La ciudad romana de Los Bañales (y II)

19 sep, 2012 por



Viene de La ciudad romana de Los Bañales (I)

 

Los siglos II y III d. C. en Los Bañales: de la madurez jurídica al abandono

Vestuario de las termas públicas de Los Bañales con las hornacinas para los guardarropa.

Así, parece que fue a finales del siglo I d. C., como consecuencia de esa promoción municipal, que la ciudad construyó unos nuevos y espectacularmente bien conservados baños públicos –necesariamente otros, tal vez anteriores, esperan aun a los arqueólogos en algún rincón aun virgen del yacimiento– y que el protagonismo que las elites locales tuvieron en la gestión de los asuntos municipales estimuló su contribución al ornato urbano.

Aunque no pueda relacionarse directamente con la municipalización flavia, el extraordinario descubrimiento, en fechas recientes, en Los Bañales, de un monumental recinto dedicado a la Victoria Augusta por Marco Fabio Novo y Porcia Faventina abierto a uno de los pórticos dobles de la plaza mayor –el foro– de la ciudad nos habla de hasta qué punto la iniciativa privada estimuló este tipo de obras públicas que, progresivamente, fueron completando las infraestructuras urbanas y alterando, además, el paisaje arquitectónico de una ciudad que, desde luego, a juzgar por los dispersos restos que conocemos, hubo de tener un aspecto ciertamente imponente.

Parte del recinto dedicado a la Victoria Augusta por M. Fabio Novo y Porcia Faventina, en el foro de la ciudad romana, en el momento de su hallazgo.

El visitante que hoy recorre las ruinas de la ciudad romana de Los Bañales –existen, de hecho, programas de visitas guiadas para grupos que pueden concertarse a través de la web del yacimiento– puede visualizar de un modo muy nítido la aparente existencia, al menos a nivel urbanístico y de entidad arquitectónica, de los restos de dos ciudades: una humilde, con fábrica de sillarejo recrecido, muy probablemente, por tapial y adobe, y otra grandiosa, monumental, de orgullosos sillares almohadillados perfectamente trabados entre sí y cuyos muros cimientan, muchas veces, sobre la roca natural del terreno.

Caja de cimentación del foro de la ciudad romana, en el momento de su descubrimiento.

La primera versión de esa arquitectura puede verse en el cerro de El Pueyo –que debió ser zona residencial de la ciudad romana como evolución natural del que debió ser el núcleo poblacional primitivo– y en el frente comercial y artesanal ubicado junto a las termas públicas.

La segunda, orgullosa, ufana y monumental, se exhibe en el foro, en las propias termas y en el espectacular ángulo de una vivienda peristilada abierta a una calle porticada, aun sin excavar.

Esos dos aspectos de los restos de la antigua ciudad se corresponden, además, con dos momentos cronológicos bien diferentes: los siglos I a. C. y I y II d. C. fueron los momentos de esplendoren los que una ciudad perfectamente saneada económicamente y que descansaba su gestión en la voluntariedad de los miembros de su elite local construía orgullosa sus edificios públicos y recreativos.

Manzana de viviendas en la parte alta del cerro de El Pueyo, que preside el yacimiento.

Como envés de dicha realidad, a partir del siglo II d. C., la ciudad debió empezar a revelarse poco sostenible y sus moradores acometieron procesos de abandono, amortización y ocupación de antiguos suelos públicos para la instalación de negocios privados. Los edificios públicos, otrora monumentales, dejaron de cuidarse y la autoridad municipal –sumida en una brutal crisis económica, la misma que afectaba a todo el Imperio y que se agudizaría durante el siglo III d. C.– abandonaba sus obligaciones cívicas retirándose al campo y enfrascándose en sus negocios latifundistas.

Fue ese el momento en que los pórticos del foro, antes espacios de esparcimiento, arenga, formación y piedad romanas, se convirtieron en improvisados talleres de fundición del mármol y del bronce que, en otro tiempo, había ornamentado sus galerías. La ciudad se devoraba, pues, a sí misma restringiendo, además, probablemente, su perímetro urbano.

Aunque el porcentaje de hectáreas excavadas en Los Bañales respecto del total de la extensión del núcleo urbano es aun poco relevante parece que algunos barrios de la ciudad romana –como la zona comercial y productiva que se instaló al pie de la calle que pasaba junto a las termas públicas– se abandonarían a finales del siglo III d. C.

 

Frente comercial y artesanal ubicado junto a las termas públicas, en panorámica cenital (3D Scanner Patrimonio e Industria).

Hacer negocios en la ciudad ya no era rentable y, además, ni siquiera debía existir –pues el fenómeno se repite en muchos otros enclaves urbanos hispanorromanos– una autoridad real que atendiese las necesidades del municipio reinando, muy probablemente, en estos centros, una anarquía que sería, de hecho, la semilla de la propia destrucción –también material, no sólo jurídica– de la ciudad.

Las elites –que antes gastaban, como vimos, en el embellecimiento urbano– preferían ahora construir lujosos complejos recreativos y ostentosos monumentos funerarios familiares en sus acotadas propiedades rurales para cuyo embellecimiento –en Los Bañales y en otros enclaves de la zona– no escatimaron gastos importando, incluso, lujosos sarcófagos marmóreos de procedencia itálica.

 

 

Progresivamente, la ciudad se fue abandonando hasta que se convirtió en un campo de ruinas y, también, en una cantera a cielo abierto para los habitantes del campo que, ahora, se erigía en el medio económico protagonista y aventajado.

Monumento funerario tardorromano, del siglo IV d. C., llamado de ‘La Sinagoga’, en Sádaba (Zaragoza).

A comienzos del siglo X ya no constaba en ningún lugar el nombre de la ciudad y sus restos sólo interesaban ya como cantera, como hito terminal en las lindes de los nuevos núcleos poblacionales surgidos en la época medieval –Layana, Sádaba, Biota, Uncastillo…– o como escenario de ensoñaciones humanistas en el Renacimiento y en el Barroco.

Eruditos como Jerónimo Zurita o Juan B. Labaña, arqueólogos como José Galiay o Antonio Beltrán intentaron, con cierto éxito en su tiempo, recuperar sus restos, contarnos su historia, conocer su evolución y, en cierta medida, descubrir la historia de sus habitantes, esa misma historia que hemos glosado en estas páginas y que en los últimos años, además, se ha desvelado especialmente clara gracias al osado trabajo de la Fundación Uncastillo, que lidera un proyecto con unas señas de identidad modernas y perspicaces –investigación, formación, difusión, gestión cultural y desarrollo– que, ojalá, convertirán Los Bañales en un centro de actividades con el patrimonio romano como la excusa perfecta desde la que acercarse, además, a la historia de la Hispania romana, a nuestra historia, en definitiva.

 

Sarcófago paleocristiano en mármol de Carrara hoy en Castiliscar (Zaragoza).

Para saber más

(visita la sección de Publicaciones de Los Bañales)

 Andreu, J.: La ciudad romana de Los Bañales (Uncastillo-Zaragoza): guía histórico-arqueológica, PRAMES, Zaragoza, 2012.

 Andreu, J. (ed.): La ciudad romana de Los Bañales (Uncastillo, Zaragoza): entre la historia, la arqueología y la historiografía [CAESARAVGVSTA 82], Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 2012.

Andreu, J.: “Una ciudad romana al pie de la vía Caesar Augusta-Pompelo: Los Bañales de Uncastillo”, El Nuevo Miliario 12, 2011, pp. 3-15.           

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