La tercera y última visita de Isabel II a Valladolid

24 sep, 2012 por



El 1 de agosto de 1865, la reina de España, Isabel II, visitó por tercera y última vez la ciudad de Valladolid camino de la guipuzcoana Zarauz, su lugar de vacaciones. Durante ese año de 1865 muchos sucesos, nacionales e internacionales, públicos y privados, vinieron a conferir a ese viaje de verano unas características especiales que acabaron por anunciar los acontecimientos que unos años más tarde, en 1868, acabarían con el reinado isabelino.

 

Los prolegómenos del viaje

Valladolid, la antigua capital real de España, recibió en el siglo XIX a tres personalidades regias: José Bonaparte el 28 de marzo de 1813, cuando acudió rodeado de toda la Corte y de sus ministros; Fernando VII, el 21 de julio de 1828; y hasta en tres ocasiones a su hija, la reina Isabel II.

El diario vallisoletano El Norte de Castilla, convertido en cronista real, se hace eco de la coincidencia de las tres visitas regias a Valladolid con el hecho de que, deteniéndose en su recorrido desde Madrid, todos ellos orasen junto a “un anciano de 80 años” que vivía en una humilde choza en el segoviano convento dominico de Santa María la Real de Nieva. (También conoció este anciano “al actual rey consorte, D. Francisco de Asís cuando era niño”.)

La muy Noble, muy Leal y Heroica ciudad de Valladolid había iniciado su larga marcha hacia una sociedad burguesa, harinera y textil, con el Canal de Castilla que vinculaba económicamente el eje Valladolid-Palencia-Santander. El ferrocarril afianzó y mejoró este enlace, y la reina Isabel II pudo sancionar y ser testigo de sus inicios en 1858. Su última visita, la de 1865, sería significativamente diferente.

En el año 2008, con la celebración del 150 aniversario de la primera visita regia, se glosaba esta epopeya al tiempo que se la ponía en conexión con la nueva iniciativa que colocaba a Valladolid en el papel de importante enlace en la creación de las líneas del tren de alta velocidad (AVE). El ferrocarril y la ciudad mantienen así su perenne vinculación.

En 1858, Isabel II visitaba por vez primera Valladolid como colofón a las celebraciones de la llegada del ferrocarril a una ciudad pujante (sobre todo a partir de los años 30, con las desamortizaciones, y los 50, con el ferrocarril) que había alimentado el sueño de modernidad de una urbe ya plenamente burguesa. Eran los tiempos en que en el país se iniciaba el periodo de la Unión Liberal (el llamado “Gobierno Largo”, hasta 1863) y todo parecía apuntar hacia un horizonte de progreso, simbolizado por ese trazado de líneas ferroviarias en España, que tuvieron a Valladolid como importante nudo de enlace y centro de operaciones de los ferrocarriles del Norte.

En estos momentos, Isabel II está pletórica. Su apuesta por la Unión Liberal(la única posible por otro lado) consigue restablecer el orden en el país y crear el marco necesario para que la inversión y el auge financiero afiancen el tímido despegue económico que se iniciara con el Bienio Progresista de mediados de la década (1854-1856) y sus leyes liberalizadoras (desamortización y ferrocarril, principalmente).

Los partidos políticos alcanzan un punto de equilibrio, precario, pero lo suficientemente estabilizador como para que el país funcione institucionalmente. A su vez, las relaciones con la Iglesia encuentran un grado de estabilidad pues esta última acepta las desamortizaciones al tiempo que acapara el dominio educativo.

En lo personal, Isabel II ha llegado a un momento de personal determinación: mantiene a su lado a sus confesores y asesores religiosos, pese a sus lances amorosos y la opinión crítica de todo el país; igualmente encuentra en sus parejas sexuales una satisfacción que no puede encontrar en su marido, incluida la de ofrecer al trono un heredero varón (se atribuye la paternidad del infante don Alfonso, nacido el 28 de noviembre de 1857, al flamante capitán de Ingenieros, Enrique Puigmoltó y Mayans, valenciano, con ascendencia de carlistas rehabilitados, su padre, y moderados de primera línea, su tío, Luis Mayans); el buen momento económico le permite vivir la vida alegre y disipada que le han enseñado a desear, y mantiene a familia y allegados lo suficientemente ocupados con sus negocios y beneficios como para que no intervengan en conspiraciones contra ella.

El pueblo aclama a la reina, adora a una Isabel II campechana y popular, y se lo demuestra a su paso por prácticamente todas las provincias españolas durante los viajes programados para su enaltecimiento. La opinión popular es muy favorable a su soberana, y la opinión pública (entendida esta no como se conocería hoy, sino la de políticos, hombres notables, intelectuales y profesionales) pese a mostrarse comedida, al menos no le es desafecta.

Que todos estos logros pudieran ser suyos, es algo que se han encargado de negar prácticamente todas las biografías y obras consultadas. La historiadora Isabel Burdiel, habla de “la construcción” de una reina adecuada a los intereses de quienes la rodean. Pero es indudable que fueron logros de los que, merecidos o no, provocados o no, si que disfrutaba Isabel II en aquel año de 1858.

Sin embargo, no duraría mucho esta ilusión, ya que en 1862 se inicia una crisis económica que agrava una situación política y social deteriorada, entrando ya de lleno en una espiral de decadencia. En el Valladolid de 1864 y 1865, la consecuencia inmediata de esa crisis fue la quiebra de muchas de aquellas sociedades crediticias e inmobiliarias que habían proliferado con el siglo. Esta crisis económica, las crispaciones políticas nacionales, los sucesos internacionales y los movimientos prerrevolucionarios que se advierten ya en 1865 (10 de abril, Noche de San Daniel), marcan los prolegómenos de la caída de Isabel II.

 

La visita a Valladolid

La tercera y última visita de la reina Isabel II en agosto de ese último año, se produce a un Valladolid adolecido por la crisis y nada va a ser igual. Sin embargo, lo que la comitiva real va a poder apreciar en la ciudad son una serie de mejoras y saneamiento de su trazado urbano que remozaban, con mucho, la imagen provinciana del Valladolid del 58, e incluso la incipientemente urbanizada y burguesa que había podido observar en su segunda venida de 1861 (igualmente breve, igualmente de paso hacia Zarauz).

La visita real de 1865 se realiza a un Valladolid burgués, moderno, urbano, cosmopolita, fabril y ferroviario. Cierto es que la crisis frenó muchos de los impulsos comerciales en marcha, pero Valladolid ya había cambiado.

Junto a Isabel II viajaban su esposo, Francisco de Asís de Borbón, y las infantas, así como el príncipe de Asturias, el futuro Alfonso XII, además de su séquito personal y de servicio. En esta fecha Isabel tiene casi 35 años y ha traído diez hijos al mundo, de los que solo han sobrevivido cinco. Cuando Isabel llega a Valladolid el 1 de agosto de 1865, se encuentra de nuevo, “en estado interesante”, embarazada de su último hijo, Francisco de Asís Leopoldo de Borbón y Borbón, que nacerá en enero del año siguiente.

Sabemos también que Miguel Tenorio de Castilla, el favorito “de turno” de Isabel II (al menos desde 1859), se encontrará con la reina en Zarauz, pero no hay ninguna constancia de su presencia en Valladolid. Tenorio de Castilla, poeta, periodista, varias veces gobernador civil, diplomático y político moderado, es además, su secretario personal. Su relación con Isabel se constata hasta agosto de 1865, cuando es apartado de la corte y de su cargo (comunicado por el ministro de Gracia y Justicia, Fernando Calderón Collantes), precisamente durante el viaje regio a Zarauz.

Si hemos de hacer caso de la “rumorología” popular (por aquellos años se decía que los hijos nacidos muertos, o que murieran al poco tiempo, eran hijos de Francisco de Asís, su primo y marido), el hijo que Isabel II dio a luz en enero de 1866, el mentado Francisco de Asís Leopoldo de Borbón y Borbón, no era de Tenorio (quien le habría dado hijas tan solo) y su vida no se prolongará más de un mes.

La reina y su real familia tomaron el ferrocarril del Norte en la estación de Arévalo a las tres de la tarde de aquel 1 de agosto. Convocadas las autoridades en la estación de Valladolid a las cuatro y media de la tarde, la comitiva no llegaría hasta las nueve de la noche.

Estas convocatorias se cursaron entre el 29 y 31 de julio, desde la Comisión de Festejos de la Diputación Provincial, a todos los representantes institucionales de la ciudad: al alcalde-corregidor (Juan López de Bustamante), al gobernador civil de la provincia (José Gallostra y Frau), al arzobispo (Juan Ignacio Moreno), al capitán general de Castilla la Vieja (general Manzano), a miembros dela Diputación Provincial que figuran en las Actas dela Comisión (Eduardo Ruiz Merino, Francisco López Flores, Pedro Antonio Pimentel y Tomás Villanueva), así como a diputados y senadores y a una serie de prohombres vallisoletanos que prestarán sus carruajes para el servicio de transporte de la familia real y séquito.

También se cursa una carta a la Junta Directiva del Teatro Calderón, donde se solicita: “poder ofrecer a la Regia comitiva para su descanso un salón a propósito […] arreglando, así mismo en uno de los locales inmediatos a dichos salones un cuarto-retrete para S.M.”

Pero ¿donde están los demás prohombres de negocios vallisoletanos? Sabemos que el secretario del Crédito Castellano es el Luis de Polanco, y el secretario accidental, Julián Majada. El Banco de Valladolid cuenta con Calixto Fernández de la Torre como administrador y con José de Lafuente Alcántara como comisario regio; y la Sociedad General de Crédito Industrial, Agrícola y Mercantil tiene como administrador delegado a Juan A. Gil.

Pero ninguno de estos nombres figura en las relaciones de personalidades asistentes que recoge El Norte de Castilla. La explicación es muy sencilla, no están las arcas municipales para realizar muchos gastos: “Castilla hoy en medio de las desgracias especiales que la agovian [sic], de la dolorosa situación que ha un año atraviesa, tendrá imposibilidad de obsequiar como otras veces a la regia comitiva”.

En las anteriores visitas reales, las de 1858 y 1861, la empresa del Ferrocarril del Norte había tomado parte activa (organizativa y económicamente) en los festejos de recepción de la reina. En esta ocasión sin embargo, ni aporta capital ni festejos, ya que la compañía atraviesa uno de sus peores momentos. El Norte de Castilla fue, precisamente, uno de sus principales azotes: “¿Hasta cuando hemos de estar denunciando abusos de la empresa del ferro-carril del Norte? Confesamos que ya vamos cansándonos, y que antes llevamos trazas de aburrirnos y callar, que la empresa de poner remedio a uno solo de sus innumerables desmanes []” –diría el periódico el 11 de julio de 1865.

Uno de los actos centrales de toda visita real a una localidad es la entrega de limosnas, dádivas y regalos. La Comisiónde Festejos, según un comunicado del alcalde a los señores párrocos, ofrece, con argumentos que resultan extrañamente actuales, una “ayuda familiar para aliviar en lo posible las suertes desgraciadas que experimentan diferentes familias de esta ciudad, por consecuencias de la falta de trabajo […] esperando su parecer de acuerdo para hacer las distribuciones a los padres de familia”.

Porque en 1865 las cosas se presentaban muy difíciles. Se vive en España una profunda crisis económica que, como sabemos, afecta de forma sangrante a una ciudad como Valladolid, que aún no había consolidado firmemente su base burguesa pre-industrial, pero que también causa estragos en Barcelona, por ejemplo, ciudad plenamente industrializada.

Los partidos políticos, desgastados por sus propias fricciones y por el difícil engranaje en el que se articulaba la Unión Liberal, se crispan y arrastran con ellos una opinión pública (esta vez sí, incluye la popular) que toma cada vez más protagonismo: Es el ejemplo de la citada Noche de San Daniel del 10 de abril, cuandola Guardia Civil disolvía en Madrid a tiros una manifestación estudiantil provocando 11 muertos y 193 heridos.

Los acontecimientos que dieron lugar a ese luctuoso suceso arrancan el 20 de febrero, cuando Ramón María Narváez presentaba en las Cortes su proyecto de ley para desamortizar el patrimonio real, una operación que además del 25% del producto de las ventas, aumentó “considerablemente la contabilidad de la reina por el incremento de sus inversiones en deuda española exterior y en valores extranjeros a partir de 1865”. Entonces el líder republicano Emilio Castelar escribió en el periódico La Discusión un artículo titulado “El Rasgo” (haciendo referencia al “rasgo de generosidad de Isabel”) donde criticaba la decisión regia, acusando a la reina de querer únicamente rellenar sus propias arcas y mantener el status quo del Partido Moderado en el poder. Un caso de corrupción político-económica.

El gobierno de Narváez exigió la expulsión de Castelar de su cátedra de Historia Filosófica y Crítica de España en la Universidad Centralde Madrid, provocando con ello la dimisión del rector y la convocatoria de manifestaciones estudiantiles que derivaron en la Noche del Matadero, como llamaron a la de San Daniel algunos periódicos de la época, que no todos. Porque los hechos no son recogidos en la prensa del día siguiente (Las Noticias), en su total magnitud, sino que más bien son explicados como propios de una “algarada de desocupados, sin ningún plan formal”, a los que el gobierno logró contener y calmar; los tiros de Guardia Civil y ejército “se escaparon”, y no produjeron ni muertos y ni heridos, sino solo “contusiones provocadas por las huidas”… Ejercicios todos ellos de desinformación y acomodaticia connivencia con el poder.

El Gobierno de Narváez quedó tan desacreditado como la confianza en las intenciones económicas de la reina, pero ésta tendrá que volver a llamarlo el 10 de julio del año siguiente, cuando, tras los pronunciamientos de Prim y Serrano (en Villarejo de Salvanés el 3 de enero y en el Cuartel de San Gil, el 22 de junio) se hiciese patente la desconfianza regia hacia O’Donnell.

Y ya con la caída de éste (expulsado de Madrid, se exilia en Biarritz), la situación de los progresistas y demócratas en la década de los años sesenta se radicalizó en tal extremo que muchos de sus líderes (Juan Prim, Emilio Castelar, Francisco Pi i Margall, Práxedes Mateo Sagasta, Manuel Ruiz Zorrilla) optaron por el exilio, principalmente a Portugal, Francia, Inglaterra, Suiza y Bélgica. En este último país fue donde se fraguó el acuerdo entre un grupo de personalidades opuestas al moderantismo (pero cada uno con sus fines específicos) para acabar con la dinastía borbónica, considerada un estorbo en el avance constitucional español, y que derivó en el Pacto de Ostende de 1866.

 

El “descanso” vacacional

Isabel II

Volviendo al viaje real, el día 3 de agosto, a las cuatro y media de la tarde, la familia regia estaba ya en San Sebastián. El periplo termina sus días en Zarauz, en unas jornadas muy animadas de encuentros. Recibieron a la Reina Madre, María Cristina de Borbón Dos-Sicilias (las visitas de la madre de Isabel II nunca se consideraban meramente “de cortesía”), y visitaron a los emperadores de Francia, Napoleón III y Eugenia de Montijo, en su villa de Biarritz.

Este encuentro tampoco fue de confraternización (María Cristina no soportaba que su hija, Isabel, reina, tuviese que reverenciar a Eugenia de Montijo, emperatriz), sino que se enmarca en el juego de alianzas e influencias europeas acerca del reconocimiento del reino de Italia. Napoleón III era un firme partidario de la unidad italiana, e intervino militarmente en este territorio frente a Austria (virtual dominante en la zona tras la derrota de Napoleón I Bonaparte y el Congreso de Viena).

La unificación italiana acabó por crispar las relaciones del Imperio francés con los católicos (ya muy deterioradas), y también con Isabel II, ferviente católica (como Eugenia de Montijo, por otro lado) y partidaria del mantenimiento de los Estados Pontificios. Aunque España, a instancias de O’Donnell acabó por aceptarlo.

El día 15 de septiembre la comitiva real se pone de nuevo en marcha hacia Madrid, una vez finalizada su estancia estival en Zarauz. Ensombrece el viaje el reciente fallecimiento del infante Francisco de Paula, padre del rey consorte. También la prensa comunica que “con motivo del fallecimiento de su alteza real la gran duquesa Sofía, viuda del gran duque Leopoldo, y madre del gran duque reinante de Baden, S.M. la Reina nuestra señora se ha dignado resolver que la corte vista de luto por espacio de catorce días, la mitad riguroso y la mitad de alivio, cuya soberana disposición comienza a regir desde esta fecha”.

No obstante, la jornada del día 15 se presenta sumamente contradictoria: El marqués de San Gregorio traslada al Consejo de Ministros la buena nueva del estado de la reina que se encuentra en su quinto mes de embarazo, hasta entonces mantenida en secreto. Con tal motivo, se publica en la Gaceta de Madrid que “se ha dispuesto que el día de hoy, mañana y pasado, sean días de gala”.

El día 15 de septiembre ¿es un día de gala o es un día de luto? La misma confusión debió reinar entre las autoridades vallisoletanas cuando la noche del día 15 estaba previsto el paso de la comitiva regia por la estación de Valladolid en su camino hacia la capital, aunque una nota del Gobierno Provincial exigía “traje de etiqueta y luto riguroso”.

Esta será la última vez que Isabel II visite Valladolid, pero por espacio de ocho minutos y sin salir del Tren Real apostado en la estación del Ferrocarril del Norte. El ferrocarril testimonia de esta manera la especial unión de la monarquía isabelina con el tren y con Valladolid.

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