The Monuments Men contra el expolio nazi

16 may, 2012 por



A finales de la Segunda Guerra Mundial se creó un grupo de hombres y mujeres que iba a entrar en la historia del siglo XX tímidamente, por la puerta trasera. Muchos de ellos eran militares, pero su objetivo no era causar bajas en el bando enemigo. No disparaban armas ni lanzaban bombas ni se refugiaban en trincheras o al amparo de sacos terreros.

Eran hombres de paz en un mundo en descomposición y estaban embarcados en una misión tan noble como necesaria: recuperar las obras de arte que los nazis habían robado en los primeros años de la contienda, cuando se creían invencibles y todopoderosos. No eran ni lo uno ni lo otro, como quedó demostrado. Sin embargo, un año antes del final de la guerra, los nazis seguían teniendo en su poder más de cinco millones de objetos artísticos incautados en museos y catedrales europeos o en colecciones privadas (por ejemplo, las de Rothschild, Selgimann y Wildenstein).

Aquí es donde entra en escena la sección de Monumentos, Bellas Artes y Archivos, nombre suntuoso que por comodidad iba a quedar recortado a “la Sección Monumentos” o incluso “Monumentos”, a secas. El grupo, en funcionamiento hasta 1951, estaba compuesto por más de 300 hombres y mujeres de trece países, y en sus filas, militares aparte, había historiadores, directores de museos, profesores, etcétera. Son The Monuments Men, y su historia constituye una de las menos conocidas de la muy estudiada Segunda Guerra Mundial.

El libro que me puso tras la pista de estos guerreros del arte –así citados ya desde la cubierta– es The Monuments Men (Destino, 2012), de Robert M. Edsel en colaboración con Bret Witter. Edsel es un exitoso empresario petrolífero estadounidense que en 1996, una vez instalado en Florencia, decide compatibilizar sus negocios con la escritura de libros de divulgación histórica-artística. Publicado originalmente en 2009, The Monuments Men estudia los hechos sucedidos entre junio de 1944 y mayo de 1945 en países del 0este de Europa, principalmente Francia, Países Bajos y Alemania.

Narrado con recursos propios de la novela (incluye diálogos imaginarios entre personajes reales), The Monuments Men relata las aventuras épicas de esta valiente brigada, injustamente desconocida –entonces y ahora.

Entre los protagonistas, decía, hay militares (el mayor Ronald Edmund Balfour, los capitanes Walker Hancock y Robert Posey, el teniente George Stout, el soldado Harry Ettlinger), pero también personas vinculadas al mundo del arte sin relación directa con el ejército, como el director de los Museos Nacionales de Francia Jacques Jaujard o la peculiar heroína Rose Valland, conservadora del museo parisino Jeu Paum, que aprovechó su imagen de mujer insignificante –nada coincidente con la realidad– para hacer impagables labores de espionaje. Gracias a sus temerarias gestiones, los aliados recuperaron miles de obras.

Lo primero que llama la atención –y no soy ni mucho menos el primero en resaltarlo– es la presunta paradoja de que la Alemania nazi, la más brutal e insensible de la Historia, fuera a su vez la más culta y refinada. Si las mejores obras de arte de Europa estaban en manos de Hitler y sus altos mandos, no fue solo por su valor económico sino también por su valor artístico.

Hitler, Göering y otros jerarcas nazis podrían ser crueles –que lo eran–, pero al mismo tiempo manifestaban sensibilidad hacia el arte, al contrario que su asociado Benito Mussolini, quien al parecer se aburría en los museos después de los primeros diez minutos.

Saqueada Europa a placer por los nazis, que durante años rapiñaron con avaricia las mejores obras de arte, la empresa de recuperación no podría ser nada fácil, sobre todo en pleno escenario bélico. Hablamos de obras de primer orden: Autorretrato y Ronda de noche de Rembrandt, El astrónomo de Jan Vermeer, La Mona Lisa de Leonardo da Vinci, varios cuadros de Matisse, el tapiz de Bayeux, la Madona de Brujas de Miguel Ángel, las vidrieras de la Catedral de Estrasburgo, El hombre que camina de Rodin

Por no citar numerosas obras que, aun siendo de menor entidad, tenían un gran valor sentimental para sus propietarios. Los nazis habían almacenado estas obras en varios lugares, de los que destacan –museos y propiedades privadas aparte– la vieja mina de sal de Altaussee (Austria) y el Castillo de Neuschwanstein, construido en el siglo XIX en Fussen (Alemania) por Luis de Baviera, el rey loco. Castillo, por cierto, que los lectores reconocerán por la famosa réplica de Walt Disney.

La forma de rescatar estas obras era en ocasiones novelesca. Dos ejemplos: La Mona Lisa fue rescatada del Louvre escondida en una ambulancia y el Autorretrato de Rembrandt fue camuflado en un ataúd antes de ser extraído de una mina de Heilbronn.

El trabajo de los Monuments Men consistía en descubrir las piezas y recuperarlas; después venía el fatigoso proceso de catalogar, restaurar y enviar estas obras a sus legítimos propietarios. No fue nada fácil, insisto: el arrojo de estos hombres y mujeres debía enfrentarse a varios problemas: el entorno bélico, los propios nazis y, en última instancia, los rusos, que, aunque aliados, se creían con derecho a parte del botín por su inmensa aportación en la Segunda Guerra Mundial.

Estas líneas no pueden ni quieren contarlo todo. Hay que dejar en el tintero temas como: la retención de cierto tren en la estación de Aulnay sous Bois (ver la película de 1964 El tren, de John Frankenheimer), el Decreto Nerón de Hitler, el importante papel interpretado por el ingeniero Albert Speer, las crónicas de los últimos días de la contienda, el reconocimiento otorgado a los Monuments Men por su trabajo, y decenas de curiosas anécdotas.

El lector fisgón que quiera saber más puede leer el libro y/o visitar los enlaces que aporto en la bibliografía. Y también puede ver –algo que convendría dejar para el final– la película que George Clooney planea dirigir y protagonizar sobre The Monuments Men, esa brigada humana que reintenta su entrada en la Historia, ahora por la puerta principal y con todos galones que se merece.

 

 

 

The Monuments Men

 

Robert M. Edsdel (con Bret Witter)

 

Traducción: David Paradela López

 

Destino, 2012.

 

450 páginas

 

 

 

Bibliografía:

Robert M. Edsdel (con Bret Witter), The Monuments Men (Destino, 2012)

 

Fundación The Monuments Men. Allied Heroes, Nazis Thieves, and The Greatest Treasure Hunt in History: http://www.monumentsmen.com/

 

Programa Educativo Mayor Robo de la Historia: www.greatesttheft.com

 

Tereixa Constenla, “Salven a la Madona de Hitler”, El País, 21/2/2012: http://cultura.elpais.com/cultura/2012/04/21/actualidad/1335027270_301791.html

 

Javier Velaza, “Rose, la heroína del museo”, Cultural de Expansión, 12/2/2010: http://fueradeserie.expansion.com/2011/03/19/cultural/1300552173.html

 

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4 Comentarios

  1. Interesante. Tenía ya el libro en la lista de deseos de Amazon, pero ha subido puestos después de leer esto.

    Saludos.

  2. Pues George Clooney ya está en Berlín, rodando la película. Cualquiera se la pierde. :-
    )

  3. Señor

    ¿Francia el este de Europa? Me chirrió mucho esa errata. El libro tiene muy buena pinta, repleto de anécdotas seguro ;) . Aunque una película de George Clooney no lo veo…

  4. Corregida la errata, gracias “Señor”.

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