La historia y la imagen. La marca «España» en un mundo globalizado (I)

Por . 27 junio, 2012 en Mundo actual
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Reseña historiográfica sobre la identidad y la imagen de España y de los españoles

A medida que, a lo largo de la Edad Moderna, fueron formándose en Europa esas entidades político-sociales que son los estados surgieron también los conceptos o ideas que, de tales estados, configuraron tanto sus propias poblaciones como los demás. La identidad colectiva constituye la percepción que una sociedad ―en el caso que nos ocupa, los ciudadanos nacionales― tiene de sí misma, mientras su imagen colectiva viene determinada por la percepción que los demás ―los extranjeros― tienen de dicha sociedad.

Desde las últimas décadas del siglo XIX se ha hablado y escrito mucho sobre la existencia o no de una identidad española y sobre sus posibles caracteres, temas que han suscitado la aparición de excelentes artículos y de ardientes controversias historiográficas. Paralelo a este debate se han planteado cuestiones como la concepción de España como problema y la potencial coexistencia de dos o más Españas enfrentadas ideológicamente. Sí parece al menos que, a diferencia de lo que ocurre en países como Estados Unidos, Francia, Alemania o Japón, en el último siglo aparecen con cierta recurrencia controversias sobre la realidad o no de una idea de Estado en España.

En cualquier caso, sabemos que los antecedentes jurídico-políticos de España se remontan a la época romana, siendo pocos los países del mundo que hunden sus raíces en tiempos tan pretéritos. El propio nombre de España procede fonéticamente del término latino Hispania; y este, a su vez, parece derivar del fenicio I-shphanim o, quizá, Hi-shphanim (‘Isla de conejos’). La realidad geográfica de la Hispania romana fue, sin embargo, más grande que la España posterior, al englobar el conjunto de la península Ibérica y parte del norte de África.

Desde entonces se han sucedido dos milenios y varias etapas históricas que, de una u otra manera, han influido en las sucesivas generaciones de españoles o, más precisamente, habitantes de la península Ibérica. Entre estos, algunos intelectuales ―sobre todo a partir de la consolidación de los estados nacionales en la Edad Moderna― fueron plasmando en variados escritos sus pareceres sobre algunos de los acontecimientos que iban acaeciendo. Por ejemplo, los arbitristas del siglo XVII recurrieron entre otras a particularidades relativas a un supuesto «carácter nacional» ―según ellos, la religiosidad exacerbada, la ociosidad, el despilfarro, etc.― para explicar la decadencia económica española. En la centuria siguiente, autores como Feijoo y el jesuita Masdeu también aludieron en algunas obras al carácter nacional para dilucidar hechos contemporáneos.

El debate sobre la existencia y la esencia de España creció en complejidad desde el siglo XIX y en él han participado, entre otros, el regeneracionista Joaquín Costa, Ángel Ganivet, krausistas como Giner de los Ríos, casticistas como Menéndez Pelayo, autores de la Generación del 98 (Unamuno, Machado, Baroja, Azorín, Menéndez Pidal) y de la Generación de 1914 (Ortega y Gasset, Azaña, Pérez de Ayala), además de otros coetáneos exiliados como Salvador de Madariaga, Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz. Desde el interior y durante la dictadura franquista también aludieron al concepto de España los historiadores José Antonio Maravall y Jaume Vicens Vives. Y posteriormente, el tema de España y de su identidad ha sido retomado de varias formas, por ejemplo, por Juan Pablo Fusi, Julián Marías, Luis Suárez Fernández, Eloy Benito Ruano, Carmen Iglesias y Santos Juliá.

Como indicamos al principio, a ese debate entre españoles sobre la existencia o no de una identidad colectiva acompaña desde la Edad Moderna ―época, recordémoslo, de nacimiento de los estados nacionales― la percepción o imagen que de España y de sus habitantes hacen los extranjeros. Entre los estudios sobre este tema destacan los realizados, respectivamente, por los sociólogos Emilio Lamo de Espinosa (2000) y Javier Noya (2002), y el más reciente de David Miranda Torres, autor de una tesis doctoral (2010).

En concreto, en su relevante artículo «La imagen de España en el exterior. Conclusiones de una investigación.» (Revista española de estudios agrosociales y pesqueros, Nº 189, 2000), el sociólogo Lamo de Espinosa afirma que dicha imagen es resultado de los siguientes procesos:

–        Las relaciones históricas entre las naciones y, sobre todo, el recuerdo actual de esas relaciones.

–        Eventos recientes, como la Guerra Civil y la transición democrática.

Además, Lamo de Espinosa destaca dos características relacionadas con esa imagen de España:

–        El protagonismo de dos arquetipos, uno derivado de la «leyenda negra» ―en la que pronto nos detendremos― y su secuela en la Ilustración (el «arquetipo ilustrado», predominante, por ejemplo, en Gran Bretaña) y otro relacionado con la imagen romántica decimonónica («el arquetipo romántico», preponderante, por ejemplo, en Francia).

–        Las regiones más influyentes en la formación de la imagen que los extranjeros tienen de España han ido cambiando con el tiempo: Aragón (Cataluña) destacó en los siglos XV y XVI, Castilla hasta el XVIII, Andalucía en el XIX, de nuevo Castilla en el XX y una renovada presencia de Cataluña (especialmente de Barcelona) a fines de la pasada centuria.

Por su parte, en la obra colectiva La política exterior de España (1800-2003), en un capítulo que tituló «La imagen de España en el mundo: la “marca España”», el historiador Rafael Núñez Florencio afirmó que el estudio de la imagen de la España de los últimos siglos debe tomar como «punto de partida» la época imperial, especialmente los tiempos de Carlos V y Felipe II. Según Núñez Florencio, «no puede trazarse ningún esbozo de la España contemporánea sin aludir a la caracterización nacional que se fragua en aquellas fechas, esa amalgama de quejas, protestas bienintencionadas, libelos y simples patrañas que aquí denominamos “leyenda negra”».

Se dice que la expresión «leyenda negra» fue utilizada por vez primera por Emilia Pardo Bazán en una conferencia en París en 1899, siendo diez años más tarde empleada por Vicente Blasco Ibáñez en una ponencia en Buenos Aires; también la usaron a principios del siglo XX autores como Adolfo Posada y González de Baquero. Sin embargo, la locución «leyenda negra» fue popularizada por Julián Juderías tras publicar su obra La leyenda negra. Estudios acerca del concepto de España en el extranjero (1914), especialmente después de su segunda edición (1917). En dicho libro, Juderías describe la «leyenda negra» como

[…] el ambiente creado por los relatos  fantásticos que acerca de nuestra patria han visto la luz pública en todos los países, las descripciones grotescas que se han hecho siempre del carácter de los españoles como individuos y como colectividad, la negación o por lo menos la ignorancia sistemática de cuanto es favorable y hermoso en las diversas manifestaciones de la cultura y el arte, las acusaciones que en todo tiempo se han lanzado contra España, fundándose para ello en hechos exagerados, mal interpretados o falsos en su totalidad.

En relación con esa «leyenda negra», Núñez Florencio resalta tres factores: que ciertas críticas surgen del interior (Las Casas, Antonio Pérez, González Montano), que el éxito de la caracterización colectiva se basa en su consistencia y coherencia interna (y ello conlleva eliminar aspectos que no encajan en el cliché) y que durante largo tiempo quedará fijada una imagen negativa de España. Según el mencionado historiador, rasgos básicos de dicha imagen han sido: a nivel político, la concepción de España como un país tendente a la represión, fruto de una idea autoritaria y despótica del poder (simbolizado especialmente por Felipe II); y en el plano religioso, un catolicismo primitivo, cerril, oscurantista y terriblemente fanático (encarnado en la Inquisición y en Torquemada). Junto a ello, prosigue Núñez Florencio, «como pueblo o civilización el español descuella por su falta de cultura, la brutalidad y el afán de destrucción, hasta el punto de que, como Atila, arrasa la tierra que pisa, tanto en Roma como en Alemania (Carlos V), de los Países Bajos (duque de Alba) al Nuevo Continente (Hernán Cortés)».

Aunque la realidad histórica muestra que la percepción exterior de España y de sus habitantes difiere según los periodos y los países, cabe destacar la periodización al respecto referida a Inglaterra ―válida también para otros países europeos― propuesta por el hispanista Hugh Thomas, que facilita el conocimiento y la comprensión de algunos de los tópicos sobre España: primero, la España enemiga y temida de la primera Edad Moderna; a continuación, la «España decadente» de fines del siglo XVII y del XVIII; después, la «España romántica» y orientalizada de «los turcos de Europa» y la «España beligerante» de la Guerra Civil; y finalmente, tras el franquismo y la transición, numerosos autores han normalizado su visión de España, aunque continúa la propensión a recurrir a antiguos clichés.

En la actualidad, según Manuel Lucena Giraldo («Los estereotipos sobre la imagen de España», Norba, Vol. 19, 2006), las imágenes vinculadas a la «leyenda negra» ―arrogancia, ineficacia, mal gobierno, intolerancia― coexisten con otras derivadas del romanticismo ―exotismo, orientalización, apasionamiento, etc.―. A juicio de Lucena, «esta bipolaridad de imágenes y estereotipos, aunque matizada por el proceso de normalización comenzado en 1975, que ha tenido señalados éxitos, mantiene la imagen de España atrapada entre dos extremos que dificultan la creación de una marca-país y las acciones de la diplomacia pública», rémora ya apuntada por García de Cortázar en su libro Los mitos de la historia de España (2003).

Probablemente consciente también de estos y de otros inconvenientes, en su implacable artículo «La destrucción de la imagen de España», publicado en 1994 en la revista Cuenta y Razón, Julián Marías se dolía del ―a su juicio― escaso número de autores españoles que ofrecían una imagen «verdadera y por eso atractiva» de España, y achacaba a oscuros rencores y vagos complejos de inferioridad el empeño de algunos españoles por denigrar la imagen de su propio país. Más adelante, Marías añadía:

Creo que la imagen de la realidad histórica y social a la que pertenecemos tiene enorme importancia. Es ella la que permite la verdadera convivencia, la proyección histórica, el enriquecimiento de la personalidad. En todos los niveles, en nuestro mundo tres: regiones, naciones, Europa; a los cuales hay que agregar desde hace bastante tiempo un cuarto: Occidente. Niveles que no se excluyen sino que han de integrarse, que deben tener la mayor riqueza posible.

Convencidos de la importancia de la imagen de España en el exterior, y de su valor potencial en la actualidad, también en términos económicos, ofrecemos a continuación algunas reflexiones sobre el tema basadas en datos, con objeto de contribuir a concienciar a la opinión pública del enriquecimiento cultural y material que genera para la mayoría de los españoles mejorar e impulsar la «marca España».

Competir en la aldea global

En sucesivos festivales cinematográficos asiáticos celebrados en 2011 y 2012 la película india No viviremos otra vez (Zindagi Na Milegi Dobara, en hindi) ha sido repetidamente galardonada. Por ejemplo, en la 57ª edición de los Premios Filmfare ―equivalentes a los Oscars― de Bollywood, nombre popular con el que se conoce la potente industria cinematográfica hindi ubicada en Bombay, la mencionada película ha sido recompensada con el mayor número de galardones, entre los que se encontraban los más significativos.

No viviremos otra vez narra un viaje de varios amigos por carretera en España, donde tienen la oportunidad de practicar deporte, disfrutar de diversiones y costumbres populares ―entre otras, la Tomatina de Buñol, los Sanfermines y una fiesta folclórica andaluza― y, lo más importante, tratarse, profundizar en su amistad y conocer a varias mujeres, con quienes irán surgiendo idilios y relaciones varias. La película, éxito espectacular de público en la India, está contribuyendo con eficacia a difundir en ese país una idea seductora de España. En general, No viviremos otra vez transmite a los espectadores una visión idílica de nuestra nación que, sin embargo, se basa en fundamentos reales: muchos españoles gozan de un carácter alegre y abierto, el país es muy hermoso y abundan las ocasiones para disfrutar.

Desde que fue estrenada la película, financiada en parte por la Oficina de Turismo de España, su impacto turístico ha sido evidente, pues las peticiones de visado de ciudadanos indios para visitar España han crecido más del 50% respecto al año anterior. Un resultado más que justificado para felicitar a quienes adoptaron la decisión de contribuir a costear esa obra cinematográfica, ya que la India, gracias a su elevada población y a su rápido crecimiento económico ―es el segundo país más poblado y la cuarta economía mundial― constituye uno de los mercados con mayor potencial de emisión de turistas del planeta.

Junto a China, Rusia y Brasil, la India es uno de los denominados «países emergentes» de mayor peso demográfico e influencia económica y cultural mundial. La tabla que ofrecemos a continuación muestra los países más poblados del mundo, varios de los cuales coinciden ―incluyendo Indonesia y Nigeria― con naciones con mercados de especial dinamismo, rápido crecimiento económico, progresiva presencia política internacional y grandes expectativas de futuro.

 

Países más poblados del mundo (2012)

Puesto

País

  Población

1

China

1.343.239.923

2

India

1.205.073.612

3

Estados Unidos

313.847.465

4

Indonesia

248.216.193

5

Brasil

205.716.890

6

Pakistán

190.291.129

7

Nigeria

170.123.740

8

Bangladesh

161.083.804

9

Rusia

138.082.178

10

Japón

127.368.088

Fuente: Oficina del Censo de Estados Unidos.

 

Como los demás países del mundo, España no debe ni puede permitirse el lujo de quedar al margen de las nuevas tendencias geopolíticas y económicas que la globalización conlleva. Algunas consecuencias de dicho proceso ―caracterizado y a la vez causado por la progresiva liberalización― son el aumento de la oferta mundial de bienes y servicios y en general, por tanto, la reducción de la pobreza y la mejora del nivel de vida en el planeta. Pero debido a la creciente competencia internacional, la globalización exige también una actitud dinámica, bien descrita en lenguaje popular conjugando en primera persona ese verbo tan usado que es «espabilar».

Y es que la tendencia a la deslocalización de las empresas va en aumento y cada vez resulta más sencillo cerrar una fábrica en un país y abrirla en otro. Asimismo es fácil comprobar cómo, en la actualidad, la disminución de los costes de transporte posibilita la transnacionalización de los productos, es decir, la fabricación de los mismos acoplando componentes fabricados en varios estados. Ello implica, en principio, que la rentabilidad de la producción se ha diversificado geográficamente y que ya no solo los países más avanzados cuentan con las condiciones más adecuadas para transformar las materias primas. Ni que decir tiene que cada centro de fabricación supone puestos de trabajo y, por tanto, sueldos y medios de vida.

En este mundo tan competitivo, ¿hay alguna particularidad que caracterice a las empresas españolas y que, a la vez, las diferencie de las demás? Indudablemente, sí. Como nuestros lectores habrán adivinado esa peculiaridad es su capital mayoritario español que ―en la mayoría de los casos― conlleva la toma de decisiones de dichas empresas en España y, en muchos casos también, el emplazamiento en las distintas comunidades autónomas de los principales centros productivos, así como la venta de un significativo porcentaje de sus productos o servicios en nuestro país.

A la vez, muchas empresas españolas experimentan continuamente la necesidad de ampliar sus mercados y la conveniencia de lanzarse a la exportación o, si ya han emprendido esa tarea, la exigencia de seguir vendiendo al extranjero para mantener su viabilidad. Como es lógico, cada empresa tendrá que establecer una estrategia propia en la que no deberían faltar, entre otras acciones, el conocimiento del mercado destinatario y la adaptación del producto al mismo, la buena relación calidad-precio y la elección de un distribuidor eficaz.

Desde luego, algo tendrán que hacer las propias empresas para sacar lustre a sus productos y procurar hacerse un hueco en el mercado mundial. En lo que a la relación calidad-precio de los bienes se refiere, gracias a la propagación de los medios de comunicación cada vez es más difícil que unos críen la fama y otros carden la lana. Las bondades o maldades de las mercancías y los servicios son cada vez más perceptibles y la multiplicación de la oferta facilita una mayor capacidad de elección por la demanda. De ahí la necesidad de ser competitivos.

Gracias al tesón en el trabajo bien hecho ―plasmado por ejemplo en el diseño de adecuadas estrategias, en la alta productividad y en las necesarias inversiones en investigación y desarrollo― un creciente número de compañías españolas goza de un bien ganado prestigio internacional. Entre ellas no faltan ejemplos destacados en actividades tan variadas como la banca, los seguros, las energías renovables, las telecomunicaciones, el turismo, la hostelería, el transporte, la distribución comercial, la construcción civil y las industrias textil, naviera, ferroviaria y alimentaria.

Sin embargo, junto a la calidad intrínseca de la oferta empresarial parece evidente que, en general, la procedencia de un producto ejerce también gran influencia al decantar finalmente al consumidor por una opción u otra. De hecho, el ascendiente internacional de Japón, Alemania, Suiza, Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Holanda, por ejemplo, ha favorecido sus bienes y servicios respecto a otros similares fabricados o avalados por marcas de otros países. En tales casos, las cualidades asociadas a un país con prestigio ―calidad, funcionalidad, duración, precisión y elegancia, entre otras― generan una garantía y confianza adicionales que facilitan la elección por el comprador de un bien elaborado allí.

¿Pueden llegar a conseguir las empresas nacionales una ventajosa predisposición de los consumidores extranjeros por el mero hecho de ser españolas? Dicho de otra manera, ¿es España una «marca» suficientemente conocida y prestigiosa en el mercado internacional? ¿Gozan los productos y servicios ofrecidos por las compañías de nuestro país de alguna atracción especial ante los compradores foráneos por tener en España su principal centro de decisiones y ser de capital mayoritariamente español?

Al buscar respuestas a esas preguntas viene a nuestra mente aquel célebre axioma escolástico de influencia aristotélica ―nihil volitum nisi praecognitum, es decir, ‘nada puede quererse si antes no se conoce’― que, en este caso, contribuye a reafirmarnos en la importancia de dar a conocer España al resto del mundo y, en especial, a aquellos países que, por sus circunstancias actuales ―alto poder adquisitivo, numerosa población, rápido crecimiento económico― constituyen mercados relevantes para las empresas españolas.

Ni que decir tiene que el esfuerzo por lograr un prestigio «de origen», por llamarlo de alguna manera, no tiene porqué circunscribirse a escala estatal y puede alcanzarse en los ámbitos autonómico, provincial e incluso municipal. Sin embargo, dado que los recursos son limitados, el buen gestor ha de procurar optimizar los medios disponibles para extraer de ellos el máximo provecho. Y en general, aunque la globalización ha acercado los mercados, el conocimiento político-geográfico de la inmensa mayoría de los consumidores no solo no alcanza el nivel regional y municipal ―las excepciones son escasas― sino que incluso muchas veces tampoco llega a la identificación nacional.

Llegados a este punto, resulta conveniente recordar que, a pesar de su accidentado pasado, España es uno de los países más antiguos del mundo. Y no está de más evocar que, debido a su prolongada historia, a las herencias recibidas por distintos monarcas, a las uniones dinásticas, a las anexiones de extensas áreas despobladas y a las conquistas, aspectos variados de la cultura que iba conformándose en España calaron en diverso grado en enormes territorios cuyas gentes, a su vez, también contribuyeron a conformar las idiosincrasias de los españoles de hoy.

Con mayor o menor acierto por parte de unos y de otros, España ha mantenido alianzas o vínculos políticos especiales con varios países europeos (entre otros, Portugal, Italia, Bélgica, Holanda, Austria, Alemania y Francia), asiáticos (Filipinas, principalmente), africanos (Guinea Ecuatorial, Marruecos, el Sáhara Occidental) y con la práctica totalidad de los estados americanos. Destaca, en particular, la identidad compartida con aquellas naciones que ―antes de su independencia y durante centurias― estuvieron integradas en la Corona española.

Esa historia común con los antepasados de los iberoamericanos actuales tiene positivas consecuencias en el presente y las tendrá también en el futuro. Ni las circunstancias coyunturales ni el proceso de globalización bastan para explicar el dinamismo de los movimientos migratorios en las últimas décadas y la intensidad de las relaciones económicas y culturales entre los países iberoamericanos y España. Resulta evidente que al optar personas y empresas entre varias posibilidades ―sean lugares donde establecerse y trabajar u oportunidades de inversión― las ventajas derivadas del pasado común han favorecido decantar la elección a países con modos de vida similares.

Puedes leer aquí la segunda parte 


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Nací en Madrid, el 30 de diciembre de 1965. Mi vida escolar transcurrió en el colegio Santa María del Pilar. De aquellos años guardo, entre otros, el recuerdo de mi temprana pasión por encontrar las causas de acontecimientos que se sucedían en mi vida y en las de los demás. Pronto me percaté de que, para hallar más y más profundas respuestas, necesitaría ayuda. Por eso acudí a especialistas del mundo académico, realizando sucesivamente la carrera de Geografía e Historia en la Universidad Autónoma de Madrid, un Programa de Doctorado en la Universidad de Alcalá de Henares y un Graduado en Ciencias Religiosas en la Universidad de Navarra, además de asistir a cursos de formación y especialización impartidos por profesores de instituciones muy variadas. Agradezco de veras los esfuerzos de esos profesionales. Desde hace años trato de devolver a la sociedad, a la gente, al menos una parte de lo que me ha dado. Opté por dedicarme fundamentalmente al mundo de la enseñanza impartiendo multitud de clases particulares, instruyendo a grupos varios y, hoy, ejerciendo la docencia en la Enseñanza Secundaria Obligatoria y en el Bachillerato. De vez en cuando además escribo, especialmente artículos y libros sobre temas históricos y de actualidad. El último libro ha sido Breve historia de los judíos, publicado por Nowtilus.

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