¿Por qué caían los imperios?

30 jul, 2012 por



Pero mientras los historiadores se afanan, es un decir, en la búsqueda de un nuevo consenso, bien estaría que retomáramos la historia de los primeros imperios, que habíamos dejado un par de preguntas atrás enfrentados al duro trance de su nacimiento. Ahora conocemos ya de qué modo nacieron; nos resta, pues, entender cómo y por qué morían.

Repasemos brevemente la historia del Próximo Oriente, la de China y la India, la de la América precolombina; la del mundo, en fin. Y observaremos enseguida que, uno tras otro, sucesivos imperios nacen, extienden sus fronteras a lo largo de cruentas guerras con sus vecinos, saborean, más pronto o más tarde, la amarga hiel de la decadencia y mueren entre agónicos estertores de anarquía y caos, cediendo la hegemonía que detentaban al más enérgico de sus competidores. La historia se repite una y otra vez desde el principio. Sumerios, acadios y asirios se suceden en el control de las feraces tierras de Mesopotamia que habían dado a luz a los primeros estados. Egipto, en su venturoso aislamiento, parece inmune a la tentación imperial hasta que, a principios del siglo XVIII a.C., la invasión de los hiksos le saca con violencia de su insostenible ensimismamiento. Luego, el ritmo de los cambios se acelera.

El Reino Nuevo egipcio compite ya en pie de igualdad con sus vecinos por el control de Palestina y Siria, manzana de la discordia a medio camino entre las grandes potencias, e imperios más grandes y poderosos se enseñorean, uno tras otro, del Próximo Oriente. Hurritas e hititas, asirios y babilonios, persas y griegos se suceden en su control hasta que, cercano ya el comienzo de nuestra era, los romanos imponen su dominio universal sobre las riberas del Mediterráneo.

Pero ¿por qué morían los imperios? ¿Qué suerte de arcana ley histórica, en caso de existir alguna, imponía un hado tan aciago a edificios políticos de fábrica tan sólida? Olvidemos las apariencias y, siguiendo con nuestro ejemplo, rasquemos bajo la opulencia superficial de las distintas civilizaciones que durante más de cinco milenios fueron desarrollándose, una tras otra, en las tierras del Próximo Oriente. Pronto repararemos en que la solidez de los imperios antiguos era sólo aparente. Sus cimientos estaban podridos, y la misma causa que originó su nacimiento contenía ya las semillas inexorables de su muerte.

Como vimos, todos los imperios antiguos respondían a la misma estructura sociopolítica. Bajo el impactante oropel de sus formas externas, en absoluto gratuitas, se ocultaba una enorme desigualdad en el acceso a los recursos. Una siempre minúscula burocracia entregada a la administración de las cosechas imponía su dominio inapelable sobre una enorme masa de campesinos cuyo excedente gestionaba en realidad en beneficio propio mientras los mantenía tan sólo un poco por encima del límite de la supervivencia.

Hubo, es cierto, mejoras en el nivel de vida del común de las gentes, pero se produjeron sólo al principio, cuando la población era todavía escasa en relación con el umbral máximo que el entorno podía soportar. Más tarde, cuando la presión demográfica arreció y la estabilidad del Estado empezó a resultar amenazada, la guerra de conquista pareció apuntar como la solución óptima. Los imperios así creados actuaban como mecanismo de reequilibrio. Las numerosas muertes que provocaban reducían la presión sobre el medio; la extensión de las tierras cultivables incrementaba el volumen de las cosechas. Pero, además de tratarse en el fondo de una solución temporal, porque mientras no se produjeran mejoras técnicas capaces de incrementar la productividad de la tierra era cuestión de tiempo que la población volviera a crecer por encima de los recursos disponibles, los imperios poseían sus propios y nuevos problemas.

En realidad, el control de un territorio mucho mayor exigía más sacerdotes, más funcionarios, más soldados, y, por supuesto, más tributos para mantenerlos. Y lo relevante es que todo ello debía funcionar ahora a una distancia mucho mayor de la habitual. Los representantes del poder central podían por supuesto, creer sinceramente en lo que hacían y actuar así con escrupuloso respeto a la ley. Pero lo cierto es que las oportunidades de autonomía y enriquecimiento para ellos eran ahora mucho mayores, tanto más cuanto mayor era la distancia que los separaba de la capital. Y cuanto mayor era el número de gobernadores provinciales que sucumbía a la tentación, menor era, en contrapartida, el interés por la preservación de los canales y presas de las que dependía la economía imperial misma.

El imperio, en consecuencia, tendía a devorar con gran rapidez los supuestos beneficios que generaba, pues no era sino un colosal depredador incapaz de generar por sí mismo la riqueza que requería para subsistir. La corrupción se extendía, crecían la pobreza y el descontento, y la legitimidad del soberano, indisolublemente vinculada a su supuesta capacidad para garantizar el alimento de sus súbditos, comenzaba a debilitarse. Con todo ello, el Estado se tornaba más vulnerable a los ataques externos, que tendían a arreciar, agravando con ello el proceso, pues la consiguiente necesidad de fortalecer el ejército detraía recursos de la actividad productiva y tornaba aún más miserable la situación de la mayoría de la población..

De este modo, más pronto o más tarde, víctima de los embates simultáneos o sucesivos de los enemigos internos y externos, el imperio se derrumbaba en medio de un enorme estrépito de hambre, pillajes, destrucción y caos, dejando paso a una época de anárquico predominio de los poderes locales que, de manera sistemática, concluye cuando uno de ellos, o quizá un invasor, reúne poder suficiente para imponer de nuevo su autoridad al conjunto. El ciclo se repite una y otra vez; los imperios, uno tras otro, nacen, crecen, envejecen y mueren. Cada uno es más grande que el anterior; las tierras que abarca su dominio se expanden sin cesar. Pero cuando la expansión territorial ya no fuera posible, cuando todo el mundo conocido se hallara bajo el control de un único imperio, sería el propio modelo productivo el que hallaría su sentencia de muerte. La caída del Imperio romano estaba ya escrita miles de años antes de que se produjera. Pero esa es otra historia, ¿no es cierto?

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