueron pocos los pueblos que permanecieron anclados en formas de organización vinculadas al parentesco y la autoridad de los ancianos, propias del clan o la tribu. Pero el imperio no transformaba tan sólo la vida de los pueblos que caían bajo su dependencia, o la de los que habitaban cerca de sus fronteras. También los pobladores del Estado original en torno al que el imperio había nacido pudieron sentir sus decisivos efectos.

La guerra, continua y decisiva, tuvo como primer efecto reforzar el poder militar en detrimento del religioso, hegemónico en los estados originales. El rey vicario de los dioses se convirtió en monarca guerrero cuyas conquistas, y no sólo la bendición divina, legitimaban su poder. El palacio, como ha demostrado la arqueología, se independizó del templo y se rodeó a su vez de graneros, talleres, almacenes y tierras. Junto a la propiedad colectiva de los campos, en nombre del dios y en beneficio del clero que la administraba, surgió la propiedad privada, de extensión reducida en el caso de los soldados que recibían su parcela tras una campaña victoriosa o una larga vida en la milicia, enorme cuando el beneficiario es un caudillo que ha extendido con sus victorias las fronteras del imperio, pero ya individual y por completo libre del control de corporación o gremio alguno.

El comercio, antes crecido bajo el manto del Estado, que organizaba las grandes expediciones en pos de materias primas y se valía del trueque como herramienta básica de los intercambios, se liberó al fin del control estatal y, mucho más complejo y diversificado, comenzó a exigir medidas fiables del valor y el precio de las mercancías, unidades que permitieran pasar del simple trueque o del pillaje disfrazado de intercambio al comercio en toda regla. El dinero, bajo la forma de lingotes de metal, pesados primero en cada transacción, sellados después para garantizar su peso y su ley, a un paso tan sólo de la moneda tal como hoy la conocemos, satisfizo tal necesidad.

Y de la mano de las nuevas formas de propiedad y el comercio a gran escala, nuevas clases sociales surgieron junto a los sacerdotes y los artesanos. Emergieron así los comerciantes independientes, que trabajaban ya en beneficio propio y no tan sólo del templo que antaño requería de sus servicios o del monarca en cuyo nombre cruzaban mares y desiertos. Vio también la luz una clase media de labradores, libres al fin de su dependencia de sacerdotes o monarcas, aunque no por ello menos oprimidos por tributos y cargas. Y surgieron también, por último, en un número nunca visto, los verdaderos esclavos, herramientas parlantes sin derecho alguno que las interminables guerras habían hecho brotar como fruto indeseable de la violencia ejercida a una escala antes desconocida.

Y así, como tantas veces en la historia humana, el bien y el mal, los efectos perversos y los benéficos, caminaron mano a mano por el sinuoso camino del tiempo. A despecho de su factura terrible, los imperios, nacidos a golpe de espada, impulsaron también el progreso económico y social de los hombres. 

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