La aventura intelectual de Juan Caramuel

Por . 6 junio, 2012 en Edad Moderna
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Siempre resulta estimulante repasar la historia de los espíritus curiosos. Juan Caramuel Lobkowitz (1606-1682), fraile benito, obispo de Vigevano, es uno de mis favoritos, no porque su obra fuera extensa y poligráfica, sino por lo raro y excesivo de su pensamiento.

No existe recoveco del saber que le resultase ajeno; Caramuel, el Leibniz español, resultó ser tan ducho para la gramática como para las matemáticas, la arquitectura o los secretos de la imprenta, más de sesenta tratados publicados y otros tantos manuscritos lo atestiguan.

No obstante, hay dos aspectos de su producción que seguramente harían las delicias de tanto protocabalista y buscador de misterios como anda suelto. Uno de ellos es su gusto por el desarrollo del laberinto barroco. Poco que ver con las arquitecturas borgianas, pluriviarias y tortuosas, tan del gusto de occidente desde el mito de Teseo.

Se trataba de desarrollar esa suerte de escritura metamétrica que, a partir de ingeniosos juegos formales promotores de una lectura multidirecional, proporcionaba al lector iniciado ciertas claves crípticas, a veces en varios idiomas, desde el latín al francés, para la comprensión del asunto tratado.

En otras ocasiones la cosa se complicaba todavía más, al añadir notas musicales y logogramas, intercalando figuras y letras a las que las leyes de la combinatoria concedían hermoso sentido.

 

Por ejemplo:

“Consuélate corazón, si has passión, y espera que el Mundo ruede”.

Ingeniosos juegos, en suma, para amantes de la semiótica, que debieron mantener a Caramuel bien ocupado.

 

Pero aún hay más, si existe un asunto apasionante, es la célebre teoría de la relación entre el Templo de Salomón y El Escorial. El viejo mito vinculado a los estudios del jesuita cordobés Juan Bautista Villalpando, todavía hoy no resuelto, que enlazaba en una especie de Traslatio Imperii, el inexorable camino hacia occidente del reino de Dios, desde la Jerusalén del sabio Salomón, hasta la Monarquía Hispánica del Rey Prudente, tuvo en Caramuel a uno de sus principales panigeristas.

Dedicó al desarrollo de tan apasionante idea buena parte de su Arquitectura civil, recta y oblicua, considerada y dibujada en el Templo de Jerusalén. Promovida a suma perfección en el Templo y Palacio de S. Lorenzo, cerca del Escorial, que inventó con su divino ingenio, delineo con su real mano, y con excesivos gastos empleando los mejores arquitectos de Europa erigió el rey D. Philppe II (1678).

De paso, sentó allí mismo las bases fundamentales para la construcción armónica de la columna serpenteante barroca, llamada precisamente salomónica y su posterior difusión a lo largo de la América colonial.

Se evidencia así que en su larga y productiva vida Caramuel no tuvo tiempo de aburrirse, eso salió ganando.


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Nací, muy afortunadamente, en la luminosa ciudad de A Coruña en 1961. Aunque la pasión por la Historia la viví desde siempre al lado de mi padre, soy formalmente historiador desde mi licenciatura en Historia Moderna por la Universidad Compostelana (1984), luego amplié estudios de doctorado en Madrid y obtuve la especialidad en Historia Económica en el Istituto Internazionale Francesco Datini de Prato (Florencia), donde tuve la dicha de conocer al gran Fernand Braudel el año de su muerte. Mi labor investigadora se ha centrado en el estudio de los intendentes españoles del siglo XVIII y, últimamente, en su relación con el desarrollo de la construcción naval en ese período, fruto de lo cual han sido un buen número de artículos y colaboraciones que han visto la luz a lo largo de estos años. Paralelamente soy catedrático de instituto e inspector de Educación. Desde que en 2003 publiqué en la editorial Edhasa la novela histórica Sartine y el caballero del punto fijo, lo cierto es que centro buena parte de mi esfuerzo en la literatura. En 2006, he publicado en la misma editorial El Gran Capitán, mi segunda novela. El pasado año 2010 , publiqué, nuevamente en Edhasa, Sartine y la guerra de los guaraníes, segunda parte de las aventuras de Nicolás Sartine, y la versión en pocket de El Gran Capitán, además de una Breve historia de los Borbones españoles y, ya en 2013, Breve historia de Napoleón, como la anterior para la editorial Nowtilus, y España, la crisis del Antiguo Régimen y el siglo XIX, para Punto de Vista Editores.

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  1. gravatar Ignacio Merino Responder
    junio 6th, 2012

    Magnífico apunte de un estudioso interesantísimo. Por cierto, yo creo que el propio Felipe II quiso emular a Salomón. Hay que recordar que ya en su juventud, antes de que su padre el César Carlos abdicara, le llamaban en Flandes el nuevo Salomón, así que no tuvo más que “dejarse llevar” por lo que los sabios humanistas de la época decían de él.