Caballeros del Sur

10 sep, 2012 por



La caballería fue una de las armas que mejor definió el espíritu de lucha de las tropas confederadas en la Guerra de Secesión (1861-1865), pues los soldados a caballo no jugaron un papel destacado. Más que una fuerza de choque, las monturas se desplegaron por América del Norte como apoyo táctico a los numerosos regimientos de infantería. Tal vez esa función se deba en parte a las colosales distancias que abrumaron a los generales y, por otro lado, a la falta de una tradición bélica, el anverso de la Europa post-napoleónica a mediados del siglo XIX.  

 

Fusiles montados

Se calcula que la vida media de un caballo durante la Guerra de Secesión (la Civil estadounidense, de mediados del siglo XIX) era de apenas cuatro meses. Las fuerzas montadas de ambos bandos se encontraron con campos de batallas dispersos y orográficamente insalvables. No es extraño que el arma de caballería fuese un cuerpo auxiliar, un catalejo móvil para los estados mayores.

Pero en uno de los contendientes, la Confederación, el caballo encontró el acomodo de una sociedad netamente agraria. El perfil  aristocrático de la sociedad sureña tuvo su símbolo en la figura romántica del oficial a caballo. A ello contribuía la especificidad del arma, a saber, uniformes relumbrantes, escasa disciplina y movilidad táctica, mucha movilidad táctica.

La caballería no fue un arma decisiva, pues todavía se concebía como apoyo a los soldados de infantería, de ahí que, en muchas ocasiones, se bajaban los jinetes de sus monturas en cuanto la situación se ponía difícil.

La caballería se convirtió en la mejor forma de rastrear y acosar al enemigo cuando se encontraba en movimiento. Un lugar recurrente para sus andanzas fue el llamado Teatro de Operaciones del Oeste, donde sobresalieron una serie de nombres que, con el correr del tiempo, se han convertido en leyendas.

Joseph Wheeler

El general Joseph Wheeler (1836-1906) procedía de West Point y pronto chocó con Nathan Bedford Forrest, después del desastroso ataque al Fuerte Donelson, en Tennessee, en febrero de 1862. Forrest juró que nunca más volvería a servir a las órdenes de Wheeler, por lo que cada uno dirigió por su cuenta todo un Cuerpo de Ejército, algo impensable en las guerras consideradas modernas.

Las tropas de Wheeler eran dirigidas según los métodos tradicionales, aunque se veían poco sables. Sus hombres eran más bien infantes a caballo, que servían de forma excelente en el campo de batalla para romper los flancos del enemigo a campo abierto.

El general de la Unión William T. Sherman comentaría después de la guerra: “En caso de guerra con un país extranjero, él es el hombre que debe comandar la caballería de nuestro ejército”. En una declaración, que dejó atónitos a los puristas, Wheeler afirmó: “La mejor arma para un jinete es su fusil”.

La misma filosofía practicaba su rival, Nathan Bedford Forrest (1821-1877), quien, nacido en el seno de una familia pobre, se convirtió en hombre de negocios, dueño de varias plantaciones y mercader de esclavos en Memphis. Cuando estalló la guerra era ya un millonario plantador.

Nathan Bedford Forrest

Se alistó como soldado raso y el 14 de julio de 1861 se unió a la Compañía E de Rifles Montados, bajo el mando del capitán J. S. White. El gobernador de su estado, Tennessee, promovió a Forrest al rango de coronel, sorprendido de que alguien con esa riqueza se hubiera alistado en el rango más bajo del ejército. Un año después ya era general.

El 25 de marzo de 1864, en la batalla de Fuerte Pillow, Nathan Bedford Forrest exigió la rendición incondicional, so pena de “pasar a cada enemigo por las armas”. Los hechos de aquel combate fueron inciertos y están rodeadas de versiones diversas, como la que señala que, tras hacer prisioneros a los soldados de la Unión, éstos fueron ejecutados, crucificados o quemados vivos, y no olvidemos que muchos de sus prisioneros eran soldados negros.

Al terminar la guerra se retiró a Memphis arruinado, pues se quedó sin mano de obra. Entró a trabajar a una compañía ferroviaria, de la que se convirtió en presidente. Durante su retiro comenzó sus contactos con el Ku Klux Klan. La sombra de su figura todavía hoy genera opiniones encontradas.

J. E. B. Stuart

Tal vez el personaje más apasionante de la caballería confederada sea James Ewell Brown Stuart, más conocido por sus iniciales de J. E. B. Stuart, un soldado valiente e inconfundible en el campo de batalla con su penacho de plumas en el sombrero y su capa forrada de rojo. Nació en la plantación de Laurel Hill, en el condado virginiano de Patrick, el 6 de febrero de 1833.

Con catorce años entró en el colegio en Wytheville y pasó por la Universidad de Emory & Henry, entre 1848 y 1850. En 1854 decidió entrar en la academia de West Point, que Robert E. Lee dirigía por aquellos años. Stuart se graduó como decimotercero de su clase, sobre un total de 46 en la promoción de 1854.

Recibió el rango de sargento, el más alto alcanzable para los cadetes. Fue destinado a la división de Rifles Montados en Texas, pero pronto fue transferido y ascendido al primer regimiento, recientemente formado. Allí se descubrió su talento en el liderazgo. Fue ascendido a capitán en abril de 1861, pero se retiró del Ejército de la Unión el 14 de mayo de 1861 para unirse al de la Confederación tras la secesión de su estado, dentro de la unidad Black Horse.

Fue ascendido a coronel y participó con éxito en Bull Run, lo que le valió el ascenso a general. En mayo de 1863, en la batalla de Chancelorsville, Stuart fue designado por Lee para que tomase el mando del Segundo Cuerpo por unos días, después de que Stonewall Jackson fuese mortalmente herido.

Demostró ser tan hábil dirigiendo a la infantería como lo era haciéndolo con la caballería. Cuando Jackson murió, se visitó con el uniforme que le había regalado, a pesar de que estaba manchado de abundante sangre.

Comandó a los caballeros sureños en Brandy Station, el mayor enfrentamiento de jinetes durante la guerra, en junio de 1863. Durante la batalla de Gettysburg, Stuart llegó tarde durante el segundo día, un inicio desfavorable del choque. El general Lee le ordenó que rodease a los federales y que interceptase la ruta de comunicaciones, sin embargo, su ataque fue rechazado por la caballería de la Unión.

Durante el último día de batalla se le encargó del ataque en la zona de Cemetery Ridge, en la retaguardia federal, aunque la caballería de la Confederación era ya una sombra de lo que fue. Su plan fue defenestrado por el hollywoodense general G. A. Custer y Stuart no recibió reprimenda alguna por sus actos en Gettysburg.

Durante la ofensiva del general Ulysses S. Grant en la primavera de 1864, unos 10.000 soldados interceptaron a los 4.500 jinetes de Stuart. En la terrible refriega, un jinete unionista desmontado le disparó a cien metros de distancia con una pistola, ocurrió en Yellow Tabern, cerca de Richmond, el 11 de mayo de 1864.

Al día siguiente, Stuart murió en Richmond, la herida en el hígado fue mortal. Sus últimas palabras fueron: “Me marcho rápidamente. Estoy resignado; se cumplirá la voluntad de Dios”. Tenía 31 años. Dejó a su mujer, Flora Cooke, con dos hijos. Robert E. Lee comentó: “No puedo pensar en él sin llorar”.

 

El Fantasma Gris

John Singleton Mosby, Fantasma Gris

La caballería confederada era también el lugar idóneo para que surgieran individuos singulares que rozaban el mito y que, una vez concluida la guerra, se convirtieran en leyendas para ambos bandos. Sus andanzas dieron lugar a folletines y novelas baratas que se leyeron en las cantinas del Oeste. Sus hazañas se desarrollaban en los límites de la legalidad y más allá de los frentes convencionales.

Apuntemos en esta categoría, por ejemplo, al escurridizo Wade Hampton (1818-1877), creador de la homónima legión que desbarató muchos de los planes de la Unión, pero el primer puesto se lo lleva sin duda el abogado John Singleton Mosby (1833-1916), apodado Fantasma Gris, un jinete al que tampoco le gustaban los sables.

Fue el líder de la guerrilla montada de la Confederación, que se conoció con el nombre de 43º Batallón Partisano de Rangers. Al frente de su caballería irregular, luchó tras las líneas enemigas, robó caballos, apresó a oficiales unionistas, asaltó trenes, campamentos y depósitos de armas.

No es extraño que el propio general Lee dijera: “¡Ojalá tuviera 100 hombres como él!”. Pero la vida de Mosby fue extraordinaria incluso después de la guerra. Vivió hasta los 82 años, se hizo amigo del general Ulysses S. Grant, ayudó a perseguir al asesino de Abraham Lincoln, fue determinante en la política unionista con respecto al vencido Sur, ejerció de cónsul en Hong Kong, fue confidente de otros presidentes, mediador de la guerra del alambre de espino en las praderas y hasta investigó el fraude de la venta de tierras a los indios chickasawas.

También luchó en Cuba contra los españoles y fue en esa guerra donde trabó amistad con el padre del famoso general George Patton (1885-1945). Por si fuera poco, Mosby se declaró antiesclavista durante la guerra y defensor ardiente de la Unión en cuanto terminó el conflicto.

Gracias a su flexibilidad como arma y a las biografías de sus más conocidos protagonistas, no resulta extraño que el general Sherman afirmara sin rubor que “la caballería de la Confederación es la mejor del mundo”.

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