Las Navas de Tolosa. El penúltimo capítulo de la Reconquista (y II)

9 jul, 2012 por



Viene de Las Navas de Tolosa. El penúltimo capítulo de la Reconquista (I)

La gran alianza

La gran victoria obtenida por Abu Yusuf Yaqub en Alarcos le permitiría en 1197 realizar una cabalgada con la que penetraría en territorio castellano depredando los campos de cultivo de Toledo, Madrid y Guadalajara. Esta sería la última actuación del califa almohade, ya que Abu Yusuf Yaqub enfermó en abril de 1198, falleciendo el 22 de enero del año siguiente, no sin antes haber firmado una tregua en 1197 con Alfonso VIII, forzado por la crisis política que padecían los almohades en el norte de África. Abu Yusuf Yaqub seria sucedido por su hijo, Muhammad al-Nasir, llamado Miramamolín en las crónicas cristianas.

Tras el fallecimiento del gran califa Mansur, ¿conseguirían los cinco reinos liberarse del yugo almohade? En las postrimerías del siglo XII, los reinos cristianos hispánicos no habían resuelto aun la mayoría de las querellas existentes entre ellos, iniciadas en época próxima a la llegada de los almohades a la península Ibérica, que tuvo lugar como vimos allá por 1146.

No obstante, tras aproximadamente medio siglo de enfrentamientos y desunión, Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, y el papa Inocencio III pondrían en práctica su plan para reconciliar a los cinco monarcas cristianos y, de esta forma, poder aunar mejor los esfuerzos necesarios a la hora de organizar una cruzada contra los almohades. Para ello fue preciso que antes los cinco reyes acercaran posturas entre 1207 y 1209 en diversas entrevistas de las cuales surgieron una serie de treguas y pactos, fruto, sin duda, de la insistencia de Inocencio III, pontífice que exhortó a los monarcas peninsulares para que dieran fin a sus estériles enfrentamientos.

Precisamente este último año concluyó la tregua pactada entre castellanos y almohades, motivo por el cual Alfonso VIII atacó Jaén y Baeza, al tiempo que en 1210 los caballeros de Calatrava se lanzaban sobre Andújar. La réplica almohade llegaría al arrebatar a la Ordende Calatrava el castillo de Salvatierra en 1211. Estas primeras escaramuzas eran sin duda los preludios de la gran cruzada que el Papa deseaba. Sólo habría que esperar a mayo de 1212 para que Inocencio III exhortara a toda la cristiandad occidental a partir a Hispania para enfrentarse al infiel.

No obstante, los almohades no permanecerían ociosos y su califa, al-Nasir, arribaba a Tarifa en mayo de 1212 para acaudillar a un gran ejército. Paralelamente el ejército cristiano, concentrado en Toledo desde la primavera de 1211, partía de esta ciudad castellana el 20 de junio. Veinte días después alcanzaban Sierra Morena, tras haber conquistado a lo largo de la marcha Calatrava, Alarcos, Caracuel, Benavente y Piedrabuena sin apenas encontrar resistencia.

Sería al intentar atravesar Sierra Morena cuando los cristianos hallarían la primera gran dificultad en su expedición: encontrar un paso de montaña no vigilado por los almohades. Finalmente, cuentan las crónicas cristianas que un lugareño, concretamente un pastor, mostró a los cruzados un camino conocido como el paso del Rey y a través de éste sus ejércitos alcanzaron la meseta donde tendría lugar la épica batalla de las Navas de Tolosa, el enfrentamiento bélico que tuvo lugar en las proximidades de la aldea del mismo nombre, perteneciente hoy al municipio jienense deLa Carolina.

 

La cruzada

Cuando los cristianos localizaron al enemigo en las Navas, es decir, en la meseta que se presentó ante ellos una vez que habían atravesado Sierra Morena, éste les esperaba allí, acampado en una colina y presto para el combate. Pero tras tan fatigosa marcha, en la cual habían superado un terreno muy abrupto bajo la atenta mirada de imponentes picos como los del desfiladero de Despeñaperros, los cruzados no lanzarían todavía su ataque y montarían su campamento en otra posición elevada del campo de batalla.

Al-Nasir había dividido su ejército en cinco cuerpos: árabes, bereberes, soldados de élite denominados voluntarios de la fe, andalusíes y, finalmente, almohades propiamente dichos. Todos ellos combatían agrupados bajo los estandartes de sus propios líderes e incluso cada uno de estos cuerpos contaba con su propio campamento.

A todos estos soldados habría que añadir los efectivos que formaban parte de la guardia personal del califa almohade, africanos negros que rodeaban la tienda de al-Nasir encadenados alrededor de ella. Este ejército almohade debía suma alrededor de cien mil efectivos, guerreros cuya mejor arma la constituían las flechas disparadas por sus arcos, así como la endiablada velocidad de su caballería ligera.

No cabe duda de que los almohades esperaban obtener en este nuevo enfrentamiento armado un resultado similar al alcanzado en Alarcos diecisiete años atrás. Y para ello pensaban emplear la táctica que tanto éxito les había dado en esta última batalla: la huida simulada de sus raudos jinetes.

Pero en esta ocasión el campo de batalla era bien distinto del que se encontraron en Alarcos. Las Navas aportaban un terreno que era lo suficientemente reducido como para dificultar la maniobrabilidad de los hábiles jinetes musulmanes, ya que, en las distancias cortas los caballeros musulmanes con arco resultaban inoperantes, como bien indica el catedrático de historia medieval Manuel García Fernández, experto enla Andalucía cristiana de los siglos XIII-XV. A ello habría que añadir que Alfonso VIII no se encontraba solo en esta ocasión, ya que podía contar con un poderoso ejército y con la experiencia militar de Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra y, si bien, su número de efectivos no era tan elevado como el de los almohades, lo cierto es que las tropas cristianas estaban mejor armadas. Para contrarrestar esta inferioridad numérica sus huestes, formadas por unos diez mil jinetes y cincuenta mil soldados de infantería, contaban, además, con la carga de su caballería pesada como mejor estrategia de combate.

Los ejércitos cristianos estaban constituidos por las mesnadas reales de los reyes de Castilla, Aragón y Navarra, las tropas de grandes aristócratas, como el señor de Vizcaya, Diego López de Haro, las huestes de varios prelados, los caballeros de las diferentes órdenes militares, las milicias urbanas de algunos concejos castellanos y, finalmente, también los cruzados reclutados mas allá de los Pirineos. Sin embargo, es preciso destacar que la mayoría de estos cruzados europeos abandonarían hacia el 1 de julio la campaña emprendida cuando, tras caer el castillo de Calatrava en manos cristianas, no pudieron conseguir botín alguno al impedir Alfonso VIII su saqueo.

El 16 de julio, al alba, daba comienzo la batalla que iniciaba los capítulos finales de la reconquista cristiana. En los prolegómenos de la misma tuvieron lugar algunas escaramuzas provocadas por los jinetes almohades, los cuales trataron de forzar un desenlace similar al que tuvo lugar en Alarcos, pero Alfonso VIII, con la lección bien aprendida tras esta estrepitosa derrota, no mordió el anzuelo esta vez y, en cambio, supo ser paciente y esperó su momento para asestar el golpe definitivo al enemigo.

La distribución de las tropas que iban a presentar batalla aquel día sería la siguiente. Por parte cristiana, formaban en el centro los castellanos bajo las órdenes de su rey, Alfonso VIII; Pedro II el Católico se situaba en el flanco izquierdo con sus tropas aragonesas; mientras que Sancho VII el Fuerte quedaba en el costado derecho comandando a doscientos caballeros de su propia mesnada y a las milicias de los concejos castellanos. A su vez, cada uno de estos tres cuerpos estaba dividido en tres líneas, con los tres monarcas en la línea de retaguardia de dicha formación.

Por parte de los musulmanes los voluntarios de la fe se situaban en vanguardia, armados con sus arcos, inmediatamente detrás se localizaba la infantería pesada, mientras que en los flancos quedaban ubicadas las caballerías ligeras almohade y andalusí.

La batalla dio comienzo con una carga inicial de la primera línea de los tres cuerpos del ejército cristiano, dirigida contra la vanguardia almohade. Este primer embate pronto alcanzó su objetivo y penetró profundamente entre las filas de los voluntarios de la fe almohades, a pesar de que los caballeros cristianos fueron una y otra vez hostigados por los jinetes musulmanes. Sin embargo, su empuje fue detenido por la infantería pesada almohade, cuerpo del ejército musulmán que gozaba de una mejor equipación defensiva.

 

Pronto los cristianos lanzarían a su segunda línea de jinetes para, de esta forma, evitar que su vanguardia se viera rodeada por las tropas de al-Nasir. Hubo entonces momentos de enorme confusión en los que no podía intuirse ni un atisbo sobre el desenlace final del combate, instantes de tiempo éstos en los que Alfonso VIII estuvo a punto de cometer el error de lanzar apresuradamente a su tercera, y última, línea de caballería. No obstante, el monarca castellano pudo ser persuadido de ordenar esta acción y los cristianos esperaron a que los almohades rompieran su formación.

Ocurrido esto, Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra se lanzaron a la carga al frente de la retaguardia cristiana, con una contundencia tal que lograrían alcanzar incluso la tienda del califa. Desde allí, al-Nasir había estado contemplando hasta ese momento la evolución de la contienda. Según cuentan las crónicas sería necesario que diez mil lanceros negros de la guardia califal fueran masacrados antes de que al-Nasir emprendiera la huida hacia Jaén.

La matanza de los cruzados continuaría hasta alcanzarse la noche, ya que al parecer, según nos indican algunas fuentes medievales, los heraldos de Alfonso VIII alentaban a las tropas cristianas para que siguieran eliminando enemigos al grito de: “el que traiga un prisionero será muerto con él”.

En los días siguientes a aquel 16 de julio, los cristianos conquistarían las fortalezas de las actuales localidades de Vilches, Baños dela Encina, Tolosa y Úbeda, pero, finalmente, esta exitosa expedición habría de ser interrumpida como consecuencia de una epidemia surgida entre las tropas cruzadas.

 

Consecuencias

La gran victoria obtenida por los cristianos en las Navas de Tolosa abría a sus reyes el paso hacia el valle del Guadalquivir, al tiempo que ponía fin a la terrible amenaza que desde 1146 había supuesto la presencia en la península Ibérica de un poder musulmán unificado.

No obstante, el esperado avance cristiano no se produciría de inmediato. A ello contribuyeron en buena medida los fallecimientos de los principales artífices de la gran victoria de las Navas. Pedro II moriría en 1213 y Alfonso VIII un año más tarde. Estas defunciones sentarían en sus respectivos tronos a dos menores de edad, Jaime I en Aragón y Enrique I en Castilla, y darían lugar a profundas crisis derivadas de los inestables gobiernos regentes de este periodo. Pero, a pesar de que los territorios de al-Andalus no pasaron de súbito a manos cristianas, la derrota de los almohades en las Navas de Tolosa, sin embargo, supondría el principio del fin del predominio peninsular de éstos y, a la postre, su desaparición definitiva como imperio.

Al-Nasir seria envenenado en Marrakech el 24 de diciembre de 1213. Fue sucedido por su joven hijo Yusuf II, califa que no abandonaría en ningún momento la seguridad que le proporcionaba su capital norteafricana. En 1224, su tío-abuelo, Abu Muhammad Abd al-Wahid, ascendió al trono, anciano califa que a los pocos meses sería asesinado. Su autoridad nunca sería reconocida en Murcia. Fue precisamente el gobernador de Murcia, al-Adil, su sobrino, quien le sucedió. Durante su califato Valencia, Játiva y Denia, gobernadas por Abu Zayd, serían independientes, al igual que Baeza, Córdoba y Jaén, a cuya cabeza se situaba un hermano de este último, Abu Muhammad al-Bayasi.

Al-Adil seria estrangulado en 1227 y, mientras Abu Zakariya era coronado califa, al-Andalus dejaba definitivamente de ser un dominio almohade.

La descomposición de la unidad musulmana en la península Ibérica condujo a la formación de las denominadas terceras Taifas, de forma que alcanzado ya el primer cuarto del siglo XIII, el sur de Hispania se hallaba salpicado por innumerables territorios musulmanes independientes entre sí, al frente de los cuales se colocaron dinastías andalusíes o, incluso, antiguos gobernadores almohades. Ello facilitaría, una vez superada la crisis sucesoria antes mencionada, su conquista definitiva por parte de las coronas de Castilla y Aragón, así como también Portugal.

Debido a esto Baeza (1227), Córdoba (1236), Jaén (1246), Carmona (1247), Sevilla (1248), Murcia (1264), Tarifa (1292) y Algeciras (1344) serian reconquistadas por Castilla; Mallorca (1229), Ibiza (1235), Morella (1232), Peñíscola (1233), Burriana (1233), Valencia (1238), Alcira (1242) y Játiva (1244) pasarían a manos de Aragón; así como Portugal tomaría Elvas (1226), Aracena (1231), Tavira (1249) y Faro (1249).

Al tiempo, León quedaría unido dinásticamente a Castilla de forma definitiva en 1230 bajo la figura de Fernando III el Santo. Mientras que en el caso del quinto de los reinos cristianos, es decir, Navarra, es preciso destacar que sus posibilidades de expansión habían quedado condenadas como consecuencia de que su territorio se había convertido en un reino interior rodeado por todas partes por tres potencias emergentes: Francia, Aragón y Castilla.

A ello habría que añadir la crisis sucesora experimentada tras la extinción de la estirpe de Sancho VII el Fuerte en 1234, fallecimiento que posibilitó el acceso al trono navarro de la dinastía francesa de Champaña, hecho este último que a partir de entonces provocaría que el pequeño reino pirenaico basculara hacia el lado de Francia hasta alcanzarse el siglo XVI.

A mediados del siglo XIII, por lo tanto, tras la reconquista definitiva del reino de Valencia en 1245 por parte de la Corona de Aragón, en el caso de Portugal después de la toma del Algarve en 1250 y cuando nos referimos a Castilla, si exceptuamos el reino de Granada, una vez ocupado el valle del Guadalquivir en 1248, únicamente quedaba como opción de expansión para estos tres poderosos reinos salir al mar. Y eso fue precisamente lo que harían, al tiempo que cincelaban la historia de los imperios portugués y español de la Edad Moderna.

2 Comentarios

  1. Felipe

    Estaría genial un descargable de la Reconquista, un periodo apasionante, como este artículo.

  2. Es una magnífica idea, Felipe.

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