Celestino V: el papa santo que abdicó (y II)

25 jul, 2012 por



Viene de Celestino V: el papa santo que abdicó (I)

 

 

De ermitaño a papa

Pietro de Morrone (Pietro Angeleri era su nombre de pila, su padre se llamaba Angeleri; Morrone es un apodo que le dieron por ser un eremita del monte Morrone) había nacido en 1209 o tal vez en 1215, en la italiana Isernia, en el seno de una familia numerosa de 12 hijos. De niño ya mostraba una inclinación a una vida religiosa, y más tarde se refugió como eremita en el monte Morrone y luego en la región dela Maiella. Después de su ordenación como sacerdote en 1239 en Roma, regresa a su ermita.

Hacia 1260 creó en Sulmona la Orden del Santo-Espíritu, agregada tres años después por el papa Urbano IV a la de los Benedictinos, y en 1274, a pesar de las reticencias del Segundo Concilio de Lyon, otro papa, el ya mentado Gregorio X, aprueba definitivamente la Orden y sus estatutos. La nueva Orden conoce en un primer momento una expansión fulgurante en toda Italia. Más tarde se expandirá también en Francia, bajo Felipe IV el Hermoso. En 1294 pasará a ser llamada Orden de los Celestinos (que adoptarían ese nombre en honor a su fundador).

En 5 de julio de 1294, el cardenal Pedro Colonna, un arzobispo, dos obispos y dos notarios, llegados de Perugia, donde estaba reunido el colegio cardenalicio en circunstancias excepcionales para la elección de un nuevo pontífice, ofrecieron la tiara pontificia a Pietro de Morrone.

En efecto, el cardenal Latino Malabranca Orsini, a la sazón decano del colegio cardenalicio y también inquisidor general de Italia, sin duda exasperado por la demora excesiva (¡más de dos años!) en el proceso de la elección papal, había declarado a la Curia que después de recibir una carta de Pietro de Morrone, en la cual aquel vaticinaba un “castigo divino” si los cardenales no se apresuraban en elegir un nuevo papa, que votara por el religioso de Isernia.

Al poco tiempo los demás cardenales se apresuraron a otorgar su consentimiento a dicha votación, que no tenía nada de “santa”, pues ante todo se trataba de aplacar el conflicto entre las facciones enemistadas de los Orsini y de los Colonna, que ejercían un férreo control sobre el conjunto del colegio cardenalicio.

Era pues una decisión política, pues Pietro de Morrone no estaba adherido a ninguna de estas dos facciones. Y hay que resaltar, eso sí, que fue esta la última elección de un papa fuera de un Cónclave.

Pietro de Morrone era un octogenario de de pálido rostro y cabellos blancos que sólo pretendía acabar sus días en la más absoluta soledad, lejos de los tormentos del siglo. Tenía fama de santo y de taumaturgo. Años antes, el abad Joaquín de Fiore había profetizado la llegada de un papa sencillo y pobre que anunciaría una tercera edad del mundo, el Reino del Espíritu Santo en la tierra.

En un primer momento, Pietro de Morrone intentó huir, despavorido por aquella noticia, no obstante, a petición de su comunidad de ermitaños y de los mandatarios de la Curia, acabó por aceptar.

Por aquellos años, en la península Itálica, el rey francés de Nápoles, Carlos II de Anjou, sobrino de San Luis, constituía sin duda la amenaza más directa para los intereses de la Curia pontificia, auque los Orsini eran profranceses.

El 29 de agosto de 1294, subido a lomo de un burro blanco, en compañía del sequito del rey francés Carlos II de Anjou y de su hijo, el joven Carlos Martel de Anjou, Pietro de Morrone llegó a la basílica de Santa Maria de Colemagio (en La Aquila), donde fue coronado papa y tomó el nombre de Celestino V, aunque el pueblo le apodaría Papa Angélico.

Sin embargo, sólo tres cardenales asistieron a la ceremonia de coronación, pues los demás, recelosos de las intrigas de Carlos II de Anjou para acaparar el control de la Curia pontificia, se habían echado atrás. Hubo que repetir la ceremonia unos días más tarde, cuando acudieron más cardenales. De hecho, Celestino V… es el único papa que ha sido coronado dos veces.

Carlos II de Anjou se había enzarzado en unas ásperas negociaciones con los legados de Roma para trasladar la sede pontificia a Nápoles, capital de su reino. Y tenía una influencia indudable sobre Celestino V. A decir verdad, a Celestino V no le gustaba Roma, a la que consideraba como la madre de todos los oprobios, un gallinero perpetuo de rufianes, asesinos y prostitutas. Allí los partidarios de los Colonna y de los Orsini, las dos familias más influyentes de la caput mundi, que contaban entre sus filas a numerosos dignatarios eclesiásticos de los cuales varios llegaron a ceñir la tiara , se acuchillaban a diario, sembrando la anarquía y el horror entre sus habitantes.

De modo que Celestino V, bajo la tutela de Carlos II de Anjou, decidió emprender el camino hacia su nueva residencia en Nápoles, el Castel Nuovo, una gruesa fortaleza que dominaba el mar. No obstante, a medida que se alejaba del paisaje de su infancia, un funesto presentimiento le apretaba el corazón con fuerza…

 

Desgracias y tribulaciones de un papa

Una vez en Nápoles Carlos II de Anjou, obligó a Celestino V, mediante astucias diplomáticas, a crear un nuevo colegio cardenalicio, por supuesto favorable a los intereses franceses. De modo que un Celestino V totalmente manipulado y engañado, además de ingenuo e inexperimentado en los asuntos administrativos que le incumbían, designó a doce cardenales, entre ellos seis franceses y cinco italianos. Además otorgó el arzobispado de Lyon al hijo de Carlos II de Anjou, Carlos Martel, que a la sazón tenía 21 años.

Con el paso de los meses, la situación se hizo insoportable para Celestino V, que seguía viviendo a modo de un ermitaño dentro del castillo-cárcel de Castel Nuevo.

Consultó pues al cardenal Benedetto Caetani, para saber si podía abdicar de acuerdo con el Derecho canónico. Hay que decir que Caetani, consumido por la ambición de ceñir la tiara pontificia, no se hizo rogar…Fue en aquel momento cuando los Colonna, enemigos acérrimos de los Orsini y de los franceses, hicieron correr el rumor de que, por las noches, Caetani asustaba con espantosos murmullos al anciano Celestino V, a través de un agujero en la pared de su celda de madera, haciéndole creer que dicha voz era la del ángel del Apocalipsis que le instaba a abdicar de su cargo so pena de acabar en el infierno por ser indigno de representar a Cristo sobre la Tierra.

Documento de la abdicación de Celestino V.

El 13 de diciembre, Celestino V, después de convocar un último consistorio, anunció su abdicación a los napolitanos atónitos que ya lo veneraban como un santo vivo, capaz de hacer milagros. Celestino V sólo había permanecido cuatro meses en el trono de Pedro.

Entre tanto, a Carlos II de Anjou lo habían convencido para que favoreciese a Benedetto Caetani y, puesto que no se trataba de un Colonna, los Orsini estuvieron de acuerdo.

El proceso electoral duró tan sólo cuatro días, y a raíz del mismo Benedetto Caetani fue coronado como Bonifacio VIII.

Luego, en menos de un mes, el nuevo papa trasladó de nuevo a Roma la sede pontificia. Celestino V le solicitó el permiso para regresar a su cueva en los Abruzos, pero Bonifacio VIII se negó tajantemente temiendo las maniobras de Carlos II de Anjou y de los Colonna y, más aún, la popularidad de Celestino. Desesperado, Celestino V huyó entonces con la ayuda del condestable de Nápoles, Guillermo d´Estanard, quien organizó en secreto su fuga.

Las tropas del pontífice y las de Carlos de Anjou buscaron a Celestino V durante cinco meses. Celestino, tras pasar meses en las montañas intentó luego embarcar hacia Grecia. Subió a una nave pero, reconocido en el puerto de Vesti, donde su barco había fondeado después de una violenta tempestad, fue detenido y encadenado, antes de ser llevado a Roma.

Bonifacio VIII ordenó de inmediato que fuera encarcelado en la prisión papal de Fulmone, al exterior de Roma. No obstante, Celestino V gozaba de una veneración continua, cosa que irritaba con desmesura a Bonifacio VIII. En efecto, muchos consideraban que Celestino V seguía siendo el verdadero papa, y que Bonifacio VIII era un usurpador.

Celestino V murió el 19 de mayo de 1296 en extrañas circunstancias. Entre las hipótesis que se barajan, destacad que un verdugo le hubiera apretado un cojín contra la cara hasta que dejó de respirar. También algunos consideran que le perforaron el cráneo con un clavo. Años más tarde, bajo el pontificado de Clemente V en Aviñón, fue canonizado el 3 de mayo de 1313, a instancias del rey francés, Felipe IV el Hermoso, que es bien sabido aborrecía a Bonifacio VIII. Resulta curioso que no fuera canonizado como Celestino V sino como San Pietro (Pedro) de Morrone.

No obstante hubo, quién no le consideraba un santo. Dante, que menospreciaba a Celestino V por cobarde y por haber abdicado del trono pontificio, le colocó en el Infierno de su Divina Comedia:

“Así que distinguir los rostros puedo, miro con más fijeza, y vi entre varios al que la gran renuncia hizo por miedo.” (Infierno, Canto III)

Por su parte, Jacopone da Todi, el gran poeta franciscano (de la rigurosa corriente de los espirituales), en una de sus composiciones que había mandado a Celestino V, le exigía que no defraudara las esperanzas de un pontificado santo y duradero… pero constató con amargura su fracaso. Cuatro años después de la abdicación de Celestino V, Da Todi fue encarcelado en su convento por Bonifacio VIII, de dónde fue liberado sólo a la muerte de este.

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