Después de la contienda: la batalla de Nájera contada por los ingleses

12 sep, 2012 por



El 3 de abril del año 1367 las tropas del Príncipe Negro, Eduardo, heredero de Inglaterra, se enfrentaron con las de Enrique de Trastámara, hijo ilegítimo del monarca Alfonso XI que se había autoproclamado rey de Castilla destronando a Pedro I.

El inglés venció en la que en su día fue considerada, junto con Crécy (1346) y Poitiers (1356), una de las tres batallas más importantes del siglo XIV. Estos episodios bélicos representaron, en tres décadas sucesivas, el inicio del fin de la caballería pesada.

El lugar en el que se desarrolló el enfrentamiento de 1367 no fue exactamente la villa de Nájera sino un emplazamiento cercano. De ahí que los cronistas extranjeros se refiriesen a la batalla con nombres tan diversos como Nasers, Nazers, Nadres, Nazares, Nazres, Nazare, Naverres o, más raramente, Pryazers (Bezares); y de ahí también que historiadores posteriores hablen en ocasiones de la batalla de Navarrete.

Coronación de Enrique de Trastámara.

Meses antes el rey Pedro I de Castilla había llegado a Aquitania, en aquel entonces parte de las posesiones de la Corona de Inglaterra, para pedir auxilio al rey británico. En respuesta, el monarca inglés ordenó a su primogénito, el llamado Príncipe Negro, que formase un ejército y con él acompañase al castellano.

En la Guerra de los Cien Años, que venía enfrentando a Francia e Inglaterra desde 1337, el Príncipe Negro se había ganado una gran fama como guerrero. En Nájera se enfrentaría a Bertrand du Guesclin, vasallo del rey de Francia que había ayudado a Enrique de Trastámara a hacerse con el trono de Castilla. Por todo ello, la batalla de Nájera formaría parte simultáneamente de la guerra civil por la corona de Castilla, y del gran conflicto que enfrentó a ingleses y franceses durante más de una centuria.

Con todo, y pese a los preparativos llevados a cabo por los contendientes, que se sabían partícipes de un momento histórico, el campo de batalla fue elegido de un modo un tanto accidental.

 

Los antecedentes

En abril de 1367 el ejército comandado por el príncipe de Gales, recién entrado en Castilla, avanzaba hacia Burgos siguiendo la ruta Salvatierra-Logroño-Navarrete, cuando encontró a las tropas de don Enrique cerca de la actual localidad de Alesón.

El usurpador del trono castellano había partido de Santo Domingo de la Calzada y cruzado el río Najerilla, afluente del Ebro, atravesando el puente de la villa de Nájera. Fue un error táctico que sus acompañantes le señalaron, pues utilizando el río como obstáculo habría frenado mejor a los ingleses; pero parece que su intención era llegar hasta las proximidades de Navarrete y presentar allí batalla.

El Príncipe se le adelantó, y el campo de la contienda se situó a medio camino entre las dos localidades, probablemente por donde pasa un afluente del Najerilla, el Yalde. La elección resultó fatal: cuando el ejército del Trastámara fue derrotado el río impidió que los vencidos huyesen. El relato anónimo de uno de los testigos del enfrentamiento, del que apenas se sabe que era heraldo de armas de sir John Chandos, quien luchaba del lado del Príncipe de Gales, lo narra del siguiente modo:

 

El campo de batalla estaba sobre un llano claro y sublime, sin arbusto ni árbol a distancia de una legua, atravesado por un estrecho río muy rápido y feroz, que causó a los castellanos mucho daño ese día, pues la persecución llegó hasta ese río. Más de dos mil fueron ahogados allí. Delante de Nájera, sobre el puente, os aseguro que la persecución se hizo cruel. Allí podíais ver a los caballeros saltando al agua empujados por el miedo, muriendo unos sobre otros; y se dice que el río se tiñó de rojo con la sangre que fluyó de los cuerpos de muertos y caballos.

 

 

Horas antes, al despertar el día, el príncipe Eduardo había ordenado su batalla siguiendo las pautas que le llevaran a la victoria en anteriores ocasiones. La vanguardia, conducida por su hermano el duque de Lancáster y sir John Chandos, estaba compuesta fundamentalmente por hombres de armas y arqueros ingleses; el cuerpo principal, comandado por el propio príncipe de Gales, incluía también a las tropas de Pedro I de Castilla, a las de Jaime de Mallorca y a las navarras; en el ala derecha estaban los gascones Armagnac y Albret; en el ala izquierda, Jean de Grailly y, entre otros, combatientes enviados por el conde de Foix.

 

 

La batalla

En total, varios miles de hombres de armas de diferentes procedencias, en su mayoría curtidos en los enfrentamientos de la Guerra de los Cien Años, y que llevaban semanas preparándose para derrotar al Trastámara. La arenga del Príncipe Negro a las tropas, que el heraldo antes citado recoge en su escrito, presentaba la inminente batalla como única salida posible:

 

«Señores, no hay otro final. Sabéis bien que estamos cerca de ser alcanzados por el hambre, a falta de vituallas, y veis que nuestros enemigos tienen muchas provisiones, pan y vino, pescado salado y fresco, así de agua dulce como de mar; pero debemos conquistarlos a golpe de lanza y espada. Ahora dejad que actuemos este día de tal modo que podamos partir con honor».

El Príncipe Negro con su padre, el rey inglés Eduardo III:

Habiendo abandonado San Juan de Pie del Puerto a mediados de febrero y atravesado el desfiladero de Roncesvalles en pleno invierno, el largo camino, las duras condiciones meteorológicas y la falta de provisiones habían hecho mella en el ejército. El Príncipe debía dar ánimos a sus tropas, pero también recordarles porqué estaban allí:

 

Entonces el valiente Príncipe entrelazó sus manos hacia el cielo y dijo: «Verdadero, Soberano Padre, que nos habéis hecho y creado; tan verdaderamente como Vos sabéis que no he venido aquí salvo por mantener el derecho, y por el valor y la nobleza que me impulsan y me incitan para ganar una vida de honor, os suplico que Vos en este día nos protejáis a mí y a mis hombres». Y cuando el Príncipe, admirable de ver, hubo acabado su plegaria a Dios, entonces dijo: «¡Que avance la bandera! ¡Dios apoye nuestra causa!». Y el Príncipe inmediatamente tomó al rey don Pedro de la mano y le dijo: «Señor rey, hoy sabréis si alguna vez recuperaréis Castilla. Tened firme fe en Dios». Así habló el Príncipe de valiente corazón.

 

La batalla era, en la Edad Media, la decisión última, el acto definitivo. A manera de ordalía, ponía en manos de la divinidad la resolución del conflicto. Quien venciese recibiría la confirmación de que su causa tenía el apoyo del Cielo.

Con todo, la solidaridad entre príncipes y el restablecimiento de la legitimidad no eran los únicos objetivos de Eduardo de Inglaterra. Pedro I le había entregado joyas en garantía del dinero y los señoríos con los que prometía compensarle tras recuperar su trono. Los combatientes, en su mayoría profesionales de la guerra, luchaban antes que nada por el botín.

La batalla duró varias horas, pero desde poco después de su comienzo se volvió caótica y confusa. Deserciones y huidas desarticularon pronto la organización del ejército de Enrique de Trastámara, y el azote constante de los arqueros ingleses impidió un contraataque eficaz. Cuando comenzó la retirada de los vencidos, las tropas del Príncipe se afanaron en impedir que se dispersasen y en hacer el mayor número posible de prisioneros, para exigir después rescates.

El 5 de abril, dos días después de la victoria, el Príncipe escribía a su esposa, que se encontraba en Burdeos, desde Briviesca:

 

Muy querida y de muy gran corazón, bien amada compañera. (…) Debéis saber que así llegamos, el segundo día de abril, estuvimos acampados cerca de Navarrete. Y allí supimos que el Bastardo de España, con toda su hoste, estaba a diez leguas de nosotros, sobre la rivera del Nazare. Y la mañana siguiente, bien temprano, nos desplazamos para ir ante él, y enviamos por delante a algunos hombres para saber el estado del dicho Bastardo; los cuales nos dijeron que él había tomado su sitio y armado su batalla en un bello campo para allí esperarnos. Y luego nosotros mismos nos pusimos en ordenanza y le combatimos, siendo la voluntad de Dios que el dicho Bastardo y todos los suyos huyeron desordenadamente. Alabado sea Nuestro Señor. Y fueron muertos en total cinco o seis mil combatientes. Y fueron todos apresados, de los cuales no sabemos ahora los nombres, pero entre otros están don Sancho, hermano del Bastardo, y muchos castellanos que no sabemos nombrar, hasta diez mil prisioneros de gentes de estado. Y el Bastardo mismo no sabemos ahora si es prisionero o huido. Y tras esta jornada nos quedamos por la noche en el campamento del dicho Bastardo y en sus tiendas mismas, donde estuvimos bastante mejor de lo que habíamos estado cuatro o cinco días antes. Y allí nos quedamos al día siguiente toda la jornada. Y el lunes, que es a saber el día en que escribimos la presente, levantamos el campamento y tomamos camino a Burgos. Y así avanzamos en buen cumplimiento de nuestro viaje, con la ayuda de Dios. Y debéis saber, muy amada compañera, que nos, nuestro hermano de Lancaster, y todas las gentes de estado de nuestra hoste, están bien, gracias a Dios, excepto solamente monsire Johan Ferrers, que murió en combate.

Pronto se supo que Enrique de Trastámara, el Bastardo de España, había huido. Meses más tarde volvería a entrar en Castilla y lucharía durante dos años hasta dar muerte, con sus propias manos, a su medio hermano Pedro I. Entre tanto, el Príncipe no consiguió que se le pagase lo pactado. Le restó, como recuerdo casi simbólico, una joya única: la espinela de cinco centímetros de diámetro, con un pequeño rubí insertado, que hoy adorna la Corona imperial del Estado británico y se conoce como el rubí del Príncipe Negro.

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