Una historia moderna sobre el Imperio de Roma

18 jun, 2012 por



La única mujer que podía ser comparada con Livia por su maldad era Valeria Mesalina, que se casó con ese cincuentón cojo, sordo y tartamudo al que apodaban Claudio el tonto.

Mesalina había heredado de Livia, esposa de Augusto y abuela de Claudio, la malsana afición por deshacerse de quienes se interponían en su camino. Pero si el nombre de Mesalina está escrito en letras mayúsculas en la Historia no ha sido por esos asesinatos sino por su desvergonzada promiscuidad sexual. En una ocasión retó a famosas prostitutas a comprobar quién podía hacer el amor con más hombres en una sola noche. Mesalina, esa mujer ambiciosa que algunos historiadores describen hermosa –otros, sin embargo, la dibujan poco agraciada–, ganó la apuesta.

 

 

El hombre y la mujer estaban ahora en la cama, agotados después de haber pasado parte de la noche en una discoteca de moda. Ella, desnuda, tenía apoyada la cabeza sobre el pecho del hombre. Se habían conocido años atrás, enla Universidad: él era profesor de Historia y ella, una de sus alumnas. Él era culto e inteligente y ella tenía unas piernas muy hermosas.

Para engañar al cansancio, él empezó a hablar del Imperio Romano. Y le contó todo lo que sabía sobre Mesalina. Sus artimañas. Sus intrigas. Cómo engañaba al bueno de Claudio con sus innumerables amantes. La apuesta que ganó a aquellas mujeres de la calle. Le contó también que Mesalina se había casado con el cónsul Silio aprovechando que Claudio estaba ausente de Roma, en Ostia. Aquella boda ilegal fue el final de Mesalina.

–Era una mujer malvada –dijo dando la última bocanada antes de aplastar la colilla en el cenicero.

–Pero él permitió que la asesinaran –protestó ella, abrazando la almohada.

–¿Qué querías que hiciera? Se había casado con otro. Le había engañado con media ciudad, algo que nadie ignoraba excepto él. Le había manejado a su antojo. Era una arpía.

–¿Y qué me dices de Calígula, que mató a su propio padre? ¿Qué me dices de todos los emperadores que dormían impunemente con sus amantes? ¿Qué me dices de Nerón, que incendió Roma? ¿Acaso eran unos santos y sólo Mesalina cometía errores?

Él se giró para mirarla a los ojos. Parecía alterada, muy digna, como si se viera en la necesidad de defender a una amiga íntima pillada en falta. Pero no era Mesalina una amiga, ni siquiera una compañera de la oficina. Era la mujer del emperador de Roma. ¡Y ya habían pasado veinte siglos desde entonces!

–Lo de Nerón estaba programado a conciencia –dijo él en un tono mediador mientras le acariciaba suavemente los pechos; los miraba extasiado, sereno–. Claudio siempre había sido republicano y de ahí que designase emperador al idiota de Nerón en detrimento de su propio hijo, Británico. Pensó que tras el inminente fracaso de Nerón se instauraría de nuevola República… E insisto, para no desviarnos, Mesalina era una mala mujer.

Él guió su mano desde los pechos hasta el ombligo, y luego intentó seguir bajando.

–Déjame.

Él sonrió.

–¡Déjame! –insistió ella, apartando su mano con brusquedad. Se giró para darle la espalda.

Su sonrisa se heló de repente.

Aquel giro le había desconcertado: ¿a qué venía ese enfado? Estuvo a punto de pedirle perdón –aun sin saber realmente por qué–, hacerle alguna carantoña, gastarle alguna broma. No lo hizo. Pensó: sigue siendo una niña. Ha planeado la noche a su antojo. Hemos cenado en el restaurante que ella ha elegido y hemos ido a bailar a la discoteca que, cómo no, ha elegido ella –lugar donde, por cierto él, al contrario que ella, se había sentido incómodo ante tantas miradas masculinas. Vivimos, añadió para sí, en esta casa, fruto también de su elección. Cuando le apetece sale con sus amigas y llega tarde a casa; o no llega. No le pongo trabas a su libertad, pero pese a todo nunca está contenta.

Esto lo apuntó instintivamente en el debe de su joven esposa. Y su belleza, que siempre había apuntado en el haber, era ahora una fruta prohibida.

En un acto de rebeldía o resignación, le dio él también la espalda. No tardó mucho en rendirse al sueño.

Algunas horas después se despertó al notar aquellos dedos que hormigueaban suavemente en su pecho.

–¿Sigues enfadado con tu Mesalina? –le susurró ella al oído, con una voz sugestiva, infantil, llena de picardía.

La miró callado y sin fuerzas mientras ella le ofrecía su veneno mortal. Quiso decir NO a aquella tregua pero su miembro viril se le adelantó y dijo SÍ. Ella hizo y deshizo. Y con mucho placer, a tener en cuenta sus gemidos. Pero él seguía callado, perdido en tiempos remotos. No conseguía apartar de su mente al emperador Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico, hijo de Druso el Germánico, sobrino de Tiberio y tío de Calígula, historiador, erudito y secretamente uno de los hombres más inteligentes de Roma, a quien todos conocían como Claudio el tonto.

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