Querían ser romanos: Esperando a los árabes, de Javier Arce

Por . 25 junio, 2012 en Reseñas
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Javier Arce es uno de los mayores expertos españoles en lo que se ha dado en llamar Antigüedad Tardía, esos pocos siglos a caballo entre el final de la conocida tradicionalmente como Edad Antigua y el comienzo de la Edad Media en los que se mezclan, sin solución de continuidad, elementos de ambas épocas. Profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y de Arqueología Romana en la universidad francesa de Lille 3, ha sido también coordinador del programa científico de la Fundación Europea de la Ciencia (ESF) denominado «La Transformación del Mundo Romano».

La obra que nos ocupa no es sino la tercera de una excelente trilogía que cubre la historia del período comprendido entre los siglos III y VII de nuestra era. Las precedentes, El último siglo de la Hispania Romana (284-409), Madrid, 1980; y Bárbaros y romanos en Hispania (400-507), Madrid, 2005; nos habían revelado ya a un historiador obsesionado con la fidelidad a las fuentes y capaz de ver en el pasado lo que en él existe de continuidad y de cambio, sin preocupación alguna por las compartimentaciones temporales ortodoxas que, sin dejar de ser útiles, a veces tendemos a sacralizar como si los hombres que habitaron aquellos tiempos fronterizos entre dos épocas hubiesen tenido conciencia de una ruptura en sus modos de vida que tardó siglos en desarrollarse por completo y no lo hizo sino a una cadencia lenta y despaciosa que hubo de confundirse por fuerza con la perfecta inmovilidad.

Esperando a los árabes continúa siendo fiel a estos principios. Su autor despliega a lo largo de sus páginas una erudición inmensa, como cabe esperar de un historiador que conoce y respeta las fuentes, pero no la pone al servicio, como él mismo se cuida de señalar, de una Historia al uso de la Hispania visigoda. No hay en el libro un estudio completo de la economía y la sociedad, la política y las instituciones, los hechos y los procesos. No es, en fin, esta obra un manual como tantos otros, sino, bien al contrario, una reflexión personal, eso sí, sumamente fundamentada, acerca de algunos aspectos concretos de la historia del período.

La realeza visigoda, sus finanzas, el Ejército, la vida cotidiana, las penas y los castigos, la cultura y la fe, y, en fin, la derrota desfilan por las páginas de la obra siempre insertas en un contexto global definido, a decir del propio autor, por la continuidad y la religión. Porque, desde su punto de vista, ambos elementos constituyen las principales señas de identidad de la sociedad visigoda.

Los visigodos fueron lo que fueron a resultas de su voluntad de continuar, imitar y adaptar la forma de gobernarse de los romanos del Bajo Imperio, sus instituciones y sus leyes; nada hay en la Hispania visigoda de suplantación, imposición o innovación. Los visigodos, además, contemplaron el mundo desde la sola perspectiva del cristianismo, y se ubicaron en él a partir de las referencias que les proporcionaron sus obispos, verdadera columna vertebral de una sociedad en que la Iglesia romana se erigía como fuente de norma, de costumbre, de moral y de comprensión última de las cosas, y se confundía con el Estado al punto de hacer de los concilios eclesiásticos la encarnación misma de la potestad pública.

Merece, pues, la pena acercarse a esta última obra de Arce. No nos engañemos. No se trata de un libro divulgativo. No resulta, en ocasiones, de fácil lectura. Las frases latinas a menudo ni se traducen ni se explican. Pero si lo que se desea es un conocimiento profundo de la forma que tenían los visigodos de vivir y de comprender el mundo, es la obra adecuada.

 

 

 

Esperando a los árabes. Los visigodos en Hispania. 507-711

Javier Arce

Marcial Pons, 2011

340 páginas

 


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La historia me gustó desde muy pequeño. Como a casi todos los historiadores, el gusanillo empezó a picarme con las películas de romanos. Mi otra vocación, la docencia, llegó por entonces. A los veintitrés años aprobé la oposición y empecé a dar clases. En un instituto de la madrileña localidad de Alcorcón. Pero llegó la LOGSE y con ella mi primera plaza en propiedad. ¡Sorpresa! No era en un Instituto de Bachillerato, sino de Formación Profesional. Y de Historia, poco. Casi me tocaba explicar de todo menos Historia. ¿Cómo reaccioné? Empecé el doctorado. Y así descubrí mi tercera vocación: escribir. Primero escribí sesudos trabajos de investigación, libros gruesos como ladrillos que nadie lee, pero decoran los estantes de muchas bibliotecas universitarias, y me hice doctor en Historia Contemporánea. Pero con el tiempo lo tuve más claro: enseñar me gustaba más que investigar, pero escribir seguía gustándome mucho. La salida sólo podía ser una: la Historia divulgativa. Me puse a ello. Maeva publicó mi primer libro, una Historia de Occidente contada con sencillez; Nowtilus, un encuentro providencial, todos los que la han seguido. Y van cinco. No vivo de ello, por supuesto. Vivir de esto es muy difícil. Por el camino me hice inspector, y de ello como. Pero no os relajéis: os amenazo en firme con escribir muchos más. Ah, y nací en 1966 en Guadalajara. Por acabar por el principio.

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