La ciudad romana de Los Bañales (I)

17 sep, 2012 por



Desde el año 2008, la Fundación Uncastillo ejecuta un proyecto de investigación, recuperación, dinamización y puesta en valor de los olvidados restos de una antigua ciudad romana: Los Bañales, al sur del término municipal de Uncastillo, en la provincia de Zaragoza.

Gracias a cuatro campañas de excavación y siete de prospección arqueológica no sólo estamos conociendo mejor la vida de esa antigua ciudad, de nombre aun desconocido, sino que, con ella, se están revelando, también, muchos aspectos de la vida urbana en la Hispania romana.

A continuación se glosa la historia de esa ciudad y, con ella, la que fue la práctica evolución de la mayor parte de las antiguas ciudades de nuestro solar en época romana.

 

Los Bañales: Roma en el Ebro

Acotado funerario de la familia Atilia, una de las dirigentes del municipio que hubo en Los Bañales (Sádaba, Zaragoza).

Las tierras ubicadas en la zona central del valle del Ebro fueron, durante el periodo de presencia romana en la península Ibérica, un espacio totalmente privilegiado, un escenario perfecto del modo cómo Roma fue dejando su impronta en la vieja Iberia.

En ese solar, a comienzos del siglo II a. C., Roma encontró pueblos aliados y, también, hostilidades permanentes; reclutó en la zona, además, aliados de emergencia en periodos de crisis militar.

Después, el área vivió muy intensamente –en la década de los setenta y cuarenta del siglo I a. C.– las hostilidades fratricidas de las guerras civiles entre Sertorio y Pompeyo, primero y entre César y Pompeyo, más tarde y, finalmente, con la denominada pax Augusta, a partir del último decenio del siglo I a. C., el territorio inició un despegue urbanizador sin precedentes que llevó unida la definitiva vertebración y organización del territorio de modo que, en época flavia, a finales del siglo I d. C., las tierras que hoy pertenecen a Lleida, Aragón, La Rioja y Navarra, eran tierras totalmente romanizadas y abiertas a los influjos del exterior, principalmente gracias al río Ebro, una auténtica ‘autopista’ –dado su carácter navegable– en la época.

De esa efervescencia cívica dan muestra –todavía hoy– los nombres de tantas ciudades que los tomaron, a su vez, de los generales que promovieron su fundación: Gracchurris (la actual Alfaro, en La Rioja, fundada por Ti. Sempronio Graco), Pompelo (la actual Pamplona, fundada por Cn. Pompeyo Magno), Lepida Celsa (fundada por M. Emilio Lépido en la actual Velilla de Ebro, Zaragoza) o, especialmente, Caesar Augusta (la actual Zaragoza, promovida por el propio Augusto).

Ciudades que fueron auténticas imágenes en miniatura de Roma y que transformaron por completo un espacio que, sin embargo, y a juzgar por ese temprano contacto con la gran urbe capitalina, ya en época indígena, debía presentar intensos signos de urbanización, no en vano fueron muchas las cecas (sekia, arsaos, turiazu, sekaisa, kaiskata…) que, a instancias de Roma, acuñaron plata y bronce en dicho espacio, algunas, además, con una producción de numerario ciertamente generosa.

 

Infografía y fotomontaje de reconstrucción del soberbio acueducto romano que abastecía de agua a Los Bañales (L. M. Viartola y J. Tutor Pellicer-Palacín).

Todos esos procesos históricos –que han sido presentados aquí de modo muy sumario– han hecho de cualquier investigación arqueológica en la zona –ya desde el siglo XIX– un proyecto no sólo atractivo y sugerente –lo son siempre las excavaciones arqueológicas– sino, además, felizmente útil para nuestro mejor conocimiento de ese devenir histórico.

¿Por qué Roma potenció especialmente ese territorio del Ebro?, ¿hasta qué punto la acción urbanizadora de Roma se apoyó en el sustrato preexistente, de época indígena?, ¿cómo fue la implicación de las elites locales en el proceso romanizador?, ¿y la relación de Roma con los indígenas?, ¿por qué se promovieron tantas ciudades y tantas, además, duraron tan poco en el tiempo revelándose como centros fallidos y poco sostenibles más propagandísticos que necesarios?

La respuesta a esas y otras preguntas la están arrojando excavaciones como las que, en los últimos decenios, se están llevando a cabo en Bilbilis (Calatayud, Zaragoza), Andelo (Andión, Navarra) o Labitolosa (La Puebla de Castro, Huesca), entre algunas otras.

A ellas se ha unido –desde 2008– las que la Fundación Uncastillo, por encargo de la Dirección General de Patrimonio del Gobierno de Aragón, lleva a cabo en Los Bañales, un amplio valle entre los ríos Riguel y Arba de Luesia que se extiende por el sur del término municipal de Uncastillo en la aragonesa –e histórica– Comarca de las Cinco Villas de Aragón.

 

Panorámica del poblamiento y de la red viaria en torno a la ciudad romana de Los Bañales (J. Andreu y J. Latorre).

Además de un lugar evocador y poseedor de algunas de las mejores manifestaciones de la arquitectura funeraria y pública de la Hispania romana, Los Bañales es un escenario perfecto para, a través de la investigación arqueológica y la reflexión histórica e interdisciplinar, conocer en detalle la vida de una antigua ciudad indígena que, por razones que no conocemos del todo bien y que sólo podemos intuir, devino en época romana en un centro fundamental que capitalizó, en cierta medida, el poblamiento –intensamente urbano, también, pues se conocen otras ciudades en Cabezo Ladrero de Sofuentes y en Campo Real, de Sos del Rey Católico– en la zona, una zona clave en las comunicaciones entre el Ebro y otras dos fuentes principales de recursos económicos y de influencias en la Antigüedad: el Pirineo y el Cantábrico.

 

Los Bañales: entre Caesar Augusta y el Pirineo

No es exagerado afirmar que, en Ciencias de la Antigüedad, las piedras, realmente ‘hablan’. Gracias a ellas –y en concreto a los miliarios, esos hitos kilométricos que salpicaban las antiguas calzadas romanas– sabemos que entre los años 9 y 5 a. C., veteranos de las legiones IV Macedónica, X Gémina y VI Victoriosa participaron en un proyecto de reorganización territorial sin precedentes en la zona: el que buscaba construir una nueva vía –que alteraría el recorrido de una algo más antigua que había enlazado Tarraco (Tarragona) con Oiasso (Irún, principal puerto del Cantábrico) y a la que había aludido el geógrafo griego Estrabón– para poner en contacto las tierras del Ebro con las pirenaicas.

Esa vía pasaba por el corazón de la actual Comarca de las Cinco Villas y al pie de un lugar que, por entonces, debía ser una ciudad mixta, de indígenas y de romanos, fundamentalmente abrigada en torno a un notable cerro –de casi 600 metros de altitud–, El Pueyo, que destacaba sobre una inmensa planicie por la que, precisamente, los gromáticos romanos hicieron pasar la nueva vía.

El cerro de El Pueyo, con la ciudad romana a sus pies, desde el paso de la vía.

Pocos años antes, en el 15 a. C., apenas a cuatro jornadas de camino de la ciudad de Los Bañales, se había producido un acontecimiento que iba a cambiar la historia del Ebro Medio: la fundación por Augusto, con veteranos de las legiones antes citadas, de la colonia Caesar Augusta llamada, además, a ser, la capital de un amplio distrito, el denominado ‘convento jurídico’ cesaraugustano.

Panorámica del área occidental del foro de la ciudad romana, desde el Este (3D Scanner Patrimonio e Industria).

Esa fundación fue sólo el emblema de un intenso programa urbanizador que incluyó el otorgamiento de carta de municipalidad a algunas comunidades del entorno y, sobre todo, la difusión de la vida romana –con presencia de colonos itálicos y de ciudadanos romanos de diversa extracción– por la zona. Muchas ciudades –a imitación de la propia capital de distrito– acometieron entonces grandes programas edilicios levantando sus plazas públicas, sus sistemas de saneamiento, sus espacios para esparcimiento y espectáculos, en fin, sus auténticos iconos de romanidad.

Exactamente eso sabemos que sucedió en Los Bañales. La ciudad –en época prerromana circunscrita al cerro de El Pueyo y a su entorno inmediato– debió extenderse buscando a sus pies el paso de la vía y abarcando algo más de veinte hectáreas de superficie, anuló antiguas construcciones para levantar una monumental plaza pública cuya escenográfica arquitectura, además, ‘mirase’ orgullosa el paso de la calzada y es posible que, además, fuera entonces cuando –con el concurso de las propias legiones, las mismas que estaban trabajando en la nueva red viaria– solucionase el abastecimiento de agua con un acueducto único en el Occidente romano y de factura ciertamente militar, que tomaba agua de una rústica presa de abastecimiento.

Presa romana de abastecimiento de agua a la ciudad, en Cubalmena (Biota, Zaragoza) con recreación infográfica del embalse, hoy colmatado (Ch. Idoype).

En los años comprendidos entre la fundación de Caesar Augusta y, al menos, la década de los sesenta del siglo I d. C., el panorama de que disfrutaba el viajero que –como nos dice una fuente tardía, el Cosmógrafo de Ravenna– se dirigía desde Caesar Augusta a Pompelo pasando al pie de la ciudad romana de Los Bañales –que bien pudo ser la Tarraca citada por dicho autor, si bien no es seguro– debía ser semejante al que, en los años noventa del último siglo nos habituamos a ver en el entorno de muchas ciudades españolas: grandes grúas levantando edificios, pasión edilicia, afán monumentalizador, ciudades, pues, que crecían orgullosas acometiendo obras públicas que, tal vez, después no estarían preparadas para sostener.

 

Los Bañales, la madurez jurídica de un municipio flavio

Pese a esta fiebre edilicia y urbanizadora del primer siglo, la romanización de la península Ibérica no estuvo cerrada –al menos desde una perspectiva jurídica– hasta que el emperador Vespasiano, el primero de los Flavios, tras la guerra civil que le llevó al poder en el 70 d. C. –y que, además, en parte, desarrolló algunos de sus episodios en suelo hispano– extendió la ciudadanía latina –una especie de vehículo jurídico que habilitaba para la ciudadanía romana a quienes asumieran magistraturas urbanas– a toda Hispania, como nos relata Plinio el Viejo, contemporáneo a tan singular proceso jurídico.

Fue entonces cuando muchas ciudades –y, verosímilmente, también Los Bañales– que todavía no disfrutaban de los privilegiados estatutos colonial o municipal –los dos más elevados del ordenamiento jurídico romano a nivel local– se convirtieron en municipios.

Las viejas familias de indígenas, o de inmigrantes, de esas ciudades –y así debió suceder en Los Bañales– asumieron los cargos que permitían la gestión del municipio al modo romano. Dunviros para presidir la autoridad local, ediles para garantizar los abastos de la ciudad, cuestores para controlar el erario municipal fueron cargos que se debieron repartir en Los Bañales familias como las de los Atilios, los Plotios, los Fabios, los Porcios, los Sempronios o los Pompeyos, algunas de las familias cuyos nombres –de manera creciente, además– están documentadas en el notable repertorio de inscripciones latinas –muchas funerarias pero, cada vez más, también votivas y honoríficas– con que nos está obsequiando la ciudad.

En paralelo a esa promoción municipal de la comunidad –que fue, progresivamente, extendiendo el número de familias que formaban parte del ‘club’ de los ciudadanos romanos– la ciudad debió iniciar un notable despegue económico amparado en la más intensa explotación de su territorio rural –para esta época perfectamente vertebrado en pequeñas unidades de explotación agropecuaria, las llamadas villas– y, también, en el aprovechamiento de su excelente posición como nudo viario.

En Los Bañales, efectivamente, el viajero podía tomar un camino que, a través de Cara (Santacara, en Navarra), se dirigía hacia Pompelo, otro que, hacia el Noroeste, buscaba enclaves menores en el territorio rural adscrito a la ciudad romana de Los Bañales, a través de las actuales tierras de Uncastillo y una vía que, como antes se dijo, atravesaba otros importantes centros urbanos y, por la Canal de Berdún alcazaba la Jacetania y enlazaba con el Pirineo permitiendo, además, por Iacca (Jaca) e Iluberis (Lumbier, en Navarra) alcanzar también Pompelo.

Esa geoestratégica posición hizo que a Los Bañales llegasen mármoles de todo el Imperio, vidrios procedentes de las provincias del Norte, cerámicas gálicas y, por supuesto, de los diversos alfares en boga en la Península, importaciones aquitanas y cantábricas y que, además, de allí saliese –hacia los mercados hispanos y, probablemente, hacia los exteriores daba la proximidad de los puertos del Cantábrico y, sobre todo, del río Ebro– cereal, tal vez madera y esparto, probablemente sal, aceite, vino y otros productos que, a día de hoy, la investigación arqueológica, no ha podio aun concretar.

Lógicamente, además, una ciudad municipalizada era, por esencia, una ciudad orgullosa, que necesitaba exhibir, también en su arquitectura, los efectos de dicha promoción.

 

Finaliza en La ciudad romana de Los Bañales (y II)

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