Las Navas de Tolosa. El penúltimo capítulo de la Reconquista (I)

2 jul, 2012 por



Cuando el 19 de julio de 1195 el rey castellano Alfonso VIII era estrepitosamente derrotado por los almohades en la batalla de Alarcos quedaba con ello confirmada la hegemonía islámica en la península Ibérica, por lo que nada hacia presagiar que tan solo dieciséis años y trescientos sesenta y dos días más tarde este mismo monarca lograría con su victoria de las Navas de Tolosa poner fin al poderío musulmán hispánico, al tiempo que dicha gesta permitía a los reinos cristianos iniciar la última fase de la reconquista.

 

Almohades: la nueva amenaza islámica

Hacia el primer cuarto del siglo XII una horda bereber, dirigida por el reformador religioso Muhammad ibn Tumart, iniciaba en el Magreb occidental una rebelión contra los almorávides, el poder musulmán que desde el siglo XI dominaba esta región geográfica junto con al-Andalus. Estos disidentes, originarios del Atlas y llamados a sí mismos al-mohades (‘monoteístas’), utilizarían en beneficio propio la crisis de gobierno que los almorávides sufrían en la península Ibérica y lograrían con ello, además, crear una confederación de tribus cuyo principal elemento de cohesión era su fanatismo religioso.

En el norte de África tendría lugar una sangrienta guerra entre los almohades y los, a su entender impíos, almorávides, que no cesó hasta que hacia 1147 cayó Marrakech, la capital de estos últimos. La opulenta ciudad había sido conquistada por un discípulo de Muhammad ibn Tumart, Abd al-Mu’min, líder almohade que le sucedió en 1132. Pero Abd al-Mu’min no se detendría en Marruecos y avanzaría con sus huestes almohades hasta Túnez, alcanzaría además Trípoli e incluso llegaría a hostigar las posiciones normandas de Sicilia.

El imperio islámico que se estaba gestando únicamente alcanzaría su límite norte al llegar a la actual provincia de Teruel, mientras que tendría al Sahara Occidental como frontera sur, Lisboa seria su punto más al oeste, al tiempo que sus confines orientales quedarían situados en Libia. No obstante, la débil y única base de su unidad, es decir la religión musulmana, junto con la gran extensión de sus dominios, serían las claves para que este imperio se desmoronara en pocos años.

 

Hacia 1144 se producía en al-Andalus la sublevación de una serie de ciudades almorávides, entre las que destacan las actuales villas portuguesas de Mértola, Évora, Beja y Silves, así como Córdoba, Jaén, Granada, Valencia, Murcia, Málaga y Cuenca, urbes que harían un llamamiento de auxilio a los almohades, cuyas tropas cruzaron el estrecho de Gibraltar en 1146, con las promesas de Abd al-Mu’min de abolir impuestos considerados ilegales y de acabar con los abusos cometidos tanto por los almorávides como por los cristianos.

Debido a ello, y dado el hecho de que los almorávides todavía se refugiaban tras las sólidas murallas de Sevilla, únicamente era de esperar que se produjera otro enfrentamiento armado entre los dos bandos musulmanes. No obstante, a partir de 1147 en pocos años caerían en manos almohades Sevilla, Jaén, Córdoba, Jerez, Ronda, Badajoz, Málaga, Granada, Baeza y Almería.

Es más, incluso los monarcas cristianos sabían sacar tajada de la debacle almorávide. En este contexto podemos hallar en 1147 a Alfonso VII de Castilla y León conquistando Almería, a Alfonso I de Portugal entrando en Lisboa en 1148 y al conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, ocupando Tortosa y Lérida, en 1148 y 1149, respectivamente.

 

Los cinco reinos

Pero una vez que los reinos cristianos parecían recuperarse de largos años de predominio almorávide se produjo la defunción de Alfonso VII en 1157, monarca que a su muerte separó nuevamente los reinos de Castilla y León. Su nieto Alfonso VIII, se acabaría sentando en el trono de Castilla tras el corto reinado de su padre, Sancho III, al tiempo que León pasaba a manos de Fernando II, hijo de Alfonso VII. A partir de entonces, de nuevo estos dos reinos conspirarían el uno contra el otro. Este hecho constituye un ejemplo de la desunión existente entre los denominados “cinco reinos”, lo que sin duda contribuyo a la rápida expansión peninsular de los almohades, ya que por esas fechas, mediado ya el siglo XII, Portugal, León, Castilla, Navarra yla Corona de Aragón no harían frente común para frenar el empuje islámico.

Destacan en este sentido los ataques lanzados sobre Castilla por parte de Fernando II de León y Sancho VI de Navarra durante la minoría de edad de su rey, Alfonso VIII, entre 1158 y 1169, aprovechando la fuerte inestabilidad en esos momentos de sus teóricos dominios.

Debido a esta falta de consenso entre los cristianos, los almohades se hicieron con relativa facilidad con el control de las ciudades anteriormente mencionadas. Con estas conquistas peninsulares, a excepción de los cinco reinos cristianos, únicamente era independiente el reino musulmán de Valencia y Murcia, bajo control del mítico rey Lobo Ibn Mardanish. Sin embargo, en 1172 moriría este caudillo andalusí defendiendo Murcia del asedio al que era sometida por el hijo y sucesor de Abd al-Mu’min desde 1163, Yusuf I, califa almohade que lograría con la conquista del Levante peninsular recuperar la unidad de la Hispania islámica.

Poco antes de caer este último bastión andalusí independiente, concretamente en 1169, Alfonso VIII era declarado apto para iniciar el gobierno efectivo de Castilla. Y no tardaría el joven monarca castellano en gestar su venganza personal frente a Sancho VI de Navarra. Hacia 1173 el impetuoso Alfonso VIII reconquistaba el área fronteriza arrebatada por los navarros durante su infancia. El rey castellano hallaría, además, un fiel aliado en el vecino reino de Aragón, estado con el que supo pactar de forma exitosa primero con Alfonso II y luego, como podremos comprobar en breve, con su hijo Pedro II.

Fruto de esta concordia Castilla conquistaría Cuenca a los almohades en 1177, mientras que en 1179 Alfonso VIII y Alfonso II firmarían en Cazorla un tratado en el que se repartían las futuras conquistas de territorio islamita.

No obstante, los almohades también tomarían en ocasiones la iniciativa militar y su califa, Yusuf I, acabaría erigiéndose en un auténtico azote para Castilla y Portugal. Es preciso, en este contexto, hacer mención de la batalla naval de Silves, en la que en 1182 los portugueses fueron duramente derrotados. Seria precisamente durante la campaña portuguesa cuando Yusuf perdería la vida en combate, concretamente cuando atacaba Santarém en 1184. Su hijo y sucesor, Abu Yusuf Yaqub continuaría la guerra frente a Portugal, al tiempo que, al igual que Yusuf I, sometería también a Castilla a un duro castigo, sobre todo tras la osadía de su monarca, Alfonso VIII, de lanzarse desde Toledo en 1190 hasta las proximidades de Sevilla en una expedición de saqueo.

 

El desastre de Alarcos

La réplica almohade a esta provocación llegaría en 1195, cuando su califa desembarcaría en Tarifa en el mes de junio y, desde Sevilla, se lanzaría personalmente hacia la frontera castellana del Tajo al frente del grueso de sus tropas. Alfonso VIII acudió apresuradamente a Alarcos, en las proximidades de Ciudad Real, con la esperanza de evitar que los almohades cruzaran el río y con ello Toledo quedara expuesta a un serio peligro. En esos momentos el rey castellano se encontraba solo, pues ni tan siquiera el vecino reino de León, igualmente amenazado que Castilla por la incursión almohade, acudió en su ayuda.

El 19 de julio se produciría el encuentro en campo abierto de estos dos ejércitos tan diferentes. Mientras la caballería pesada castellana se lanzaba a la carga, los ágiles jinetes almohades hacían uso de sus arcos y fingían la huida. Sin duda que la persecución emprendida por los castellanos en esa calurosa época del año llegaría a resultar extenuante para su bien pertrechada pero, por contra, nada liviana caballería.

Finalmente, hubo un momento de la batalla en el que los castellanos acabaron viéndose rodeados por las tropas almohades. Con un movimiento envolvente los jinetes musulmanes atraparon entonces al ya desorganizado enemigo cristiano, infringiéndole, de esta forma, una dura derrota en la que cinco mil castellanos serian hechos prisioneros.

Esta hazaña militar permitiría al califa Abu Yusuf Yaqub, ahora llamado Mansur (‘Victorioso’), asolar las tierras de frontera cristianas, bien defendidas hasta entonces por los caballeros de la Orden de Calatrava, y, con ello, comenzar a estrechar el cerco sobre Toledo. Y por si ya de por si Alfonso VIII no tenía suficiente con tratar de frenar el solo la amenaza almohade, Alfonso IX de León y Sancho VII de Navarra se lanzaban sobre Castilla estrangulando a este reino mediante un efecto de tenaza.

De esta forma, los leoneses lograban penetrar hasta la localidad de Villasirga (Palencia) y las tropas navarras alcanzaban las proximidades de Logroño. No obstante, Alfonso VIII hallaría en 1196 un poderoso aliado en la figura de Pedro II de Aragón, al igual que años antes ocurriera con el padre de este último, Alfonso II, de forma que ambos pudieron contrarrestar el empuje navarro, y, con ello, Castilla pudo de nuevo sobrevivir a otra grave crisis.

Finaliza en Las Navas de Tolosa. El penúltimo capítulo de la Reconquista (y II)

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