Dos miradas sobre la caída de Francia: Bloch y Chaves Nogales (y II)

20 jun, 2012 por



Viene de Dos miradas sobre la caída de Francia: Marc Bloch y Manuel Chaves Nogales (primera parte)

 

Manuel Chaves Nogales, un liberal perseguido

La contrafigura de Bloch que convocamos a este espacio es la del periodista Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944), representante modélico de los perdedores de la Guerra Civil española, condenado a esa pena de muerte civil que es el olvido, del que ha sido rescatado en la última década y media merced sobre todo a los buenos oficios de su biógrafa María Isabel Cintas Guillén.

A pesar de que vivimos un auténtico boom editorial del chavismo (no confundir con otros epifenómenos caribeños y andaluces), con reiteradas ediciones de sus crónicas en forma de libros por parte de distintas editoriales, y elogiosas y admirativas reseñas, hay que recordar que durante el medio siglo posterior a su muerte Manuel Chaves Nogales ha sido un perfecto desconocido para el público lector español, y ello a pesar de su gran popularidad como repórter durantela Segunda República.

Vástago del periodista sevillano Manuel Chaves Rey, nuestro segundo protagonista aprendió el “oficio de contar” en la redacción de una gaceta local, acompañando a su padre con doce o trece años y emponzoñándose con el veneno de la tinta, que haría de él ya de por vida un cronista irredento.

Huérfano bastante joven, abandonó la universidad tras un par de cursos en los que no destacó por su industriosidad para incorporarse a El Liberal de Sevilla. No perduraría mucho en este diario donde veló sus primeras armas, aunque sí en la adscripción ideológica. En 1920 se trasladó a Córdoba para colaborar con el recién fundado La Voz como paso previo a la aspiración de cualquier joven plumilla de provincias, el salto a Madrid, que se produjo en 1924.

Chaves Nogales, ya casado y con una hija pasó a formar parte de la plantilla de un periódico importante, el Heraldo de Madrid, de corte republicano, aunque bastante amordazado durante la dictadura de Primo de Rivera, que impuso la censura militar previa, obligando a la prensa a realizar vistosas contorsiones estilísticas para referirse a la actualidad. Durante esta época, se doctoró de periodista moderno cubriendo proezas aéreas como el vuelo del Plus Ultra o el viaje transatlántico de la aviadora estadounidense Ruth Elder en 1927.

Azuzado por estas hazañas, el propio Chaves Nogales inició un accidentado periplo aéreo hasta conseguir estrellarse en el Cáucaso, que publicó serializado el Heraldo a lo largo de 1928 y apareció más tarde en forma de libro: La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja. El subtítulo dejaba bien a las claras que el periodista sevillano no abjuraba de su origen social, lo que rubricó por estas mismas fechas con su adhesión, discreta por supuesto, a la masonería. El sobrenombre que eligió al ingresar en la logia masónica Dantón no dejaba dudas sobre su compromiso vocacional ni ideológico: Larra.

 

 

Apogeo profesional durante la Segunda República

Chaves Nogales, redactor jefe del Heraldo en 1927 y corresponsal en París, había comenzado a prodigarse en otros medios como Estampa. La empresa editora de esta última revista fichó al periodista sevillano como subdirector de su nuevo diario, Ahora, aparecido a finales de 1930 cuando la monarquía daba sus últimas boqueadas, mediante un convincente estipendio de 2.500 pesetas mensuales.

Abiertamente republicano, Ahora aspiraba a asumir una posición central en la escena política de la prensa española durante la Segunda República. Lo consiguió, convirtiéndose en uno de los rotativos de mayor tirada del período, con más de 200.000 ejemplares, además de representar una corriente moderada, centrista, cercana en lo político a Manuel Azaña. En lo puramente literario, su nómina de colaboradores fue impresionante: Pío Baroja, Miguel de Unamuno, Azorín, Ramiro de Maeztu, Ramón María del Valle-Inclán, los hermanos Machado, Eugenio D’Ors, Ramón Gómez de la Serna, Gregorio Marañón, Salvador de Madariaga, Concha Espina, Rafael Sánchez Mazas honraron sus páginas.

Buena parte de la “culpa” de estas colaboraciones la tenía, en no menor medida que las elegantes remuneraciones que ofrecía el periódico, las dotes persuasivas, el encanto y el don de gentes de Manuel Chaves Nogales. Por su parte, el sevillano continuaría aportando sus folletines-reportajes, tanto en su noticiero como en Estampa, los más importantes de lo cuales acabarían siendo recogidos en forma de libro.

De entre ellos destacan Lo que ha quedado del imperio de los zares (1931), curiosa galería de retratos de rusos “blancos” exiliados en París que trazó durante su corresponsalía, y El maestro Juan Martínez que estaba allí (1934), en el que da voz a este pintoresco personaje, bailarín de flamenco nacido en Burgos que se encontraba con su troupe en Moscú cuando estallóla Revolución bolchevique.

Cierra esta etapa una obra canónica en el género de la biografía taurina, Juan Belmonte, matador de toros (1935). En todos estos reportajes, Chaves Nogales se las arregla para prestar su voz a los entrevistados, que consiguen así una tribuna para relatar peripecias a la vez interesantes y profundamente humanas.

En lo puramente periodístico, a lo largo del azaroso lustro que duró la Segunda República, el periodista sevillano se significa públicamente como representante de lo que luego se dará en llamar la Tercera España. De un lado, una serie de reportajes aparecida en mayo de 1933 y titulada “Cómo se vive en los países de régimen fascista” daba cuenta de la gira del periodista por Italia y Alemania, donde Chaves Nogales entrevistó a Joseph Goebbels. Su opinión personal, muy crítica con el nazismo, no le granjeó precisamente la simpatía del ministro de propaganda de Hitler y sí una ficha de la Gestapo, que más adelante le acarrearía graves problemas.

Por otra parte, el escritor sevillano cubrió personalmente tanto el levantamiento anarquista de enero de 1933, bajo el significativo título de “Los enemigos de la República”, como la revolución de octubre de 1934 en Asturias, promovida por un sector del PSOE, a la que el Ahora dedicó un amplio dosier el 2 de noviembre. Para los extremismos totalitarios que empujaban a España al despeñadero, Chaves Nogales comenzaba a ser un hombre marcado.

 

 

Guerra civil y exilio en Francia

El estallido de la Guerra Civil supuso la incautación revolucionaria del diario Ahora por parte de un consejo obrero formado por los propios trabajadores del periódico, que pronto cayeron bajo la influencia de la CNT. Manuel Chaves Nogales conservó su puesto, mientras que se procedió a una purga de los periodistas y trabajadores afectos a sindicatos y partidos de derechas. A medida que las tropas franquistas se acercaban a Madrid, la situación se hacía más insostenible para él, y envió a su familia a Barcelona.

El 13 de noviembre de 1936 fue despedido por el consejo obrero, a la vez que las propias oficinas del periódico, situadas en la Cuestade San Vicente, se encontraban en primera línea del frente, pues se combatía ya en la Casade Campo. Por entonces se estaban produciendo las sacas de presos de las cárceles madrileñas que culminaron en las masacres de Paracuellos del Jarama. El gobierno dela República abandonó la capital asediada y se trasladó a Valencia.

El propio Chaves Nogales no aguanto más, recogió a su mujer y a sus tres hijos y se instaló en París. Allí, entre enero y mayo de 1937, compuso los nueve relatos de que consta A sangre y fuego. A mi juicio, la gloria literaria de Manuel Chaves Nogales reposa principalmente en esta estremecedora colección de miniaturas en las que el terror, la crueldad, la compasión y el heroísmo, como bien reza su subtítulo (“Héroes, bestias y mártires de España”), se combinan para ofrecer, de lejos, el mejor y más ecuánime retrato de la Guerra Civil que se ha escrito. Pero la conmoción para el lector sensible de nuestros días comienza en las brevísimas páginas de la introducción, toda una declaración de principios, así como un inmisericorde escupitajo a los fanáticos que han provocado la catástrofe:

 

“[…] Yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo. Se paga caro, desde luego. El precio, hoy por hoy, es la Patria.[…] De cualquier modo, soporto mejor la servidumbre en tierra ajena que en mi propia casa.”

 

En París, Chaves Nogales organiza una agencia de prensa que provee de noticias sobre la guerra de España a la prensa internacional, por fuerza más imparciales que las proporcionadas por los órganos propagandísticos de los dos bandos enfrentados. Con su mujer y sus tres hijos ya instalados en la periferia de París, vive con cierto desahogo –incluso tiene un automóvil– en contraste con la creciente marea de refugiados republicanos que llega a Francia.

El impasse del verano del 39 es el último momento de felicidad familiar que la vida le concede a Manuel Chaves Nogales. Al estallar la Segunda Guerra Mundial pone su pluma al servicio de su país de acogida, visita a las tropas acantonadas, revisa con ojo crítico las deficiencias en el despliegue del ejército francés y con la ofensiva alemana de la primavera de 1940 se ve envuelto por segunda vez en el marasmo de la huida de un gobierno nacional.

En Burdeos, poco antes del Armisticio, embarca con rumbo a Inglaterra. Ya nunca volverá a ver a su familia. A los quince días de la rendición,la Gestapo se presenta en su casa parisina. Asustada, su mujer decide volver a España con toda su prole, y dará a luz a la cuarta hija de la pareja, a la que Chaves Nogales no llegará a conocer, en Hendaya.

 

 

El segundo exilio y La agonía de Francia

En el siniestro Londres del Blitz, un Chaves Nogales doblemente derrotado pero inquebrantable continúa su labor como periodista y crea una nueva agencia de noticias, con la mirada puesta en el público americano. Pero su gran obra de esta época, la última, es una reflexión sobre la derrota francesa de la que acaba de ser testigo: La agonía de Francia.

Al igual que Marc Bloch, el periodista español descubre la raíz de la catástrofe en el plano moral. La desunión y la falta de confianza en la grandeza del sistema democrático han minado la resolución francesa, tan espléndidamente exhibida en la guerra anterior. Pero esa desunión no ha sido privativa de Francia:

 

“La táctica de los Frentes Populares, adoptada por el Komintern en1935, hasido funesta a Francia como lo fue a España. En ambos países dio el triunfo electoral a las izquierdas pero en ambos países provocó automáticamente la reacción profascista que, si en España tomo la forma del alzamiento militar, del típico pronunciamiento español, en Francia sirvió de pretexto para que las fuerzas derechistas de la nación, movidas por el terror pánico al comunismo, torciesen el rumbo de la política internacional francesa orientándola hacia la alianza con Italia y la contemporización con Alemania […]”.

 

Este suicida desarme moral se prolongó durante la inesperada tregua que siguió a la declaración de guerra y que debería haber servido a los franceses para prepararse para la defensa. En lugar de esto, se tomaron la guerra a broma:

 

Drôle de guerre! Al que lanzó esta exclamación habría que haberle ahorcado. En ella iba, hábilmente disimulado, todo el derrotismo de Francia. […] La guerra era drôle para quienes no creían en ella ni estaban dispuestos a hacerla […].”

 

A continuación, Chaves Nogales se lanza a un despiadado retrato de la falta de pulso espiritual de la sociedad francesa desde sus capas más elevadas hasta la burguesía y “las masas”. Su diagnóstico es especialmente severo con las clases educadas:

 

“La claudicación intelectual de Francia ante la barbarie hitleriana es desoladora. Si en algún momento hubiera podido flaquear nuestra fe en la causa de la civilización habría sido únicamente al ver a los intelectuales franceses renegar de sí mismos y de su tradición […]. La nazificación de las clases superiores de la sociedad francesa era un hecho incuestionable […]. Han sido las élites intelectuales del país las que primero se han rendido y han arrastrado al desastre a las masas. Y en esas élites no había degeneración sensible. No se puede decir que Francia atravesase un período de decadencia intelectual.”

 

Y el fiscal remacha con un acento, bien comprensible, de admiración:

 

“No hay decadencia en un país que tiene un plantel de hombres como Gide, Cocteau, Valéry, Duhamel, Benda, Claudel, Giraudoux, Jules Romains, Martin du Gard, Carco, Mauriac, Dorgelès, Bernanos, Malraux, Maritain y cien otros […].”

 

Quien se interese por la caída de Francia haría bien en no desdeñar el repaso que sobre los políticos (Blum, Daladier, Reynaud) y los generales (Gamelin, Weygand, De Gaulle, Pétain) hace a continuación nuestro cronista. Me excusaré de citar aquí los atinados y casi siempre proféticos juicios personales de Chaves Nogales para no sobrecargar estas líneas. Pero sí debería llamar la atención sobre algunas observaciones acerca de asuntos militares en que el sevillano demuestra su perspicacia. Así por ejemplo acerca de la eficacia de la aviación asevera, contra la opinión general:

 

“[…] la potencia destructora de la aviación es infinitamente menor de lo que se supone. La demostración que hicieron los aviones alemanes sobre Guernica […] no ha sido después confirmada ni en Varsovia, ni en Rotterdam, ni en París. […] Ahora bien, si los efectos materiales son limitados, los efectos morales son inconmensurables. Hay que rendirse a la evidencia. La aviación es un arma de una eficacia psicológica formidable. Ese bombardeo único de París que hubiese hecho sonreír desdeñosamente a los madrileños, acabó virtualmente con la resistencia de la capital de Francia.”

 

Asombrosa clarividencia en un lego, que no supieron ver más tarde ni Göring durante la batalla de Inglaterra ni los planificadores aliados de la campaña de bombardeo estratégico sobre Alemania. Pero no queda la cosa ahí; Chaves Nogales también es capaz de enmendarles la plana a los generales:

 

“París podía y debía ser defendido. Estratégicamente, la lucha en los arrabales de la ciudad era el único medio hábil de que el ejército francés disponía para poder aniquilar una tras otra a las divisiones alemanas motorizadas. […] El verdadero campo de batalla de la guerra moderna es la ciudad misma. Frente a la movilidad y a la concentración destructora de las divisiones blindadas es vano quererles prohibir el acceso a los campos abiertos y es inútil ponerle puertas al campo como se había pretendido hacer con la línea Maginot. En campo abierto la lucha es casi imposible. Donde se puede luchar bien es en las ciudades, en las calles, en las casas, cada una de las cuales es un elemento de defensa […]”.

 

El periodista que escapó de Madrid antes de que arreciara la batalla pronostica lo que va a ser Stalingrado: la tumba del fascismo.

 

Podría alargarme aún más en la glosa de este formidable testimonio, pero quiero terminar con las mismas palabras que el autor enhebra como bordón de su libro y que representan toda una profesión de fe:

“Francia sabe, y no ha podido olvidarlo, que hasta ahora no se ha descubierto ninguna forma de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrando un sistema de gobierno más perfecto que el de una asamblea deliberante, ni hay otro régimen de selección mejor que el de la libre concurrencia: es decir, la paz, la libertad, la democracia.”

 

Manuel Chaves Nogales barruntó el camino que habría de transitar Francia para resurgir de su ignominia, pero no vivió lo suficiente para verlo. Murió de cáncer de estómago en un hospital londinense un mes antes del desembarco de Normandía. Yace en un cementerio inglés, en una tumba sin nombre.

 

 

Conclusión

He querido trazar en este artículo una suerte de “Vidas paralelas” de dos personas a las que he aprendido admirar como talentosos escritores, como insuperables observadores de la realidad y como ejemplos cívicos. Al comparar con abundancia de citas sus obras, es forzoso asombrarse de la similitud de las perspectivas de dos hombres que no se conocieron ni pudieron influirse mutuamente. El opúsculo de Bloch permaneció en secreto hasta después de la guerra, cuando tanto su autor como Chaves Nogales habían muerto. El libro de éste último fue publicado en Montevideo en 1941, pero por fuerza era inaccesible a Bloch, que no hablaba español ni tenía medios de procurárselo.

Hasta donde yo sé, esta íntima conexión espiritual ha pasado desapercibida. ¿Resultaba acaso forzosa, habida cuenta de los orígenes sociales, de la formación y el talento, de la fuerza de las convicciones de nuestros testigos y de la firmeza de su compromiso? Ni niego, ni afirmo. Creo sin embargo que en honor de esa Francia cuya desgracia hemos glosado aquí, resulta apropiado cederle al maestro francés la última nota de este dueto para que vibre en su violín:

“Por otra parte, nadie puede pretender haber contemplado o estar informado de todo. Que cada uno diga con franqueza lo que tenga que decir; la verdad surgirá de estas sinceridades convergentes.”

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